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Tuesday, November 19, 2024

El Rico Insensato

 


Texto: Lucas 12.13-21

Suelen titular este texto: "El Rico Insensato", pero aquel hombre es solo uno de muchos. Las riquezas suelen causar problemas, y en este caso, fue una herencia. La presencia de riquezas suele trastornor los pensamientos, o al menos, suele revelar un defecto en el corazón.

     Un hombre se acercó al Señor, pero no por razones espirituales, sino porque su hermano recibió una herencia y no la compartió (v. 13). Pero el Señor le reprendió (v. 14) y rehusó actuar como abogado o juez en el caso. Algunos solo se dirigen al Señor buscando bienes temporales. Santiago 4.3 dice: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. El Señor usó esa ocasión para advertir a ese hombre, y también a nosotros acerca de un pecado común: “Mirad, y guardaos de toda avaricia” (v. 15). Dice “toda avaricia” porque se manifiesta de diferentes maneras – la herencia solo es un ejemplo. La avaricia no aflige solo a los ricos, pues también muchos pobres son avaros – que no están contentos, sino se afanan por tener más, tienen envidia de los que tienen más, y codician lo que esos tienen. Pero la vida no consiste en los bienes materiales, sino en una relación con Dios, y las verdaderas riquezas no son materiales sino espirituales.
    Para enseñar estas importantes verdades, el Señor usó una parábola en los versos 16-21, acerca de un hombre rico pero necio. En los versos 16-19 vemos a un hombre que tenía mucho, pero quería más. Su campo produjo mucho, y esa bendición era una prueba. Es así cuando aumenta el dinero o los bienes. La cuestión es: ¿cómo responde nuestro corazón? Los bienes no causaron el problema, sino sacaron a luz el problema que ese hombre ya tenía. Era egoísta.
    El verso 17 nos enseña su egoísmo, pues “pensaba dentro de sí” pero no consultó a Dios. Sin embargo, Dios conocía sus pensamientos y deseos, y conoce también todos los nuestros. Santiago 1.5 dice que cuando nos falta sabiduría, debemos pedirla a Dios. Pero ese hombre se preguntó a sí mismo: “¿Qué haré, porque no tengo donde guardar mis frutos?” No pensaba en compartirlos, sino en guardar todo para sí. “Mis frutos”, dijo, y siguió en el verso 18, diciendo: “mis graneros”, “mis frutos” y “mis bienes”. Como un niño tacaño, decía: “¡mío, mío, mío!” Lo tenía todo, y le sobraba mucho, solo pensaba en ahorrar para sí. Se hacía tesoros en la tierra – cosa que el Señor mandó no hacer (Mt. 6.19). El Salmo 62.10 nos aconseja: “Si se aumentan las riquezas; no pongáis el corazón en ellas”, y eso fue su error. Tener más no siempre es bueno, y el aumento de bienes es ciertamente una prueba para nuestro corazón.
    Aquel hombre seguía hablando egoístamente: “y diré a mi alma” (v. 19), y ahí se equivocó, pues Dios dice en Ezequiel 18.4, “todas las almas son mías”. Ahora bien, cada uno tiene un alma, y en este sentido es suyo, pero pertenece a Dios el Creador. El hombre pensaba en su futuro terrenal, pero no en el cielo. Se consolaba temporalmente pensando en sus “muchos bienes... guardados para muchos años”. En eso también se equivocó. Se sentía seguro porque tenía muchos bienes. Pensaba en los años de su jubilación – que sería prudente guardar mucho para vivir bien. No quería confiar en Dios para su futuro. Pero el Señor había dicho en el verso 15 que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”. Otro problema era su concepto del tiempo: “para muchos años” dijo, pero no sabía que no tenía ni un día más para vivir. Así que, locamente se aconsejó: “repósate, come, bebe, regocíjate” (v. 19). Se planificaba una buena jubilación, sin pensar en la eternidad. Muchos que dicen que creen en Dios cometen este mismo error.
    Entonces, habló Dios. Declaró Su análisis del proceder de ese hombre, y le puso todo en la perspectiva correcta. Nada de reposo y regocijo iba a tener. Las decisiones tienen consecuencias.
    “Necio”, Dios le dijo (v. 20), porque su actitud hacia los bienes, y su autoconfianza, no eran de sabios, sino de necios. “Esta noche vienen a pedirte tu alma”. Le quedaban horas, no años. Entonces, le hizo una pregunta, para reprenderle, y para que reflexionemos nosotros los que leemos la parábola. “Y lo que has provisto, ¿de quién será?” En el momento de morir, ya no sería suyo, pues al morir, uno deja todo. Preguntan a veces: “¿Cuánto dejó?”, y la respuesta es: “Todo”. 1 Timoteo 6.7 declara: “porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar”. Los coches fúnebres no tienen remolque para llevar los bienes del difunto al cementerio.  Santiago 5.2-3 denuncia a los ricos por acumular bienes como ese hombre en Lucas 12. “Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros”. Pero cuesta aprender esta lección, porque las riquezas tienen gran atracción. Pocos están contentos con lo que tienen. 2 Timoteo 3.1-2 advierte que en los postreros tiempos habrá avaros en las iglesias.
    Al hombre de la parábola Dios lo bendijo, y lo dejó decidir qué hacer con el aumento de bienes. Tristemente, el hombre se condenó por las riquezas, pues sacaron a luz su amor y sus prioridades egoístas. Entonces, Cristo resume en el verso 21, “Así es” – es una comparación, una aplicación para todo persona “que hace para sí tesoro”. ¿Por qué? Porque “no es rico para con Dios”. Hace tesoros en la tierra, donde no debería, y no los hace en el cielo donde debería (Mt. 6.19-21). La idea no es hacer tesoros en los dos lugares, sino escoger un lugar: “en el cielo”. Es aplicable a todos, aun a los más pobres, pues aun un vaso de agua será recompensado en el cielo. Pero la parábola habla especialmente a los que reciben alguna abundancia – más de lo que necesitan – en esta vida. Deben usarla para Dios, no para sí. Leemos en 1 Timoteo 6.17-19, que la manera de usarlas no es guardarlas, sino gastarlas. En lugar de ser altivos y decir: “mío, mío”, o poner la esperanza en las riquezas, deben usarlas para hacer bien a otros: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (vv. 18-19). En esos 3 versos vemos el error del hombre rico en Lucas 12. Puso su esperanza en las riquezas y las guardó para sí. 


    El Salmo 39 enseña lo que aquel hombre debía haber hecho. El salmista se presenta ante Dios en oración, diciendo: “mis caminos... mi lengua... mi boca... mi corazón... mi meditación...” y ruega: “Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy” (v. 4). El hombre en Lucas 12 no sabía la medida de sus días – ¡que iba a morir aquella misma noche! El salmista dice en el verso 6, “Ciertamente en vano se afana; amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá”. Muchas personas son como él. Afanarse y amontonar riquezas es de necios.
    Santiago 1.10-11 advierte que el rico pasará como la flor del campo. “Se marchitará el rico en todas sus empresas”. Así murió el rico de Lucas 12, mientras planificaba la construcción de graneros nuevos. Las riquezas terrenales son frágiles y pasajeras. Pero las riquezas espirituales son eternas. Proverbios 23.4-5 manda: “No te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desiste. ¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo”. Hay que ser prudentes y desistir, es decir, dejar de afanarse por tener más o por guardar lo que tienes. Santiago 4.13-15 aconseja a los que hacen planes para enriquecerse. Deberían decir: “Si el Señor quiere, viviremos, y haremos esto o aquello”.
    Recordemos la instrucción de la parábola, porque la verdad divina dura para siempre, pero las riquezas no. Aquel rico pensaba en reposar, comer, beber y alegrarse, pero no pensaba en la Palabra de Dios. Si hubiera dicho: “si el Señor quiere”, si hubiera consultado a Dios, se podría haber librado del juicio. Pero fue rico para sí, no para Dios. Cometió el error de Israel, que describió así el profeta Oseas: “Israel es una frondosa viña, que da abundante fruto para sí mismo (Os. 10.1). Seamos ricos o pobres, todos debemos vivir por fe, no por confianza en los bienes, y debemos glorificar a Dios en toda nuestra conducta.

 Lucas Batalla, de un estudio dado el 3 de noviembre, 2024

Sunday, April 28, 2024

El Rico y Lázaro

Texto: Lucas 16.19-31

El rico y lázaro, Fyodor Bronnikov, 1886
Primero, este relato no es una parábola, sino una historia verídica, que nombra a Lázaro y también a Abraham. El Señor puso al conocimiento lo que les sucedió a dos hombres cuando murieron: un pobre llamado Lázaro, y un rico cuyo nombre no menciona. Se contrastan el rico que vivía muy bien, y comía como rey todos los días, con el pobre que no tenía nada, y estaba lleno de llagas (vv. 19-20). Lázaro pasaba hambre, y ansiaba comer las migajas que caían de la mesa del rico. Solo los perros le atendieron, pues lamieron sus llagas (v. 21). Era tan pobre que ni siquiera tenía atención médica.
    Siempre hay esos contrastes en el mundo, unos con más, otros con menos. Muchas personas creen que un político o un científico puede cambiar la vida de las personas, pero no funciona porque como mucho cuidan de lo temporal, no lo eterno. Entonces, al morir, ¿qué pasará? Dicen cuando uno muera: “Ya no sufre, ya está mejor”, pero ¿es cierto eso?
    En el verso 22 llegó la muerte, pues es inevitable. Eclesiastés 3.19 avisa: “un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros”.  Cuando uno muera, el cuerpo físico cesa de vivir, pero no el alma ni el espíritu. Tenemos un cuerpo, pero somos más que un cuerpo. Ahora, Lázaro, cuando murió, fue llevado arriba por los ángeles, y al rico le sepultaron el cuerpo, pero abrió sus ojos en el Hades (v. 23), un lugar de sufrimiento. Hay que entender esto correctamente. Lázaro no fue para arriba porque era pobre, ni el rico fue abajo porque era rico. El mendigo tenía fe, pero el rico no, y ésa es la cuestión. Pareciera que el rico era bendecido porque tenía mucho, y que el pobre no tenía fe y por eso no tenía bendición. Eso es lo que las iglesias pentecostales enseñan, que si uno tiene fe, tendrá dinero y bienes, y no se enfermará. Pero no es así, como se ve en el caso de Lázaro. Aunque era pobre y estaba enfermo, creía, tenía fe, y por eso fue bendito, pero tuvo que esperar para recibir la bendición, en el cielo, no en esta vida.
    Hemos aprendido que el Hades no es lo mismo que el Infierno, sino es como la antesala del Infierno, donde están detenidos y castigados los que se pierden, hasta el día del gran juicio. Ya están condenados, porque no han creído (Jn. 3.18). El rico estaba “en tormentos”, que es un contraste grande con cómo vivía antes. Podía ver y sentir, y vio a Abraham y Lázaros “de lejos” (v. 23). Entonces, comenzó a dar voces: “Padre Abraham”, y le pedía alivio, diciendo: “estoy atormentado en esta llama”. No es una llama simbólica, sino según el atormentado, es literal, y también el sufrimiento. ¡No preguntes a los teólogos, sino a ese rico que sufría! Su cuerpo había sido sepultado, pero él mismo estaba sufriendo en el Hades, sin esperanza de salir (v. 24).
    En los versos 25-26 Abraham le responde: “Hijo, acuérdate...” porque es lo que hacen los que están allá, se acuerdan de oportunidades perdidas y de sus malos hechos. Ese hombre había recibido bendiciones de Dios, pero no fue piadoso, ni creyente, ni agradecido, ni compasivo, sino egoísta y tacaño. De nada le había servido. Muchos quieren enriquecerse, pero Cristo pregunta: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Marcos 8.36-37). ¡He aquí un hombre que tuvo muchos bienes y perdió el alma!  Además, Abraham le informa que nadie pasa de un lugar a otro después de la muerte. Los perdidos estarán conscientes de su sufrimiento, y sabrán que hay un lugar de bendición pero que no podrán ir allá.
    En los versos 27-28 el rico perdido ruega por sus hermanos. Quizás hasta entonces no se había preocupado por nadie más, pero ahora sí. No quería que sus hermanos fuesen “a este lugar de tormento”, pues eso no es una parábola ni una leyendo, sino un lugar que realmente existe y sufren los que están allí.
    Abraham responde en el verso 29, “A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos”. Esto quiere decir: “Que lean y hagan caso de la Palabra de Dios”. Cada sábado en las sinagogas leen las Escrituras. Pero ¿quién hace caso de lo que oye? Eso pasa hoy en muchas iglesias, pues Biblias hay, y lecturas, y predicaciones, pero ¿quién oye provechosamente? Es curioso que Abraham vivía antes de Moisés y los profetas, nunca vio las Escrituras, pero las conocía, pues en el cielo todos saben estas cosas.
    En el verso 30 el rico muerto insiste que si alguien fuese de los muertos, sus hermanos lo harían caso, pero se equivocó. Los muertos no vuelven. No hay fantasmas ni espíritus de muertos ni nada así en la tierra. La muerte de la persona inconversa es un callejón sin salida, y sin marcha atrás. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y despúes de esto, el juicio” (Hebreos 9.23).
    Por eso, Abraham responde con firmeza: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (v. 31). Hay que “oír” la Palabra de Dios, pues en ella está el mensaje de salvación. Nada de milagros y espectáculos y emociones. El tiempo para oír la Palabra y hacer caso es ahora, en esta vida. Un segundo después de la muerte, será demasiado tarde.

    El perdón de tus pecados, la salvación de tu alma, y la vida eterna están en base la fe en Dios y Su Palabra, el Evangelio. Solo el que cree (confía) en el Hijo, será salvo. Si no oyes (haces caso) a Cristo y el evangelio, te perderás, y no habrá remedio. Ahora es tu oportunidad. No demores, porque la muerte a ti también te alcanzará, y entonces, ¿dónde estarás?

Lucas Batalla
25 febrero 2024