Tuesday, June 25, 2019

La Ley Del Amor


Texto: Mateo 5:38-48

Si el mundo se rige por lo del versículo 38, “ojo por ojo, y diente por diente”, ¡qué mundo! No es difícil ver en las noticias todos los días el resultado de vivir así.
    Pero el Señor Jesucristo nos enseña a no vengarnos ni destruir al enemigo. Habla a Sus discípulos acerca de los enemigos, porque los tenemos, simplemente por ser cristianos y seguir a Cristo. El mundo aborrece a Cristo y a los Suyos. Al seguir a Cristo, tenemos que vivir distintamente a los del mundo – es inevitable. Y el mundo que persiguió a Cristo también hará esto con nosotros. Es inevitable que el cristiano fiel tenga enemigos. “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” (Lc. 6:26). Considera el lenguaje de Mateo 5:44,
    “vuestros enemigos”
    “los que os maldicen”
    “los que os aborrecen”
    “los que os ultrajan y os persiguen”


    Si son enemigos de Dios, también son enemigos nuestros. Observa que aquí no habla del sistema del mundo, sino de las personas del mundo, y recuerda 1 Juan 2:15-17, la advertencia contra el amor al mundo, y Santiago 4:4, la advertencia acerca de la amistad con el mundo. Los del mundo siguen el rumbo del mundo (Ef. 2:2-3), y como no estamos de acuerdo con ellos, no podemos andar juntos. Las amistades más peligrosas y dañinas son con las personas del mundo.
    No sólo no debemos tener esos amores y amistades, sino tampoco debemos ser como los del mundo.  Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Los del mundo usan la venganza, la maldición, el aborrecimiento, el ultrajo y la persecución de sus enemigos. No así con los creyentes. Recuerda que aquí el Señor no trata la cuestión de disciplina en la iglesia, la corrección de errores y pecados, sino nuestra relación con los de afuera. No enseña que amemos al diablo, ni que seamos permisivos con la falsa doctrina, la inmoralidad y otros pecados. Los padres todavía deben amonestar y disciplinar a sus hijos porque Dios así lo manda (Pr. 29:15, 17). Los magistrados deben castigar a los malhechores (Ro. 13:3-4) porque Dios los puso para esto. La iglesia debe ejercer disciplina como Dios manda. Hacer estas cosas es amar a Dios y guardar Su Palabra.
    Pero aquí habla de nuestras relaciones personales con los del mundo, y el testimonio que debemos tener delante de ellos. El amor que Cristo enseña aquí es sobrenatural, espiritual, celestial – es imposible amar así sin el nuevo nacimiento, pues la carne no es capaz sino de amar a los suyos y a los que le tratan bien. El Señor da en nuestro texto cinco razones por las que debemos amar a nuestros enemigos.
    1. La generosidad imita a Cristo. “Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses” (Mt. 5:42). No sólo a amigos, sino a enemigos. En lugar de vengarnos de nuestros enemigos, Romanos 12:20 enseña: “si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber”.  Los seguidores de Cristo son generosos, pero no insensatos. Dan con sabiduría. No dan dinero a personas que piden cuando es obvio que lo usarían para cosas dañinas como alcohol, drogas, tabaco, etc. Hay quienes les ofrecen comida o ropa, pero no dinero, para ver si realmente desean ayuda, y unos lo aceptan y otros no. Mateo 5:45 enseña el resultado de ser generosos: “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. Recordemos la prioridad espiritual en nuestra generosidad: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gá. 6:10), porque hay hermanos necesitados, y siervos del Señor que viven en escasez, y nuestra generosidad sería un gran bien para ellos. Uno que vive por fe no te va a pedir, porque mira al Señor, pero si ves que tiene necesidad – eso debe ser para ti como si te pidiera (1 Jn. 3:17).
    2. El amor al enemigo también imita a Cristo. Hasta a Judas Iscariote le llamó “amigo” (Mt. 26:50). Esto requiere amor sobrenatural. El Señor enseñó así a Sus discípulos: “Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo” (Lc. 6:35). Es un amor asociado con Dios, porque viene de Él, no de los hombres. La amabilidad debe ser sin acepción de personas, saludando a todos, aun a los enemigos, como Cristo hizo a Judas, sabiendo que le traicionaba. Respecto a los del mundo, Romanos 12:14 enseña: “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis” – eso es – hablar bien, y desear el bien. Seamos amables, pero no incautos, porque todavía son nuestros enemigos y no hay que fiarnos de ellos. Recuerda que David dos veces perdonó la vida de Saúl su enemigo (1 S. 24 y 26), pero no se fió de él.
    3. Al hacer bien a nuestros enemigos, manifestamos el carácter de Cristo. Seamos bienhechores (Mt. 5:44). No hay que pagar ojo por ojo, diente por diente, porque como hijos del Altísimo nos incumbe vencer el mal con el bien, y dejar la venganza y el saldar las cuentas en manos de Dios. Romanos 12:17 enseña: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres”. Muchas veces usamos la venganza, pero nunca debemos, porque es algo que pertenece a Dios. Consideremos el ejemplo de Cristo en 1 Pedro 2:21-23. “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”.
    4. Orar por nuestros enemigos es una muestra de amor cristiano – orar por ellos, no en contra, aunque hay casos excepcionales como el de 2 Timoteo 4:14. Debemos orar por ellos, deseando su bien, y esperar que el Señor actúe. Hermanos, nos hace falta más oración y menos nervios, menos tensión, menos reacciones carnales. El problema es que cuando nos ultrajan nos quitan las ganas de orar. Pero no cedamos a esto, porque es la carne, no el espíritu, que no quiere orar.
    5. “No resistáis al malo” (Mt. 5:39). Esto se refiere a las reacciones violentas como Salmo 37:8 aconseja: “deja la ira y el enojo”. Los malos resisten a Dios. Es el proceder del mundo – resistir al que es bueno, al que enseña la verdad, y sobre todo odiar y resistir a los que nos corrigen o amonestan. Por eso Proverbios 9:8 dice: “No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca”. Cuando Felipe predicó a los líderes de los judíos en Hechos 7 les reprendió porque siempre resisten al Espíritu Santo (Hch. 7:51). Debieron arrepentirse al oír esto, pero se enojaron. Como fieles seguidores de Cristo tendremos que sufrir actitudes necias como éstas, pero no seamos arrastrados por ellas, no odiemos ni los tratemos con malicia. Ellos usan la ira y el enojo – nosotros usamos el amor. Romanos 13:13-14 nos advierten de las contiendas y la envidia, lo que desea la carne, y nos llama a no proveer para los deseos de la carne. Esto incluye otras manifestaciones carnales que no son contienda ni enojo pero los usamos igualmente para castigar a los que nos han disgustado.
    El amor hacia los enemigos es parte de la perfección (madurez) cristiano. No es un ideal inalcanzable, sino un mandamiento del Señor: 
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48). Seamos perfectos como nuestro Padre celestial. Aprendamos a amar, dar, bendecir, hacer bien y orar porque así imitamos a Dios. “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Ef. 5:1). “Perfecto serás delante de Jehová tu Dios” (Dt. 18:13). Pero muchos se disculpan diciendo excusas como “perfecto no hay nadie”, que suenan bien pero no es un texto bíblico y contradice los textos que hemos citado. Dios dijo a Abraham: “anda delante de mí y sé perfecto” (Gn. 17:1). No hay excusa para no hacerlo. Debemos crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, y progresar como imitadores de nuestro Padre celestial.
    Somos llamados a representar a nuestro Padre celestial con nuestro carácter y conducta, y es un llamamiento muy alto. Los del mundo, con sus hechos representan a su padre el diablo, pero nuestro camino es otro, para la gloria de Aquel que nos ha dado vida cuando estábamos muertos en delitos y pecados.
    de un estudio dado el 24 de febrero 2019

Tuesday, March 12, 2019

Salmo 61


Texto:  Salmo 61

Delante nuestro o tenemos un salmo de David que nos enseña una lección importante acerca de qué hacer cuando pasamos por dificultades. En breve, debemos clamar al Señor y esperar confiadamente en Él. Por el versículo 1 intuimos que David tuvo un mal momento, pasó por una de sus muchas tribulaciones. Así es la vida del creyente, como hemos dicho muchas veces que los conflictos realmente comienzan cuando creemos en el Señor e intentamos vivir para agradarle. Si no hay conflictos, quizás nuestra forma de vivir tiene contento al diablo, pero él odia la fe en Dios y la fidelidad a Dios. Entonces, ¿qué hizo? Clamó, no rezó, sino expresó de forma personal su situación y necesidad. Oró a Dios, no a ángeles ni santos.
    El versículo 2 nos da a entender que por alguna razón David había sido alejado geográficamente, porque dice “desde el cabo de la tierra”. Más de una vez y durante largos periodos David vivía como en exilio, por ejemplo, en una cueva, en el desierto, y entre los filisteos. También hay alejamiento espiritual, cuando nos desviamos y perdemos comunión con el Señor, y esto también causa tristeza y desánimo. David desmayaba en su corazón, que quiere decir que estaba desanimado y triste, como nos pasa a nosotros a veces, y lo que siempre hay que hacer es orar y clamar a Dios: “llévame a la roca” como David dijo. El Antiguo Testamento habla de Dios como “Roca” (Dt. 32:4; 2 S. 22:32; Sal. 18:31; 73:26; 144:1). En el Nuevo Testamento el apóstol Pablo habla de la peña de Horeb de donde salió agua para el pueblo, y declara que la roca era Cristo (1 Co. 10:4).
    En el versículo 3 David reconoce que el Señor era su refugio (véase Sal. 90:1), y torre fuerte. Son metáforas – no habla de un lugar físico sino de Dios. David amaba su tierra, su país, su nación, Belén y Jerusalén y el tabernáculo como lugar de reunirse con Dios. Estaba fuera, sin embargo su protección era siempre Dios. “Delante del enemigo”, dice, y es una verdad que hay que recordar, que los piadosos no van a quedar bien con todos, tendrán enemigos. Para David, algunos de sus enemigos eran Saúl, los filisteos y aun su propio hijo Absalón. Pero su confianza estaba en Dios. Observemos las veces que dice “tú” y “ti” en estos ocho versículos. David no confiaba en sí mismo. No era “yo, yo, yo” ni “mí, mí, mí” sino “tú, tú, tú”. No podemos librarnos sino clamar a Aquel que puede. ¿Qué refugio mejor que el Señor? ¿Pueden socorrerte tus vecinos o tus hermanos en la carne? El Señor Jesucristo dijo que los enemigos del hombre creyente serán los de su propia casa. Hay que confiar en Dios. Desde cualquier lugar, en cualquier circunstancia, hagamos como David y acerquémonos al Señor.
    Entonces, en el versículo 4, orar y recordar le infundió confianza y esperanza. “Habitaré en tu tabernáculo para siempre” – es la seguridad del creyente, su certeza, y no las puede quitar nadie. El tabernáculo indica la presencia del Señor. Estaba lejos física y temporalmente, pero no definitivamente porque nada puede separarnos de Dios ni quitarnos de Sus manos.  En este versículo también menciona “la cubierta de tus alas” y esto nos recuerda el Salmo 91:4, las alas del Señor como refugio seguro de los Suyos, como los polluelos que están bajo las alas de la gallina.
    En los versículos 5-7 David reconoce que Dios oye y responde, y está seguro de que no le va a desamparar. En lugar de pensar más en lo que no tiene, piensa en lo que tiene y tendrá. Tiene la heredad de los que temen a Dios (v. 5). Pedro menciona la herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada para nosotros (1 P. 1:4). Los que sólo tienen esperanza en esta vida, que viven para el momento, son los más pobres que hay, pese a sus riquezas, su poder y la vida cómoda y abastecida que tienen. Y son nefastos, porque el momento que salgan de esta vida, se van desprovistos a la eternidad, y su vida entonces habrá resultado ser nada más que vanidad. ¡Cuán diferente es para el creyente! ¡Qué futuro dichoso tiene! Dios también le dará “días sobre días...generación y generación” (v. 6), que es una expresión que significa la eternidad. Nunca terminará nuestra comunión con Dios y Sus bendiciones sobre nosotros. “Estará para siempre delante de Dios” (v. 7). Nuestro cuerpo es una casa temporal, y saldremos un día de él, y iremos a estar con el Señor para siempre. Los que no son creyentes irán solos y dolidos a una eternidad perdida. Dicha eterna o dolor eterno espera a cada ser humano.
    En el versículo 8 David anticipa cantar siempre y pagar sus votos (hechos en el v. 5), cada día de su vida en este mundo. Números 30:1-2 indica lo importante que es cumplir cualquier voto que hacemos a Dios. A veces le decimos: “Ayúdame Señor y prometo que haré eso o lo otro”. El Señor nos oye, recuerda, y espera que cumplamos lo que prometieron nuestros labios. Pero a veces cuando recibimos lo que pedimos, o cuando salimos de apuros, se nos olvida cumplir lo que habíamos dicho al Señor, y eso es pecado.
    David, en sus pruebas y tristeza, miraba más al futuro que al presente, y más a Dios que a sus circunstancias y sentimientos. No se quedó en un remolino de introspección y emociones – sino que alzó los pensamientos y la voz en oración a Dios. Esperó en la misericordia de Dios. Los inconversos no pueden hacer esto, y no tienen cómo salir de sus problemas si no se convierten. Pero nosotros, los que hemos confiado en el Señor para salvarnos, podemos confiar en Él para socorrernos durante toda la vida, y bendecirnos por toda la eternidad.   

¡Oh, Cristo! 
Escucha mi oración, y atiende a mi clamor,
Sólo en Ti refugio tendré,
Al desmayar mi corazón, a ti vendré Señor,
Sólo en Ti refugio tendré.

¡Oh! Llévame a la roca más alta que yo,
Llévame Señor, yo te seguiré;
¡Oh! Llévame a la roca más alta que yo,
Sólo en Ti refugio tendré. 
 

 

Thursday, January 31, 2019

EL DESVÍO DE SALOMÓN


Texto: 1 Crónicas 17:1-15
El rey David quiso edificar la casa de Dios. El deseo era bueno, pero Dios le dijo que no, y que un hijo suyo lo haría. Este hijo era Salomón, al cual Jehová amó (2 S. 12:24). “Davíd había hecho lo recto ante los ojos de Jehová, y de ninguna cosa que le mandase se había apartado en todos los días de su vida, salvo en lo tocante a Urías heteo” (1 R. 15:5). Este texto resume la vida de David, pero no la vida de su hijo Salomón, aunque es dudoso que hubiera otro ser humano tan bendecido y privilegiado como él. Repasemos a grandes rasgos su historia.
    1 Crónicas 22:5-9 explica otra vez con más detalle por qué Dios no permitió a David edificar el templo, y cuál era Su plan. David había sido hombre de guerra y derramó mucha sangre. Dios no quiso que el templo fuera manchado con esa sangre. Le prometió: “He aquí te nacerá un hijo, el cual será varón de paz, porque yo le daré paz de todos sus enemigos en derredor; por tanto, su nombre será Salomón, y yo daré paz y reposo sobre Israel en sus días” (v. 9). En los versículos 17-19 David mandó a todos los principales de Israel que ayudasen a Salomón. Les encargó a poner sus corazones y ánimos en buscar a Jehová y servirle.
    Luego, en 1 Crónicas 28:2-7, ante toda la nación, David relató la promesa de Dios que estaría con Salomón, que le había escogido y sería a él Padre. En el versículo 9 le exhortó: “Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre”. Ahí aparece la advertencia de no dejar al Señor porque sería ruinoso. Los padres creyentes bien podrían decir estas palabras a sus hijos. En los versículos 19-20 le encargó a animarse y esforzarse sin temor y sin desmayar, prometiendo la presencia y ayuda de Dios. Pocos hombres han recibido un encargo público y tanta bendición como Salomón.
    En 1 Crónicas 29:18-19, antes de morir David oró encomendando a Salomón en manos de Dios y pidiendo que le diera un corazón perfecto para guardar la Palabra de Dios. Debemos nosotros también orar así. En todo eso que hemos repasado rápidamente, vemos la voluntad soberana de Dios, respecto al templo y quién lo edificaría, y qué quiere de él.
    Dios sin ejército los había sacado de Egipto, de esclavitud y miseria, para que le conocieran, siguieran y sirvieran. Por Su gran poder lo hizo. Cuando llegó el momento, Dios buscó un varón conforme a Su corazón (1 S. 13:14), eso es, David. David sirvió a Dios toda su vida, y cuando llegó a la recta final y deseó edificar el templo, aceptó la respuesta de Dios y no insistió. Aprendió de Dios cómo quería las cosas y las encargó a su hijo Salomón. Todo estuvo preparado, pero Salomón tuvo que esforzarse y ser fiel. Le tocó animarse, levantarse y hacer la obra, y guardar siempre la Palabra de Dios.
    En 1 Reyes 2:23-46 vemos que Salomón comenzó su reino haciendo limpieza y matando a los malvados como David le había dicho ( 2:5-9). Pero  en 2 Reyes 3:1, muerto su padre, no tardó en emparentarse con Faraón, tomando a su hija por esposa – una mujer extranjera y pagana. Fue una decisión mala. Dios había dicho al pueblo que no volviera a Egipto, sino que mantuviera la separación. No lo hizo, y como dice el refrán: “Quien mal empieza mal acaba”. Era un yugo desigual, a través del cual trajo ideas y costumbres de Egipto y las metió en Jerusalén y en el palacio.
    Sin embargo, 1 Reyes 3:3 dice que Salomón amó a Jehová y anduvo en los estatutos de su padre David. Mejor hubiera sido andar en los estatutos de Dios y no verlos quizás como tradiciones de su padre. Pero Dios es paciente y recuerda Sus promesas a David. En el versículo 5 Dios se le apareció diciéndo: “Pide lo que quieras que yo te dé”. Salomón pidió bien en los versículos 6-9, con humildad y deseando servir bien. Salomón se equivocó porque no pidió la guía de Dios antes de casarse. Seguro que de haberlo hecho, Dios le hubiera dicho que no. Pero Dios sigue trabajando con él. En los versículos 10-15 Dios responde con más bendiciones que él había pedido, la sabiduría, y además gran riquezas y gloria, recordándole la condición de andar en Sus caminos y guardar Sus estatutos como David su padre.
    Hermanos, Dios quiere que seamos sabios y prudentes porque vivimos en un mundo caído y muchos de nosotros vivimos o trabajamos con personas inconversas. Tu familia te da los besos y todo eso pero si les hablas de Cristo verás que no dirán "amén" ni lo apreciarán. Eso es porque son enemigos Suyos y por eso son enemigos nuestros – no hay que olvidar eso sólo porque te dan los besos o comen contigo. Necesitamos pedir al Señor sabiduría y prudencia, y debemos recordar y guardar Sus mandamientos.
    En 1 Reyes 4 Salomón recibió la sabiduría y la manifestó. En los capítulos 5 y 6 edificó el templo, y nunca ha habido otro templo como éste. En 1 Reyes 9 Dios hace otro pacto condicional con él, después de terminar el templo y otros proyectos. Le dio una condición (v. 4), una promesa (v. 5) y una advertencia especificamente sobre la idolatría (vv. 6-9), anticipando su infidelidad. Le advirtió que la infidelidad traería graves consecuencias, y la destrucción del templo que acabó de edificar. Y en el capítulo 10 vino la reina de Sabá a ver su sabiduría y glora y se quedó asombrada. Dios había cumplido todas Sus buenas promesas. Pero ahí no termina la historia, aunque nos gustaría que sí. Nos gustaría leer algo como “comieron perdices y se fueron felices”.
    Pero, en 1 Reyes 11 la historia cambia. Brotó otra vez el amor ilícito y las decisiones tomadas sin consultar y fuera de la voluntad de Dios. “Salomón amó ... a muchas mujeres extrajeras” (v. 1). Como hemos oído, no todo amor es lícito, y el amor no arregla todas las cosas. Algunos amores son egoístas, carnales y pecaminosas, y así fue con Salomón. Amó a mujeres de Moab, Amón, Edom, Sidón y a las heteas – todas enemigas de Dios. Perdió la cabeza por amores transitorios y malos. Así prostituyó la sabiduría y riqueza que Dios le había dado. El versículo 3 dice que tenía 700 reinas y 300 concubinas. No estuvo satisfecho. ¡Quería más, y fue desenfrenado! “Y sus mujeres desviaron su corazón” (v. 3). El resultado fue que en su vejez Salomón fue idólatra (vv. 4-8). ¡Quién iba a decir que un hombre como él haría ídolos y los adoraría! ¡Nadie! Pero se descuidó, y se desvió. Edificó un lugar alto en el monte enfrente de Jerusalén (v. 7). Hizo así para todas sus mujeres extranjeras para que rindiesen culto a sus ídolos. Vemos el mal del matrimonio mixto, y lo que estuvo dispuesto a hacer para tener contentas a sus mujeres. Acabó mal por el amor a lo terrenal y pasajero, en lugar de amar a lo celestial y eterno. ¡Y era el hombre más sabio en el mundo, así que tengamos cuidado! Puede que prometas: “Yo no dejaré de congregarme”, o afirmes: “Yo nunca haría eso o lo otro”. Ahora mismo no harías ciertas cosas, pero si te descuidas y te dejas desvíar, podrías llegar a esos pecados.
    Si él pudiera volver a vivir, quizás no cometería los mismos errores, pero sólo tenemos una vida, y hay que sopesar las cosas en la presencia de Dios y considerar bien las consecuencias de nuestras decisiones antes de tomarlas. No seamos sabios en nuestra opinión (Pr. 3:5-6).
    Dios en Su misericordia ha hecho provisión para perdonar a los arrepentidos, pero sólo a ellos. Si no se arrepienten no hay perdón. No pueden suavizar las cosas, ni justificarse, ni echar la culpa a otros. Y el tiempo no cambia nada. Si pasan 20 o 30 años y uno no se arrepiente, todavía estará en pecado y separado de Dios. No contemos con el amor de Dios para no arrepentirnos. Él no será tolerante del mal ni lo aceptará nunca. Hay que darse cuenta del pecado y volverse a Dios. No hay otro camino. Es para nosotros una lección muy seria.
    Así que, en los versículos 9-13 Dios anunció el juicio que antes había advertido. Tenemos que seguirle en espíritu y también en el cuerpo. Ahí falló Salomón. ¡Qué ignorancia podía profesar Salomón, pues Dios le había aparecido dos veces! Y nosotros, tenemos toda la Palabra de Dios en nuestras manos, y recibimos sana enseñanza. ¡No hay excusa! A Salomón le vino castigo severo, porque tuvo grandes privilegios y ninguna excusa.
    En el Nuevo Testamento, observa conmigo que Dios pone a Salomón abajo. En Mateo 6:29 Cristo dijo que los lirios se visten mejor que Salomón con toda su gloria. En Mateo 12:42 Cristo nombró la visita de la reina de Sabá para oír la sabiduría de Salomón, y entonces dijo que Cristo es más que Salomón. Salomón queda como descolorido y desinflado.
    Hermanos, Dios quiere la justicia y fidelidad de corazón, no sólo un cumplimiento externo que no dura. Él observa nuestra conducta, pero también ve lo que hay en nuestro corazón. Salomón no fue como David, y hay muchos que han estado en presencia de padres piadosos y en iglesias donde hay verdaderos siervos de Dios, pero no han sido como ellos, porque tienen problemas de corazón, como Salomón. A César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios, dijo nuestro Señor. A Dios el corazón, la mente, las fuerzas, todo nuestro ser.
    1 Reyes 11:34-36 relata que Dios no quitó todo el reino, sino que dejó dos tribus para la familia de David, por amor a David, no a Salomón. En el versículo 43 Salomón murió y fue sepultado. Comenzó bien. Siguió bien durante un tiempo. Pero se enalteció, se desvió, y terminó mal. Su historia está llena de lecciones y advertencias para que tú y yo aprendamos cómo vivir y agradar a Dios, y serle fieles hasta el fin. Que así sea para Su eterna gloria y nuestro eterno bien.

Friday, October 19, 2018

CLAMA A MÍ


Texto: Jeremías 33:1-8

El mundo está fatal, hermanos, y no verá mejora. Asimismo, en el tiempo de este texto, Jerusalén estaba fatal y venían todavía más juicios. Dios tenía a Jeremías en la ciudad advirtiéndola, pero no lo aceptaron. Además de eso, le hacían sufrir, probablemente queriendo hacerle callar. En este capítulo Jeremías está en el patio de la cárcel porque había predicado fielmente la Palabra de Dios. El pueblo de Israel rechazó a Dios y a Sus mensajeros, en este caso era Jeremías, pero otros profetas vieron las mismas actitudes (2 R. 17:14-15; Jer. 7:25-26). Hoy también es lo que uno puede esperar si es fiel en proclamar lo que Dios dice – el mismo “pueblo de Dios” le ignorará o intentará hacerle callar.   
    Así que, Jeremías se encuentra en una situación de desaliento, pero Dios le alienta. En el versículo 2 le recuerda que Él hizo todo, tiene gran poder y sabiduría. Le recuerda Su Nombre. Es como si le dijera: “¿Te acuerdas de quién soy yo?”  En Él tenemos que meditar cuando suframos. Jeremías sufrió por ser fiel a Dios, pero no había que dudar ni echarse atrás. Pedro en su primera epístola nos dice: “si alguno padece como cristiano, no se avergüence...” (1 P. 4:16).
    Dios invita a Jeremías a clamar a Él (v. 3) y promete responder – es una gran promesa alentadora que le vino en tiempo de sufrimiento. Los versículos 4 y 5 recuerdan la situación de sufrimiento y pérdida para toda la ciudad, y en el versículo 6 Dios promete: “yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré”. Primero los castigó por su comportamiento impío, y luego los sanó. En esto encontramos una aplicación para nosotros. Hebreos 12 dice que Dios también tiene que castigarnos por nuestro comportamiento, y el que esté sin castigo no es hijo. Pero nos castiga para nuestro bien, no nos desecha, nos educa. Entonces no hay que desmayar, sino aceptar y aprender las lecciones que Él nos quiere enseñar.
    Los versículos 12-18 también hablan de bendiciones futuras para Jerusalén, cuando venga Él que tiene que gobernar. Como Israel, nosotros también debemos cultivar la vista larga, no corta, y recordar los propósitos y las promesas de Dios. Cuando hay rechazo, cuando sufrimos, recordemos que Él tiene grandes planes para bien. Y así en tiempos difíciles o malos no nos olvidaremos ni nos apartaremos de Él, ni daremos lugar a la amargura.
    Volvamos al versículo 3, donde Dios da a Jeremías (y a nosotros) la receta: “Clama a mí”. Lo que solemos hacer, si somos honestos, es clamar a los hombres buscando su ayuda, antes que clamar a Dios. Y tristemente, a algunos les gusta que clamen a ellos, porque así se sienten importantes o poderosos, como filántropos. Pero dice: “Clama a , no a ellos. Cualquier problema que tengas: “Clama a mí” es el consejo. El Señor quiere que acudamos y esperemos en Él. Promete: “Y yo te responderé”. No clamaremos a Dios en vano. Él responde con sabiduría, poder y amor. A veces la respuesta puede ser “no”, o “espera”, o “sí” u otra cosa. Sigue y dice: “y te enseñaré”. Hay cosas que todavía no sabemos, cosas que nos alentarán, darán gozo, nos aclararán los valores, nos ayudarán a orientarnos. Hay esperanza para el pueblo de Dios.
    Entonces, Jeremías clamó, y el Señor le sacó vivo del terrible castigo de Jerusalén. El testimonio de Jeremías bien podría expresarse con las palabras de David en el Salmo 34.
    “Me libró de todos mis temores” (v. 4).
    “Este pobre clamó, y le oyó Jehová y lo libró” (v. 6).
    “Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias” (v. 17).
    Este testimonio y esta promesa nos animan a resolver nuestros problemas por medio de la oración – clamando al Todopoderoso. Hermano, hermana, Él te escuchó para salvarte, y te escuchará para ayudarte. Clama a Él.

Lucas Batalla, de un estudio dado el 23 de septiembre, 2018

Thursday, October 18, 2018

Ezequías y el Avivamiento


Texto: 2 Crónicas 29

Ezequías fue hijo bueno de padre malo. Pero puso a Dios antes que la familia, porque no imitó lo malo sino lo bueno (3 Jn. 11). Nosotros los creyentes que somos padres debemos dar ejemplo bueno a nuestros hijos, pero Acáz no era creyente. Era malísimo como vemos en 2 Crónicas 28:19-28. Usaba el poder y la autoridad del rey para hacer mal, y acabó mal. El versículo 27 dice que no lo metieron en los sepulcros de los reyes, eso es, que le dieron una sepultura inferior porque ni muerto era digno de estar al lado de otros reyes.
    Entonces su hijo Ezequías, de veinticinco años de edad, subió al trono y se dio a conocer como rey bueno y piadoso. El versículo 2 dice que hizo lo recto, no ante los judíos, sino ante Jehová. Al decir “conforme a su padre David” eso es porque usaban “padre” para referirse también al abuelo y otros antepasados. Ezequías escogió el buen ejemplo del pasado, de David, y lo siguió. No fue contemporáneo como había sido su padre Acaz (véase Jer. 6:16). Hoy también hay muchos como Acaz en las iglesias, que quieren ser contemporáneos y cambiar todo, y no siguen el patrón fiel de antaño. No los imitemos, hermanos, sino seamos fieles al Señor y al patrón que Su Palabra da. En el primer año de su reino, Ezequías deshizo lo malo de su padre – no siguió la mala tradición. Abrió las puertas del templo y las reparó (v. 3). Hizo venir los sacerdotes y levitas, porque estaban lejos, apartados, ya que bajo Acaz no se les había permitido celebrar el culto a Jehová. Sus problemas empezaron cuando Acaz envió el diseño del altar en Damasco y el sumo sacerdote, en lugar de oponerle y pararle, se sometió e hizo lo que el rey mandó, en lugar de seguir lo que Dios mandó. No podemos ceder así a cambios sin que vengan malas consecuencias. Al final Acaz había cerrado el templo. Pero su hijo Ezequías lo abrió. En el versículo 5 mandó a los sacerdotes tres cosas: (1) santificarse, (2) santificar la casa de Jehová, (3) sacar del santuario la inmundicia. Esto último nos recuerda como nuestro Señor Jesucristo purificó el templo, sacando a todos los vendedores.
    Entonces, en los versículos 6 y 7 Ezequías declara por qué el cambio. Reconoce la maldad de los padres. “Nuestros padres se han rebelado”: hicieron lo malo, dejaron al Señor, apartaron sus rostros, le volvieron las espaldas, aun cerraron las puertas del templo, apagaron las lámparas, no quemaron el incienso ni sacrificaron holocausto. Como venimos diciendo, todo eso comenzó cuando el sumo sacerdote Urías fue infiel a Jehová y cedió al capricho de Acaz e hizo el altar pagano (2 R. 16:10-20). Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
    Por tanto, en los versículos 8 y 9 vemos las consecuencias: la ira de Dios, turbación, execración y escarnio. ¡Tanta mortandad, pérdida y tristeza! Es triste cuando los padres son infieles y traen juicio y pérdida sobre sus hijos.
    En el versículo 10 Ezequías anuncia lo que va a hacer: “yo he determinado hacer pacto con Jehová”. Vemos que escogió lo bueno, y usó su voluntad para bien. Cada uno de nosotros debe dejar de pensar y actuar como víctima, y determinar como Ezequías hacer lo bueno. No hizo referendum, ni esperó saber la opinión de la mayoría, sino decidió hacer lo recto. Usó su influencia y responsabilidad para apartar la ira. Hermanos, no hay avivamiento sin arrepentimiento, sin santificación, sin sacar la inmundicia, sin comprometerse con Dios. El avivamiento no viene por poner música marchosa, ni por cambiar la hora del culto, ni por imitar al mundo – dejando a las mujeres hablar – poniendo juegos para los jóvenes – metiendo la psicología – guardando fiesta de San Valentín o Navidad – ni por conseguir un local nuevo ni nada así. Tiene que haber reconocimiento de pecado, arrepentimiento, clamor al Señor y limpieza que quita lo que está mal. Hagamos un cambio, una marcha atrás, volviendo a lo bueno. No pidamos permiso de los demás para obedecer a Dios. No hagamos un sondeo buscando mayoría ni popularidad. Seamos fieles a Dios y marcamos pauta con nuestra vida.
    En el versículo 11 advierte a los sacerdotes y levitas: “Hijos míos, no os engañéis ahora”. No hay que postergar la acción, les dice, porque eran los escogidos de Jehová para el ministerio y debían ponerse en marcha sin demora. En los versículos 12-19 actúan y entonces dan informe a Ezequías. Y nosotros, ¿cómo hacemos limpieza? Arrepintiéndonos, confesando y apartándonos del pecado (Pr. 28:13), y haciendo pacto con el Señor en el sentido de decir: “lo que hice no lo voy a hacer más”. Entonces, los sacerdotes y levitas dan a Dios Su parte (vv. 20-29), eso es, los sacrificios y las ofrendas, la alabanza y la adoración. Eso es importante, pero observa que viene después de la confesión, la limpieza y la santificación. Las cosas en su orden.
    En los versículos 30-36 hay alegría: “se alegró” (v. 36). Primero hay contrición por el pecado, y luego viene el gozo. Los avivamientos vienen cuando los hombres siguen ese ejemplo. Fuera con el orgullo, fuera el pecado y las excusas. El arrepentimiento, la limpieza y la consagración traen bendición y alegría. Así se alegró Ezequías y con él todo el pueblo. Fue un gozo contagioso y compartido. Vemos en esto el camino de vuelta a Dios, el del avivamiento y la bendición. Nosotros también podemos tener bendición y gozo, si seguimos el ejemplo puesto delante nuestro. Que así sea para la gloria del Señor.

del estudio dado por Lucas Batalla el 16 de octubre, 2018

 Avívanos, Señor.
Sintamos el poder
del Santo Espíritu de Dios
en todo nuestro ser.

Coro:
Avívanos, Señor,
con nueva bendición;
inflama el fuego de tu amor
en cada corazón.


Avívanos, Señor,
tenemos sed de Ti.
La lluvia de tu bendición
derrama ahora aquí.

Avívanos, Señor;
despierta más amor,
más celo y fe en tu pueblo aquí
en bien del pecador.

Friday, August 31, 2018

El Rey Ezequías Se Apoyó En Dios

Texto: 2 Reyes 19:28-37

Acaz, padre de Ezequías, fue un rey malo que hizo mucho daño espiritual a la nación de Judá. En 2 Reyes 16 leemos su triste historia. Comenzó a reinar con 20 años de edad, y “no hizo lo recto ante los ojos de Jehová su Dios, como David su padre” (2 R. 16:2). “Antes anduvo en el camino de los reyes de Israel, y aun hizo pasar por fuego a su hijo, según las prácticas abominables de las naciones que Jehová echó de delante de los hijos de Israel. Asimismo sacrificó y quemó incienso en los lugares altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol frondoso” (2 R. 16:3-4). Esto fue para empezar, y luego hizo más mal, se puso a cambiar lo que Dios había ordenado referente a la adoración y los sacrificios en el templo (vv. 5-18). Pero al final, murió, fue sepultado con los reyes, y su hijo Ezequías reinó en su lugar (2 R. 18:2) con 25 años de edad. Era hijo bueno de padre malo. La gente suele decir que un hijo se parece a su padre, pero gracias a Dios, en este caso no. Y tomamos nota de que tener padres incrédulos o infieles no nos da una excusa para no seguir al Señor. No somos víctimas – podemos escoger – y somos responsables de nuestras decisiones y hechos. “No seáis como vuestros padres y como vuestros hermanos, que se rebelaron contra Jehová” (2 Cr. 30:7). “No seáis como vuestros padres, a los cuales clamaron los primeros profetas, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras; y no atendieron, ni me escucharon” (Zac. 1:4). En cambio, cuando uno tiene padres creyentes y espirituales, debería seguir sus enseñanzas y ejemplo: “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello” (Pr. 1:8-9).
    Ezequías fue fiel al Señor, hizo lo bueno ante los ojos de Jehová, como hemos de ver, sin embargo tuvo una gran prueba cuando vino Senaquerib rey de la superpotencia Asiria. Pero consultó y pidió oración, como siempre es bueno hacer, con Dios y con hombres de Dios, en lugar de tomar decisiones por su cuenta como muchos hacen. Los versículos 22-34 son la respuesta que Dios le mandó. Y el versículo 35 dice: “aquella misma noche”, es decir, que Dios no tardó en actuar sino intervino enseguida. Destruido su ejército, el rey de Asiria volvió a Nínive (v. 36), diríamos “con el rabo entrepiernas”. No sólo esto, sino que al entrar en el templo de su dios falso, sus propios hijos lo mataron. Dios había respondido y quitado la gran amenaza de la superpotencia de aquel entonces.
    ¿Y qué problema nuestro no puede Dios resolver si le seguimos, confiamos y consultamos con Él? La vida cristiana tiene pruebas, luchas, enemigos y dolores. Pablo informó: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Ti. 3:12). Algunos, para no sufrir, dejan de vivir piadosamente, se camuflan, se adaptan, se callan, etc. Pero ese no es el camino, como bien demostró el rey Ezequiel.
    Él hizo lo recto ante los ojos de Jehová (2 R. 18:3). Quitó los lugares altos, los ídolos y la serpiente de bronce (18:4). Puso su esperanza en Jehová (v. 5), de modo que no hubo otro rey como él. No se apoyó en su linaje real, el nombre de su padre ni en riquezas ni potencia real. No se apoyó en su propia sabiduría (Pr. 3:5-6), sino confió en Dios de todo corazón. Era un hombre de oración, y hermanos, es así que uno se apoya en Dios. Los que se apoyan en los hombres buscan de ellos la solución de sus problemas. Pero los que se apoyan en Dios hablan con Él y esperan en Él. Filipenses 4:6 dice: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. Ezequías comprobó por experiencia lo que el apóstol Pedro escribiría siglos después: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 P. 5:7). Apoyarse en Dios es leer y meditar Su Palabra, creerla, orar siempre antes de actuar, y portarse fielmente.
    ¿Cuál fue el resultado?  El versículo 7 dice: “Y Jehová estaba con él”. Dios le salió al paso. No hay otra forma de conseguir esto, y el capítulo 19 enseña cómo Dios le ayudó. Primero en el capítulo 18 le dio fortaleza y ánimo para no obedecer al rey de Asiria – no ser aliado, no tolerar ni sujetarse a lo malo. Y esa fidelidad le trajo inevitablemente el conflicto enorme. Samaria cayó a los asirios (18:9-12), y en el año 14 de su reinado (18:13) Senaquerib subió contra Jerusalén. Pero ahí estaba Ezequías que obedecía, oraba y confiaba en el Señor. En 19:1 Ezequías oyó, rasgó sus vestidos, se cubrió con cilicio y entró en la casa de Dios. Presentó a Dios su petición y pidió las oraciones del profeta Isaías (19:2-4), y Dios respondió (vv. 5-7). Los asirios se fueron a batallar en otro lugar (vv. 8-9) pero mandaron a Ezequías cartas de amenazas y blasfemias, prometiendo volver (vv. 11-13). ¿Qué hizo Ezequías entonces?  Tomó esas cartas, entró en el templo y oró a Dios (vv. 14-19). Entonces Dios le mandó la respuesta a sus oraciones por medio del profeta Isaías (vv. 20-34), y trajo la muerte primero al ejército y depués al mismo rey Senaquerib (vv. 35-37).
    El Señor ayuda a los que se apoyan completamente en Él, sin muletillas, sin excusas ni arreglos mundanos. Nadie de los fieles dirá jamás: “por demás es que he seguido o servido a Dios”. Recordemos siempre esto. “Ciertamente hay galardón para el justo; Ciertamente hay Dios que juzga en la tierra” (Sal. 58;:11).
    Ezequías había hecho una gran limpieza, como dice el capítulo 18. A veces esto es necesario en nuestra vida – no sólo reunirnos para cantar, leer y oir, sino poner manos a la obra y hacer una buena limpieza en nuestra vida personal y nuestra casa. Quizás tomó el Salmo 101 como su manifiesto, porque no toleró ninguna maldad en Jerusalén y Judá. 2 Corintios 7:1 dice: “limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu”. Cuando ponemos manos a la obra y hacemos limpieza, eso esnseña que estamos en serio con Dios y que Él tiene nuestra devoción. Es fruto de una fe verdadera.     Entonces Ezequías, al verse amedrentado, no se echó atrás. Fue a consultar a Dios y pidió las oraciones de Isaías. Hermanos, cuando vengan problemas – y vendrán – busquemos al Señor y el consejo de hombres espirituales en la iglesia – no la gente de la calle, los amigos de barrio o del trabajo, ni a los que van a otras iglesias de cualquier tipo. Tengamos cuidado de buscar sano consejo bíblico, la voluntad de Dios. Sobre todo, digamos las cosas a nuestro Señor, echando toda nuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de nosotros. La fidelidad a Dios tiene su precio en esta vida, pero el creyente tiene apoyo inigualable en el Señor su Dios.
Lucas Batalla, de un estudio dado el 23 de agosto, 2018

Dilo A Cristo

Cuando estás cansado y abatido, dilo a Cristo, dilo a Cristo.
Si te sientes débil, confundido, dilo a Cristo el Señor.
Dilo a Cristo, dilo a Cristo, Él es tu Amigo más fiel;
No hay otro amigo como Cristo, dilo tan sólo a Él.

Cuando estás de tentación cercado, mira a Cristo, mira a Cristo.
Cuando rugen huestes de pecado, mira a Cristo el Señor.
Mira a Cristo, mira a Cristo, Él es tu Amigo más fiel;
No hay otro amigo como Cristo, mira tan sólo a Él.

Si se apartan otros de la senda, sigue a Cristo, sigue a Cristo,
Si acrecienta entorno la contienda; sigue a Cristo el Señor.
Sigue a Cristo, sigue a Cristo, Él es tu Amigo más fiel;
No hay otro amigo como Cristo, sigue tan sólo a Él.

Wednesday, August 22, 2018

¡Calor Eterno!



Texto: Lucas 16:19-31

He aquí un pasaje donde el Señor habla de cosas que muchos rechazan. No es una parábola, pues da nombres de personas. Habla de dos hombres en vida y en muerte – un contraste grande. Ahora en Europa estamos pasando una ola de calor impresionante y dicen que varias personas han muerto. La gente se queja del calor ahora, pero hay más calor que vendrá después de esta vida. El mundo vive a espaldas de Dios e ignora la realidad de su condición y de lo que viene. En este sentido, aunque no sean ricos, son como ese hombre rico que se ocupaba de su vida cotidiana sin pensar en su condición espiritual o en Dios y la eternidad. Ese rico “hacía cada día banquete con esplendidez” (v. 19); vivía cómodo, bien vestido y aseado, atendido por criados, bien comido y acompañado de sus amigos. Pero sólo vivía para el momento. Se divertía, pero no se convirtió. Así son muchos, que viven para ahora y su mayor preocupación es su comida o su comodidad.
    En cambio, el pobre de Lázaro no tenía nada (vv. 20-21). Pero cuidado, eso no le hacía santo, pues los pobres también son pecadores como dice la Biblia: “por cuanto todos pecaron” (Ro. 3:23). Pero el punto es que él era un caso de necesidad cerca del rico. Su farmacia era que los perros le lamían las llagas. Tenía dolor físico, y debido al hambre, también del estómago. El pobre ansiaba comer las migas que caían de la mesa de aquel rico. Estaba arruinado y desamparado. Así Dios describe también a los seres humanos. Por un lado somos como el rico – pensamos en comida y ropa y cosas materiales – por otro lado somos como el pobre Lázaro, en mal estado y sin esperanza. Muchos no quieren leer la Biblia porque les dice cómo son: llenos de llagas, como dice Isaías 1:5-6. La gente quiere hablar de la supuesta “dignidad” del ser humano, sin reconocer su verdadera condición mala y desesperada. El pecado ha arruinado toda la raza humana, sin excepciones.  El pobre Lázaro – con ansias de comer, sin ayuda de nadie, yaciendo en el suelo, rodeado de perros, es un retrato de la desesperación.
    Pero luego en el versículo 22 vino el igualatorio de Dios: la muerte. Murió Lázaro primero, quizás porque estaba mal y no tenía asistencia médica. Pero al morirse, tenía a ángeles esperándole – no por ser pobre – sino por ser creyente. Los ángeles lo llevaron. Ellos no tienen escrúpulos de llevarse a un pobre lleno de llagas, si es creyente. Lo llevaron al seno de Abraham, no a su lado o a sus espaldas sino a su seno  – el lugar de los afectos. Describe el lugar de los salvos por la fe – como Romanos 4:3-5 y Gálatas 3:6 nos enseñan: “creyó a Dios, y le fue contado por justicia”. La única manera de ir a donde Abraham es creer como él. Curiosamente Abraham había sido rico en la vida – y Lázaro pobre – pero los dos están unidos en la eternidad por la fe en el Señor.
    Después de esto murió también el rico – porque aunque podía comer bien, descansar bien y pagar médicos y medicinas, la muerte le llegó porque “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). Su casa se convirtió en casa de luto. El Señor no lo dice en Lucas, pero es de suponer que su familia o sus criados o amigos le llevaron a la sepultura, con plañideras y todo, pero en la ultratumba no le esperó nadie. Termina el versículo 22 así: “y fue sepultado”.
 
   Entonces el Señor enseña lo que Él ve pero nosotros no, que ese rico después de muerto, “en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos”. Hermanos y amigos, no todos los tormentos son de cuerpo. No sabemos si en su funeral dijeron cosas como “está mejor” o “ahora descansa” como se suele oír, pero no fue mejor sino peor. Después de la muerte el ser humano es consciente de su situación y dónde está. El Hades es un lugar, no una leyenda, y muchos están allí. Aquel rico nunca alzó sus ojos al Señor durante la vida, pero luego, en tormentos los alzó, cuando era demasiado tarde. Job preguntó: “Perecerá el hombre, ¿y dónde estará él?” (Job 14:10). El Señor da la respuesta. No descansaba. Estaba en tormentos. Sin comida. Sin agua. Sin música. Sin cama. Sin amigos. Sin siervos. Sin familia. Había sido un israelita religioso pero sin Dios, que iba al templo, a la sinagoga, cumplía los ritos, pero no era creyente. Dios no estaba en todos sus pensamientos. Muchos hay como él, y la mayoría no son israelitas, sino simplemente religiosos pero viviendo para sí. Aquel rico vio de lejos a Abraham y Lázaro en el lugar más recóndito, reservado para solo creyentes. ¿Qué clase de creyentes? Los verdaderos, que se describen así: “El justo por la fe vivirá” (Hab. 2:4; Ro. 1:17; He. 10:38).
    En el versículo 24 empezaba a dar voces a Abraham. Pero él no puede salvar a nadie. El rico pidió ser atendido, buscaba alivio. Se quejó de estar atormentado en la llama. Como decíamos al principio, la gente ahora se queja de un poco de calor – ¡qué dirá entonces! Ese hombre dio voces tarde. Tenía que haberlo hecho en vida. Muchos viven equivocados y satisfechos, y van rumbo a la muerte y el dolor de la llama del Hades y luego del lago de fuego – el juicio eterno – el calor eterno. Algunos predicadores hacen ver que tal vez el fuego no sea literal sino una figura. ¿Preguntamos al rico si es literal o no? ¡Él veía y sentía el fuego, y todavía sufre!
    Responde Abraham (v. 25): “Hijo, acuérdate”. Los muertos infieles no tendrán agua ni otras cosas, pero tendrán memoria. “Recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males”. Pero había llegado el igualatorio divino – la muerte – y todo cambió. Ahora le recuerda su vida, tenía bienes, y tenía cerca a un hombre necesitado pero no le ayudó. ¡Qué tacaño y cruel! No tenía compasión. No le daba comida. No le curaba sus llagas. No le hacía nada, y ahora, era tarde, sólo le quedaba esa terrible palabra: “acuérdate”. Era egoísta, recibía y lo gastaba en sí y quizás en su círculo de amigos y familia. No necesitaba todo lo que tenía, pero no hizo lo que Dios quiere de los ricos: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Ti. 6:18-19). La pobreza es una prueba para los que la sufren, y hay más pobres que ricos en el mundo, pero la riqueza es una gran prueba para los que la tienen, y darán cuenta a Dios, como administradores, no dueños. Abraham le dijo a ese rico: “y tú atormentado”. No porque había sido rico – pues Abraham también era rico. Era porque se olvidó de Dios.
    Abraham sigue (v. 26) y le explica que además de atormentado, no puede salir: “Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá”. No es purgatorio. Son finales, eternos, los resultados de la fe o la falta de ella en la vida. 
     Después de la muerte no hay otra oportunidad. El purgatorio sólo existe en la imaginación y superstición de la religión falsa. ¡Cuánto daño han hecho con esto, y cuánto dinero han recaudado!
    En los versículos 27 y 28 el rico responde y sigue pidiendo y dando voces. Es muy chillón. Ahora se acuerda de su familia, y se preocupa. En el Hades se acuerda de sus cinco hermanos. Bien, pero tarde. Después de la muerte no hay comunicación, intervención, ni rezos que ayuden a nadie. Pero fijémonos cómo se le esclarecen las cosas – y sabe que necesitan que alguien les testifique para que se salven. Ya no piensa en banquetes, comidas, ropas ni nada así, sino en las almas y la eternidad. ¡Lo triste es que no pensó en esto durante su vida! Sería una vergüenza que ese rico muerto en el Hades tuviera más preocupación por las almas que nosotros, ¿verdad? Ahora, en vida, podemos testificar a la gente para que no vaya a ese lugar.
    Pero Abraham les remite a la Biblia (v. 29), “A Moisés y a los profetas tienen; oíganlos”. El mensaje de salvación está en la Biblia, y hay que leerla, o escucharla atentamente. Tenían sinagogas, y reuniones de lectura de la Biblia, y la gente iba pero no hacía caso, igual como hoy. El rico discute (v. 30): “No, padre Abraham” e insiste que sería mejor enviar a alguien de entre los muertos. ¡Él, perdido, dando consejos! Pero Abraham responde (v. 31) y aclara que si no oyen la Palabra de Dios, tampoco se persuadirán aunque fuera alguien de entre los muertos a hablarles. Hoy es igual. Si no oyen la Biblia, nada más les ayudará. Por eso hay que predicar la Biblia y citarla cuando testificamos, porque la gente no necesita filosofía ni religión comparativa ni psicología, sino la Palabra de Dios. “Escudriñad las Escrituras” dijo Cristo en Juan 5:39, pero hoy como entonces, es más fácil seguir el rumbo de la muchedumbre, aunque al final habrá gran calor y dolor. El Señor Jesucristo vino de la gloria para salvar a los pecadores, y en la Biblia tenemos la historia sagrada, el evangelio que es el poder de Dios para salvarnos. Seamos ricos o pobres, debemos hacer caso de la Palabra de Dios, porque sólo así podemos ser salvos.