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Monday, May 13, 2024

Caleb: Ejemplo de Fe

 

 Texto: Números 13.26-33
 

Caleb era príncipe en Judá, y este pasaje destaca el contraste entre él, Josué y los otros diez hombres encargados con la responsabilidad de espiar la tierra prometida. Todos vieron lo mismo, pero unos sin fe, y otros con fe. Como siempre, los que vieron con fe eran la menoría.
    Dios había dado promesas a Israel. Se acordó de Su pacto con Abraham, Isaac y Jacob, y sacó al pueblo de la tierra de Egipto. Los israelitas habían pasado el Mar Rojo,  atravesado el desierto, y estaban a punto de entrar en la tierra. La idea de enviar espías salió de ellos, no de Dios (Dt. 1.22-23), pero Él lo permitió, y cuando los envió, entraron en un compromiso. El resultado no fue bueno, porque Caleb tenía fe, confiaba en Dios, pero diez de sus compañeros no creían. Una lección de esta historia es lo importante que es en la iglesia actuar con fe, y no echarnos atrás de nuestros compromisos y las promesas de Dios. En palabras de Hebreos 6.12, “... no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”. Sigamos el ejemplo de Caleb. La palabra “perezosos” es traducida “tardos” en Hebreos 5.12. No oír diligentemente (He. 2.1) es causa de muchos males.
    Caleb esperó hasta los 85 años de edad para heredar la tierra. Pero sus compañeros no llegaron (excepto Josué), debido a su incredulidad y desobediencia (He. 3.18-19). Dios les había prometido la tierra, pero no le creyeron. Sacaron pegas y críticas. Miraron con solo ojos humanos, no con fe, y no vieron nada más que dificultades y dudas. Como resultado, miles de personas, toda esa generación, murieron en el desierto, durante cuarenta años, y de ellos solo sobrevivieron Caleb y Josué.
    Hoy vivimos un cristianismo muy liberal, y muchos dicen que creen en Dios, pero no creen lo que Él dice en la Biblia. Por eso, hay tanta diferencia entre las iglesias del Nuevo Testamento y las de hoy.  Es tan peligroso no creer a Dios hoy como fue en tiempos de Caleb. Estas cosas están escritas “para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10.11).
    Diez de los espías, la mayoría, hablaron mal (Nm. 13.32), y dijeron que no se podía entrar en la tierra. Solo veían las dificultades, y no confiaban en Dios. En efecto, su veredicto era que Dios se había equivocado en llevarlos hasta ahí. Tenían miedo de los gigantes, y otras cosas.
   v. 28 ciudades grandes y fortificadas
  vv. 28, 32-33 los hijos de Anac, de grande estatura, raza de gigantes
   v. 29 Amalec, los heteos, los jebuseos, los amorreos y los cananeos ya moraban ahí
    v. 31 “No podremos... porque es más fuerte que nosotros”
    vv. 32-33 la tierra “traga a sus moradores”
    

Esos eran temores lógicos, humanamente hablando, pero no cuando pensamos en todo lo que Dios había hecho por ellos.  Ya había humillado a Egipto, la superpotencia de aquel entonces, y había librado a Israel de Faraón y el gran ejército de los egipcios. Israel pasó el Mar Rojo en seco, y desde la otra orilla vio la destrucción de los egipcios. Aceptaron gozosos la liberación, pero no confiaban en Jehová. Sin embargo, cuarenta años después, Caleb tomó la ciudad de Hebrón. Años más tarde, el muchacho David mató a Goliat, descendiente de los gigantes, simplemente porque confiaba en Dios. Es cierto el dicho: “Quien tiene Dios pequeño, tiene grandes problemas, y quien tiene Dios grande, tiene pequeños problemas”. Pues para Caleb, Dios era grande.
    Nosotros también vemos las dificultades y los enemigos, pues son reales, pero a veces nos fijamos demasiado en ellos. Hay que tomar las decisiones por fe en el Señor y Su Palabra, personalmente y también como iglesia. Pero hoy, hay muchas iglesias grandes y llenas, con mucha actividad y bulla, pero no hacen conforme a la Palabra de Dios. ¿Son la mayoría? También lo era la multitud de Israel que murió en el desierto.
    En Números 14 leemos que cuando oyeron el mal informe de los diez, “todo la congregación gritó, y dio voces, y el pueblo lloró aquella noche” (v. 1). Hablaron como locos, queriendo morir en Egipto, o en el desierto (vv. 2-4). Vemos qué poco vale la democracia, la voz del pueblo, en las cosas de Dios. Los únicos fieles eran Moisés, Aarón, Josué y Caleb (vv. 5-6). El pueblo, siendo incrédulo, tenía la mala costumbre de desconfiar y murmurar. En el capítulo 11 se quejaron, y fueron castigados, pero en el capítulo 13 volvieron a ofender. Parte del problema era la gente extranjera en medio de la congregación, personas que no pertenecían al pueblo de Dios, pero querían otro menú, y pensaba que tenían voz y voto. Lo mismo pasa hoy en algunas iglesias. En Números 11.4-5, lloraron y dijeron que habían comido de balde en Egipto. ¡No se acordaron del látigo y la dura servidumbre, sino pensaron con el estómago, en carne, pescado, pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! Y despreciaron el maná, la provisión milagrosa (v. 6).
    Entonces, vemos en el capítulo 14 que no habían cambiado. Los israelitas querían a Egipto, porque eran incrédulos. Si no hay conversión, pueden controlar la carne por un tiempo, haciendo un esfuerzo, pero es inevitable que salga otra vez. Dudaban de Dios, porque no vivían por fe, sino por vista, y pensaban en las cosas de la carne. Irritaron a Dios (v. 11), pues así responde a la falta de fe. Les llamó: “esta depravada multitud” (v. 27), y “esta multitud perversa” (v. 35). Les mandó: “Volveos mañana y salid al desierto” (v. 25). Habían despreciado la tierra (v. 31). Llevaron sus iniquidades (v. 34), y murieron todos, sin Dios, sin esperanza, porque es la consecuencia de la incredulidad. Pasaron el punto de no retorno, y no había perdón para ellos. En seguida murieron los diez espías infieles (vv. 36-37), por su parte en incitar la desobediencia. Aprendamos una lección importante: la fe agrada a Dios, pero la incredulidad le desagrada y ofende.
    Hoy también hay gigantes que amenazan a Israel, y son fuertes: Hamás, Irán, Rusia, Hezbolá y otros. Tienen muchos enemigos, y ha resurgido el odio y el antisemitismo. Pero la promesa hecha a Abraham en Génesis 12.3 todavía está en vigor.  ¿Israel confiará en su propio poder, o en Dios? Todavía no ha aprendido.
    También está en auge el sentimiento anticristiano, y pueden venir tiempos difíciles para los creyentes. Pero el Señor nos ha dado promesas y mandamientos – Su Palabra está llena de ellos. ¿Cuál es nuestra actitud frente a Su Palabra? Ante las presiones y órdenes de los incrédulos, debemos mantenernos firmes y decir como los apóstoles: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch. 5.29). Recordemos el ejemplo de Caleb, y las lecciones en Números 13 y 14. “Sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11.6).
    

de un estudio dado por Lucas Batalla, 21-4-24



“Fe es confianza inquebrantable en Dios y en Su Palabra”.
William MacDonald

Sunday, April 28, 2024

El Rico y Lázaro

Texto: Lucas 16.19-31

El rico y lázaro, Fyodor Bronnikov, 1886
Primero, este relato no es una parábola, sino una historia verídica, que nombra a Lázaro y también a Abraham. El Señor puso al conocimiento lo que les sucedió a dos hombres cuando murieron: un pobre llamado Lázaro, y un rico cuyo nombre no menciona. Se contrastan el rico que vivía muy bien, y comía como rey todos los días, con el pobre que no tenía nada, y estaba lleno de llagas (vv. 19-20). Lázaro pasaba hambre, y ansiaba comer las migajas que caían de la mesa del rico. Solo los perros le atendieron, pues lamieron sus llagas (v. 21). Era tan pobre que ni siquiera tenía atención médica.
    Siempre hay esos contrastes en el mundo, unos con más, otros con menos. Muchas personas creen que un político o un científico puede cambiar la vida de las personas, pero no funciona porque como mucho cuidan de lo temporal, no lo eterno. Entonces, al morir, ¿qué pasará? Dicen cuando uno muera: “Ya no sufre, ya está mejor”, pero ¿es cierto eso?
    En el verso 22 llegó la muerte, pues es inevitable. Eclesiastés 3.19 avisa: “un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros”.  Cuando uno muera, el cuerpo físico cesa de vivir, pero no el alma ni el espíritu. Tenemos un cuerpo, pero somos más que un cuerpo. Ahora, Lázaro, cuando murió, fue llevado arriba por los ángeles, y al rico le sepultaron el cuerpo, pero abrió sus ojos en el Hades (v. 23), un lugar de sufrimiento. Hay que entender esto correctamente. Lázaro no fue para arriba porque era pobre, ni el rico fue abajo porque era rico. El mendigo tenía fe, pero el rico no, y ésa es la cuestión. Pareciera que el rico era bendecido porque tenía mucho, y que el pobre no tenía fe y por eso no tenía bendición. Eso es lo que las iglesias pentecostales enseñan, que si uno tiene fe, tendrá dinero y bienes, y no se enfermará. Pero no es así, como se ve en el caso de Lázaro. Aunque era pobre y estaba enfermo, creía, tenía fe, y por eso fue bendito, pero tuvo que esperar para recibir la bendición, en el cielo, no en esta vida.
    Hemos aprendido que el Hades no es lo mismo que el Infierno, sino es como la antesala del Infierno, donde están detenidos y castigados los que se pierden, hasta el día del gran juicio. Ya están condenados, porque no han creído (Jn. 3.18). El rico estaba “en tormentos”, que es un contraste grande con cómo vivía antes. Podía ver y sentir, y vio a Abraham y Lázaros “de lejos” (v. 23). Entonces, comenzó a dar voces: “Padre Abraham”, y le pedía alivio, diciendo: “estoy atormentado en esta llama”. No es una llama simbólica, sino según el atormentado, es literal, y también el sufrimiento. ¡No preguntes a los teólogos, sino a ese rico que sufría! Su cuerpo había sido sepultado, pero él mismo estaba sufriendo en el Hades, sin esperanza de salir (v. 24).
    En los versos 25-26 Abraham le responde: “Hijo, acuérdate...” porque es lo que hacen los que están allá, se acuerdan de oportunidades perdidas y de sus malos hechos. Ese hombre había recibido bendiciones de Dios, pero no fue piadoso, ni creyente, ni agradecido, ni compasivo, sino egoísta y tacaño. De nada le había servido. Muchos quieren enriquecerse, pero Cristo pregunta: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Marcos 8.36-37). ¡He aquí un hombre que tuvo muchos bienes y perdió el alma!  Además, Abraham le informa que nadie pasa de un lugar a otro después de la muerte. Los perdidos estarán conscientes de su sufrimiento, y sabrán que hay un lugar de bendición pero que no podrán ir allá.
    En los versos 27-28 el rico perdido ruega por sus hermanos. Quizás hasta entonces no se había preocupado por nadie más, pero ahora sí. No quería que sus hermanos fuesen “a este lugar de tormento”, pues eso no es una parábola ni una leyendo, sino un lugar que realmente existe y sufren los que están allí.
    Abraham responde en el verso 29, “A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos”. Esto quiere decir: “Que lean y hagan caso de la Palabra de Dios”. Cada sábado en las sinagogas leen las Escrituras. Pero ¿quién hace caso de lo que oye? Eso pasa hoy en muchas iglesias, pues Biblias hay, y lecturas, y predicaciones, pero ¿quién oye provechosamente? Es curioso que Abraham vivía antes de Moisés y los profetas, nunca vio las Escrituras, pero las conocía, pues en el cielo todos saben estas cosas.
    En el verso 30 el rico muerto insiste que si alguien fuese de los muertos, sus hermanos lo harían caso, pero se equivocó. Los muertos no vuelven. No hay fantasmas ni espíritus de muertos ni nada así en la tierra. La muerte de la persona inconversa es un callejón sin salida, y sin marcha atrás. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y despúes de esto, el juicio” (Hebreos 9.23).
    Por eso, Abraham responde con firmeza: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (v. 31). Hay que “oír” la Palabra de Dios, pues en ella está el mensaje de salvación. Nada de milagros y espectáculos y emociones. El tiempo para oír la Palabra y hacer caso es ahora, en esta vida. Un segundo después de la muerte, será demasiado tarde.

    El perdón de tus pecados, la salvación de tu alma, y la vida eterna están en base la fe en Dios y Su Palabra, el Evangelio. Solo el que cree (confía) en el Hijo, será salvo. Si no oyes (haces caso) a Cristo y el evangelio, te perderás, y no habrá remedio. Ahora es tu oportunidad. No demores, porque la muerte a ti también te alcanzará, y entonces, ¿dónde estarás?

Lucas Batalla
25 febrero 2024


Tuesday, March 31, 2020

Un Encuentro En Betesda: "¿Quieres ser sano?"


Texto: Juan 5:1-16

Recientemente tuve una cita con el médico para ayudarme con los cervicales. Luego tuve que ir nuevamente por los ojos, porque empezaba a ver destellos de luz en un ojo, y me dijo que podría ser desprendimiento de retina. Me llevó a urgencias para ser atendido y al entrar vi una gran cantidad de gente enferma esperando que un médico le viera. Me acordé de esta escena de Betesda en Juan 5, que es espiritualmente como está el mundo sin Cristo. Betesda significa “casa de misericordia” y vamos a ver cómo un hombre encontró la misericordia encarnada.
    En el versículo 1 observamos el lugar y la fiesta de Jehová, pero dice: “fiesta de los judíos”. También en el 6:4 dice “fiesta de los judíos” hablando de la pascua, y en el 7:2 dice lo mismo pero habla de la fiesta de los tabernáculos. Esta expresión, cambiada de fiesta de Jehová a fiesta de judíos indica que habían llegado a ser meras tradiciones suyas, observadas sin devoción y sin comprensión. Ya no eran para Jehová, y esto parece como el Señor habló en Isaías 1:11 diciendo que estaba cansado de las fiestas de ellos. Todo era externo, nada de corazón, y la devoción estaba ausente de la vida de ellos. Cuando el amor de Dios no está en el corazón, hay sequedad, formalismo, y aun odio y maldad de todo clase. En Jeremías 7 Dios les reprendió por vivir en pecado y luego venir a Sus atrios en el templo. Hermanos, no solo entonces sino todavía hoy la voluntad de Dios para Su pueblo es la santificación.
    En el versículo 2 vemos Betesda – casa de misericordia, “cerca de la puerta de las ovejas” que era donde traían a los animales para los sacrificios. El versículo describe la escena: una gran multitud de enfermos de toda clase, yaciendo y esperando el movimiento del agua. No había otra esperanza para ellos, pues los hombres no los podían curar. Y esto representa la raza humana con la incurable aflicción del pecado y la muerte que trae, y como Romanos 5:6 dice: “débiles” – esto es – impotentes, incapaces.
    ¿Por qué esperaban allí? El versículo 4 explica que esperaban la visita de un ángel, que nadie sabía cuándo vendría, y cuando estorbaba el agua solo una persona se sanaba, la primera que llegara al agua. Los demás tenían que seguir esperando. Hebreos 1 dice que los ángeles son ministros de Dios, y Él los envía a favor nuestro. Algunos críticos se mofan de este relato y dicen que es un cuento o una leyenda sin base. Pero el Espíritu Santo lo relata bajo inspiración y no es un cuento. Quizás Dios a través de esas visitas angelicales preparó todo para la visita de Su Hijo ese día.
    El versículo 5 informa que entre todas esas personas había un hombre que llevaba 38 años enfermo – un largo sufrimiento. No sabemos su enfermedad, quizás nació con ella o algo le pasó cuando era joven, y todavía ahí estaba. Pero quiero deciros que lo peor es la aflicción del pecado, y ese hombre ilustra la humanidad pecaminosa y impotente. Los pecadores no pueden curarse; necesitan la intervención divina.
    Así que, es grato ver en el versículo 6 que el Señor Jesús lo vio y supo su condición. Le pregunto: “¿Quieres ser sano?” ¿Para qué una pregunta así, si parece obvia la respuesta? Porque el Señor quiere y puede, pero no opera en nuestra vida sin que digamos qué queremos. En cuanto a la salvación, por así decir, es con el permiso del pecador. Es importante que reconozcamos nuestra necesidad y la expresemos al Señor.
    En el versículo 7 aquel hombre comenzó a explicar al Señor su situación: “no tengo quién me meta...”. Pasaba los días mirando el agua, esperando que se moviera, pero no tenía a nadie para ayudarle a llegar a ella. En cuanto a la salvación, ningún hombre puede meternos – ni sacerdotes, ni santos, ni iglesia, ni familia, ni vecinos – ¡nadie! Y amigos,  lo peor es no tener quién te meta en el cielo. Por tu cuenta nunca llegarás,  sino solo por el Señor Jesucristo. “Yo soy la puerta, él que por mí entrare será salvo” (Jn. 10:9).  Ese pobre enfermo acostado en el suelo en Betesda no sabía quién estaba delante suyo, pero iba a aprenderlo. Quizás pensaba que el Señor se ofrecía para quedarse con él un tiempo para meterlo en el agua si viniera el ángel, pero ¡no ese no era el plan!
    Vemos en el versículo 8 lo que sólo Cristo puede decir: “Levántate, toma tu lecho y anda”. Durante 38 años no le dijeron esto. Cristo no le mandó a sesiones de terapia, le sanó instantáneamente. “Y al instante aquel hombre fue sanado” (v. 9).  Tomó su lecho y anduvo. El lecho le había llevado todos esos años, pero ahora él llevaba el lecho. ¡Qué escena! Fue así porque cuando el Señor manda, también capacita. Recuerda que en Juan 11:13 dijo al muerto: “¡Lázaro, ven fuera!” y el muerto salió de la tumba. El Señor manifestó en múltiples ocasiones los poderes del Mesías profetizado en el Antiguo Testamento. Expuso así Sus credenciales delante del pueblo.
    Ese día en Betesda era un día de reposo, y por eso los judíos le reprocharon que llevara su lecho en ese día. Pero él explicó por qué lo hizo: “El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda” (v. 11). Cuando preguntaron quién se lo dijo, no pudo contestar porque todavía no sabía (v. 12). Es triste que esos religiosos, en lugar de gozarse con él por el gran cambio, solo buscaban a quién reprender.
    Luego el Señor le encontró y advirtió (v. 14): “Mira, has sido sanado” (físicamente), “no peques más para que no te venga alguna cosa peor”. Esto es, que no se volviera al pecado. Ofendemos muchas veces (Stg. 3:2). Pecamos de muchas maneras: con la mente, las actitudes, los ojos, etc. Pero Dios no nos da la salud para pecar. Es triste olvidarse de la misericordia y volver a nuestras andadas y hechos. “Alguna cosa peor” quiere decir que podría venir peor castigo en esta vida, pero sobre todo, luego la eternidad sin Dios, el pecador se perderá para siempre.
    En el versículo 15 vemos que aquel hombre fue y dio aviso a los religiosos. Identificó a Cristo, quizás para justificarse, no lo sabemos. Es sorprendente que los judíos solo querían matar al Señor por lo que había hecho, porque defendían sus costumbres y sus leyes que ellos habían hecho. Este conflicto sobre el día de reposo surgió multiples veces en los evangelios. Cierto es que hoy los creyentes no guardamos el día de reposo, pero en esto y otras cosas los adventistas se equivocan, y no aceptan la corrección, sino manifiestan actitudes parecidas a las de los fariseos. Muchos se aferran a sus normas y tradiciones religiosas, y se autoexcluyen del bien que Cristo podría hacerles.
    En el versículo 17 el Señor Jesús les respondió: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo”. Trabaja Dios todos los días, manteniendo el mundo, llamando a los pecadores al arrepentimiento, contestando las oraciones de Sus santos, etc. Desde la caída de Adán y Eva en el pecado ¡gran trabajo tiene Dios! El mundo está lleno de personas que espiritualmente están en la condición de aquellas personas en Betesda, pero ¡qué pocas quieren que el Señor les salve!
    Pero la reacción de los judíos a esto fue homicida (v. 18). “Aun más procuraban matarle”, por trabajar en el día de reposo, y por afirmar que Dios era Su Padre. Como ciegos y celosos de sus tradiciones solo pensaban como deshacerse de Él. Dios muestra misericordia a cualquiera, a hora y deshora, a los que le buscan y reciben. Que el Señor nos ayude a recordar Su gran poder y misericordia, acudir a Él en todo momento, e invitar a otros a hacer lo mismo.

Monday, September 2, 2019

La Fe de Noé



Texto: Hebreos 11:7

Este versículo contiene mucho, porque resume toda la vida de Noé, que era el nieto de Matusalén y bisnieto de Enoc (Gn. 5:24-29).
    El mundo solo asocia a Noé con el arca, y muchos creen que es un mito. Pero Noé era un hombre literal, histórico, que descendió de Enoc el séptimo desde Adan (Jud. 14). Su genealogía está en Génesis 5. Jesucristo le nombró en Mateo 24, y está en la genealogía de Cristo en Lucas 3. El apóstol Pedro le menció en sus dos epístolas. Que nadie diga que eso fuese una leyenda o parábola.
    Génesis 6 describe las terribles condiciones del mundo antes del diluvio – el primer gran juicio de Dios sobre la humanidad. Dios advirtió a Noé, y él con temor preparó el arca en tierra y en tiempos cuando nunca había llovido. Hebreos 11 dice que lo hizo por fe. Creyó a Dios y actuó, y mediante eso “condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe”.
    Al estudiar el texto en Génesis vemos que Dios intervino así en la vida de Noé porque él no seguía la corriente del mundo de su día, sino buscaba a Dios. Génesis 6:8 dice que “Noé halló gracia”, y el versículo 9 añade que era “varón justo” – no como los demás de aquel terrible siglo. Era “perfecto en sus generaciones” y “con Dios caminó Noé” (v. 9), como Enoc su bisabuelo (Gn. 5:22). Vivía en medio de un mundo malísimo. La maldad de los hombres era mucho, y todos sus pensamientos eran de continuo el mal (Gn. 6:5). Toda carne había corrompido su camino (Gn. 6:12). La tierra estaba llena de violencia a causa de ellos (Gn. 6:13), y terrible juicio divino pendía sobre el mundo.
    En esos tiempos, Noé pensaba en Dios, y clamaba a Él. Probablemente era casi el único hombre en el mundo que oraba a Dios. ¡Imagina esto! Hay algo que conmueve el corazón de Dios – es la oración de los que le buscan. No podemos salvar a nuestros hijos, pero Dios sí. Noé, instruido por Dios, preparó el arca, y su familia entró y fue salva del diluvio. El testimonio personal de Noé es importante. No vivía como los demás. Halló gracia, no por una misteriosa elección, sino porque vivía para agradar a Dios. Era distinto: “a ti he visto justo delante de mí en esta generación” (Gn. 7:1).
    Observa en Génesis 6:22 que Noé tenía un corazón dispuesto, tenía fe – confianza en Dios – y obedeció. “Hizo conforme a todo lo que Dios le mandó”. Leemos esta misma idea en Génesis 7:5 y 16. La fe nos conduce a hacer lo que Dios dice, a respetar y obedecer Su Palabra. Así que, ahí estuvo ciento viente años preparando el arca y predicando. 2 Pedro 2:5 le llama “pregonero de justicia”. Podemos imaginar las burlas de la gente, pero Noé no dejó de hacer lo que Dios le dijo. El mundo siempre quiere desviar al creyente para que no sirva a Dios. A Nehemías cuando edificaba el muro de Jerusalen, varias veces los enemigos intentaron hacerle parar, pero siguió y terminó la obra. Hermanos, debemos hacer “conforme” a lo que Dios manda y no parar ni cambiar para dar gusto al mundo que no entiende y cree.
    Dios le dio la gracia, las instrucciones, el conocimiento y las fuerzas, pero Noé tuvo que hacer como Dios había dicho, y eso es la fe – lo que la demuestra. La fe no es un sentimiento, una emoción, ni una teoría o filosofía. Es muy práctica. Cree a Dios y hace lo que Él dice.
    Terminada el arca, y con los animales metidos, Noé y su familia entraron cuando Dios le dijo (Gn. 7:6-7, 16). Solo había una puerta, y nota que fue Dios que cerró la puerta, no Noé. Eso dio seguridad. Noé tuvo que entrar para ser salvo, pero solo Dios cierra la puerta para asegurar la salvación. Pereció todo el mundo y solo se salvaron los que estaban en el arca – ocho personas. La mayoría no cree, todavía es así, pero la mayoría no manda a Dios ni lleva la razón.
    Pasó un año en el arca. Hay tiempos cuando tenemos que sentarnos, estar quietos y esperar en Dios. Este año no fue tiempo perdido, pero qué poco nos gustar parar, meditar y esperar en Dios. Luego en Génesis 8:1 leemos que Dios se acordó de Noé y obró para que las terribles aguas de muerte fuesen quitadas de la tierra. En los versículos 16-19 vemos que salío del arca cuando Dios se lo dijo, al igual como cuando entró. Actuó guiado por la Palabra de Dios, y nosotros también debemos actuar así. Luego hizo algo voluntario que a Dios le gustó. Edificó un altar (Gn. 8:20) y presentó holocausto a Dios. El siguiente versículo dice que “percibió Jehová olor grato” – eso es – que le agradó. La gratitud y la adoración agradan a Dios.
    Hermanos, como Noé, no sigamos al mundo. Recordemos las tres cosas en el Salmo 1:1 que no debemos hacer si queremos bendición de Dios. Hay que separarnos del mundo. Cuánto bien podemos hacer viviendo fielmente para Dios con nuestra familia, y enseñando a los nuestros ejemplo de la vida de fe.
    En Génesis 9:1 Dios bendijo a Noé y sus hijos, y los envió a llenar la tierra. Vemos Su pacto con Noé en el versículo 9, y mencionado repetidas veces en los versículos del 11 al 17. La señal de ese pacto fue el arco iris que Dios hizo. Es una gran blasfemia que los sexualmente perversos utilicen ese símbolo divino dado a Noé, y ciertamente ellos serán juzgados, no con agua, sino con fuego eterno.
    Génesis 9:20-27 relata que Noé labró la tierra, cosa buena, pero se descontroló con el vino, cosa mala. No dice que era continuamente un borracho, sino habla de un hecho puntual. Cuán importante es que nos cuidemos de excesos y de lo que pueda manchar nuestro testimonio. En esta sección aparece el desprecio que le hizo su hijo Cam, por lo que fue maldito, y el respecto y la misericordia que Sem y Jafet tuvieron a su padre, por lo que fueron benditos. Cam, padre de Canaán, fue salvo del diluvio porque entró con su padre en el arca, pero después se perdió por la deshonra: “maldito” (Gn. 9:25). Es la primera persona maldita en el mundo posdiluvio, y fue por cómo trató a su padre.
    Los versículos 28 y 29 resumen los últimos siglos de Noé, sí, siglos, porque tuvo seiscientos años cuando entró en el arca, y murió con novecientos cincuenta años de edad. Así que vivió trescientos cincuenta años después de entrar en el arca, o sea, trescientos cuarenta y nueve después del diluvio. ¡Imagimemos cómo sería tener entre nosotros una persona de más de novecientos años de edad! Para eso tendría que nacer cerca del año 1.100, o sea, en la edad media. Pues Noé tenía todos esos años y vio muchos cambios en el mundo. No es un cuento hermanos. Un día nosotros los creyentes veremos a Noé y hablaremos con él, o más bien le escucharemos.
    Hermanos, tengamos cuidado durante toda la vida, y especialmente en la vejez, en el camino largo, hasta el fin, porque entonces llegaremos a la gloria. No aflojemos. No se puede jubilar de la vida espiritual ni tomar vacaciones de ella. En todo el camino hay peligros en este mundo. Seamos fieles a Dios de principio al final. ¡Qué éste sea nuestro propósito y que el Señor nos dé gracia y fuerzas para vivir así!
Lucas Batalla

Wednesday, August 22, 2018

¡Calor Eterno!



Texto: Lucas 16:19-31

He aquí un pasaje donde el Señor habla de cosas que muchos rechazan. No es una parábola, pues da nombres de personas. Habla de dos hombres en vida y en muerte – un contraste grande. Ahora en Europa estamos pasando una ola de calor impresionante y dicen que varias personas han muerto. La gente se queja del calor ahora, pero hay más calor que vendrá después de esta vida. El mundo vive a espaldas de Dios e ignora la realidad de su condición y de lo que viene. En este sentido, aunque no sean ricos, son como ese hombre rico que se ocupaba de su vida cotidiana sin pensar en su condición espiritual o en Dios y la eternidad. Ese rico “hacía cada día banquete con esplendidez” (v. 19); vivía cómodo, bien vestido y aseado, atendido por criados, bien comido y acompañado de sus amigos. Pero sólo vivía para el momento. Se divertía, pero no se convirtió. Así son muchos, que viven para ahora y su mayor preocupación es su comida o su comodidad.
    En cambio, el pobre de Lázaro no tenía nada (vv. 20-21). Pero cuidado, eso no le hacía santo, pues los pobres también son pecadores como dice la Biblia: “por cuanto todos pecaron” (Ro. 3:23). Pero el punto es que él era un caso de necesidad cerca del rico. Su farmacia era que los perros le lamían las llagas. Tenía dolor físico, y debido al hambre, también del estómago. El pobre ansiaba comer las migas que caían de la mesa de aquel rico. Estaba arruinado y desamparado. Así Dios describe también a los seres humanos. Por un lado somos como el rico – pensamos en comida y ropa y cosas materiales – por otro lado somos como el pobre Lázaro, en mal estado y sin esperanza. Muchos no quieren leer la Biblia porque les dice cómo son: llenos de llagas, como dice Isaías 1:5-6. La gente quiere hablar de la supuesta “dignidad” del ser humano, sin reconocer su verdadera condición mala y desesperada. El pecado ha arruinado toda la raza humana, sin excepciones.  El pobre Lázaro – con ansias de comer, sin ayuda de nadie, yaciendo en el suelo, rodeado de perros, es un retrato de la desesperación.
    Pero luego en el versículo 22 vino el igualatorio de Dios: la muerte. Murió Lázaro primero, quizás porque estaba mal y no tenía asistencia médica. Pero al morirse, tenía a ángeles esperándole – no por ser pobre – sino por ser creyente. Los ángeles lo llevaron. Ellos no tienen escrúpulos de llevarse a un pobre lleno de llagas, si es creyente. Lo llevaron al seno de Abraham, no a su lado o a sus espaldas sino a su seno  – el lugar de los afectos. Describe el lugar de los salvos por la fe – como Romanos 4:3-5 y Gálatas 3:6 nos enseñan: “creyó a Dios, y le fue contado por justicia”. La única manera de ir a donde Abraham es creer como él. Curiosamente Abraham había sido rico en la vida – y Lázaro pobre – pero los dos están unidos en la eternidad por la fe en el Señor.
    Después de esto murió también el rico – porque aunque podía comer bien, descansar bien y pagar médicos y medicinas, la muerte le llegó porque “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). Su casa se convirtió en casa de luto. El Señor no lo dice en Lucas, pero es de suponer que su familia o sus criados o amigos le llevaron a la sepultura, con plañideras y todo, pero en la ultratumba no le esperó nadie. Termina el versículo 22 así: “y fue sepultado”.
 
   Entonces el Señor enseña lo que Él ve pero nosotros no, que ese rico después de muerto, “en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos”. Hermanos y amigos, no todos los tormentos son de cuerpo. No sabemos si en su funeral dijeron cosas como “está mejor” o “ahora descansa” como se suele oír, pero no fue mejor sino peor. Después de la muerte el ser humano es consciente de su situación y dónde está. El Hades es un lugar, no una leyenda, y muchos están allí. Aquel rico nunca alzó sus ojos al Señor durante la vida, pero luego, en tormentos los alzó, cuando era demasiado tarde. Job preguntó: “Perecerá el hombre, ¿y dónde estará él?” (Job 14:10). El Señor da la respuesta. No descansaba. Estaba en tormentos. Sin comida. Sin agua. Sin música. Sin cama. Sin amigos. Sin siervos. Sin familia. Había sido un israelita religioso pero sin Dios, que iba al templo, a la sinagoga, cumplía los ritos, pero no era creyente. Dios no estaba en todos sus pensamientos. Muchos hay como él, y la mayoría no son israelitas, sino simplemente religiosos pero viviendo para sí. Aquel rico vio de lejos a Abraham y Lázaro en el lugar más recóndito, reservado para solo creyentes. ¿Qué clase de creyentes? Los verdaderos, que se describen así: “El justo por la fe vivirá” (Hab. 2:4; Ro. 1:17; He. 10:38).
    En el versículo 24 empezaba a dar voces a Abraham. Pero él no puede salvar a nadie. El rico pidió ser atendido, buscaba alivio. Se quejó de estar atormentado en la llama. Como decíamos al principio, la gente ahora se queja de un poco de calor – ¡qué dirá entonces! Ese hombre dio voces tarde. Tenía que haberlo hecho en vida. Muchos viven equivocados y satisfechos, y van rumbo a la muerte y el dolor de la llama del Hades y luego del lago de fuego – el juicio eterno – el calor eterno. Algunos predicadores hacen ver que tal vez el fuego no sea literal sino una figura. ¿Preguntamos al rico si es literal o no? ¡Él veía y sentía el fuego, y todavía sufre!
    Responde Abraham (v. 25): “Hijo, acuérdate”. Los muertos infieles no tendrán agua ni otras cosas, pero tendrán memoria. “Recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males”. Pero había llegado el igualatorio divino – la muerte – y todo cambió. Ahora le recuerda su vida, tenía bienes, y tenía cerca a un hombre necesitado pero no le ayudó. ¡Qué tacaño y cruel! No tenía compasión. No le daba comida. No le curaba sus llagas. No le hacía nada, y ahora, era tarde, sólo le quedaba esa terrible palabra: “acuérdate”. Era egoísta, recibía y lo gastaba en sí y quizás en su círculo de amigos y familia. No necesitaba todo lo que tenía, pero no hizo lo que Dios quiere de los ricos: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Ti. 6:18-19). La pobreza es una prueba para los que la sufren, y hay más pobres que ricos en el mundo, pero la riqueza es una gran prueba para los que la tienen, y darán cuenta a Dios, como administradores, no dueños. Abraham le dijo a ese rico: “y tú atormentado”. No porque había sido rico – pues Abraham también era rico. Era porque se olvidó de Dios.
    Abraham sigue (v. 26) y le explica que además de atormentado, no puede salir: “Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá”. No es purgatorio. Son finales, eternos, los resultados de la fe o la falta de ella en la vida. 
     Después de la muerte no hay otra oportunidad. El purgatorio sólo existe en la imaginación y superstición de la religión falsa. ¡Cuánto daño han hecho con esto, y cuánto dinero han recaudado!
    En los versículos 27 y 28 el rico responde y sigue pidiendo y dando voces. Es muy chillón. Ahora se acuerda de su familia, y se preocupa. En el Hades se acuerda de sus cinco hermanos. Bien, pero tarde. Después de la muerte no hay comunicación, intervención, ni rezos que ayuden a nadie. Pero fijémonos cómo se le esclarecen las cosas – y sabe que necesitan que alguien les testifique para que se salven. Ya no piensa en banquetes, comidas, ropas ni nada así, sino en las almas y la eternidad. ¡Lo triste es que no pensó en esto durante su vida! Sería una vergüenza que ese rico muerto en el Hades tuviera más preocupación por las almas que nosotros, ¿verdad? Ahora, en vida, podemos testificar a la gente para que no vaya a ese lugar.
    Pero Abraham les remite a la Biblia (v. 29), “A Moisés y a los profetas tienen; oíganlos”. El mensaje de salvación está en la Biblia, y hay que leerla, o escucharla atentamente. Tenían sinagogas, y reuniones de lectura de la Biblia, y la gente iba pero no hacía caso, igual como hoy. El rico discute (v. 30): “No, padre Abraham” e insiste que sería mejor enviar a alguien de entre los muertos. ¡Él, perdido, dando consejos! Pero Abraham responde (v. 31) y aclara que si no oyen la Palabra de Dios, tampoco se persuadirán aunque fuera alguien de entre los muertos a hablarles. Hoy es igual. Si no oyen la Biblia, nada más les ayudará. Por eso hay que predicar la Biblia y citarla cuando testificamos, porque la gente no necesita filosofía ni religión comparativa ni psicología, sino la Palabra de Dios. “Escudriñad las Escrituras” dijo Cristo en Juan 5:39, pero hoy como entonces, es más fácil seguir el rumbo de la muchedumbre, aunque al final habrá gran calor y dolor. El Señor Jesucristo vino de la gloria para salvar a los pecadores, y en la Biblia tenemos la historia sagrada, el evangelio que es el poder de Dios para salvarnos. Seamos ricos o pobres, debemos hacer caso de la Palabra de Dios, porque sólo así podemos ser salvos.
 

Monday, March 7, 2016

LA FE DE CALEB


Texto: Josué 14:1-15

En este pasaje vamos algo importante acerca del personaje de Caleb, que a los 80 años era todavía fuerte y fiel. Esta perseverancia nos llama la atención, en buen sentido, porque nos anima a seguir.
    Los versículos 1-5 hablan del reparto de la tierra bajo Josué y cómo se hizo. Dice el versículo 5, “de la manera que Jehová lo había mandado, así lo hicieron”. Esto es algo que da gozo al corazón de Dios, cuando hagamos las cosas cómo Él mandó, no según nuestro parecer.
    Pero en la siguiente sección, vemos en el versículo 8 un recuerdo del fracaso de la mayoría en aquel tiempo cuarenta años atrás cuando llegaron a Cades. Los otros espías hicieron desfallecer el corazón y ellos y el resto del pueblo fueron infieles. Josué y Caleb testifican que la fortaleza viene del Señor. Los demás cayeron ante los enemigos – retrocedieron por miedo y falta de fe. Huyendo de una posible muerte (según ellos) a mano de los gigantes de Canaán, cayeron en el desierto durante los próximos cuarenta años hasta terminar con toda su generación excepto Caleb y Josué. Después de miles de años, los enemigos de la verdad, si en algo han cambiado, sin más numerosos y fuertes que entonces eran los cananeos. Así que nosotros, como estos dos varones de fe, necesitamos también poner los ojos en el Señor y recordar Sus santas y sabias instrucciones.
    Donde hay lucha siempre hay triunfo, y puede ser nuestro si perseveramos como Caleb. En los versículo 9 y 10 él testifica de su fuerza en la vejez, y observamos que no se jubiló. Estaba listo para la batalla porque se acordaba de las promesas de Dios. El versículo 9 dice: “ciertamente...será tuya”. Luego, en el versículo 10 leemos: “Jehová me ha hecho vivir” – no su propia astucia, ni el ejercicio, la suerte, los genes, las vitaminas, etc., sino por la fe en el Señor y Su Palabra. El versículo 14 dice que fue bendito al final y se le dio esta tierra/ciudad porque “había seguido cumplidamente a Jehová”. Hermanos, ¡qué importante es seguir este ejemplo en todas las edades de nuestra vida, seamos jóvenes o viejos!
    Muchos comienzan bien, pero pocos terminan bien. En Números 13:28-29, está el mal testimonio de los diez espías que sólo veían problemas e imposibilidades. Pero en el versículo 30 Caleb les hizo callar y animó a todo el pueblo a subir y confiar en el Señor. Los versículos 31-33 cuentan la mala respuesta de ellos. Es tremendo como descontaron todos los racimos de fruto, etc. que vieron, por miedo a enemigos que ni siquiera habían visto. Y el capítulo 14 cuenta cómo toda la congregación gritó, dio voces y lloró. Además, se quejaron contra Moisés y Aarón. Esto pasa hoy en día también, con los que “se convierten” superficialmente cuando hay problemas, pero luego se vuelven al mundo. Viven por las circunstancias, no por la fe; por el espíritu de la carne, no por el Espíritu de Dios.
    Entonces, ante el deseo del pueblo (Nm. 14:3-4) de volver a Egipto, Josué y Caleb reaccionaron y hablaron a todos para tratar de cambiarlos. El versículo 8 resume su argumento basado en la fe en el Señor: “Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel”.  El Espíritu quiere ayudarnos a vivir de esta manera, porque es verdad que vivimos para agradar al Señor, no a nosotros mismos. En el versículo 9 advierte: “No seáis rebeldes” y exhorta: “no temáis”. Pero el temor se apoderó del pueblo porque le faltaba espiritualidad – eran carnales, y por lo tanto, infieles y auto gobernados. Vemos repetida esta historia en el pueblo evangélico en nuestros tiempos, que padece de carencia de personas espirituales y abundancia de carnales. El vínculo que unía a Caleb y Josué era la fe, es es lo que nos un en la iglesia para que seamos de un mismo sentir, de una misma mente. Pero la posición de Caleb y Josué no era popular (vv. 6-9), y el pueblo en lugar de arrepentirse, habló de apedrearlos (v. 10).
       Las dudas y la carnalidad del pueblo le hizo débil. La fe de Josué y Caleb les hizo fuertes. Cuarenta años más tarde, toda esa generación había muerto y sólo quedaban ellos dos. Entonces, Caleb al entrar en la tierra que había esperado cuarenta años para entrar, y con todo y ser viejo, pidió lo más difícil (v. 15):  la ciudad de los gigantes, aquellos hijos de Anac cuya mención había aterrorizado al pueblo en Cades. “Dame este monte” (v. 12). Un monte representa una dificultad, y cuánto más si es habitado por gigantes en una ciudad fortificada. Pero era de la tierra prometida, por lo tanto y por eso era bueno. Estaba ahí la cueva de Macpela, la sepultura de Abraham, patriarca de la nación y amigo de Dios. Esto lo hizo un lugar especial. Todo esto era una provisión de fe, y Caleb confiaba en el Señor. Al final tomó la cuidad, la conquistó en su vejez – una cita que tenía hace cuarenta años con aquellos gigantes. Y ese monte vino a ser su heredad personal. ¡Qué triunfo de fe! Convirtió aquel monte de dificultad en un lugar de testimonio de fe y acercamiento a Dios.
    Entonces, vemos en este capítulo lo importante que es la fe – la confianza en Dios y la fidelidad de Dios. Esto agrada al Señor y Él puede darnos fuerza para perseverar y ver la bendición como Caleb. No pensemos en dejar la lucha ni en jubilarnos de la vida cristiana, pues el Señor está con nosotros todos los días.
    Como contraste vemos en 2 Crónicas 16 lo que pasó en los tiempos del rey Asa, después de la gran victoria que tuvo sobre un enorme ejército en el capítulo 15. Después, se equivocó porque temió a otro enemigo y no puso su confianza en el Señor. El vidente le reprende (vv. 7-9), y le recuerda que Dios ve a los que tienen corazón perfecto. Esto nos lleva nuevamente a pensar en Caleb y Josué, que entre los de su generación destacaron porque creyeron a Dios y fueron fieles. Mis hermanos, esto es lo que Dios desea ver también en nosotros. Que así sea para la gloria del Señor.
 
De un estudio dado por Lucas Batalla el 1 de mayo, 2011

Friday, May 30, 2014

LA OBEDIENCIA DE LA FE

Texto: Hebreos 11:17-22

     La fe es importante no sólo en la salvación sino también en la vida del creyente. Esto debe ser obvio por el espacio dedicado al tema de la fe en Hebreos 11. Abraham es un buen ejemplo puesto delante de nosotros, y muy bien se le llama padre de la fe. Él pasó por varias situaciones difíciles en su vida y fue probado, pero salió aprobado. Además de admirarle, debemos aprender de su ejemplo y seguirlo.
    El versículo 17 habla de una de las pruebas, cuando Dios le mandó ofrecer a Isaac, su hijo único. Dios también nos probará para ver si vamos a confiar y obedecer. En las pruebas, mis hermanos, manifestamos nuestra disposición. Hoy muchos llamados creyentes se comprometen a medias con el Señor. Queremos ser salvos, y bendecidos, pero no queremos obedecer, sacrificar y seguir. Le regateamos a Dios todo lo que podemos. Pero no fue así con él que aquí es presentado como ejemplo de la fe. El cristianismo hoy está en una condición débil y superficial. Muchos dicen que creen, pero es más un asentimiento intelectual que una confianza inquebrantable. La única manera que muchos siguen es si se les consiente una vida no como la que la Biblia manda. Una fe superficial, falsa, fingida, no aguanta las pruebas. Muchos son los que han sido bautizados, tienen la Biblia, pero viven de cualquier manera menos por la fe. Sus vidas no se parecen en nada las vidas de fe que la Biblia nos enseña. Es un nuevo cristianismo “light” (liviano) que no es digno de ser llamado cristianismo.
    Pero volviendo a nuestro texto y esta prueba de la fe de Abraham, Dios le había traído en el camino de fe ya por años, enseñándole, y Abraham iba aprendiendo y creciendo en la fe. Dios le había prometido una prole impresionante, una multitud de descendientes, pero todo tenía que venir por su hijo Isaac. Dios llama a Isaac el único hijo de Abraham (Gn. 22:2), aunque Ismael había nacido antes, pero no contaba como hijo de fe, pues era hijo de la carne y la impaciencia. En cambio, la promesa de multitud de descendientes debía cumplirse en Isaac, y es precisamente allí que Dios tocó y probó a Abraham, pidiendo el sacrificio de Isaac. Pero lo que Dios pide no es injusto. Él sabe lo que dice. Génesis 22:1 dice: “Después de estas cosas”, lo cual indica que ya habían pasado otras cosas y lecciones, pero Dios seguía enseñando a Abraham, porque la escuela de la fe dura toda nuestra vida. Así que, leemos a continuación: “probó Dios a Abraham”. Es una prueba con buen propósito. Le llamó y Abraham respondió: “heme aquí”, que es como decir: “¿qué quieres que haga?” Esto es algo que quizás muchos cristianos hoy en día no le han preguntado, ni desean hacerlo. 2 Corintios 13:5 dice: “probaos a vosotros mismos, si estáis en la fe”. Es una prueba buena y necesaria, porque algunos profesan conocer a Dios pero no son del Señor.
    Leyendo Génesis 22:2, vemos que básicamente Dios le pidió todo, y por cierto lo mejor y más precioso. Todo su futuro y las bendiciones prometidas estaban en Isaac. ¿Quién puede decir que ha entregado todo a Dios? ¡Pocos! La fe nos conduce a sacrificar y confiar a Dios lo que cuesta. Y el Señor le dio instrucciones específicas acerca de cómo hacerlo. Le hizo permanecer atento y dependiente de Dios, al decirle: “que yo te diré”. Hay que hacer las cosas que Dios dice, si queremos vivir por la fe. Pero hoy muchos no quieren seguir las instrucciones divinas, sino hacer las cosas como les parece. Hay un lugar divinamente designado para reunirnos y adorar, pero algunos no quieren ir al culto porque dicen que está lejos. Abraham tuvo que viajar tres días para llegar al lugar que Dios le dijo. El problema está en su corazón, no en la distancia.
     En el versículo 3 vemos la reacción de Abraham a las instrucciones divinas, y en ella hay mucho que observar y aprender. “Se levantó muy de mañana”. Madrugó, porque la obediencia debe hacerse pronto. Observa que no consultó a Sara para ver su opinión ni tener su aprobación o permiso. No por falta de cortesía o consideración, sino porque Dios ya había hablado. No cabía duda lo que había que hacer porque Dios le había mandado. Su espoa no podía cambiar esto, así que en este caso, él de obedecer a Dios, los demás no tienen voz ni voto. ¿Cómo se pondría una madre evangélica hoy en día si el padre quisiera hacer algo con su hijo en obediencia a Dios sin consultarle a ella primero, sin su permiso? Pero hermanos, Abraham obedecía a Dios, no a Sara. La guía vino de Dios, no de Sara. Ella se sometía a su marido, pero hoy en día no hay muchas mujeres que desean hacer esto, ni entre creyentes. Siempre quieren ser consultadas, quieren expresar su opinión, quieren dar su consejo y en algunos casos su opinión, pero en la vida de fe las cosas no son así. Abraham madrugó para preparar todo, y se fue con todo provisto y preparado. Hechos los preparativos, no tardaba, sino que se fue al lugar que Dios le dijo, no a un lugar que le parecía. Es la obediencia de la fe, y es un ejemplo hermoso.
    En los versículos 4 y 5 vemos la esperanza de la fe, expresada en las palabras de Abraham a sus siervos. Cuando veía el lugar que Dios le dijo, dejó a los siervos, prometiendo volver con estas palabras: “...Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros”. Iba a sacrificar a su hijo, pero no dijo: “volveré”, sino “volveremos”. Sólo podía hablar así porque confiaba en Dios, y sabía que Dios había prometido bendición por medio de Isaac, así que de alguna manera tendría que volver. Esto es lo que Hebreos 11:19 comenta acerca de los pensamientos de Abraham.
    El versículo 6 nos muestra la obra de la fe, y es bueno notar nuevamente que la fe produce obras, porque si no, está muerta. Abraham tomó la leña y la puso sobre Isaac. Tomó el fuego y el cuchillo en sus propias manos, y fueron ambos juntos, padre e hijo, el padre confiando en Dios, y el hijo confiando en su padre y acompañándole sin saber lo que le esperaba. Por la fe caminaban hacia el lugar del sacrificio y llegaron. No faltaron. Cuando nos comprometemos con el Señor y con una iglesia local, debemos estar allí y no faltar. La obra de Dios no puede funcionar como debe con personas que una vez sí, otra no. Hay que prepararse e ir al lugar que Dios indica, porque es allí que adoraremos delante del Señor.
    En los versículos 7 y 8, Isaac pregunta por el cordero. Era un joven inteligente y observador. Sabía lo que hacía falta porque seguramente lo había visto muchas veces y su padre le había enseñado. ¿Qué sentía Abraham al escuchar la pregunta de su hijo, y cómo respondería? He aquí la respuesta de fe: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto”. Era una gran verdad que no iba a cumplirse ese día sino siglos más tarde en el sacrificio del Cordero de Dios en el mismo monte. En la vida de fe hay cosas que dependen de la provisión de Dios, no de nuestra habilidad o lógica. Abraham no sabía lo que Dios iba a hacer. No hay necesidad de saberlo todo, entenderlo todo, explicar y diagramar todo para que todos queden satisfechos. La clave no está en el intelecto. Hay que tener fe, confiar en Dios. La respuesta de Abraham puso la mira de Isaac en Dios: “Dios se proveerá...”
    Los versículos 9 y 10 relatan lo que sucedió cuando llegaron al lugar que Dios había dicho, y la obediencia costosa de Abraham y de Isaac. Si obedecemos implícitamente a Dios, Dios nos bendecirá. Hay victoria, compensación y beneficio esperando a los fieles. Pero hay que confiar, obedecer y sacrificar, y no disculparnos diciendo que no podemos. Recordemos que Isaac no era un niño, sino un hombre joven, quizás de unos diecisiete años de edad, y su sumisión a su padre es admirable. Los jóvenes hoy en día no suelen seguir a sus padres ni someterse a ellos como hacía Isaac. Este espíritu independiente y rebelde no agrada a Dios, y no es señal de madurez sino de inmadurez y carnalidad.
    En los versículos 11-12 vemos cómo Dios intervino, y esa intervención es algo que sólo Dios sabía de antemano. Sólo Dios sabe cómo dirigir nuestras vidas, confiemos en Él y hagamos lo que nos pide, sin tratar de calcular y saber todo de antemano. ¡Qué diferente la escena en el Gólgota! No hubo intervención, sino silencio desde el cielo. Allí el Cordero provisto murió por nuestros pecados. Mira las palabras de Dios a Abraham al intervenir: “no me rehusaste”. ¿Puede Dios decir lo mismo de nosotros?
    Vemos la fe recompensada en los versículos 13 y 14. Dios se proveyó, no de cordero, sino de carnero. El cordero vendría más tarde en la historia. Abraham tomó el carnero y lo ofreció en lugar de su hijo, lo cual ilustra muy bien la sustitución. Seguramente estaban muy gozosos y agradecidos los dos. En el versículo 14 Abraham declaró: “Jehová proveerá”. Es uno de los nombres especiales de Dios. Lo declaró no sólo porque lo acabó de ver, sino también acerca del futuro. “Proveerá” es lo mismo que dijo en el versículo 8. Nuestro Dios proveerá, no sólo para  nuestra salvación que es lo más importante, sino también para todo nuestra vida, cosas grandes y pequeñas. Él tiene cuidado de nosotros.
    En los versículos 15-18 leemos como Dios bendijo a Abraham en base a su obediencia y sacrificio. Isaac está observando y aprendiendo de todo esto. Cuando uno pone a Dios primero, Dios le bendice. ¿Estamos nosotros observando y aprendiendo? Dios le reconfirmó la promesa de Génesis 12:3.
    Hermanos, en la vida de fe hay que confiar, obedecer y sacrificar. No podemos rehusar a Dios y esperar Su bendición. A Dios le agrada bende
cir a los que confían en Él y le obedecen por fe. Dios tiene más para dar a los que actúan por fe.


de un estudio dado por Lucas Batalla, el 26 de diciembre, 2010

Sunday, February 3, 2013

DOS RISAS


Las Dos Risas De Sara

Texto: Génesis 18:1-15


En este hermoso pasaje, el Señor visita a Abraham y le da un mensaje de buenas noticias para él, que conforme a la promesa dada en el capítulo 17, va a tener un hijo, el hijo de la promesa. Este texto nos invita a la alegría al ver cómo el Señor cuidaba y bendecía a Abraham. Vemos en esto la buena disposición de Dios hacia los creyentes, y esto debe darnos ánimo. Cuando primero oyó la promesa de un hijo en el capítulo 17, Abraham se postró y se rió de gozo (17:17). Dios le dijo que el hijo se llamará Isaac, lo cual significa risa, no una risa liviana de chiste, sino de gozo verdadero.  Ahora en el capítulo 18 el Señor viene en persona para confirmar que de allí a un año la promesa se cumplirá. En esta ocasión, Sara estaba escuchando desde dentro de la tienda, y ella también se rió, pero no de gozo como Abraham, sino de incredulidad. El Señor preguntó por qué se había reído y ella lo negó, y estas cosas nos enseñan que su risa no era como la de Abraham.
En la vida cristiana también el Señor a veces nos muestra cosas a las que debemos estar atentos. Tenemos que aprender, como Sara, que no hay nada difícil para Dios. Lo sabemos en teoría, pero hay que aprenderlo en la práctica. En el capítulo 21:1-6 Dios cumple Su promesa y hace a Sara reír de alegría porque Dios le dio un hijo.
Ahora bien, en el caso de Sara, entre la primera risa y la última, ella pasó un tiempo de pruebas. Primero hubo el catástrofe del juicio de Sodoma y Gomorra y la pérdida de parte de la familia de Lot. Luego Abraham se trasladó con todos los suyos y pasaron un tiempo en la tierra de Abimelec, donde otra vez surgió el trauma de estar los dos engañando a los hombres diciendo que Sara era hermana de Abraham. Recordemos que a Dios no le gustan las media verdades, porque también una media verdad es una media mentira. Posiblemente Sara se sentía abandonada o negada por el amor de su vida, y con la incertidumbre de qué pasaría con ella y qué de la promesa que Dios había dado. Fue un tiempo de mucha tensión. Actuaron más bien por la sabiduría carnal que por la fe en Dios, en parte motivados por el temor del hombre, el cual siempre trae lazo (Pr. 29:25). Pero Dios en amor y bondad les sacó de esta prueba, reprendiéndoles por boca de Abimelec, y enseñándoles a confiar en Dios y en Su Palabra. 
Hermanos, Dios también nos corrige a nosotros, nos saca de las pruebas y nos enseña a través de ellas, y esto aunque metemos la pata, como cada uno hace de vez en cuando. En el capítulo 21 Dios visitó a Sara (v. 1), y el texto dice: “como había dicho” y “como había hablado”. Estas palabras enfatizan y nos recuerdan que Dios cumple Sus promesas en nuestras vidas en Su tiempo (v. 2). Oramos por muchas cosas, y que son necesarias, y Dios contestará y proveerá a su tiempo. Luego recordaremos la fidelidad de Dios y cómo Él nos ayudó, y tendremos este gozo que tuvieron Abraham y Sara cuando nació Isaac. Y la gente alrededor nuestro escuchará nuestro testimonio de cómo Dios nos ayudó, y Dios será glorificado. Dios trabaja en nosotros como en Sara para corregir nuestra vida y carácter, nuestros errores, y sacarnos adelante. Hebreos 12 dice que Él corrige a Sus hijos, y que aunque el proceso no es asunto de gozo, el fruto apacible de justicia que viene después es bueno. Entonces, aunque pasemos por pruebas y dificultades, no perdamos la esperanza ni el ánimo, porque vamos a reír de nuevo, de contentos con la gracia y la ayuda del Señor.

de un estudio dado por Lucas Batalla, el 9 de octubre, 2008