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Tuesday, May 31, 2022

El Asiento Vacío

Texto: 1 Samuel 20.1-4; 18-34

   Saúl, impulsado por envidia, había comenzado a perseguir a David, buscando matarlo. Por eso David se ausentó de la fiesta tradicional de la nueva luna. Saúl notó su asiento vació, y el príncipe Jonatán, su amigo, presentaba sus disculpas para ver cómo reaccionaría Saúl. Su reacción violenta dejó claro que sus intenciones eran malas, y así comenzó la huida de David.
    Tarde o temprano cada uno de nosotros tendrá que dejar el asiento vació. Notamos la ausencia de familia y amigos que ya no están con nosotros. Y no solo es por fallecimiento, pues en algunos casos es por enfermedad, o por un viaje o un traslado, y tristemente en otros es porque se apartaron, como por ejemplo en la historia del  hijo pródigo (Lc. 15). Pero aun los fieles creyentes dejarán un día su asiento vació, cuando partan para ir a la presencia del Señor. Lo peor no es el asiento vacío en el hogar o en la congregación, sino el asiento vació en el cielo, porque podía haber sido salvo pero no creyó. Cierto es que en el corazón de Dios hay lugar para todos, ya que Cristo gustó “la muerte por todos” (He. 2.9), pero solo los que creen estarán en el feliz hogar eterno en el cielo.
    En Lucas 13.25-28 el Señor advierte que algunos serán excluidos, no porque no fuesen elegidos, sino porque no se esforzaron para entrar por la puerta angosta. Su asiento estará vacío. Pero en el verso 29 vemos a otros, los creyentes que “se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Luego en Lucas 16. 22-29, Lázaro “fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (v. 22), pero el rico faltó ahí porque abrió sus ojos en el Hades, el lugar de los incrédulos muertos. Dios quiere que todos los hombres sean salvos (1 Ti. 2.4), quiere llenar Su casa (Lc. 14.23), pero faltarán los que rehúsan creer el evangelio.
    Pero mis hermanos, a veces vemos en los creyentes un concepto equivocado de la seguridad. Es cierto que todo creyente tiene seguridad eterna en las manos del Señor. Pero a veces parece que pensamos que siendo eso verdad, no pasa nada si faltamos, o que nuestra presencia en la asamblea no es importante ni necesaria. Pensar así es un error. Pablo escribió a la asamblea en Corinto: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Co. 12.27). En ese cuerpo, si faltan miembros los demás se ven afectados – se nota el asiento vacío.
    Cuando fallece un hermano, notamos su ausencia entre nosotros. Con tristeza nos hemos despedido de varios hermanos así, tristes porque no los veremos más aquí. Su asiento entre nosotros está vació, y les echamos en falta, pero aun así nos gozamos por ellos porque están con el Señor y eso es mejor. Tienen lugar en la casa del Señor (Jn. 14.1-3). Un día cuando estemos ahí, nuestra tristeza se convertirá en gozo (Jn. 16.10).
     También notamos el asiento vacío del hermano que está enfermo, o de viaje. Entre nosotros, lastimosamente, sucede que algunos faltan en la reunión pero no sabemos por qué, porque no han tenido la consideración de comunicarse con los hermanos. Tales casos deben ser investigados por los ancianos, porque el Señor les manda velar por las almas de los hermanos (He. 13.17). Si faltas sin decir nada a nadie, causas preocupación, y no te debes extrañar si los hermanos llaman o visitan para ver qué pasa.
    Una de los privilegios de la comunión en la asamblea es la asistencia y participación en las reuniones, y el beneficio espiritual que esto nos da. Pero este privilegio también es una responsabilidad que debemos tomar en serio. No es correcta la práctica de andar entre varias asambleas. Debemos ser recibidos en comunión en una, y echar nuestra suerte con ella. Si por alguna razón no podemos ir, lo correcto es informar antes a los hermanos, para que al ver nuestro asiento vació sepan qué es lo que pasa. Así que, es importante reunirse con los hermanos pero todavía más importante es reunirse con el Señor, porque Él no falta en ninguna reunión. Él quiere vernos ahí, como dice el Salmo 50.5, “Juntadme mis santos”.  
    En Números 9.10-13 vemos un precepto importante acerca de la pascua. Solo era permisible faltar en la pascua por estar inmundo o estar de viaje (v. 10), y en tales casos la debía celebrar el siguiente mes (v. 11). Pero si estaba limpio y no estaba de viaje, y no celebraba la pascua, debía ser cortado del pueblo – pena de muerte, “por cuanto no ofreció a su tiempo la ofrenda de Jehová, el tal hombre llevará su pecado” (v. 13). Esto era para Israel, por supuesto. Pero recordemos que el Señor reemplazó la pascua con la cena del Señor, y el precepto es que debemos tomar muy en serio nuestra responsabilidad de acudir y hacer esto en memoria de Él. Las reuniones de la asamblea tienen prioridad para todos los que están en comunión en ella, y esto es una de las maneras de buscar primeramente el reino de Dios y Su justicia (Mt. 6.33). El domingo es día del Señor, no nuestro. No tenemos Su permiso para dar este día a la familia o los amigos, o para otras cosas. Si nos preguntan o dicen que quieren planificar algo para ese día, debemos responder: “Ya tengo compromiso con el Señor, pues los domingos son Suyos”. Es parte del testimonio que damos a ellos, y recuerda, el Señor honra a los que le honran.
    Cualquiera puede faltar alguna vez debido a una enfermedad, o porque tenga que trabajar o esté de viaje. Pero es preocupante cuando hermanos comienzan a faltar frecuentemente, de manera crónica, y la mitad del tiempo no están, y no se puede contar con ellos. Entonces, algo pasa en su corazón, en su vida espiritual, porque este comportamiento no es normal. La actitud buena y sana del creyente es como dijo David: “Yo me alegré con los que me decían: a la casa de Jehová iremos” (Sal. 122:1). Su corazón lo desea, como dice el Salmo 42.2, “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”
    Curiosamente, hay un caso cuando el Señor faltó en cierto lugar. En Juan 11.21 y 32, Marta y María se quejaron de la ausencia del Señor, diciendo: “si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Por supuesto que esa ausencia fue con un bendito propósito: la resurrección de Lázaro y la gloria de Dios. Pero hermanos, podemos estar seguros de que el Señor no falta en ninguna reunión de los creyentes, porque cumple Su promesa. “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18.20). No le importa que sean pocos, Él se une a ellos. ¿Cómo sería, hermanos, si Cristo faltara, si no estuviera en la reunión? ¿Hemos pensado en esto? Pero algunos tratan la reunión como si Él no estuviera. Y hay quienes les importa el tamaño de la congregación, porque siempre preguntan: “¿cuántos sois?”. Parece que si no hay muchos, no les interesa ir. El tamaño significa muy poco. Los estadios, los cines, los restaurantes y las discotecas están llenos de muchedumbre de personas, y todas ellas están equivocadas y en mal camino.
    El que no quiere estar con el Señor en la vida (en comunión diaria y en la congregación), no estará con Él en el cielo. ¿En qué lugar estamos mejor que en la presencia del Señor, y con Él en la reunión de los santos donde Él es honrado? Por eso, el asiento vacío es cosa triste, pero todavía más triste es el asiento vacío en el cielo – el de los que no quieren oír Su Palabra, no quieren arrepentirse, y de los que quieren “creer” a su manera pero seguir en el mundo.
    Hermanos, debemos poner al Señor primero. Debemos manifestarle nuestro amor de manera práctica, y esto incluye la reunión. Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Si nosotros amamos al Señor y a la iglesia, se verá en nuestra conducta, en nuestras prioridades.
    En Juan 20 leemos acerca del asiento vacío de Tomás. El verso 19 relata que los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada, y que el Señor vino y se puso en medio de ellos. Fue un encuentro maravilloso, porque Él se manifestó a ellos. Y el verso 24 dice: “Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino”. Tomás perdió el encuentro con el Señor y la comunión con los demás discípulos. Si hacemos como Tomás, también perderemos.
    Hebreos 10:25 manda claramente a todo creyente: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. Hechos 2.42 habla de perseverar en las reuniones de la asamblea. Perseverar no es algo esporádico, sino indica nuestro compromiso y devoción. Examinemos nuestro corazón e invitemos al Señor a examinarnos, para ver si hay en nosotros cualquier actitud incorrecta acerca de la iglesia, y dejemos que el Señor nos guíe en el camino eterno. En esta vida este camino conduce a las reuniones de la asamblea y la comunión de los santos. No dejemos vacía nuestro asiento.

Lucas Batalla y Carlos Knott, adaptación del estudio dado por Lucas el 24-4-22

Salmo 122: La Dicha y el Deber de Congregarse

Texto: Salmo 122
 

Este “cántico gradual” es uno de los Salmos compuestos para ser cantado al subir a Jerusalén para adorar.  Comienza así: “Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos” (Sal. 122.1). Así escribió David acerca de la dicha de reunirse con el pueblo de Dios. Pero hoy no todos comparten su sentir. El hijo de un predicador bien conocido en España dijo a su padre que si le amaba de verdad no iría a la reunión de la tarde para predicar, sino saldría al recreo con él. Así hizo, se ausentó del culto y no predicó. Esto es lo contrario de lo que dice el verso citado arriba. Dios quiere a Sus santos reunidos, y quiere ocupar primer lugar en la vida de todos. Ese predicador cometió varios errores. Primero, no iba a ganar así a su hijo. Segundo, puso mal ejemplo para los hermanos. Y tercero y lo más importante, desagradó a Dios, poniéndolo en segundo lugar.
El verso 1 expresa lo importante que es la casa de Dios. Obviamente, para los israelitas esa casa era el templo de Dios en Jerusalén, que es lo que especialmente destacaba esa ciudad elegida por Dios. Recibieron instrucciones detallando la distribución y construcción de esa magnífica casa. El templo era el centro de la vida espiritual de la nación, y como tal, de suma importancia. El salmista expresó su añoranza de estar ahí, en el Salmo 42.2 y 4.
     Pero hoy también Dios tiene casa. No es un edificio, sino la iglesia, como bien dice 1 Timoteo 3.15, “para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. Aclaramos que Israel, Jerusalén y el templo no son hoy la iglesia. Sin embargo, podemos hallar principios espirituales que son aplicables a la iglesia.
    La actitud de David debe ser la nuestra: “Yo me alegré”. El Salmo 84 expresa el deseo personal: “¡Cuán amables son tus moradas, o Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma, y aun ardientemente desea los atrios de Dios” (vv. 1-2). Pero no siempre es así, pues en Malaquías 1.13 Dios acusa a Su pueblo: “Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto!”. Hoy también hay los que suspiran porque no desean ir a otra reunión, y es señal de malas prioridades o de malestar espiritual.
    David dijo: “con los que me decían…”, es decir, reunirse con el pueblo de Dios, en presencia de Dios. No cada uno en su casa, sino reunidos, congregados en el lugar donde el Señor ha puesto Su Nombre. Debemos alegrarnos en la reunión con los santos. La pregunta es: ¿Amo la casa de Dios—la iglesia? No podemos prescindir de la reunión del pueblo de Dios, ni debemos permitir que otras cosas se antepongan a las reuniones y la comunión en presencia del Señor.
    Los versos del 2 al 5 describen su experiencia en el pasado, cuando subían. En los versos 2 y 3 notamos que en aquel entonces Jerusalén era el lugar escogido por Dios. “Nuestros pies estuvieron dentro de tus puertas” indica la presencia física. ¿Dónde mejor? No estaban ahí solo en sus pensamientos, sino “cuerpo presente”. Es importante que recordemos esto hoy, porque el internet y los programas como Zoom y YouTube no deben reemplazar la reunión de los santos. No es una reunión la que se hace en pantallas y redes sociales. Sus pies están en su casa o donde sea, pero no “dentro” del local de reunión con los demás hermanos. 
    El verso 4 continúa: “allá subieron las tribus…”. No se quedaron cada uno en su lugar, sino había que subir a Jerusalén, a la casa de Dios, y reunirse para adorar. Observa que subieron “conforme al testimonio dado a Israel”, porque era Dios que mandó reunirse el pueblo. Y podemos afirmar que hemos sido salvados para vivir en comunión con Dios y los Suyos. El Salmo 22.25 afirma: “De ti será mi alabanza en la gran congregación; mis votos pagaré delante de los que le temen”. Hoy nos reunimos como iglesia porque así el Señor lo desea y lo ha mandado.
    El verso 5 enseña la importancia de aquella ciudad: “las sillas de juicio” y “los tronos de la casa de David”. El templo y el tribunal real estaban solamente en Jerusalén. Allí el israelita encontraba un ambiente sano, santo y edificante. Era mejor estar ahí que quedarse en casa. Vemos ilustrada la importancia de la reunión de la iglesia, porque el Señor mismo ha prometido estar en cada reunión. “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18.20). Ahora bien, “congregados” no es por email o videoconferencia, sino indica el compromiso, esfuerzo y sacrificio de alistarse e ir al lugar de reunión. Es curioso como algunos van al trabajo o reciben visitas, aunque tengan algún dolor o molestia, pero cualquier cosa de esas les vale de excusa para no congregarse. Hermanos, el sacrificio de alabanza incluye el sacrificio vivo de nuestro cuerpo (Ro. 12.1). Vemos la importancia de la familia espiritual sobre la familia física, porque la espiritual honra a Dios y es la que tendremos en el cielo. Nuestra familia es importante, pero no tiene preferencia.
    Lucas 4.16 enseña que el Señor daba prioridad siempre a la reunión del pueblo. En los días de reposo, Él estaba en la sinagoga “conforme a su costumbre”. Ya estaba decidido de antemano. No se levantaba con la decisión pendiente – voy o no voy. Se congregaba en los tiempos señalados. Si había reunión, Él estaba. En Mateo 13.54 le vemos en la sinagoga. Debemos seguir Su ejemplo y tener por costumbre fijo el reunirnos con la iglesia. Esto hacían los primeros cristianos, porque las cosas del Señor tomaban preferencia sobre lo demás. Hechos 2.46-47 enseña que “perseverando unánimes cada día” – no cada uno en su casa. En Hechos 13.14-15 observamos que en su viaje Pablo y Bernabé acudieron a la reunión de sinagoga. Hebreos 10.25 amonesta: “no dejando de congregarnos”, porque algunos ya habían comenzado a ausentarse, y eso no es bueno.
    Volviendo al Salmo 122, vemos en el verso 6 lo más destacado de Jerusalén: el templo – la casa de Dios. David desea para ese lugar prosperidad, paz y descanso (vv. 6-7). El verso 8 expresa su amor a sus hermanos y compañeros – porque se veían en el templo cuando se congregaban. Apliquemos estas verdades de la siguiente manera. Si amamos a los hermanos, nos congregaremos con ellos. ¿Quiénes son nuestros compañeros? ¿Son los que aman al Señor y la iglesia? ¿Son “los que de corazón limpio invocan al Señor”? (2 Ti. 2.22). “Buscaré tu bien”, declara, y hermanos, nosotros también debemos buscar el bien de la iglesia.  En el verso 9 el salmista expresa que ama a la casa del Señor. Así nosotros debemos amar a la iglesia, y congregarnos siempre con los hermanos en presencia del Señor.
    Pero no podemos buscar el bien de la casa de Dios si nos ausentamos, ni si nos juntamos con los que quieren cambiar a la iglesia usando la excusa: “el mundo cambia” o “los tiempos cambian”. La iglesia es obra del Señor, y no nos toca cambiarla, ni desestimarla. No demos prioridad a una visita de familia o amigos, ni a comidas especiales, cumpleaños y despedidas. Ya tenemos compromiso previo con el Señor, y no debemos dar a otros el tiempo que es para Él. Hagamos nuestras las palabras de David: “Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos”, y conoceremos Su aprobación y bendición.

 

De un estudio dado el 10 de abril, 2022