Tuesday, May 31, 2022

El Asiento Vacío

Texto: 1 Samuel 20.1-4; 18-34

   Saúl, impulsado por envidia, había comenzado a perseguir a David, buscando matarlo. Por eso David se ausentó de la fiesta tradicional de la nueva luna. Saúl notó su asiento vació, y el príncipe Jonatán, su amigo, presentaba sus disculpas para ver cómo reaccionaría Saúl. Su reacción violenta dejó claro que sus intenciones eran malas, y así comenzó la huida de David.
    Tarde o temprano cada uno de nosotros tendrá que dejar el asiento vació. Notamos la ausencia de familia y amigos que ya no están con nosotros. Y no solo es por fallecimiento, pues en algunos casos es por enfermedad, o por un viaje o un traslado, y tristemente en otros es porque se apartaron, como por ejemplo en la historia del  hijo pródigo (Lc. 15). Pero aun los fieles creyentes dejarán un día su asiento vació, cuando partan para ir a la presencia del Señor. Lo peor no es el asiento vacío en el hogar o en la congregación, sino el asiento vació en el cielo, porque podía haber sido salvo pero no creyó. Cierto es que en el corazón de Dios hay lugar para todos, ya que Cristo gustó “la muerte por todos” (He. 2.9), pero solo los que creen estarán en el feliz hogar eterno en el cielo.
    En Lucas 13.25-28 el Señor advierte que algunos serán excluidos, no porque no fuesen elegidos, sino porque no se esforzaron para entrar por la puerta angosta. Su asiento estará vacío. Pero en el verso 29 vemos a otros, los creyentes que “se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Luego en Lucas 16. 22-29, Lázaro “fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (v. 22), pero el rico faltó ahí porque abrió sus ojos en el Hades, el lugar de los incrédulos muertos. Dios quiere que todos los hombres sean salvos (1 Ti. 2.4), quiere llenar Su casa (Lc. 14.23), pero faltarán los que rehúsan creer el evangelio.
    Pero mis hermanos, a veces vemos en los creyentes un concepto equivocado de la seguridad. Es cierto que todo creyente tiene seguridad eterna en las manos del Señor. Pero a veces parece que pensamos que siendo eso verdad, no pasa nada si faltamos, o que nuestra presencia en la asamblea no es importante ni necesaria. Pensar así es un error. Pablo escribió a la asamblea en Corinto: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Co. 12.27). En ese cuerpo, si faltan miembros los demás se ven afectados – se nota el asiento vacío.
    Cuando fallece un hermano, notamos su ausencia entre nosotros. Con tristeza nos hemos despedido de varios hermanos así, tristes porque no los veremos más aquí. Su asiento entre nosotros está vació, y les echamos en falta, pero aun así nos gozamos por ellos porque están con el Señor y eso es mejor. Tienen lugar en la casa del Señor (Jn. 14.1-3). Un día cuando estemos ahí, nuestra tristeza se convertirá en gozo (Jn. 16.10).
     También notamos el asiento vacío del hermano que está enfermo, o de viaje. Entre nosotros, lastimosamente, sucede que algunos faltan en la reunión pero no sabemos por qué, porque no han tenido la consideración de comunicarse con los hermanos. Tales casos deben ser investigados por los ancianos, porque el Señor les manda velar por las almas de los hermanos (He. 13.17). Si faltas sin decir nada a nadie, causas preocupación, y no te debes extrañar si los hermanos llaman o visitan para ver qué pasa.
    Una de los privilegios de la comunión en la asamblea es la asistencia y participación en las reuniones, y el beneficio espiritual que esto nos da. Pero este privilegio también es una responsabilidad que debemos tomar en serio. No es correcta la práctica de andar entre varias asambleas. Debemos ser recibidos en comunión en una, y echar nuestra suerte con ella. Si por alguna razón no podemos ir, lo correcto es informar antes a los hermanos, para que al ver nuestro asiento vació sepan qué es lo que pasa. Así que, es importante reunirse con los hermanos pero todavía más importante es reunirse con el Señor, porque Él no falta en ninguna reunión. Él quiere vernos ahí, como dice el Salmo 50.5, “Juntadme mis santos”.  
    En Números 9.10-13 vemos un precepto importante acerca de la pascua. Solo era permisible faltar en la pascua por estar inmundo o estar de viaje (v. 10), y en tales casos la debía celebrar el siguiente mes (v. 11). Pero si estaba limpio y no estaba de viaje, y no celebraba la pascua, debía ser cortado del pueblo – pena de muerte, “por cuanto no ofreció a su tiempo la ofrenda de Jehová, el tal hombre llevará su pecado” (v. 13). Esto era para Israel, por supuesto. Pero recordemos que el Señor reemplazó la pascua con la cena del Señor, y el precepto es que debemos tomar muy en serio nuestra responsabilidad de acudir y hacer esto en memoria de Él. Las reuniones de la asamblea tienen prioridad para todos los que están en comunión en ella, y esto es una de las maneras de buscar primeramente el reino de Dios y Su justicia (Mt. 6.33). El domingo es día del Señor, no nuestro. No tenemos Su permiso para dar este día a la familia o los amigos, o para otras cosas. Si nos preguntan o dicen que quieren planificar algo para ese día, debemos responder: “Ya tengo compromiso con el Señor, pues los domingos son Suyos”. Es parte del testimonio que damos a ellos, y recuerda, el Señor honra a los que le honran.
    Cualquiera puede faltar alguna vez debido a una enfermedad, o porque tenga que trabajar o esté de viaje. Pero es preocupante cuando hermanos comienzan a faltar frecuentemente, de manera crónica, y la mitad del tiempo no están, y no se puede contar con ellos. Entonces, algo pasa en su corazón, en su vida espiritual, porque este comportamiento no es normal. La actitud buena y sana del creyente es como dijo David: “Yo me alegré con los que me decían: a la casa de Jehová iremos” (Sal. 122:1). Su corazón lo desea, como dice el Salmo 42.2, “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”
    Curiosamente, hay un caso cuando el Señor faltó en cierto lugar. En Juan 11.21 y 32, Marta y María se quejaron de la ausencia del Señor, diciendo: “si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Por supuesto que esa ausencia fue con un bendito propósito: la resurrección de Lázaro y la gloria de Dios. Pero hermanos, podemos estar seguros de que el Señor no falta en ninguna reunión de los creyentes, porque cumple Su promesa. “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18.20). No le importa que sean pocos, Él se une a ellos. ¿Cómo sería, hermanos, si Cristo faltara, si no estuviera en la reunión? ¿Hemos pensado en esto? Pero algunos tratan la reunión como si Él no estuviera. Y hay quienes les importa el tamaño de la congregación, porque siempre preguntan: “¿cuántos sois?”. Parece que si no hay muchos, no les interesa ir. El tamaño significa muy poco. Los estadios, los cines, los restaurantes y las discotecas están llenos de muchedumbre de personas, y todas ellas están equivocadas y en mal camino.
    El que no quiere estar con el Señor en la vida (en comunión diaria y en la congregación), no estará con Él en el cielo. ¿En qué lugar estamos mejor que en la presencia del Señor, y con Él en la reunión de los santos donde Él es honrado? Por eso, el asiento vacío es cosa triste, pero todavía más triste es el asiento vacío en el cielo – el de los que no quieren oír Su Palabra, no quieren arrepentirse, y de los que quieren “creer” a su manera pero seguir en el mundo.
    Hermanos, debemos poner al Señor primero. Debemos manifestarle nuestro amor de manera práctica, y esto incluye la reunión. Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Si nosotros amamos al Señor y a la iglesia, se verá en nuestra conducta, en nuestras prioridades.
    En Juan 20 leemos acerca del asiento vacío de Tomás. El verso 19 relata que los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada, y que el Señor vino y se puso en medio de ellos. Fue un encuentro maravilloso, porque Él se manifestó a ellos. Y el verso 24 dice: “Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino”. Tomás perdió el encuentro con el Señor y la comunión con los demás discípulos. Si hacemos como Tomás, también perderemos.
    Hebreos 10:25 manda claramente a todo creyente: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. Hechos 2.42 habla de perseverar en las reuniones de la asamblea. Perseverar no es algo esporádico, sino indica nuestro compromiso y devoción. Examinemos nuestro corazón e invitemos al Señor a examinarnos, para ver si hay en nosotros cualquier actitud incorrecta acerca de la iglesia, y dejemos que el Señor nos guíe en el camino eterno. En esta vida este camino conduce a las reuniones de la asamblea y la comunión de los santos. No dejemos vacía nuestro asiento.

Lucas Batalla y Carlos Knott, adaptación del estudio dado por Lucas el 24-4-22

Salmo 122: La Dicha y el Deber de Congregarse

Texto: Salmo 122
 

Este “cántico gradual” es uno de los Salmos compuestos para ser cantado al subir a Jerusalén para adorar.  Comienza así: “Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos” (Sal. 122.1). Así escribió David acerca de la dicha de reunirse con el pueblo de Dios. Pero hoy no todos comparten su sentir. El hijo de un predicador bien conocido en España dijo a su padre que si le amaba de verdad no iría a la reunión de la tarde para predicar, sino saldría al recreo con él. Así hizo, se ausentó del culto y no predicó. Esto es lo contrario de lo que dice el verso citado arriba. Dios quiere a Sus santos reunidos, y quiere ocupar primer lugar en la vida de todos. Ese predicador cometió varios errores. Primero, no iba a ganar así a su hijo. Segundo, puso mal ejemplo para los hermanos. Y tercero y lo más importante, desagradó a Dios, poniéndolo en segundo lugar.
El verso 1 expresa lo importante que es la casa de Dios. Obviamente, para los israelitas esa casa era el templo de Dios en Jerusalén, que es lo que especialmente destacaba esa ciudad elegida por Dios. Recibieron instrucciones detallando la distribución y construcción de esa magnífica casa. El templo era el centro de la vida espiritual de la nación, y como tal, de suma importancia. El salmista expresó su añoranza de estar ahí, en el Salmo 42.2 y 4.
     Pero hoy también Dios tiene casa. No es un edificio, sino la iglesia, como bien dice 1 Timoteo 3.15, “para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. Aclaramos que Israel, Jerusalén y el templo no son hoy la iglesia. Sin embargo, podemos hallar principios espirituales que son aplicables a la iglesia.
    La actitud de David debe ser la nuestra: “Yo me alegré”. El Salmo 84 expresa el deseo personal: “¡Cuán amables son tus moradas, o Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma, y aun ardientemente desea los atrios de Dios” (vv. 1-2). Pero no siempre es así, pues en Malaquías 1.13 Dios acusa a Su pueblo: “Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto!”. Hoy también hay los que suspiran porque no desean ir a otra reunión, y es señal de malas prioridades o de malestar espiritual.
    David dijo: “con los que me decían…”, es decir, reunirse con el pueblo de Dios, en presencia de Dios. No cada uno en su casa, sino reunidos, congregados en el lugar donde el Señor ha puesto Su Nombre. Debemos alegrarnos en la reunión con los santos. La pregunta es: ¿Amo la casa de Dios—la iglesia? No podemos prescindir de la reunión del pueblo de Dios, ni debemos permitir que otras cosas se antepongan a las reuniones y la comunión en presencia del Señor.
    Los versos del 2 al 5 describen su experiencia en el pasado, cuando subían. En los versos 2 y 3 notamos que en aquel entonces Jerusalén era el lugar escogido por Dios. “Nuestros pies estuvieron dentro de tus puertas” indica la presencia física. ¿Dónde mejor? No estaban ahí solo en sus pensamientos, sino “cuerpo presente”. Es importante que recordemos esto hoy, porque el internet y los programas como Zoom y YouTube no deben reemplazar la reunión de los santos. No es una reunión la que se hace en pantallas y redes sociales. Sus pies están en su casa o donde sea, pero no “dentro” del local de reunión con los demás hermanos. 
    El verso 4 continúa: “allá subieron las tribus…”. No se quedaron cada uno en su lugar, sino había que subir a Jerusalén, a la casa de Dios, y reunirse para adorar. Observa que subieron “conforme al testimonio dado a Israel”, porque era Dios que mandó reunirse el pueblo. Y podemos afirmar que hemos sido salvados para vivir en comunión con Dios y los Suyos. El Salmo 22.25 afirma: “De ti será mi alabanza en la gran congregación; mis votos pagaré delante de los que le temen”. Hoy nos reunimos como iglesia porque así el Señor lo desea y lo ha mandado.
    El verso 5 enseña la importancia de aquella ciudad: “las sillas de juicio” y “los tronos de la casa de David”. El templo y el tribunal real estaban solamente en Jerusalén. Allí el israelita encontraba un ambiente sano, santo y edificante. Era mejor estar ahí que quedarse en casa. Vemos ilustrada la importancia de la reunión de la iglesia, porque el Señor mismo ha prometido estar en cada reunión. “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18.20). Ahora bien, “congregados” no es por email o videoconferencia, sino indica el compromiso, esfuerzo y sacrificio de alistarse e ir al lugar de reunión. Es curioso como algunos van al trabajo o reciben visitas, aunque tengan algún dolor o molestia, pero cualquier cosa de esas les vale de excusa para no congregarse. Hermanos, el sacrificio de alabanza incluye el sacrificio vivo de nuestro cuerpo (Ro. 12.1). Vemos la importancia de la familia espiritual sobre la familia física, porque la espiritual honra a Dios y es la que tendremos en el cielo. Nuestra familia es importante, pero no tiene preferencia.
    Lucas 4.16 enseña que el Señor daba prioridad siempre a la reunión del pueblo. En los días de reposo, Él estaba en la sinagoga “conforme a su costumbre”. Ya estaba decidido de antemano. No se levantaba con la decisión pendiente – voy o no voy. Se congregaba en los tiempos señalados. Si había reunión, Él estaba. En Mateo 13.54 le vemos en la sinagoga. Debemos seguir Su ejemplo y tener por costumbre fijo el reunirnos con la iglesia. Esto hacían los primeros cristianos, porque las cosas del Señor tomaban preferencia sobre lo demás. Hechos 2.46-47 enseña que “perseverando unánimes cada día” – no cada uno en su casa. En Hechos 13.14-15 observamos que en su viaje Pablo y Bernabé acudieron a la reunión de sinagoga. Hebreos 10.25 amonesta: “no dejando de congregarnos”, porque algunos ya habían comenzado a ausentarse, y eso no es bueno.
    Volviendo al Salmo 122, vemos en el verso 6 lo más destacado de Jerusalén: el templo – la casa de Dios. David desea para ese lugar prosperidad, paz y descanso (vv. 6-7). El verso 8 expresa su amor a sus hermanos y compañeros – porque se veían en el templo cuando se congregaban. Apliquemos estas verdades de la siguiente manera. Si amamos a los hermanos, nos congregaremos con ellos. ¿Quiénes son nuestros compañeros? ¿Son los que aman al Señor y la iglesia? ¿Son “los que de corazón limpio invocan al Señor”? (2 Ti. 2.22). “Buscaré tu bien”, declara, y hermanos, nosotros también debemos buscar el bien de la iglesia.  En el verso 9 el salmista expresa que ama a la casa del Señor. Así nosotros debemos amar a la iglesia, y congregarnos siempre con los hermanos en presencia del Señor.
    Pero no podemos buscar el bien de la casa de Dios si nos ausentamos, ni si nos juntamos con los que quieren cambiar a la iglesia usando la excusa: “el mundo cambia” o “los tiempos cambian”. La iglesia es obra del Señor, y no nos toca cambiarla, ni desestimarla. No demos prioridad a una visita de familia o amigos, ni a comidas especiales, cumpleaños y despedidas. Ya tenemos compromiso previo con el Señor, y no debemos dar a otros el tiempo que es para Él. Hagamos nuestras las palabras de David: “Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos”, y conoceremos Su aprobación y bendición.

 

De un estudio dado el 10 de abril, 2022

Salmo 116: Un Salmo de Amor y Gratitud

Este hermoso salmo fue escrito por un autor desconocido, en respuesta a un hecho puntual de liberación, una intervención divina a favor suyo. Los salmos están para más que empezar una alabanza. Contienen ejemplos y lecciones muy importantes para nosotros. En éste vemos qué hacer cuando sufrimos o estamos en algún  peligro: suplicar al Señor e invocar Su Nombre en oración. Y cuando responda, no olvidemos de expresar gratitud.
    Comienza diciendo: “Amo a Jehová” (v. 1), que es algo que decimos poco y deberíamos decir más. Es el amor sano y superior a todos los otros amores, y está contemplado en la Ley de Dios (Dt. 6.5).
    El resto del verso 1 y el verso 2 dan el motivo específico en este caso, pero no la única razón. “Pues ha oído mi voz y mis súplicas. Porque ha inclinado a mí su oído”. Por eso, resuelve invocarle durante toda la vida, no solamente en los apuros. No debemos acercarnos a Dios solo en tiempos malos, ni amarle solo porque contesta nuestras oraciones.
    Los versos 3-4 relatan cuál era su situación: “ligaduras de muerte”, “angustias del Seol”, “angustia y dolor”. Estaba en gran peligro y no veía la solución. Entonces no habló con los hombres, sino oró a Dios: “libra ahora mi alma”. En el Salmo 56:3 David declaró: “En el día que temo, yo en ti confío”. Lo primero y principal que debemos hacer en todo caso es confiar en Dios y orar a Él buscando Su ayuda.
    Los versos 5-8 hacen memoria de la respuesta divina. Dios es clemente, justo y misericordioso, y guarda a los sencillos. Estos atributos se manifiestan en los hechos, a favor de los sencillos. Sencillo quiere decir que sinceramente confían en el Señor, y Él es su esperanza. La clemencia y misericordia divina están en perfecta armonía con la justicia divina. No hay conflicto ni desequilibrio. En el verso 7 el salmista se habla: “Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, porque Jehová te ha hecho bien”. Nosotros también debemos hablarnos así, pues no es marca de locos sin de los que están espiritualmente en sus cabales. Es bueno darse consejos sanos y vocalizar el bien que Dios nos hace. De esta manera encaminamos nuestra mente y nuestras emociones hacia lo bueno. En el verso 8 vuelve a hablar a Dios, confesando con gratitud que ha sido liberado de muerte, lágrimas y de resbalar.
    Resuelve en el verso 9 que andará delante de Él, y no está pensando en el cielo en el futuro, sino en su vida aquí y ahora – “en la tierra de los vivientes”. Dios dijo a Abraham: “Anda delante de mí y sé perfecto” (Gn. 17.1). Andamos delante del Señor cuando estamos conscientes de que Él nos ve, y procuramos agradarle en nuestros hechos. Así debemos vivir.
    En los versos 10 y 11 confiesa que cuando estaba afligido y apresurado se desconfió de todo. Es una reacción típica pero a veces equivocada: “Todo hombre es mentiroso” quiere decir que no se fiaba de nadie, quizás porque alguien le había fallado o engañado. Todos hemos pasado por experiencias así, pero no debemos amargarnos ni ceder a una desconfianza total. Efesios 4.15 nos llama a seguir la verdad en amor, y los creyentes debemos hablar la verdad, ser fieles, ayudarnos mutuamente y cumplir nuestras promesas.
    Los versos 12-19 dan su respuesta a Dios por Su bondad. “¿Qué pagaré?” (v. 12) no quiere decir que haya que comprar el favor divino, sino expresa la idea de responder y enseñar que apreciamos Su ayuda. Nuestra deuda es de gratitud, y la expresamos en los hechos. La salvación es gratis, no por obras, pero el que es salvo siente gratitud y obligación. “Tomaré la copa de la salvación, E invocaré el nombre de Jehová” (v. 13). Los salvos hacemos esto, pues otros no pueden. El Señor apuró la copa de maldición por nosotros en el Calvario, y nos dejó copa de salvación, y de bendición (1 Co. 10.16). El salmista promete pagar sus votos (v. 14). Números 30.2 enseña que hay que cumplir lo que prometemos a Dios. A veces le prometemos cosas cuando estamos en apuros, pero cuando Él responde, no cumplimos lo que habíamos dicho, y eso es feo y desagradable. Seamos fieles a nuestras promesas. Además de esto, el matrimonio es un voto, hecho delante de Dios y no se debe violar.  El verso 15 indica cómo Dios considera la muerte de los creyentes: es preciosa en Sus ojos, porque así ellos llegan a Su presencia, y eso es lo que Él quiere, que estemos con Él. Pero no es la muerte de todos, o de cualquiera, sino de “sus santos” – los creyentes. La muerte del creyente no es un desastre ni una desgracia, pues al abandonar el cuerpo se encuentra presente con el Señor. El Salmo 16.11 dice: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre”. No es agradable la muerte, sino el resultado de ella. No debemos actuar como los del mundo que tienen tanto temor y pánico frente a la muerte.
    Expresa certeza en el verso 16, “Ciertamente yo soy tu siervo, siervo tuyo soy, hijo de tu sierva”. Reconoce a su madre, una mujer espiritual y servidora. Las hay buenas y malas, espirituales y mundanas, pero la del salmista era creyente. La expresión: “siervo tuyo soy” indica que puso el servicio a Dios antes que su madre, y así debe ser, que Dios tenga la preeminencia significa que viene antes que la familia. Cuando dice: “Has roto mis prisiones”, habla poéticamente de su enfermedad, sus apuros y el peligro en que estaba. Dios puede romper prisiones, y librarnos de vicios, y de situaciones en las que no vemos salida.
    Por esa libración, el salmista expresa nuevamente su intención de manifestar gratitud, primero con sacrificios de alabanza (v. 17). Hebreos 13.15 enseña que esto también es nuestro deber. Repite: “Pagaré ahora mis votos delante de todo su pueblo” (v. 18), esto es, en la congregación, como testimonio de gratitud. Todo esto lo hará “en los atrios de la casa de Jehová, en medio de ti, oh Jerusalén. Aleluya” (v. 19). Cuando escuchamos la gratitud y la alabanza de otros, esto nos estimula y anima.
    Debemos vivir en constante gratitud y confianza, y expresarlo a Dios. Debemos hacer memoria de todo el bien que nos hace. Debemos amarle, y expresar nuestro amor, pues Él quiere nuestro corazón. Él nos ha amado primero (1 Jn. 4.19), y sin nada en nosotros que mereciera Su amor. En cambio, Él merece todo nuestro amor, y espera escucharnos expresarlo, y también espera ver nuestro amor en hechos de obediencia a Su Palabra (Jn. 14.15). Respondamos, pues, el amor con amor se paga.

   Lucas Batalla, estudio dado en Sevilla, 27-2-22

3 Juan: Vivir La Verdad

Texto: 3 Juan 1:1-15
 

Después de apóstol Pablo, Juan fue el que más contribuyó al Nuevo Testamento: el Evangelio según Juan, tres epístolas y el libro de Apocalipsis. Cada libro tiene su tema o clave, y en esta epístola la clave es “la verdad”. Hay cuatro personas nombradas: Juan, Gayo, Diótrefes y Demetrio, y otras solo llamadas “hermanos”.
    Juan se describe como “el anciano” (v. 1), es decir, avanzado en años. Dirige su epístola a Gayo, diciendo: “a quien amo en la verdad”. La verdad es el ámbito del amor del apóstol, y aquí describe la comunión fraternal de los que creen, y la base de su relación es “la verdad”, no otra cosa.
    El verso 2 continúa el saludo, y afectuosamente llama a Gayo “amado”. Daniel también fue llamado “muy amado” (Dn. 9.23), por su lealtad y piedad práctica. Dios ama a todo creyente, pero hay una esfera especial del amor divino para los que se acercan a Él y viven piadosamente. ¿Conocemos este amor especial? Juan desea a Gayo prosperidad y salud, pero no de cualquier modo, sino de acuerdo al estado de su alma. Es una bendición para los que andan en comunión con el Señor, pero para los que no, resulta ser una maldición. Si tuviéramos todos la misma prosperidad y salud que tiene nuestra alma – si nuestra vida económica y física correspondiera a nuestra condición espiritual, ¿cómo estaríamos? Obviamente Juan consideraba la salud del alma más importante que otras cosas, pero hoy no muchos piensan como él. Pocos buscan la prosperidad espiritual. ¿Cómo podemos hacer esto? Hay que ejercitarnos para la piedad, dedicando tiempo diario a la oración, al estudio de la Palabra y en adoración a Dios. El médico puede decirnos cómo está nuestra salud física, pero con qué frecuencia analizamos nuestra salud espiritual?
    En el verso 3 Juan expresa el gozo que sentía cuando llegaron algunos hermanos que habían estado de visita donde Gayo, y dieron buen testimonio de él. Dice “de tu verdad”, porque esto enfatiza que ellos vieron la verdad en él, porque vivía conforme a ella. Para muchos hay una discrepancia entre la verdad que dicen que creen, y como viven, pero Gayo no era así. “Dieron testimonio...de cómo andas en la verdad”. Esto es qué hacer con la verdad, no solo saberla, hablar o cantar de ella. La verdad no se practica solo en unas reuniones, sino en la vida cotidiana, donde afecta nuestro carácter y conducta: “tu verdad”. Pablo enfatizó “el conocimiento de la verdad que es según la piedad” (Tit. 1.1). El Señor Jesucristo rogó al Padre: “santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Jn. 17.17). Juan valoraba grandemente la verdad, pues él estuvo exiliado en la isla de Patmos por seguir la verdad (Ap. 1.9).
    En el verso 4 Juan expresa el gran gozo de ver a sus hijos andando en la verdad (véanse 2 Jn. 4, 6). La palabra “hijos” indica a los creyentes que él había enseñado personalmente, como Pablo llamaba a Timoteo “hijo” en la fe. Que sean nuestros hijos físicos, o espirituales, el gozo verdadero no viene de verles adquirir títulos, fama y dinero en el mundo, sino de observar su progreso espiritual, andando en la verdad. “Ando en tu verdad” dijo el salmista (Sal. 26:3). Los hijos nuestros que no andan en la verdad, sino que nos tienen por locos, anticuados o estrictos, un día se darán cuenta de su error, porque la bendición de Dios es con los que andan en Su verdad.
    El verso cinco contiene su consejo a Gayo, animándole a seguir su fiel conducta de ayudar a los hermanos – esto es – los que llegan de visita, porque dice “especialmente a los desconocidos”, los que vienen de fuera. No olvidemos de brindar la hospitalidad y ayuda práctica a los hermanos que viajan para servir al Señor. Gálatas 6.10 da prioridad a “los de la familia de la fe”. 1 Juan 3.16-18 nos llama a enseñarles el amor práctico y ayudarles en su necesidad. Parte del buen testimonio de Gayo era que hacía esto. El verso 6 le anima a encaminarles como es digno “de su servicio a Dios”. Encaminar es proveer lo que necesitan en su viaje, incluso los gastos de viajar pero más que esto. Esos hermanos no se servían a sí mismos, sino a Dios, y a las iglesias del Señor. Dios aprecia su servicio y nosotros también debemos apreciarlo.
    ¿Qué es lo que motivó a esos hermanos a salir para servir a Dios? Sencillamente: “por amor del nombre de Él”. Nosotros nos congregamos en el nombre del Señor, oramos en Su nombre y hacemos buenas obras en Su nombre. Los que salen a la obra misionera, dejando atrás su patria, empleos, parientes y casas, lo hacen por amor a Cristo, deseando dar a conocer Su N ombre, porque según Hechos 4.12 no hay otro nombre por el cual podamos ser salvos. Por amor al nombre del Señor se sacrifican, y viven por fe, confiados en Él para su sostenimiento: “sin aceptar nada de los gentiles”. Esto quiere decir que no recibían apoyo económico de los que eran ajenos a la fe. En el verso 8 Juan afirma que es nuestro privilegio y deber ayudar a los siervos de Dios: “debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad” . Ellos predican y enseñan la verdad, y si les damos ayuda, cooperamos con la verdad.
    En los versículos 9 y 10 Juan cambia y habla de un hombre que no coopera con la verdad: Diótrefes. Informa a Gayo: “Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes... no nos recibe” (v. 9). Quizás por eso escribía a Gayo, porque sus cartas a la iglesia habían sido rechazadas por Diótrefes. Es el peligro que corre cualquier iglesia cuando hay un solo hombre que ejerce autoridad y responsabilidad. Debe haber una pluralidad de ancianos, sin rango entre ellos, para administrar el cuidado espiritual y los asuntos de la iglesia. Pero de algún modo Diótrefes había conseguido tener las riendas en sus manos. Su problema era: “le gusta tener el primer lugar entre ellos” (v. 9). Ya que ocupaba ese lugar, no quería recibir instrucción ni corrección de otros como el apóstol, así que no los recibía. No quería que nadie señalara un error en su vida ni que se opusiera a sus prácticas, así que usó de la censura. No solo no recibía las cartas ni las propuestas visitas, sino: “y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohibe, y los expulsa de la iglesia” (v. 10). De este modo censuraba y controlaba todo contacto con los que podía causarle dificultades. Tristemente, consiguió controlar a los creyentes en esa iglesia. Quizás algunos eran empleados suyos, o él les sostenía económicamente, y por eso ellos temían contradecirlo. Pero Juan no temía, sino prometió confrontarlo: “Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros” (v. 10). Diótrefes hablaba contra Juan y otros siervos del Señor, y trataba de poner a la asamblea en contra de ellos para así proteger su dominio. Tomemos nota, hermanos. Ningún hombre debe controlar así a una asamblea del Señor, pero hay quienes lo hacen. Los tales no cooperan con la verdad, sino más bien se oponen a ella. No digan que es necesario para que funcione bien la iglesia. El Señor ha dado claras instrucciones a través de los apóstoles, y juzgará a los que usurpan Su lugar o modifican Su plan (Stg. 3.1). ¡Ay de los como Diótrefes cuando se presenten ante el tribunal de Cristo!
    En los versos 11 y 12 Juan exhorta a Gayo: “Amado, no imites lo malo, sino lo bueno” (v. 11). Es decir, no seas como Diótrefes. Debemos imitar a los que dan buen ejemplo. Por ejemplo, Pablo dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11.1; Fil. 3.17). Juan declara que “el que hace lo bueno es de Dios”. En cambio, los que hacen lo malo, como Diótrefes, aunque tengan control de una iglesia, no han visto a Dios (v. 11). El que conoce y ama al Señor no ocupa el primer lugar entre sus hermanos, sino es humilde.
    El buen ejemplo que Juan menciona es Demetrio (v. 12), que sería otro hermano en aquella asamblea. Había tres testimonios buenos a su favor: “todos” – es decir, los hermanos; “la verdad misma” – su vida concordaba con las Escrituras; “nosotros” – los apóstoles y sus colaboradores. En Juan 21.24 leemos, “nuestro testimonio es verdadero”.  Demetrio era conocido por fe y sus hechos, y ojalá que haya más hermanos como él en las iglesias. No podemos ser apóstoles como Juan, ni debemos ser  como Diótrefes, ni seguir a personas como él, pero todos podemos seguir la verdad, ser fieles, y ayudar a los hermanos, como hacían Gayo y Demetrio.
    En los versos 13-14 Juan intima que tiene más que decir a Gayo, pero prefiere decirlo cara a cara y no con tinta y pluma. Cuando sea posible, no hay nada como una vista y conversación personal, en la que podemos ver el rostro y notar el tono de voz del que habla con nosotros. Las cartas, los artículos y las revistas tienen gran valor. Pero la visitación personal debe ser parte de toda obra pastoral. El apóstol termina en el verso 15 deseándole “la paz”; un saludo hebreo (shalom) y ahora cristiano, porque en el Señor Jesucristo tenemos esta paz (Ro. 5.1; Col. 1:20), y la paz de Dios debe gobernar en nuestros corazones (Col. 3.15). La epístola finaliza con el intercambio de saludos fraternos. Que nos animemos a vivir y andar “en la verdad” y que nuestra conducta dé buen testimonio de ella, para la gloria de Dios.    

de un estudio dado por Lucas Batalla, 13-2-22

Monday, November 23, 2020

Dios Santo, Pueblo Santo (parte 3)

 Lucas Batalla

 Un Sacerdocio Santo



Texto: Éxodo 28:36

Dios indicó la importancia de la santidad entre Sus sacerdotes con estas palabras acerca de Aarón: “Harás además una lámina de oro fino, y grabarás en ella como grabadura de sello, SANTIDAD A JEHOVÁ”. Pero hoy en día la iglesia está en muchos lugares en una fase de descuido de los principios del Antiguo Testamento que tienen mucha instrucción importante para nosotros. Dios da instrucciones para un sacerdocio santo y su descendencia (v. 43). No somos descendientes físicamente, pero espiritualmente lo somos, porque Cristo es Sumo sacerdote y nosotros sacerdotes. Entonces debemos sacar lecciones espirituales de estos pasajes. Estas ordenanzas son importantes. Nosotros también debemos ver que a Dios le importa nuestra forma de vestir y de actuar. El argumento de que las cosas así son del Antiguo Testamento no tiene validez porque no reconoce el valor y la autoridad de la Palabra de Dios para enseñarnos. “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil” (2 Ti. 3:16).
    Dios separa a los Suyos de los que no lo son, y también de entre los Suyos aparta a hombres para el ministerio, pero hombres, es decir, varones, no mujeres ni entonces ni ahora. Los que ponen de ejemplo a María hermana de Moisés se equivocan, porque ella no lideró ninguna reunión ni estuvo en el tabernáculo ni el templo. Además, luego fue castigada con lepra por criticar por envidia a su hermano. Hermanos, el pueblo que quiere agradar a Dios tiene que ser fiel a lo que Él ha dicho. Luego algunos usan Gálatas 3:28 como su texto (mejor dicho pretexto) para defender su concepto del “ministerio de la mujer”, ya que dice que no hay varón ni hembra. Su concepto es que la mujer puede liderar, hablar en las reuniones, enseñar, orar en voz alta, pedir himnos, dirigir los himnos, etc. En breve, que haga todo lo que la Palabra dice que no debe hacer. La instrucción apostólica y los mandamientos del Señor son: “No permito a la enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Ti. 2:12). “Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como la ley también lo dice” (1 Co. 14:35). Pero algunos piensan que Gálatas 3:28 da apoyo al movimiento feminista en las iglesias – el protagonismo de la mujer “liberada” como dicen. Pero no se sitúan bien y sacan una conclusión equivocada. Allí habla de la salvación y nuestra posición ante Dios, no del ministerio ni el servicio cristiano. El hecho de que otras iglesias tengan sus pastoras y matrimonios pastorales (pastor y pastora), o que algunas asambleas permitan reuniones de hermanas y que las mujeres prediquen o den estudios, todo eso carece totalmente de peso, porque no tiene apoyo bíblico. Nuestro patrón no es lo que hacen en otras iglesias sino lo que dice la Palabra de Dios. Por eso es importante leer y estudiar toda la Biblia y estar bien fundamento en ella.
    El sumo sacerdocio pasó de Aarón a uno de sus hijos, y así por el estilo durante siglos. Todo sacerdote era levita porque venía de la tribu de Leví, pero no todo levita era sacerdote porque ellos sólo venía de la familia de Aarón. En Éxodo 13:2 Dios demandó la consagración de todo primogénito en Israel. Luego, en Números 3:12-14, el Señor toma a los levitas en lugar de todos los primogénitos, y declara: “serán, pues, míos los levitas” (v. 12). Todo primogénito israelita era consagrado, pero Dios tomó a los levitas para servirle en lugar de todo primogénito (véase Nm. 4:40-58 con 3:40-51). Cada uno tenía su servicio como Dios había escogido e indicado. En Números 1:49-54 Dios les pasó este servicio, y les hizo quedar cerca de Él. Él les tenía consagrados, apartados para uso especial. En 2 Crónicas 17:7-9 leemos que tuvieron que conocer la Palabra de Dios y enseñarla a los demás. En 2 Samuel 6:1-7 el rey David intentó mover el arca a Jerusalén pero lo hizo incorrectamente, llevándola sobre un carro tirado por bueyes y no sobre los hombros de los levitas. Uza murió y David se entristeció. Pero hay que aprender que Dios no pasa por alto Su Palabra ni tolera que hagamos las cosas como se nos ocurre o nos parece. Habían pasado siglos desde que dio la instrucción acerca de cómo llevar el arca, pero estas instrucciones divinas todavía eran vigentes. No había que ponerse al día como oímos en nuestros tiempos. Dios quiere que respetemos lo que Él ha establecido sin alterarlo (Nm. 3:30-32). En Números 4:15 les recuerda que los hijos de Coat no debían cosa santa para que no mueran. Dios ya les anunció de antemano que estas leyes son cosa seria y hay que respetarlas y cumplirlas. A veces pasamos por alto cosas importantes así, y luego tenemos que decir como David cuando hizo censo del pueblo: “yo he hecho muy neciamente” (2 S. 24:10). Volviendo a lo del traslado del arca, en 1 Crónicas 15:1-15 consultó la Palabra de Dios y rectificó, porque vio lo que Dios dijo, y mandó hacer así el traslado. La muerte de Uza y el disgusto la tristeza del pueblo podía haberse evitado simplemente consultando a Dios antes de hacer las cosas.
    Levítico 21:7 da instrucciones acerca del matrimonio de los sacerdotes. No se podían casar con rameras, ni infames ni repudiadas. Los versículos 13-15 dan más instrucciones sobre el asunto: “Tomará por esposa a una mujer virgen. No tomará viuda, ni repudiada, ni infame ni ramera, sino tomará de su pueblo una virgen por mujer, para que no profane su descendencia en sus pueblos; porque yo Jehová soy el que los santifico”.
    El Dios santo tiene derecho a decirnos cómo casarnos, y observamos que no todos los matrimonios son consagrados. Levítico 21:17-24 instruye que el que se acerca para presentar la ofrenda delante de Dios no puede tener defecto alguno. Dios demanda la santidad, la pureza y la integridad en Sus sacerdotes. Luego recordando que nosotros somos sacerdotes, ¡cuánto cuidado debemos tener de no entrar en relaciones que Dios no aprueba, y de no permitir en nuestro carácter y conducta cosas que no agradan a Dios.
    En Levítico 8 vemos que los sacerdotes habían sido separados con la sangre aplicada, con el aceite de la unción, y con sacrificios especiales de consagración (Éx. 28-29). Su oreja, mano y pie fueron marcados con sangre y aceite, símbolos del redención, la sangre de Cristo, y la unción del Espíritu Santo. Nosotros también hemos sido apartados por el sacrificio sacrosanto del Señor Jesucristo, por Su sangre, y sellados por el Espíritu Santo. En animal del sacrificio tenía que ser sin defecto. Los sacerdotes que llevan estos sacrificios tenían que ser santos y sin defecto físico. Nosotros los creyentes tenemos normas acerca de nuestra vida, la convivencia, el matrimonio, el trabajo, las amistades y muchas otras cosas. Hemos sido rociados con la sangre de Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, cosas que marcan una diferencia entre nosotros y los demás. Tiene que haber distinción entre nosotros y los del mundo, incluso los del mundo evangélico. Pero hoy en muchas iglesias hay vestido inmodesto y inapropiado para una reunión de santos. La apariencia es como en el mundo – anillos, pendientes, zarcillos, piercings, tatuajes, peinados raros y ostentosos, etc. Son como el mundo, no como santos de Dios. Hermanos, Dios quiere y demanda un sacerdocio santo, separado, consagrado.
    Los sacerdotes tenían que hacerlo todo como mandaba Dios, “para que no mueran” (Éx. 28:43; 30:20-21; Lv. 22:9; Nm. 4:15, 19) – cosa seria era, y es. Hoy dicen que Dios no mira la apariencia externa sino el corazón. Esto es un error, hay que hablar claro. Dios mira las dos cosas. Pongamos las cosas claras. A Dios le importa cómo nos vestimos y presentamos, y le importa también la condición de nuestro corazón. Lo externo acompaña lo interno. Las dos cosas van juntas.
    Estos sólo podían entrar en el tiempo indicado: “que no entre en todo tiempo... para que no muera” (Lv. 16:2), pero nosotros podemos entrar en todo momento (He. 4:16; 10:22). Tenemos acceso al Señor, al lugar santísimo, por la gracia de Dios. Seamos sabios y vivamos de una manera siempre consagrada para que podamos aprovechar este gran privilegio que Dios nos otorga. Con la ayuda del Señor, seamos sacerdotes santos del Dios santo.

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Dios Santo - Pueblo Santo (parte 2)

Lucas Batalla

Texto: Deuteronomio 23:9-14

Continuamos nuestros estudios sobre la santidad, y de nuestra lectura de la Palabra de Dios quisiera destacar primero estas palabras del versículo 14, “tu campamento ha de ser santo”. Israel era un pueblo escogido y apartado, y de esto podemos aprender lecciones porque la iglesia también es un pueblo escogido y apartado. Israel tenía los sacrificios para limpiarse, pero nosotros tenemos al Hijo de Dios, el Cordero de Dios. Él fue ofrecido para redimirnos y para que fuésemos un pueblo santo, Suyo propio (Tit. 2:14), puro y limpio. Debemos tener en nosotros una reciprocidad ante el Señor que tanto dio por nosotros. Dios demandaba la santidad y limpieza en medio del campamento de Su pueblo que iba peregrinando hacia la tierra prometida, y hoy en día la iglesia es este pueblo redimido y peregrino. Debemos vivir en santidad porque el Señor está en medio de nosotros.
    Hermanos, la santidad era y es saludable. Significa consagrado y esto también desea Dios. 1 Tesalonicenses 4:3 enseña que la voluntad de Dios es nuestra santificación – habla de nosotros los creyentes en este tiempo, la edad de la gracia. Dios desea nuestro apartamiento de lo inmundo y separación de lo malo. Esto no lo guardó el hijo pródigo cuando se apartó de su padre y se fue a vivir con amigos mundanos. Le ayudaron a despilfarrar su herencia y luego le abandonaron, porque así son los amigos del mundo. El diablo los manda para arruinar la vida, la comunión y la herencia tanto física como espiritualmente. Muchos jóvenes han caído simplemente por amistades que no agradan a Dios, bajo la influencia de los que no aman a Dios. No debemos tener amigos así – debemos estar separados.
    El versículo 7 de 1 Tesalonicenses 4 dice: “No nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación”. Dios no nos ha llamado a practicar cosas nocivas. Nada nocivo debe estar en la vida del creyente ni en el ambiente de la iglesia, pero lo que uno tiene en su vida, lo trae a la iglesia de la cual forma parte y esto es inevitable. Así que tu santidad personal o la falta de ella afecta a toda la congregación. Acán y su pecado escondido afectó a toda la nación de Israel. Recordemos esto.
    El siguiente versículo (v. 8) advierte que desechar esta enseñanza es cosa seria. “El que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios”. Así que no diga nadie que aquí estamos hablando de opiniones ni puntos de vista ni que toleremos diferencias, porque es Dios quien nos llama a vivir en santidad. Si la santidad no te es importante, en esto no agradas a Dios. Algunos dicen que no hay que ser tan extremista, pero es Dios quien insiste. Hay iglesias y “cristianos” que no practican la separación del mundo, sino que intentan consagrar la mundanalidad y esto es un error grande y muestra de falta de madurez espiritual, una falta de discernimiento espiritual, una falta de amor a Cristo. No quieren salir a Él llevando Su reproche, sino integrarse en el mundo y disfrutarlo. Quieren nadar y guardar la ropa.
    Israel en el tiempo pasado tenía que ser un reflejo de lo que quería Dios – un pueblo apartado y consagrado que le servía con el corazón, y con Dios en medio del pueblo.
    En Génesis 20 encontramos que la tierra de Canaán era malísima, perversa, y por el miedo que tenía Abraham el patriarca le pasó lo mismos que en Génesis 13 con la mentira acerca de Sara. Los del mundo al descubrir esto lo echaron en su cara y le despreciaron por su comportamiento. La situación era sin temor de Dios, y es la misma situación hoy. ¿Quién tiene este temor? Sólo el creyente. Pero esto no le disculpó a Abraham ni nos disculpa a nosotros. Tenemos que vivir claramente como Dios manda y sin trapicheos ni camuflajes. Luego en el capítulo 23 Abraham envió a su criado a buscar esposa para Isaac, pero no de la gente perversa e idólatra de Canaán. Había aprendido a no integrarse, y hermanos míos, esto lo tenemos nosotros que aprender. El Dios santo no quiere que Su pueblo se integre al mundo.
    En Génesis 22:46 Rebeca recalca esta misma verdad que había aprendido Abraham, cuando habla con Isaac para que Jacob no se case con las hijas del mundo, y aunque ella estaba manipulando las cosas por otro motivo, hasta allí tenía razón, porque Esaú había hecho mal. Había tomado para sí, sin consultar ni tener la aprobación de sus padres, a dos mujeres de cananeas. Ella no quería que se repitiera esta historia porque traía conflicto y contaminación a la familia. Todavía hay hijos que se casan con quienes les da la gana sin consultar ni considerar el efecto que esto puede tener no sólo en su vida sino también en su familia y en la iglesia. Es importante la separación y la distinción, y tarde o temprano hay que aprender esto.
    Luego en la historia, el rey Josafat, con todo y ser un rey bueno, descuido este asunto de la separación y emparentó con la casa de Acab, casando a su hijo con Atalía hija de Acab y Jezabel. Esto trajo problemas, maldad, desvío espiritual, tragedia y pérdida. No podemos ir en contra de lo que Dios manda sin sufrir y causar sufrimiento en los demás.
    La idolatría en Canaán incluía la prostitución idolátrica de hombres y mujeres, toda clase de perversión sexual y la matanza de niños en sacrificios a sus dioses. Profanaron la familia y el matrimonio, y si no estamos separados de personas así, ellas influyen en nosotros. La Biblia declara esto en 1 Corintios 15:33, “No erréis, las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”. La palabra “conversaciones” aquí no se refiere realmente a hablar o conversar. "Malas conversaciones" es del griego: homiliai kakai, literalmente "malas amistades" , e indica amistades y relaciones sociales. ¿No te parece buena idea la separación? Entonces, ¿quieres decir que sabes mejor que Dios? No, hermanos míos, no sabemos más que Dios.
    Deuteronomio 7:6-7 afirma: “eres pueblo santo para Jehová tu Dios”, y “escogido para serle un pueblo santo”. El Dios santo no quería pueblo perverso como los pueblos de los ídolos, sino un pueblo santo, separado del mal, distinto, consagrado, y esto es lo que quiere en la iglesia. Dios desea una iglesia santa, no mundana. Dios separó de Egipto al pueblo Suyo, pero muchos lo llevaban en el corazón, como muchos llamados cristianos hoy en día: de boca profesan creer, pero su vida y los deseos de su corazón es pura mundanalidad.
    Dios se reveló ante Faraón por medio de Sus milagros, y a Israel ante el monte de Sinaí y luego por Sus leyes y estatutos. El tabernáculo también ilustraba Su santidad, con la valla blanca alrededor del atrio, y el acceso por una sola puerta, el altar y la fuente. Dios no ha cambiado. Sigue siendo tan santo hoy como en aquel entonces. En Deuteronomio 4:23-24 Dios les recuerda la importancia de Su pacto: “Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová tu Dios te ha prohibido. Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso”. "Escultura o imagen de ninguna cosa" prohíbe también el uso de los belenes que algunos disculpan diciendo que es en honor a Cristo y Su nacimiento. ¡¿Cómo pretenden honrar a Dios haciendo lo que Él prohibe?! Luego en Hebreos 12:29 vemos lo mismo en la época de la iglesia: “Dios es fuego consumidor”.
    En Hechos 5 Dios manifestó Su juicio contra el pecado de Ananías y Safira – la mentira y el engaño – y así mantuvo la santidad de la iglesia naciente. Él quiere un pueblo santo hoy en la era de la iglesia. Nos dice que no mintamos unos a otros, pero hay quienes no vienen a las reuniones y dicen que están enfermos, pero luego por la tarde se les ve en la calle o en el parque paseando al perro, o resulta que se fueron a la playa. Mintieron y esto deshonra y desagrada a Dios. Cada día debemos orar y pedir ayuda para vivir limpiamente y dejemos a Dios seguir perfeccionando nuestra vida, para que no sea como el mundo. Seamos extraños al mundo, pero no a Dios.
    El sistema de inmolación también muestra que Dios es santo y justo, y no convive con el pecado. Además, vemos en Levítico 10:6-7 que Dios no permitió a Aarón ponerse de parte de sus hijos pecaminosos. Ofrecieron fuego extraño y Dios los mató, pero Aarón no pudo salir del tabernáculo ni lamentar. Tuvo que sacrificarse en esto y estar de parte de Dios y no de sus hijos. El que toma la parte de hijos rebeldes y pecaminosos está pecando. En los versículos 9 y 10 mandó a los sacerdotes no beber vino ni sidra cuando entraban a servir en el tabernáculo, “para poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio”. En Levítico 18:3-5 los mandó no imitar a los del mundo: “No haréis como hacen en la tierra de Egipto...ni haréis como hacen en la tierra de Canaán...”.
    Y como pueblo y sacerdotes de Dios en la edad de la Iglesia, nosotros los creyentes no debemos imitar a los del mundo en sus costumbres que no agradan a Dios. Por ejemplo, enseñan la desnudez, descubren el cuerpo y lo ponen a vista de los demás, con la excusa de la moda, el calor o cualquier otra cosa. De ninguna manera debemos imitar estas cosas. Recordemos lo que el predicador C.H. Spurgeon dijo acerca de la moda: que Londres traía la moda de París, y París la traía del infierno. Así que ni por la moda ni por la comodidad ni por nada. Seamos distintos. La iglesia del Señor tiene sus requisitos también. Dios no va a permitir estas cosas ahora que antes prohibía – no ha cambiado con los tiempos. Ni por estar en un campamento ni en la playa, que es donde frecuentemente se les ve a creyentes abandonando todo pudor y modestia. Cubrirse es lo que Dios quiere, y no con hojas de higuera como en Edén. Recordemos que Dios cambió las hojas escogidas por ellos por unas túnicas. No debemos estar en la playa u otro lugar vestidos como los que no temen a Dios ni tienen vergüenza de exponer el cuerpo. Es bíblico, es la voluntad soberana de Dios. En Juan 21:7 vemos a Pedro pescando con los demás, que para trabajar se había quitado la túnica exterior o superior, es decir, de la cintura para arriba (como indica A.T. Robertson en su comentario sobre el texto). Pero cuando oyó que el Señor estaba allí, ¿qué hizo? Fijaos bien. Pedro se ciñó, cubrió su cuerpo, en presencia del Señor, y nosotros estamos reunidos en presencia del Señor. Seamos reverentes y santos en nuestro vestir y nuestro comportamiento. Hermana, no vienes al culto para que te miren y te contemplen. No es un desfile de modas. No entres llevando joyas, ropa ajustada y taconeando. Nos congregamos en presencia de Dios, para adorarle. Dios todavía es santo y todavía quiere un pueblo santo.

 

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Sunday, November 22, 2020

DIOS SANTO - PUEBLO SANTO

Lucas Batalla
 

Textos: Éxodo 28:36-38; Levítico 11:44-45

Vamos a considerar el tema de la santidad. Hoy la felicidad y no la santidad es la meta principal de mucha gente, no sólo entre los del mundo, sino también entre muchos cristianos. Quieren que Cristo les resuelve los problemas, pero no quieren que Él gobierne y cambie Sus vidas. Esto no debe ser así. Yo me siento indigno de hablar de este tema porque soy imperfecto y pecador salvo sólo por la gracia de Dios. Pero este tema está en la Palabra de Dios y Dios quiere que sea predicado y enseñando, así que lo hago con temor.
    El Salmo 93:5 dice: “la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre”. Esto quiere decir que todavía es así. Muchísimas veces en la Palabra de Dios habla de la santidad y nos recuerda que Dios es así, y nosotros debemos ser así. No es suficiente ser creyente, sino santo. Pero muchos salen diciendo que no es vigente esto de la santidad porque no estamos bajo la ley sino la gracia, pero se equivocan y quieren escamotearse. El apóstol Pablo, campeón de la gracia, declara que está bajo la ley de Cristo (1 Co. 9:21), y mucho de la ley se repite en preceptos en el Nuevo Testamento. El Señor representó y cumplió la ley. A los que dicen que no están bajo la ley, pregunto: ¿Bajo qué ley estás? Estamos bajo la autoridad de Cristo, si somos Suyos.
    En 2 Corintios 7:1 Dios llama a los creyentes a limpiarse de toda contaminación, perfeccionando la santidad. Así que todavía es importante la santidad en tiempos de la iglesia. Como los levitas no debían contaminarse, tampoco nosotros los creyentes.
    1 Pedro 1:15-16 dice: “sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”. Esto está escrito a creyentes en los tiempos de la iglesia. ¿Quién llamó al pueblo de Dios? El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Entonces, debemos ser como Él. Todavía la santidad es un mandamiento. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil (2 Ti. 3:16). Es provechosa para crecer. No puede haber crecimiento sin la santidad. Y además, sin la santidad ninguno verá a Dios (He. 12:14). Esto habla de verle, estar en Su presencia al final, pero también se le oscurece la vista espiritual y no tienen comunión con Dios él que no anda en santidad. Somos llamados a rechazar y no quedarnos en la mundanalidad. Dios quería en el Antiguo Testamento un pueblo santo, y todavía lo quiere hoy en tiempos de la gracia.
    La santidad significa justicia, limpieza, pureza, consagración y separación. En Éxodo 28:1 Dios hizo a los sacerdotes acercarse a Él. En el versículo 36 instruyó a Aarón a llevar una lámina (o sello) en su cabeza que dice: “Santidad a Jehová”. Así debe ser el creyente, porque todos somos sacerdotes de Dios. Así es el Señor Jesucristo nuestro Sumo Sacerdote, y nosotros somos sacerdotes (1 P. 2:5, 8).
    En énfasis en la Biblia está en la santidad, no en el amar a Dios. Si la santidad no se vislumbra en nuestra vida, no se nos reconoce como pueblo de Dios. El amor de Dios es un amor santo, no lo olvidemos. No es mundano ni permisivo. El amor cristiano permanece porque es santo. Y Cristo al entregarse en el Calvario tuvo que ser santo, porque si no, el amor mostrado hubiese sido en vano. El amor sin la santidad no agrada a Dios, ni la santidad sin amor, pero esto último no quiere decir la permisividad. Muchos se equivocan describiendo el amor como permisividad.
    En Isaías 57:15-16 leemos que Su nombre es “el Santo”, y que Él habita en la altura y la santidad. Este Dios santo ama y se acerca al quebrantado y humilde, y Su amor es verdadero, y duradero. Él no es como los que hoy se casan y mañana se divorcian, cuyo amor es caprichoso, egoísta y pasajero. El Dios Santo no es así. Dios quiere un pueblo santo y allí morará, en medio de este pueblo
    Ahora bien, nadie puede decir que no tiene pecado. 1 Juan 1:8 advierte que si decimos que no tenemos pecado, ponemos a Dios por mentiroso. Pero aunque el pecado es una triste realidad entre los seres humanos, Dios quiere que lo confesemos y que seamos limpios. Por esto Él ha provisto la sangre de Jesucristo que nos limpia de todo mal. En Juan 3:16 vemos el amor santo de Dios, que le llevo a Cristo a sufrir por nuestros pecados – así que no andemos en el pecado. Hermanos, la santidad es fruto de conversión y el amor es fruto de la santidad.
    2 Timoteo 2:19 exhorta: “apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”.  El hecho de que Dios sea amor no le hace compatible con el pecado. El que quiere pertenecer a Dios y andar en comunión con Él tiene que dejar el pecado. “Apártese” es una responsabilidad humana. Hay que limpiarse continuamente, aun en el interior, los pensamientos y las actitudes, y no sucumbir a la presión del mundo. Los creyentes tenemos que limpiarnos porque somos sacerdotes de Dios y debemos estar mucho en Su presencia intercediendo.
    Efesios 1:13 nos enseña que fuimos sellados con el Espíritu Santo, y enfatizamos la palabra “Santo”. Él nos marca como posesión de Dios. Dios nos marca porque quiere que los demás sepan que somos Suyos. No nos camufla, ni quiere que pasemos desapercibidos en el mundo, sino que nos marca como diferentes.
    Levítico 21:6-8 muestra que los sacerdotes eran santos, y nosotros hoy en día como sacerdotes (1 P. 2:5), debemos ser santos. Había para los levitas normas que seguir, y una vida distinta. También debemos seguir las instrucciones del Señor para ser distintos, santos. Los sacerdotes, al estar vestidos en santidad, no podían salir a pasearse en el mundo. Éxodo 28:2 dice que se vistan para honra y hermosura. La honra no expone el cuerpo ni provoca deseos ni pensamientos impuros en los demás. No satisface la carne. Hay recato. Ni pantalón corto en los hombres ni minifaldas en las mujeres. La forma en que se visten los llamados cristianos hoy en día es una deshonra a Dios y una burla del evangelio. Éxodo 28:4 dice: “la túnica bordada” para Aarón y sus hijos, porque es la ropa que cubre todo, y Dios nos dio ropa para cubrir la desnudez, no para dejarla ver. El versículo 3 habla de los sabios y la sabiduría que Dios les dio para hacer vestiduras sacerdotales, con sus calzoncillos para cubrir la desnudez. Otra vez vemos que la idea es cubrir, no exponer. No se reúnen los creyentes en bañador o bikini, ni en pantalón corto ni ropa deportiva. Sin embargo lo he visto hacer en algunas llamadas “reuniones de oración unida” que algunos organizaron en Sevilla, intentando una unión ecuménica y superficial, y me escandalicé y desistí en ir porque no era nada santo sino carnal. No es la voluntad de Dios que las mujeres lleven ropa de hombres, ni tampoco que vistan minifaldas, ni que vayan enjoyadas. Pablo dice por inspiración en Timoteo que las mujeres que profesan piedad no deben vestir ni oro ni perlas ni vestidos costosos (1 Ti. 2:9). Todo esto y mucho más tiene Dios derecho a mandar, porque Él nos compró y somos Su pueblo que deben andar en comunión con Él, el Dios santo.
    Consideremos  Levítico 5:8-12. El libro de Levítico es un libro precioso, y debe ser leído muchas veces, pero muchos evangélicos ni siquiera lo leen una vez. Aquí en el capítulo 5 hay un ritual de un animal que moría, pero, ¿cuál fue la ofrenda por nuestro pecado? No un animal, sino la Persona inmaculada de Cristo. Cristo fue la ofrenda para nuestra expiación, para que fuéramos perdonados, limpiados y consagrados. Es el más alto de los precios.
    Hasta la ofrenda que presentamos tiene que ser santa. Levítico 27:30-33 habla de las ofrendas como cosas sagradas. En Deuteronomio 23:18 Dios manda que no se puede traer dinero impuro – ni deben ofrendar los inconversos, porque no son santos.
    Si Dios está en medio de nosotros en la reunión, entonces debemos andar como conviene, como le gusta a Dios, en santidad, para que se quede en medio de nosotros. La santidad conviene a Su pueblo. Pero como muchos no quieren ser santos – no tienen a Dios en medio de ellos.
    Gad, Rubén y la media tribu de Manasés quisieron quedarse en el otro lado del Jordán cuando Dios había dicho de pasar el Jordán. Dios había dicho de sortear la tierra pero ellos quisieron escoger lo suyo porque les gustó para su ganado. Codiciaron lo que Dios no les estaba dando y no esperaron en el Señor. Fueron causa del desánimo, pero luego reflexionaron y fueron a luchar en conjunto con sus hermanos, pero pensando en su tierra y gente, y volvieron a vivir allá. Asimilaron las costumbres paganas y perdieron su distinción. Éstos fueron los primeros en contaminarse y luego en desaparecer. ¿Por qué? Porque no se ciñeron a la voluntad de Dios, ni guardaron la separación y la santidad.
    1 Crónicas 5:25-26 relata como les alcanzó lo que Moisés había dicho. 2 Crónicas 36 relata cómo el juicio llegó al resto de la nación. Dios les había advertido muchas veces, y al final su falta de consagración y santidad los destruyó.
    Hermanos, como pueblo de Dios y sacerdocio santo, entreguémonos al Señor reconociendo que Él es santo, pidiendo que limpie y consagre nuestras vidas. Tomemos nosotros la responsabilidad de limpiarnos de todo lo que no le agrada, porque Él quiere un pueblo santo.

continuará, d.v.