Showing posts with label sacrificio. Show all posts
Showing posts with label sacrificio. Show all posts

Friday, August 19, 2022

Abraham Ofrece a Isaac

Texto: Génesis 22.1-18

“E iban juntos”  v. 8
La historia de Abraham tiene muchas buenas lecciones para nosotros. Dios lo llamó a ser peregrino y patriarca, y le matriculó en la escuela de la fe. Como todos nosotros, Abraham tenía que aprender, y a veces cometió errores, pero Dios le corregía y llevaba adelante. Lo que destacaba Abraham era que creía a Dios. En cambió, su sobrino Lot valoraba lo material. Cuando se le dejó escoger, fue a Sodoma. Nunca hizo un altar, y no es mencionado como hombre de fe. Trató de ser peregrino sin ser llamado. Dios no le dio promesas ni de la tierra ni de herederos. No es patriarca ni ejemplo que seguir, pues termina triste, despojado y olvidado. Pero Abraham era un hombre espiritual. Hizo altares a Dios; le adoraba e invocaba, y era conocido como príncipe de Dios (Gn. 23.6) y amigo de Dios (2 Cr. 20.7; Is. 41.8; Stg. 2.23).
    Nosotros, como Abraham, tenemos un altar (He. 13.10) para acercarnos a Dios – la Persona y obra redentora de Jesucristo. No es para sacrificar, sino para recordar y adorar al que se dio por nosotros. Recordamos esto de manera especial al celebrar la cena del Señor, cuando hacemos memoria y anunciamos Su muerte hasta que Él venga. Él es nuestra piedra de toque en todo.
    Estas historias en el Antiguo Testamento tienen valor práctico para nosotros. El Señor usaba esas Escrituras para enseñar, y los apóstoles hacían lo mismo (Ro. 15.4; 1 Co. 10.6, 11), incluso en iglesias compuestas de gentiles convertidos. De modo que, el que ignora el Antiguo Testamento se priva de verdades muy importantes y necesarias. Espero que todos leamos y estudiemos todas las Escrituras.
    Llegamos a Génesis 22, y recordamos que antes de eso había la prueba de la promesa del nacimiento de Isaac, y la larga espera. En Génesis 15 y 16 Abraham y Sara, por la impaciencia y la lógica humana, trataron de ayudar a Dios, e hicieron mal. Abraham aceptó la sugerencia de Sara. No esperó ni confío en Dios, sino procedió como si necesitara ayuda. Nosotros también fallamos cuando intentamos hacer la obra de Dios por lógica o a la fuerza. En el caso del patriarca, el resultado fue Ismael, un hijo en la carne, cuyos descendientes todavía causan problemas en el medio oriente. Agar e Ismael fueron echados de casa, y esa vez Dios le dijo que oyera la voz de Sara, porque en eso tenía razón. Ismael era hijo de Abraham, pero no de Sara, y no de la promesa. “No te parezca grave... oye su voz” (Gn. 21.12), porque la descendencia de Abraham sería llamada en Isaac, no en Ismael. “Echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo” (Gn. 21.10). Gálatas 4.30 cita esto para enseñar que no hay lugar para la ley en la justificación por la fe.
    Así que Abraham obedeció y despidió a Agar e Ismael, que fue para él un sacrificio, pero necesario. Y entonces, cuando solo quedaba Isaac, Dios le probó otra vez (Gn. 22.1), no para tirarle de las orejas, sino para enseñarle y hacerle bien. En la escuela de fe Dios sujeta a pruebas a los creyentes, y es una manera de ayudarnos a crecer (Stg. 1.2-4). Mucho depende de nuestra reacción. Le dio un mandamiento sorprendente: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”. Probablemente ésta fue la prueba más difícil de su vida. Varias de las lecciones que Dios enseñó a Abraham tenían que ver con la familia y el principio de poner a Dios en primer lugar. Tuvo que salir de su tierra y parentela (Gn. 12.1). Tuvo que rectificar y separarse de Lot (Gn. 13.9). Tuvo que despedir a Agar e Ismael (Gn. 21.12). Y ahora debía ofrecer a Isaac, el único que quedaba.
    Al leer las palabras de Génesis 22.2, recordamos que Dios también tiene un Hijo unigénito, a quien ama, y que siglos después de ese tiempo, el Hijo de Dios sería sacrificado sobre el monte Moriah. Abraham debía ir al lugar que Dios indicaría  – Moriah, y ofrecer lo que Él mando: no un cordero sino su hijo Isaac. Le llamó a sacrificar al objeto de su amor y esperanza, pues no había otro heredero. Esa gran lección en la escuela de la fe nos enseña el principio: Dios primero, y Dios antes que la familia. No que la familia no sea importante, pero Dios siempre tiene que venir antes. Abraham ya había aprendido que obedecer a Dios puede alejarnos de nuestros parientes. Pero ahora la lección venía con más fuerza, porque Isaac no era un hermano o primo o sobrino, sino su hijo nacido en su vejez. Los viejos, los abuelos, a menudo malcrían a los niños con mimos y permisividad, pero Dios demandó de Abraham el máximo sacrificio.
    En el verso 3 vemos su reacción. No cuestionó, ni rehusó, no lo postergó, ni siquiera consultó a su esposa para ver si estaba de acuerdo. No necesitaba su permiso o acuerdo. Posiblemente le diría algo parecido a lo que dijo a los siervos en el verso 5, pero no lo sabemos. Lo cierto es que simplemente obedeció a Dios – la obediencia de la fe. Se levantó muy de mañana, preparó el asno, tomó dos siervos e Isaac, cortó la leña, y se fue. No se fue a un lugar cercano, ni al lugar que le pareciera, sino al lugar que Dios le dijo. Luego Dios ensenaría a Israel la importancia de congregarse en el lugar que Dios escogiere (Dt. 12.5, 11, 18, 26). Esta verdad debe aplicarse también a la iglesia, pues muchos se congregan a un hombre o un nombre, pero no bíblicamente, no al Señor en el lugar que Él escogiere.
    En los versos 4-5, cuando vio el lugar, hizo esperar a los siervos, y diciendo así: “iremos...adoraremos y volveremos”. Esto es fe, porque como Hebreos 11.19 informa, realmente iba a degollar a Isaac y ofrecerlo, porque pensaba que Dios es poderoso para levantarlo. Su lenguaje a los siervos indica que Abraham anticipaba volver con Isaac vivo después de sacrificarlo.  El verso 6 dice: “y fueron ambos juntos”. Hermosa y conmovedora escena – padre e hijo subiendo juntos el monte Moría para el sacrificio. Entonces Isaac preguntó (v. 7), porque muchas veces había visto sacrificios, y esa vez se dio cuenta de que faltaba el animal. “¿Dónde está el cordero?”, que es una de las grandes preguntas en la Biblia. Abraham respondió sagazmente, por fe: “Dios se proveerá de cordero”, y no dio más detalles. Esto fue suficiente para Isaac. “E iban juntos” (v. 8). No había discusión ni más preguntas ni protesta. Abraham confiaba en Dios, e Isaac confiaba en su padre Abraham. Ojalá que viéramos más confianza así hoy, de los padres en Dios, sin vacilar, y de los hijos en sus padres, sin protestas.
    Entonces, llegaron a la cumbre (vv. 9-10), y Abraham procedió sin demora a hacer lo que Dios le había dicho. Puso a Dios antes que a su hijo, e notamos que Isaac se sometió a eso, pues seguramente tenía más fuerza física que Abraham, pero no hubo lucha. Cuando llegó el momento y alzó el cuchillo sobre Isaac, Dios intervino y paró al patriarca (vv. 11-12). “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único”. Dios vio cómo reaccionó Abraham en la prueba, y le bendijo. También con nosotros, hermanos, el Señor quiere más que escuchar palabras bonitas, como himnos y oraciones, pues desea ver nuestra fe en nuestras obras. Cuando estamos en pruebas, sabemos que Dios puede intervenir para dar alivio, pero todo tiene su tiempo. Son hermosas las palabras: “No me rehusaste tu hijo, tu único”, porque en Romanos 8.32 leemos que Dios “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. ¡Y nadie intervino, pues Cristo realmente dio Su vida por nosotros, y Dios vio morir a Su Hijo en el monte Moriah.
    Pero aquel día no iba a morir Isaac. Dios proveyó un carnero – no un cordero, para sustituir a Isaac (v. 13). Luego el Cordero de Dios nos sustituyó a toda la humanidad. Lástima que el mundo todavía quiere un carnero, no el Cordero. Abraham dio un nombre profético a ese lugar: “Jehová proveerá”. En ese monte fue puesto el templo (2 Cr. 3.1), y en otra parte del mismo monte, fuera de Jerusalén, estaba Gólgota, el lugar de la Calavera (Mt. 27.33), donde murió el Cordero que Dios proveyó.
    Los versos 15-18 terminan esta sección, enfatizando la bendición que viene por la obediencia. Dios conoce nuestra fe por nuestro corazón y también por nuestras obras, pues la fe sin obras está muerta. El Señor bendice a los que confían en Él, creen a Su Palabra y le obedecen. Declaró a Abraham: “por mi mismo he jurado” (v. 16), que es lo más seguro. Le prometió una descendencia innumerable (v. 17). Nos agrada saber que la bendición es para todas las naciones (v. 18) porque eso nos incluye. Cuán lejos llegan las bendiciones de la obediencia, y pensad en el bien que podemos hacer si obedecemos por fe.
    Qué grande es el Señor y maravillosas Sus obras y bendiciones. Él desea bendecir, pero nosotros muchas veces le impedimos por nuestras dudas y desobediencias. La obediencia de fe es la clave para la bendición. Obedecer es creer el evangelio, arrepentirse y confiar en el Señor Jesucristo para ser salvo. Y después de salvo, obedecer es creer a Dios y hacer lo que Él nos manda. Esto es vivir por fe, como Abraham, el amigo de Dios.

Lucas Batalla, de un estudio dado el 15 de agosto, 2022

Tuesday, June 25, 2019

Ana, la madre de Samuel

Texto: 1 Samuel 1:1-28

Samuel fue juez y profeta en Israel, y ungió a los primeros dos reyes. Fue traído al mundo como respuesta a las oraciones de Ana, su madre. Fue consagrado al Señor desde antes de su concepción. Pero luego en la vida tuvo hijos malos, no por culpa suya, sino porque la vida es así. Aun en familias de creyentes los hijos pueden escoger otro camino y ser pródigos. Samuel tuvo de sus padres una herencia espiritual, no material, y la dejó a sus dos hijos, pero ellos, como muchos hijos de creyentes, no la apreciaron.
    En este capítulo vemos la gran influencia de la madre, Ana, en la vida de Samuel. Era una mujer sufrida, temerosa de Dios, que estaba en una situación matrimonial no ideal, ya que su marido Elcana practicaba la poligamia (vv. 1-2). Dios durante un tiempo toleraba esa práctica incorrecta en el Antiguo Testamento, pero no la aprobaba. Había surgido primero de parte de Lamec, descendiente del maldito Caín (Gn. 4:19). Los hombres solían hacer esto para multiplilcar su descendencia y tener linaje. Pero esa idea no venía de Dios. Dios no dio dos esposas a Adán, sino una. El Nuevo Testamento enseña así: “marido de una sola mujer” (1 Ti. 3:2, 12; Tit. 1:6).
    Elcana no obstante adoraba como Dios mandó (vv. 3-4). Fue generoso con su familia. Pero en los versículos 5-7 vemos en el hogar el resultado de la poligamia – Penina afligía a Ana porque era estéril. Había contienda, rivalidad, tensión y tristeza. Penina era la antagonista, y Ana la que sufría, lloraba y no comía. Elcana mostró compasión y cariño a Ana (v. 8), pero parece que no intervino para controlar a Penina.
    En los versículos 9-13 vemos algo muy importante. Ana, sufriendo, fue al tabernáculo – lugar de reunión – y oró. Presentó a Dios su queja y petición, y su ejemplo es bueno para todos nosotros. Observa con cuidado cómo ella oró. Dice que oró en silencio, en su corazón, y sus labios se movían pero no salió sonido. Elí malinterpretó eso como una borrachera. Él no podía oirla, pero Dios sí. No es necesario que las mujeres oren en voz alta para que Dios las escuche, y además, en el Nuevo Testamento esta práctica está prohibida en la congregación (1 Ti. 2:11-12; 1 Co. 14:34). Notamos que su oración fue específica. Pidió un hijo varón, porque son los varones que dirigen en las cosas de Dios, y ella quería dedicarlo a servir así. Hizo voto y prometió dedicarlo a Jehová “todos los días de su vida” (v. 11). Le prometió el voto del nazareo, que no pasaría navaja sobre su cabeza, porque en Números 6 el voto del nazareo, de consagración a Dios, incluía eso. Samuel fue prometido a Dios antes de su concepción. ¡Ojalá que haya más madres dispuestas a criar a sus hijos para Dios!
    Los versículos del 14 al 18 relatan su conversación con Elí. Él pensaba que estaría ebria, y la exhortó a digerir su vino. Pero Ana, siempre mansa, respondió como dice Proverbios 15:1, “la blanda respuesta”. Explicó que estaba atribulada y que derramaba su alma delante de Dios. Es ejemplo de qué hacer cuando estamos atribulados. No necesitamos a psicólogos ni pastillas tranquilizantes – acerquémonos a Dios en oración para decirle todo. Entonces Elí (v. 17) la despidió con bendición: “Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho”. Ana se fue, “y no estuvo más triste” (v. 18), porque echó toda su ansiedad sobre el Señor (1 P. 5:7).
    Vemos su vida en el hogar en los versículos 19-20. Se fue a casa con su marido, y Dios se acordó de ella. Él no olvida nuestras oraciones. Cuando nació el hijo conforme a su petición, le puso el nombre “Samuel” (pedido a Dios) en memoria del voto que había hecho. En esto también Ana es ejemplo, porque a diferencia de muchos, se acordó de su voto y lo cumplió. Los votos son cosas serias que no se dicen a la ligera, y hay que cumplirlas. Números 30:2 manda: “Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca”. Pero la gente promete muchas cosas a Dios en oración: “Señor dame...Señor ayúdame...Señor líbrame... y haré esto o lo otro”, pero cuando reciban la respuesta se olvidan de su promesa. Pero Ana mostró su integridad espiritual.
    Cuando consideramos la vida de Samuel como juez y profeta, siervo de Dios, vemos el efecto de una madre consagrada a Dios, y cómo Dios utiliza a tales personas. Para que ella pidiera así un hijo, haciendo voto, tuvo que ir primero por camino de angustia y lágrimas, pero después vemos el fruto apacible de justicia. Dios honra a los que le honren.
    Samuel desde su niñez fue fiel a Dios y permaneció así durante toda la vida. El diablo no consiguió hacerle caer, pero se metió con sus hijos. No eran perversos e inmorales como los dos hijos de Elí, pero no era piadosos como su padre. La Palabra de Dios los describe como avaros (1 S. 8:3), que tomaron el soborno y pervirtieron la justicia. El amor al dinero y el uso de posiciones de influencia para conseguirlo es un mal en todas las edades. ¡Cuán distinto el Hijo de Dios cuando anduvo en este mundo, obediente y que honraba a Su Padre (He. 5:8). Conviene que recordemos Hebreos 5:9 que declara que Él provee “eterna salvación para todos los que le obedecen”. La obediencia es una marca de verdaderos creyentes, y sobre eso no hay rebajas.
    Hoy la gente no quiere oir de obediencia, pero es marca del Hijo de Dios y de todos los que verdaderamente creen en Él. Dios no es un fetiche o una imagen. Es el Creador y Sustentador de todo. Vive y quiere salvar y guiar nuestras vidas, y a los que le conocen esto les parece bien. Le debemos nuestras vidas, nuestra obediencia y todo lo que somos y tenemos. Nada es nuestro – todo es de Él – pero a veces le escamoteamos cosas que le pertenecen. Ana no fue así, como hemos de ver, sino que cumplió totalmente lo que había prometido.
    En los versículos 21-23 vemos los años que intervinieron entre en nacimiento de Samuel y su presentación para servir al Señor. Fue criado y educado en casa por su madre, y podemos estar seguros de que con todo el cariño materno le cuidaba y preparaba para su futuro. En el versículo 23 notamos como Elcana también recordó a Ana su voto, y en esto le animaba y la apoyaba.
    Después llegó el tiempo de cumplir el voto (vv. 24-28). Es una escena conmovedora porque el niño todavía era pequeño (v. 24). Pero Ana le trajo voluntariamente, no arrastrando los pies ni llorando y protestando por todo el camino. Elcana y Ana trajeron becerros para holocausto (v. 25). 
    El holocausto era un sacrificio voluntario, enteramente para Dios, y es figura de la vida de Samuel, un sacrificio vivo (Ro. 12:1), totalmente para Dios. Ana trajo al niño delante de Elí y habló – al sacerdote – no estaba predicando, sino explicando que cumplía su voto.  Reconoció que Dios le había contestado la oración (v. 27), “por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí”. Proclamó: “Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová” (v. 28). Eso sí es una vida consagrada. Y termina diciendo: “Y adoró allí a Jehová”. No gritaba ni lloraba amargamente ni se echaba atrás. 1 Samuel 2:1-11 nos da las palabras de la oración de Ana que engrandecía a Dios cuando le presentó su hijo. En el lugar de ese altar había varios sacrificios: el del becerro ofrecido en holocausto, el de Ana que dio su hijo a Dios para servir, y el del niño Samuel también en sacrificio vivo. Gracias a Dios por el ejemplo piadoso de una madre como Ana.
    Hermanos, oremos por nuestros hijos, y no los tengamos solo para nosotros ni para el mundo, sino para el Señor. Sí, la mayoría de ellos tendrán sus trabajos en el mundo, y esto es bueno, siempre y cuando todo lo hagan para el Señor y para Su honor y gloria. La consagración es importante. Cristo en su oración en Juan 17 pidió por la consagración de Sus discípulos. Es todavía el deseo y propósito de Dios en nuestra vida.
    Como Ana, debemos: (1) Orar y derramar nuestra alma delante de Dios. (2) Cumplir nuestros votos sin echarnos atras. (3) Criar a nuestros hijos para Dios. Elí tuvo dos hijos malos, y Samuel luego tuvo dos hijos infieles, pero entre estos está la piadosa Ana con su hijo consagrado. Además, en 1 Samuel 2:18-21 vemos que Dios la bendijo con cinco hijos más. Pidió uno y tuvo seis. Dios puede darnos mucho más de lo que pedimos o pensamos (Ef. 3:20). Acerquémonos a Él en oración en toda circunstancia de la vida, y Él nos dará de Su abundante gracia. A Él la gloria para siempre. 

de un estudio dado el 12 de mayo, 2019

Friday, May 30, 2014

LA OBEDIENCIA DE LA FE

Texto: Hebreos 11:17-22

     La fe es importante no sólo en la salvación sino también en la vida del creyente. Esto debe ser obvio por el espacio dedicado al tema de la fe en Hebreos 11. Abraham es un buen ejemplo puesto delante de nosotros, y muy bien se le llama padre de la fe. Él pasó por varias situaciones difíciles en su vida y fue probado, pero salió aprobado. Además de admirarle, debemos aprender de su ejemplo y seguirlo.
    El versículo 17 habla de una de las pruebas, cuando Dios le mandó ofrecer a Isaac, su hijo único. Dios también nos probará para ver si vamos a confiar y obedecer. En las pruebas, mis hermanos, manifestamos nuestra disposición. Hoy muchos llamados creyentes se comprometen a medias con el Señor. Queremos ser salvos, y bendecidos, pero no queremos obedecer, sacrificar y seguir. Le regateamos a Dios todo lo que podemos. Pero no fue así con él que aquí es presentado como ejemplo de la fe. El cristianismo hoy está en una condición débil y superficial. Muchos dicen que creen, pero es más un asentimiento intelectual que una confianza inquebrantable. La única manera que muchos siguen es si se les consiente una vida no como la que la Biblia manda. Una fe superficial, falsa, fingida, no aguanta las pruebas. Muchos son los que han sido bautizados, tienen la Biblia, pero viven de cualquier manera menos por la fe. Sus vidas no se parecen en nada las vidas de fe que la Biblia nos enseña. Es un nuevo cristianismo “light” (liviano) que no es digno de ser llamado cristianismo.
    Pero volviendo a nuestro texto y esta prueba de la fe de Abraham, Dios le había traído en el camino de fe ya por años, enseñándole, y Abraham iba aprendiendo y creciendo en la fe. Dios le había prometido una prole impresionante, una multitud de descendientes, pero todo tenía que venir por su hijo Isaac. Dios llama a Isaac el único hijo de Abraham (Gn. 22:2), aunque Ismael había nacido antes, pero no contaba como hijo de fe, pues era hijo de la carne y la impaciencia. En cambio, la promesa de multitud de descendientes debía cumplirse en Isaac, y es precisamente allí que Dios tocó y probó a Abraham, pidiendo el sacrificio de Isaac. Pero lo que Dios pide no es injusto. Él sabe lo que dice. Génesis 22:1 dice: “Después de estas cosas”, lo cual indica que ya habían pasado otras cosas y lecciones, pero Dios seguía enseñando a Abraham, porque la escuela de la fe dura toda nuestra vida. Así que, leemos a continuación: “probó Dios a Abraham”. Es una prueba con buen propósito. Le llamó y Abraham respondió: “heme aquí”, que es como decir: “¿qué quieres que haga?” Esto es algo que quizás muchos cristianos hoy en día no le han preguntado, ni desean hacerlo. 2 Corintios 13:5 dice: “probaos a vosotros mismos, si estáis en la fe”. Es una prueba buena y necesaria, porque algunos profesan conocer a Dios pero no son del Señor.
    Leyendo Génesis 22:2, vemos que básicamente Dios le pidió todo, y por cierto lo mejor y más precioso. Todo su futuro y las bendiciones prometidas estaban en Isaac. ¿Quién puede decir que ha entregado todo a Dios? ¡Pocos! La fe nos conduce a sacrificar y confiar a Dios lo que cuesta. Y el Señor le dio instrucciones específicas acerca de cómo hacerlo. Le hizo permanecer atento y dependiente de Dios, al decirle: “que yo te diré”. Hay que hacer las cosas que Dios dice, si queremos vivir por la fe. Pero hoy muchos no quieren seguir las instrucciones divinas, sino hacer las cosas como les parece. Hay un lugar divinamente designado para reunirnos y adorar, pero algunos no quieren ir al culto porque dicen que está lejos. Abraham tuvo que viajar tres días para llegar al lugar que Dios le dijo. El problema está en su corazón, no en la distancia.
     En el versículo 3 vemos la reacción de Abraham a las instrucciones divinas, y en ella hay mucho que observar y aprender. “Se levantó muy de mañana”. Madrugó, porque la obediencia debe hacerse pronto. Observa que no consultó a Sara para ver su opinión ni tener su aprobación o permiso. No por falta de cortesía o consideración, sino porque Dios ya había hablado. No cabía duda lo que había que hacer porque Dios le había mandado. Su espoa no podía cambiar esto, así que en este caso, él de obedecer a Dios, los demás no tienen voz ni voto. ¿Cómo se pondría una madre evangélica hoy en día si el padre quisiera hacer algo con su hijo en obediencia a Dios sin consultarle a ella primero, sin su permiso? Pero hermanos, Abraham obedecía a Dios, no a Sara. La guía vino de Dios, no de Sara. Ella se sometía a su marido, pero hoy en día no hay muchas mujeres que desean hacer esto, ni entre creyentes. Siempre quieren ser consultadas, quieren expresar su opinión, quieren dar su consejo y en algunos casos su opinión, pero en la vida de fe las cosas no son así. Abraham madrugó para preparar todo, y se fue con todo provisto y preparado. Hechos los preparativos, no tardaba, sino que se fue al lugar que Dios le dijo, no a un lugar que le parecía. Es la obediencia de la fe, y es un ejemplo hermoso.
    En los versículos 4 y 5 vemos la esperanza de la fe, expresada en las palabras de Abraham a sus siervos. Cuando veía el lugar que Dios le dijo, dejó a los siervos, prometiendo volver con estas palabras: “...Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros”. Iba a sacrificar a su hijo, pero no dijo: “volveré”, sino “volveremos”. Sólo podía hablar así porque confiaba en Dios, y sabía que Dios había prometido bendición por medio de Isaac, así que de alguna manera tendría que volver. Esto es lo que Hebreos 11:19 comenta acerca de los pensamientos de Abraham.
    El versículo 6 nos muestra la obra de la fe, y es bueno notar nuevamente que la fe produce obras, porque si no, está muerta. Abraham tomó la leña y la puso sobre Isaac. Tomó el fuego y el cuchillo en sus propias manos, y fueron ambos juntos, padre e hijo, el padre confiando en Dios, y el hijo confiando en su padre y acompañándole sin saber lo que le esperaba. Por la fe caminaban hacia el lugar del sacrificio y llegaron. No faltaron. Cuando nos comprometemos con el Señor y con una iglesia local, debemos estar allí y no faltar. La obra de Dios no puede funcionar como debe con personas que una vez sí, otra no. Hay que prepararse e ir al lugar que Dios indica, porque es allí que adoraremos delante del Señor.
    En los versículos 7 y 8, Isaac pregunta por el cordero. Era un joven inteligente y observador. Sabía lo que hacía falta porque seguramente lo había visto muchas veces y su padre le había enseñado. ¿Qué sentía Abraham al escuchar la pregunta de su hijo, y cómo respondería? He aquí la respuesta de fe: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto”. Era una gran verdad que no iba a cumplirse ese día sino siglos más tarde en el sacrificio del Cordero de Dios en el mismo monte. En la vida de fe hay cosas que dependen de la provisión de Dios, no de nuestra habilidad o lógica. Abraham no sabía lo que Dios iba a hacer. No hay necesidad de saberlo todo, entenderlo todo, explicar y diagramar todo para que todos queden satisfechos. La clave no está en el intelecto. Hay que tener fe, confiar en Dios. La respuesta de Abraham puso la mira de Isaac en Dios: “Dios se proveerá...”
    Los versículos 9 y 10 relatan lo que sucedió cuando llegaron al lugar que Dios había dicho, y la obediencia costosa de Abraham y de Isaac. Si obedecemos implícitamente a Dios, Dios nos bendecirá. Hay victoria, compensación y beneficio esperando a los fieles. Pero hay que confiar, obedecer y sacrificar, y no disculparnos diciendo que no podemos. Recordemos que Isaac no era un niño, sino un hombre joven, quizás de unos diecisiete años de edad, y su sumisión a su padre es admirable. Los jóvenes hoy en día no suelen seguir a sus padres ni someterse a ellos como hacía Isaac. Este espíritu independiente y rebelde no agrada a Dios, y no es señal de madurez sino de inmadurez y carnalidad.
    En los versículos 11-12 vemos cómo Dios intervino, y esa intervención es algo que sólo Dios sabía de antemano. Sólo Dios sabe cómo dirigir nuestras vidas, confiemos en Él y hagamos lo que nos pide, sin tratar de calcular y saber todo de antemano. ¡Qué diferente la escena en el Gólgota! No hubo intervención, sino silencio desde el cielo. Allí el Cordero provisto murió por nuestros pecados. Mira las palabras de Dios a Abraham al intervenir: “no me rehusaste”. ¿Puede Dios decir lo mismo de nosotros?
    Vemos la fe recompensada en los versículos 13 y 14. Dios se proveyó, no de cordero, sino de carnero. El cordero vendría más tarde en la historia. Abraham tomó el carnero y lo ofreció en lugar de su hijo, lo cual ilustra muy bien la sustitución. Seguramente estaban muy gozosos y agradecidos los dos. En el versículo 14 Abraham declaró: “Jehová proveerá”. Es uno de los nombres especiales de Dios. Lo declaró no sólo porque lo acabó de ver, sino también acerca del futuro. “Proveerá” es lo mismo que dijo en el versículo 8. Nuestro Dios proveerá, no sólo para  nuestra salvación que es lo más importante, sino también para todo nuestra vida, cosas grandes y pequeñas. Él tiene cuidado de nosotros.
    En los versículos 15-18 leemos como Dios bendijo a Abraham en base a su obediencia y sacrificio. Isaac está observando y aprendiendo de todo esto. Cuando uno pone a Dios primero, Dios le bendice. ¿Estamos nosotros observando y aprendiendo? Dios le reconfirmó la promesa de Génesis 12:3.
    Hermanos, en la vida de fe hay que confiar, obedecer y sacrificar. No podemos rehusar a Dios y esperar Su bendición. A Dios le agrada bende
cir a los que confían en Él y le obedecen por fe. Dios tiene más para dar a los que actúan por fe.


de un estudio dado por Lucas Batalla, el 26 de diciembre, 2010