Saturday, September 26, 2020

LA ORACIÓN - MÁS QUE UN RITUAL

 Texto: Isaías 58


Isaías es un libro maravilloso en el cual aprendemos mucho acerca de Dios, del profeta Isaías y del pueblo Israel. Isaías vivía durante los reinos de reyes buenos y malos, y al final la tradición dice que fue aserrado por mandato del rey Manasés, y murió como mártir por su fidelidad a Dios. El capítulo que nos atiene hoy se ha de entender a la luz del capítulo anterior, el 57, donde Dios condena los pecados de la nación de Israel. En el capítulo 58 les habla del verdadero culto a Dios y de cómo agradarle, que no es por rituales religiosos como el ayuno. Daban mucha importancia a eso, parecido a como la Iglesia Católica Romana la da a sus sacramentos, especialmente la misa. La gente va por lo menos una vez al año, se confiesa, se comulga, y luego cada uno vive como quiere, a espaldas de Dios. Pues así ayunaba Israel, pero fuera del ritual, como vemos en el capítulo 57, la nación vivía en pecado. Sus ayunos y oraciones entonces no llegaron al cielo porque Dios no es agradado por rituales sino por justicia. Y es triste decirlo pero hoy hay esta disparidad en muchas iglesias evangélicas, que también celebran sus cultos y rituales pero luego la gente no vive conforme a la Palabra de Dios.
    Así que, mirando el comportamiento de Israel, Dios manda al profeta Isaías: “Clama a voz en cuello, no te detengas, alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión” (v. 1). Vivir en rebelión contra Dios es lo peor que el ser humano puede hacer. No trae felicidad ni bien a nadie. Y es todavía peor cuando los que así hacen profesan ser de Dios. Isaías fue enviado cual portavoz de Dios para decirles su rebelión y su pecado. Pero, ¿dónde están hoy estos predicadores fieles a Dios y valientes? Si hoy en muchas iglesias evangélicas hicieran esto, quedarían pequeñas como nosotros. Isaías tenía que predicar así por fe, confiado en Dios, porque cierto era que a Israel no le iba a gustar. Hoy también es cierto que los profesados cristianos, incluso sus líderes, no quisieran oir de su superficialidad, rebelión y pecado. Quieren oir cosas positivas – que todo va bien y que Dios les bendice. Pero hay que hablar como Dios manda, no como el pueblo quiere.
    En el versículo 2 Dios dice: “que me buscan cada día y quieren saber mis caminos” – pero todo eso es insincero. Israel practicaba sus rituales (véanse 1:13-15), pero Dios estaba disgustado con la nación. Hay que decir que las iglesias evangélicas hoy tienen un relajo vergonzoso. Van a la cena del Señor, o al culto que haya el domingo, cantan, oran, echan su ofrenda, escuchan un sermón, y luego se van y viven como los del mundo. A penas leen la Biblia u oran, ni testifican, ni practican la separación de las actividades del mundo. Pero mis hermanos, el cristianismo verdadero es de todos los días, no de un culto o ritual. Y Dios indica en el versículo 2 que los de Israel habían dejado la ley. Su religión era rebelde y pecaminosa.
    Para el colmo, en los versículos 3 y 4 acusan a Dios de no atenderles en sus rituales de ayunar y orar. “No hiciste caso” y “no te diste por entendido”. Querían manipularlo y que Él les atendiera de cualquier modo. Es verdad que Él no les respondía, pero la razón tenía que ver con los pecados de ellos. Sin embargo, ninguno decía: “Examíname oh Dios” (Sal. 139:23). Sólo se quejaban de que Él no les contestaba. Si Dios no contesta nuestras oraciones debíamos examinarnos y preguntarnos ¿por qué? En el caso de Israel en los días de Isaías, este capítulo explica por qué. No agradaban a Dios, ni tenían convicción de pecado. Podían practicar el ritualismo y a la vez el pecado. “Buscáis vuestro propio gusto” (v. 3) dijo Dios. Israel tenía como norma ese ayuno, el ritual, no la justicia. Hasta el día de hoy ayunan los judíos en Yom Kippur – el día de expiación, y en Tisha b’Av por la destrucción de Jerusalén. Y he conocido a católicos que me han dicho: “hoy estoy ayunando”, tal vez en cuaresma o por otra cosa. Hay evangélicos que ayunan porque su iglesia lo manda. Y luego están los musulmanes que ayunan de día durante Ramadán pero pasan la noche comiendo, ¡y en ese mes ganan peso! Toda esa gente guarda un ritual, pero sin sentido espiritual, buscando su propio gusto y provecho, sin que les interese de verdad la voluntad de Dios. A eso lo llamamos hipocresía. Israel acusó a Dios de no responderles, pero no entendió por qué. Dios es más generoso que nosotros y quiere bendecir y guiarnos. Pero entonces y ahora Él quiere ver más que una participación en un ritual – o una asistencia a una reunión. Quiere ver la práctica de la justicia. El cristianismo se vive diariamente – “el justo vivirá por fe” (He. 10:38).
    Por el uso de preguntas en el versículo 5 Dios les hace ver que Él no escogió ni tenía interés en ese ritual de ellos. Lo que Dios quería de ellos iba a afectar toda su manera de vivir, como hemos de ver en los versículos 6 y 7. Debían dejar de esclavizar a los hijos de personas que les debían dinero, y perdonar las deudas, por ejemplo como Él mandó para el año de la remisión (véase Dt. 15). Pero les importaba más el dinero que la vida de sus hermanos. En el versículo 7 les llama a tener compasión y ayudar, y dice: “no te escondas de tu hermano”. Eso me recuerda 1 Juan 3:17 porque menciona el mismo problema en los tiempos de la iglesia, el que cierra contra su hermano su corazón, es decir, se desentiende de él o se endurece para no darle lo que podría. También hay ricos que dan un poco a los pobres pero ellos se quedan ricos y los pobres se quedan pobres. No quieren desprenderse de sus riquezas, sus bienes o su comodidad para ser una verdadera ayuda. Solo quieren dar una limosna de lo que les sobra. Dios nos llama a practicar la justicia y agradarle hasta en el uso de nuestros bienes. Debemos meditar en esto.
    En los versículos 8 y 9a promete bendiciones. En los versículos 9b y 10a vuelve a recordarles su responsabilidad de hacer obras de justicia. En los versículos 10b al 12 les promete más bendiciones, y después en el versículo 13 insiste en la obediencia y limpieza, y les advierte de tres pecados comunes que también nos afligen a nosotros y a las iglesias en nuestros días: “tus propios caminos”, “tu propia voluntad” y “tus propias palabras”. Hay quienes dicen que si la Biblia no prohibe expresamente algo, ellos están libres a hacerlo. Pero eso es buscar su propio camino y su propia voluntad, y luego justificarlo con sus propias palabras. Dios quiere que vivamos por Su Palabra (véase Mt. 4:4).  Y el versículo 14 termina el capítulo diciendo: “entonces te deleitarás en Jehová, y yo te haré subir...”  Así es en Deuteronomio 28 donde Dios prometió bendiciones a los obedientes (vv. 1-14) y maldición y castigo sobre los desobedientes (vv. 15-68).
    Cuando oramos a Dios, hagámoslo desde una vida de obediencia. Israel tenía que asimilar esto, y nosotros también si no queremos caer en el mismo error. Por eso 1 Juan 3:22 aconseja así a nosotros los creyentes: “y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él”. Dios tiene promesas y bendiciones para los que andan así.  Como dicen las estrofas 2 y 3 del himno: “Obedecer y Confiar en Jesús”:

"Cuando vamos así, como brilla la luz
En la senda al andar con Jesús,
Su promesa de estar, con los suyos es fiel
Si obedecen y esperan en él.

Mas sus dones de amor, nunca habréis de alcanzar
Si rendidos no vais a su altar.
Pues su paz y su amor, solo son para aquel,
Que a sus leyes divinas es fiel.

Obedecer, y confiar en Jesús,
Es la senda marcada para andar en la luz".


de un estudio dado por Lucas Batalla en 2018


Friday, September 25, 2020

Bernabé - "hijo de consolación"

Berrnabé ayudando a Pablo cuando fue apedreado

Texto: Hechos 11:19-30

Me llama poderosamente la atención la conversión y vida de Bernabé, un hombre que llegó a ser útil en las manos del Señor, hacedor de bien e influyente en la iglesia primitiva. Era de la tribu de Leví, pero nacido en Chipre. Su nombre de pila era José (Hch. 4:36), y era uno de los muchos nuevos creyentes en Hechos 2 y 3. No sabemos si había venido de Chipre sólo para estar durante las fiestas de la pascua, los panes sin levadura y luego pentecostés, o si tal vez había vuelto para vivir en o cerca de Jerusalén, porque ahí tenía una heredad (v. 37).  A ese José levita, creyente, los apóstoles le pusieron por sobrenombre “Bernabé”, que significa “hijo de consolación”. Cuando primero aparece entre creyentes en Hechos 4, es a raíz de un sacrificio que hizo: vendió su heredad y trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles, una ofrenda (v. 34) como otros hacían en aquel entonces. Para muchos las riquezas son un lastre (Mr. 10:21-25). Las acumulan pero no quieren deshacerse de ellas. No así con Bernabé.
    Bernabé hizo honor a su nombre cuando Saulo, después de convertido, quiso juntarse a los discípulos en Jerusalén pero le tenían miedo (Hch. 9:26). Su miedo era lógico, y siempre es bueno tener precaución en la recepción a la comunión. Cuántas veces se ha precipitado a recibir a alguien porque dijo que era cristiano bautizado, y luego esa decisión ha traido problemas. “El simple todo lo cree” dice Proverbios 14:15, pero los discípulos no eran simples ni tenían prisa para tener a uno más en la iglesia. Seguro que Pablo les decía que era creyente, pero no se lo creyeron hasta que Bernabé lo tomó (Hch. 9:27) y dio testimonio de él delante de los apóstoles. Entonces, por su testimonio de hechos concretos de Pablo, los discípulos le recibieron. Por eso todavía hoy son importantes las cartas de recomendación y faltando ellas el testimonio de un hermano de confianza.
    Luego Bernabé aparece en Antioquía, como hemos visto en Hechos 11. El evangelio fue predicado a los gentiles. Había fiel testimonio de parte de hermanos motivados a evangelizar, pese a la persecución. Necesitamos hoy ser tan fieles testigos como ellos, porque francamente parece que nos falta ese fervor y devoción.  Ellos predicaron, y “gran numero creyó y se convirtió al Señor” (v. 21). La iglesia hoy adolece también de eso – esa fe que trae conversión y cambios. Antioquía era ciudad importante de la provincia romana de Asia, un lugar cosmopolitano, importante para la predicación del evangelio, y de ahí saldría hacia muchos otros lugares. La primera persona nombrada de ahí era Nicolás (Hch. 6:5), que fue uno de los primeros diáconos, hombre lleno de fe y buen testimonio. Quizás por él u otros como él las primeras notas del evangelio llegaron a la ciudad.
    En Hechos 11:22 vemos a Bernabé enviado de parte de la iglesia en Jerusalén para conocer más la situación en Antioquía tras la conversión de algunos gentiles. Seguramente fue escogido para esa misión por lo que dice el versículo 24, “porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo”, no de otras cosas, “y de fe” – suena como los diáconos en Hechos 6. No se puede enviar a uno cualquiera para conocer la condición espiritual de otros, porque le faltaría discernimiento y se equivocaría, pero los hermanos en Jerusalén confiaban en Bernabé. El versículo 23 dice que “vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor”. Él primero observó cuidadosamente, y pudo ver evidencias de la gracia de Dios, porque hace una diferencia en la vida, el carácter y comportamiento, como Tito 2:11-14 indica. Al ver eso, se regocijó. Compartió el gozo de la salvación de esos nuevos hermanos. Y les exhortó, señalando la importancia de tener propósito de corazón y fidelidad al Señor. Hermanos, hoy necesitamos a más personas como Bernabé. Ésa es la clase de consolación y ayuda que la iglesia precisa.
    Viendo la necesidad de ayuda e instrucción para esos nuevos creyentes, Bernabé, en lugar de ponerse como “pastor”, pensó en traer a otros para ayudar, y buscó a Pablo (11:25). Así hubo un grupo de hermanos compartiendo las responsabilidades del pastoreo en Antioquía, y así debe ser en toda iglesia neotestamentaria. Fue en ese tiempo que salió el nombre “cristiano” por primera vez (11:26). Sólo aparece dos veces más en la Biblia, en Hechos 26:28 y 1 Pedro 4:16.  Ellos no lo tomaron como título suyo ni nombre de la iglesia, sino que fue dado por otros, por los de afuera. Pero es bueno llamarse cristiano, y no evangélico, pentecostal, bautista, adventista, etc. Más frecuentemente en el Nuevo Testamento somos llamados hermanos, creyentes, discípulos y santos, y cada término está lleno de sentido. La iglesia de ahí envió a Pablo y Bernabé a Jerusalén con la ofrenda para los hermanos necesitados (11:30). Así que Bernabé llevó consolación también a los santos en Jerusalén.
    Andando el tiempo, vemos a Bernabé en el capítulo 13, señalado junto con Pablo por el Espíritu Santo para salir a la obra misionera, llevando el evangelio más allá. “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (v. 2). ¿Quién envía a los misioneros? No la iglesia, sino Dios. No fueron comisionados por la iglesia, sino señalados por el Espíritu Santo.  Así que, el texto dice: “los despidieron” (v. 3), y “enviados por el Espíritu Santo” (v. 4). Pero observa que Dios no envió a nuevas reclutas sino a hombres experimentados y diestros que ya estaban ocupados en el ministerio. Eran hombres que tenían la confianza de la iglesia, y sobre todo a quienes no cabía duda que Dios los había llamado. En la primera linea de combate hacen falta veteranos, no creyentes verdes que tienen más entusiasmo que otra cosa. Solemos hablar del primer viaje misionero de Pablo, pero hay que recordar que era de Bernabé y Pablo.
    En ese primer viaje misionero, ¡cuántas cosas padeció Bernabé junto con Pablo! Los dos vieron la oposición de Barjesús, Elimas el mago, en Chipre (13:6-11) y la conversión del proconsul (v. 12). Juan Marcos abandonó a los dos, y se volvió a Jerusalén (v. 13). Bernabé con Pablo trabajó anunciando la Palabra de Dios en Antioquía de Pisidia, y cuando surgió la persecución los dos fueron echados de ahí (13:14-51), y fueron a Iconio.
    Allí también surgió conflicto armado por los judaizantes, y los misioneros fueron a Listra y Derbe (14:6-22). Bernabé fue llamado Jupiter por el pueblo pagano (v. 12), estando él al lado de Pablo cuando sanó al hombre cojo (vv. 8-10). No fue apedreado, pero vio a Pablo apedreado y dejado por muerto, y sólo podemos imaginar cómo eso le impactó. La obra misionera de hoy es muy cómoda y relajada comparada con lo que aquellos primeros misioneros hicieron.
    En la última fase de ese viaje histórico, Bernabé y Pablo “constituyeron ancianos en cada iglesia” (14:23). No se quedaron como pastores sino que señalaron a otros como responsables y los encomendaron al Señor. Bernabé sabía que la obra es del Señor, y que no dependía de la presencia constante de él y Pablo. En eso también vemos su fe y la gúia del Espíritu Santo. Hoy muchos admiran el ejemplo de hombres como ellos, pero otra cosa es seguir el patrón.
    En Hechos 15:1 surgió el evangelio falso de los judaizantes: “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos”. Es un mensaje maldito (Gá. 1:8-9), que todavía circula en manos de católicos, adventistas y otros que predican la ley y las obras para la salvación. Pero observa conmigo, hermanos, quiénes se pusieron en la brecha para parar ese ataque del diablo. “Pablo y Bernabé tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos” (v. 2). El ser hijo de consolación no impidió a Bernabé a la hora de contender ardientemente por la fe (Jud. 3). Gálatas 2:1-5 indica que él con Pablo resistió firmemente a los judaizantes y no cedió ni por un momento. El consuelo no es para los que llevan falsa doctrina, ni debemos tolerar cosas así bajo una bandera falsa de “amor”, porque hay que amar a Dios, Su Palabra, la verdad, lo bueno y a los hermanos. En Hechos 15: 12 Pablo y Bernabé hablaron públicamente de los que Dios había hecho entre los gentiles. No hablaron de sí mismos, sino de Dios, porque sólo eran siervos, no dueños de la obra. En Gálatas 2:11-21 vemos a Bernabé arrastado por la hipocresía momentánea de Pedro y otros judíos cuando en una ocasión, por temor a los judíos de Jerusalén (Pr. 29:25) se apartaron de los hermanos gentiles. Esto demuestra como hombres buenos pueden equivocarse y tener un patinazo, pero se dejan corregir, como evidentemente pasó cuando Pablo le reprendió a Pedro los demás por esa simulación, “porque era de condenar” (Gá. 2:11). Si somos mansos y aceptamos correción, eso también obra para bendición. Bernabé no dijo: “¿quién eres tu para corregir a Pedro y a mí? ¡Soy el hermano mayor, pues me convertí antes que tú y ya estaba en la iglesia cuando tú llegaste!” Era manso. No tenía ese genio, esa altivez, auto importancia y protagonismo que tantas veces han dañado la obra del Señor.
    Sabemos que en Hechos 15:36-41 hubo un desacuerdo entre Pablo y Bernabé respecto a Juan Marcos. Pero debemos recordar que no fue una cuestión doctrinal. Predicaban la misma fe. No fue una pelea, ni causó una división en la iglesia. No perdieron la comunión, simplemente fueron a diferentes campos de trabajo. Bernabé seguía trabajando en el servicio del Señor, y volvió a Chipre, donde había nacido, para predicar (Hch. 15:39). Pablo también seguía predicando, y el Espíritu Santo se ocupa de ahí en adelante con él. Pablo nombra favorablemente a Bernabé en 1 Corintios 9:6 como siervo de Cristo, y eso nos indica que era digno de confianza en la obra del Señor.
    Así es el fruto de su vida de fe y entrega al Señor. Que el Señor nos ayude a ser como Bernabé, que no solo creyó sino vivió su fe, se desprendió de lo suyo y aun de sí mismo para servir a Cristo y ayudar a sus hermanos. La iglesia hoy necesita más personas como Bernabé.

de un estudio dado por Lucas Batalla en 2017



Salmo 34 - Dios Nos Libra De Temor

David se finge loco ante Abimelec

Texto: Salmo 34

Tenemos delante un salmo escrito cuando David estaba en una situación peligrosa. Había huido de Saúl y se había metido en el palacio de Abimelec rey de Filistea – la capital de los enemigos de Israel. Este salmo recuerda su rescate del palacio en Gat. No tenía que haber huido hasta allá, pero lo hizo. Estaba bajo mucha presión. Pero al leer el salmo vemos que siempre tenía su esperanza puesta en el Señor. Relata cómo clamó al Señor y qué requisitos tiene el Señor para ayudarnos.
    En los versículos 1-3 David bendice al Señor y declara: “su alabanza estará de continuo en mi boca” (v. 1). Los mansos oirán la alabanza y se alegrarán, porque también confían en el Señor y les anima saber cómo Él ayuda a los que le buscan. En el versículo 3 nos invita a unir nuestras voces a la suya para alabar y exaltar a nuestro Dios.
    En los versículos 4-8 testifica de la ayuda divina, y su testimonio puede y debe animarnos. “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores” (v. 4). Así debemos hacer ante los temores porque el Señor puede librarnos de ellos. David pasó por muchas penas y peligros huyendo de Saúl, privado, hambriento, atemorizado, etc., pero el Señor le respondió. Nosotros también pasamos pruebas, apuros y tensiones. ¿Cuántas veces te has despertado después de medianoche y han venido pensamientos negativos que te preocupan y te quitan el sueño? El testimonio de David es para instruirnos, para que clamemos al Señor y confiemos en Él.  El versículo 6 dice que le oyó y le libró de todas sus angustias. Entre las angustias de David estaba la falta de ayuda o consuelo de parte de otras personas. Puede que los amigos y aun la familia se quiten del medio cuando tenemos problemas, y no nos hablen. Pero al Señor siempre podemos hablar, porque Él no se aparta. No nos deja. Está siempre cerca. “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (v. 7). Así que, “Dichoso el hombre que confía en él” (v. 8), no en los hombres. El Señor es digno de nuestra confianza. David confiaba en Él, clamaba a Él, esperaba en Él, y el Señor intervino y sigue interviniendo a favor de los tales para ayudarles. Como creyentes, debemos aprender a confiar en el Señor siempre, porque Él es el único que puede solucionar los problemas. Tiene poder y sabiduría, y es benigno. Confiemos en Él antes que en los hombres. Busquemos Su ayuda primero y esperemos en Él.
    Del versículo 9 al 14 nos aconseja. “Temed a Jehová, vosotros sus santos, pues nada falta a los que le temen” (v. 9). Esto nos recuerda lo importante que es el temor de Dios en nuestra vida. Es el principio de la sabiduría (Pr. 1:7). Al Señor le agrada proveer para los que le temen, pues promete que nada les falta. Pensemos en el Salmo 23:1, “Jehová es mi pastor, nada me faltará”. Entonces procede a enseñarnos el temor de Jehová en los versículos 11 al 14.
    Luego en los versículos 15-22 hallamos muchas expresiones de confianza. El versículo 15 nos recuerda que “Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos”. (véase 33:18). Él vela siempre por nuestro bien. Esa es Su parte. La nuestra es temerle (v. 9), buscarle (v. 10) y clamar a Él. La misericordia es compasión activa, y las Suyas son nuevas cada manaña (Lam. 3:22). Por eso cuando nos acercamos al Señor en oración, confesando nuestra necesidad, humillándonos, buscando Su ayuda y echando nuestras ansiedades sobre Él, Él promete: “no tendrán falta de ningún bien”. Esto es para animarnos a no ensimismarnos, hundirnos, desanimarnos, apartarnos ni tirar la toalla, sino acercarnos, clamar (v. 17) y esperar en Él.
    El versículo 19 afirma que aun los justos tienen muchas aflicciones. La vida de fe no nos libra de problemas, pero nos da la soluciona a ellos, la que los incrédulos no tienen: la ayuda divina. Hermanos, como creyentes tenemos que sufrir en esta vida. Vivimos en un mundo arruinado por el pecado, el diablo es el príncipe del mundo, y dentro de todo ser humano está la carne, la naturaleza caída. Así que, hay mucha aflicción. La conversión no nos quita todos los problemas, pero entonces hay socorro: “de todas ellas le librará Jehová”. Consideremos cuán largos y duros eran las pruebas y las aflicciones de Job, pero el Señor bendijo el postrer estado de Job más que su primero. Santiago 5:11 dice: “He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo”.
    Al final del salmo, el versículo 22 promete: “no serán condenados cuantos en él confían”.  El ángel de Jehová acampa alrededor de nosotros y nos defiende (v. 7). No le vemos, pero Él está allí, siempre a nuestro lado. Así que, cobremos ánimo, confiemos en la ayuda fiel de Dios, y que Él nos ayude y bendiga. Amén.

                                                                      de un estudio dado por Lucas Batalla 

 

Fuertes enemigos siempre cerca están:
Cristo está más cerca; guárdame del mal.
“Ten valor”, me dice: “Soy tu guardador”.
“No te dejo nunca; siempre contigo estoy”.

El que guarda mi alma nunca dormirá.
Si mi pie resbala, Él me sostendrá.
En mi vida diaria es mi guardador;
Fiel es Su palabra: “Siempre contigo estoy”.


                        del himno “No Tengo Temor”
 

Friday, August 28, 2020

NO VIVAMOS EN EL PASADO

 Texto: Isaías 43:14-28

En este capítulo, repasándolo rápidamente, encontramos el aliento que Dios dio a Su pueblo Israel por medio del profeta. También anuncia que Dios en Su misericordia restaurará a la nación y será bendición a todo el mundo. Da promesa de que aunque vayan a la cautividad, serán un testimonio. Y anuncia que la salvación de Israel (y la nuestra) es un don inmerecido de pura gracia divina. Aquí también dice que Dios disciplina amorosamente a Su pueblo para que al final le glorifique. El pecado de Israel ha sido sobre todo el pecado de la iglesia hoy en día – la ingratitud (vv. 23-24). Se ve la ingratitud cuando el pueblo no hace lo que Dios dice, no se acerca, no sacrifica, ni da gracias, sino que considera el rendir culto a Dios como mucho una obligación pesada. No sólo en aquel entonces, sino después, en tiempos de Malaquías, al final del Antiguo Testamento, Dios tiene que protestar que Su pueblo no le honra, y hoy en día se repite la historia en muchas iglesias evangélicas, cuya preocupación mayor parece ser reducir el número de cultos para que la gente pueda quedarse en casa mirando la tele en su pantalla granda, o haciendo cualquier otra cosa. Y cambian la exposición fiel de la Palabra de Dios, la reunión de oración y el culto de adoración al Señor por actividades como drama, conciertos, excursiones y ligas evangélicas de futbol. Todo esto demuestra cuán baja es la condición espiritual.
    Pero en medio de los versículos que señalan la ingratitud e infidelidad de Israel, me llaman la atención las palabras de los versículos 18 y 25. “No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a la memoria las cosas antiguas” y “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados”. Estas palabras son tan necesarias para nosotros como para Israel, porque nosotros también  muchas veces vivimos con recuerdos malos del pasado. Tenemos esta tendencia, y es así en mi caso porque yo que estaba metido en el comunismo que es un ateísmo total. Pero todos tenemos cosas así porque todos somos pecadores. El que no tenga malos recuerdos ha sido muy poco convencido de su propia maldad, y esta es mala señal. Si uno tan santo con el apóstol Pablo se llamó el primero de los pecadores (1 Ti. 1:15), ¿cómo quedamos los demás? El que dice que no tiene pecado o que no hay pecado, se engaña o miente (1 Jn. 1:8, 10). Dios establece estas verdades en Su Palabra, pero Dios no viene constantemente recordándonos nuestros pecados, porque Él mismo los tiene olvidados.
    Ahora bien, es verdad que hay mucho bueno que aprender del pasado, esto es, de la historia sagrada tal como la Palabra de Dios la presenta. Nunca debemos olvidar la venida del Señor, Su muerte por nosotros en el Calvario y Su resurrección. Nunca debemos perder de vista la historia de la iglesia primitiva y la doctrina apostólica, la fe una vez dada a los santos. Pero recordar el pasado no incluye resucitar la memoria de nuestros pecados y dejarnos desaminar por ellos. Están bajo la sangre de Cristo, y allí deben quedarse. Quien nos recuerda nuestros pecados acusándonos todavía es el diablo. Él nos lo recuerda y los lo susurra. Él quiere tirarnos al suelo y quitarnos el ánimo, el gozo, la confianza y la motivación para testificar y servir a Dios? Nos habla con pensamientos y sentimientos más o menos así: “¿Después de lo que tú has sido y lo que has hecho, pretendes andar como creyente? ¡Anda ya!” Y a veces manda a familiares o amigos para decirnos cosas así y desanimarlos para que callemos. Él nos recuerda constantemente el pecado, y usa este arma porque con nosotros poco más tiene. Como Dios dijo a Israel, dice a nosotros: “No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a la memoria las cosas antiguas” (v. 18). Porque Dios es el que borra nuestras rebeliones por amor a sí mismo, y dice: “y no me acordaré más de tus pecados” (v. 25). Repito, no es Dios quien se acuerda de nuestros pecados, sino el diablo. Dios no los recuerda. En el Salmo 25:7 David pide: “De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, Por tu bondad, oh Jehová”. Esto debe expresar el sentir de todo creyente cuando surgen las memorias de sus pecados. ¡Qué bueno que en los Salmos podemos aprender cómo orar sobre estos asuntos!
    Es verdad que podemos pecar todavía y caer, pero hemos de mantener las cuentas en arreglo con Dios – con la confesión y el apartarnos del pecado (Pr. 28:13; 1 Jn. 1:9), y además, como hecho preventivo, debemos decir “no” al pecado, al mundo, al diablo y a la carne. Cuando nos ocupamos de las cosas del Señor y Su Palabra, haciendo lo que Él nos enseña y manda hacer, andamos bien y no tenemos tiempo para entretenernos con el pecado. Una vida de santidad, devoción y servicio tiene un efecto preventivo contra el pecado.
    Como hemos visto, el versículo 18 nos instruye acerca de los pensamientos. Sabemos que somos pecadores, y que hemos pecado, pero no debemos entretenernos repasando siempre los pecados como revisando la ropa sucia. No traigáis a memoria las cosas antiguas. Para Dios nuestros pecados son cosas antiguas, cosas del pasado que fueron tratados cuando el Señor murió en la cruz por nosotros y gritó: “¡Consumado es!” Entonces, lo que Dios perdonó, dejémoslo en el pasado. Pensemos en Él, el Santo nuestro y nuestro Rey (v. 15). Él mira hacia el futuro; hará una cosa nueva (v. 19). Publicaremos Sus alabanzas (v. 21). Esto es lo que el Señor quiere de nosotros. No somos lo que éramos antes, por la gracia de Dios. Él nos abre un camino nuevo de alabanza, de santidad, de bendición espiritual.
    En Filipenses 3:13-14 el apóstol Pablo nos habla de la misma manera, al poner el ejemplo de como él andaba. “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo la meta...” El camino del creyente está por delante, no en el retrovisor. Atrás queda la gran obra del Calvario, que siempre hemos de recordar, sobra decirlo. Pero delante nuestro está el camino de Su Palabra, de la comunión, de la oración, de la alabanza con gratitud, del testimonio. Hermanos, debemos seguir creciendo en la gracia y en el conocimiento de nuestro gran Dios y Salvador. Debemos vivir con la esperanza de que en cualquier momento puede sonar la trompeta y el Señor vendrá por nosotros para llevarnos a la morada eterna en Su gloriosa presencia. Así que, tenemos mucho que hacer y esperar en lugar de estar recordando desanimados nuestro triste pasado. Hay  paz y bendición ahora y un glorioso futuro para el pueblo de Dios. Que el Señor nos anime con estas palabras. Amén.

de un estudio dado el 11 de septiembre, 2008


 

La tierna voz del Salvador,
Nos habla conmovida;
Oíd al Médico de amor,
Que da a los muertos vida.

Borradas ya tus culpas son,
Jesús hoy te pregona;
Recibe, pues, Su bendición
Y goza la corona.

La amarga copa del dolor,
Jesús, has apurado,
Para que goce el pecador
Tu Nombre bien amado.

Cordero Santo, ¡Gloria a Ti!
Por Salvador te aclamo.
Tu dulce Nombre es para mí
La joya que más amo.

Coro:
¡Nombre digno de alto honor,
Nombre de divino amor,
Nombre de mi Redentor,
Cristo, Jesucristo!

GRACIA, MISERICORDIA Y PAZ


 

 Texto: 1 Timoteo 1:1-2
 

En este pasaje vemos al Señor Jesucristo llamado de dos maneras: primero en el versículo 1 es "Jesucristo nuestra esperanza”, y luego en el versículo 2 es “Cristo Jesús nuestro Señor”. Son hermosas descripciones, ¿verdad? El que es nuestra esperanza también es nuestro Señor, lo cual quiere decir que el que nos salva también nos gobierna.
    Luego vemos estos tres términos: “gracia, misericordia y paz” en el versículo 2. Son tres cosas importantísimas, de las cuales mucha gente hoy en día carece. A todos les gustaría tenerlas, pero no todos saben cómo.


    Primero está la gracia. Gracia significa favor o ayuda que no se merece. Romanos 4:1-4 y Efesios 2:8-9 establecen claramente que la gracia no se compra, ni se merece, y no puede mezclarse con obras. Si algo es por obras, no es por gracia, porque la gracia no se merece. La gracia de Dios no es una recompensa, sino algo totalmente inmerecido. Dios nos favorece, nos perdona y salva sin que lo merezcamos, porque lo hace por Su gracia. Y Su gracia viene a nosotros, no por la iglesia, no por los sacramentos, no por nuestras obras, sino por el Señor Jesucristo. 2 Corintios 8:9 enseña que la gracia de nuestro Señor Jesucristo se manifestó cuando Él, siendo rico, se hizo pobre (se encarnó) para enriquecernos a nosotros. La gracia actuó a favor nuestro, por medio de una Persona divina, nuestro Señor. Dios quiere que Su gracia se manifieste en nosotros en nuestra generosidad y abnegación a la hora de ofrendar para ayudar a otros. 1 Pedro 5:10 nos recuerda que Dios es Dios de toda gracia. El modelo y ejemplo a seguir es Dios mismo.  Hermanos, por la maravillosa gracia de Dios tenemos la salvación eterna. Nosotros que no merecemos ser llamados hijos de Dios hemos sido adoptados como hijos Suyos. Como dice el himno: “¡Sublime gracia!” Pero además de esto, es Dios quien exhorta a los creyentes a crecer en la gracia (2 P. 3:18). Por ejemplo, en 2 Corintios 9:8 el apóstol Pablo dice que la gracia puede hacer que abundemos en toda buena obra. A todos nos gusta recibir la gracia, pero, ¿nos gusta tratar a los demás con gracia?
 

    En segundo lugar, habla de la misericordia. La misericordia es NO recibir lo que merecemos. Si uno merece una multa o un castigo y no lo recibe, esto es misericordia. La salvación es recibir misericordia de Dios, porque significa NO recibir el juicio que merecemos. La paga del pecado es muerte, pero al que cree el evangelio, Dios le perdona por Su misericordia y le da vida eterna. En el Salmo 25:6, 7, 10 y 16 David expresa su esperanza continua en la misericordia de Dios. El Salmo 136 es el gran salmo de la misericordia de Dios, que es “para siempre”. ¡Gracias a Dios que recibimos en Jesucristo la perpetua, eterna misericordia de Dios! Habiendo recibido misericordia de Dios, debemos también ser misericordiosos. En Mateo 5:7 el Señor dice: “Bienaventurados los misericordiosos”. En Lucas 6:36 el Señor manda: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”.  Efesios 4:32 nos exhorta: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. 1 Pedro 3:8 lo enfatiza otra vez: “...sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables”. La misericordia viene relacionada con la benignidad, el perdón, la compasión, el amor y la amistad. Lo triste es: aunque nos gusta RECIBIR misericordia y ser tratados así, nos cuesta SER misericordiosos con los demás, y esto mismo es lo que Dios manda. La misericordia de Dios no debe entrar en nosotros y parar allí, sino entrar, transformarnos y salir hacia los demás. Por ejemplo, David usó de misericordia con Mefiboset al recibirle y cuidarle como a hijo suyo (2 S. 9). Demos gracias a Dios por Su misericordia, y seamos misericordiosos como nuestro Padre celestial.
  

  En tercer lugar, la paz es otra gran bendición que hemos recibido en Cristo. La paz es más que ausencia de conflicto. Significa también una serenidad interior, incluso pese a circunstancias adversas. En primer lugar tenemos paz con Dios mediante la sangre de Cristo (Ro. 5:1). , y es algo que ninguna circunstancia puede cambiar, gracias a Dios. Efesios 2:14, 15 y 17 nos recuerda que Jesucristo ES nuestra paz, vino e HIZO paz, y ANUNCIÓ esta paz. El evangelio es un mensaje de paz. Además, el Salmo 119:165 dice: “mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo”. Mucha gente anda tropezando, dejándose ofender y molestar, siempre mosqueada o quejosa por una y otra cosa, guardando rencor, viviendo en conflicto eterno. Aunque digan: "no pasa nada", la procesión va por dentro. Pero los que aman la ley del Señor, se humillan, porque aprenden de la ley que ellos no son nada, que no merecen nada bueno, y humillados, confían en el Señor para recibir perdón. Luego pueden andar en paz con Dios y con los demás. El creyente goza de la paz de Dios que le puede guardar en medio de circunstancias adversas. Filipenses 4:6-7 nos instruye que en lugar de estar afanosos, presentemos nuestras peticiones al Señor en oración, y Su paz guardará nuestro corazón. Sabemos que Él nos ama, Él nos oye y Él nos cuida, y esto nos deja en paz, tranquilos en Sus poderosos brazos. La Palabra también nos exhorta al menos tres veces a tener paz y vivir en paz los unos con los otros (Mr. 9:50; 2 Co. 13:11; 1 Ts. 5:13). Esta paz, que procede de Dios, es también fruto del Espíritu Santo quien mora en nosotros (Gá. 5:22-23). La paz de Dios, no los conflictos carnales, debe ser el ambiente en que vive una asamblea. Todos debemos ser pacificadores (Mt. 5:9). Con la ayuda del Señor, seamos de aquellos que hacen la paz (Stg. 3:18), no de los que siembran discordia (Pr. 6:19).
    Así que, mis hermanos, hemos recibido y seguimos recibiendo estas tres cosas maravillosas del Señor, entre muchas otras: la gracia, la misericordia y la paz. Dios quiere que ellas marquen nuestra vida, nuestro carácter y proceder, porque así darán testimonio de Él. Por esto tenemos que pedirle al Señor que nos dé cada día Su misericordia, gracia y paz, y que Él nos ayude a manifestar estas tres cosas diariamente en nuestras vidas. Es así que los demás pueden conocer más acerca de Dios, cuando vean Su obra en nosotros. Mostremos el carácter de Dios a los de nuestro alrededor, para la gloria de Dios.

de un estudio dado el 8 de mayo, 2008


Fuente de la vida eterna y de toda bendición;
Ensalzar Tu gracia tierna, debe cada corazón.
Tu piedad inagotable, abundante en perdonar,
Único Ser adorable, gloria a Ti debemos dar.

De los cánticos celestes Te quisiéramos cantar;
Entonados por las huestes, que lograste rescatar.
Almas que a buscar viniste, porque les tuviste amor,
De ellas Te compadeciste, con tiernísimo favor.

Toma nuestros corazones, llénalos de Tu verdad;
De Tu Espíritu los dones, y de toda santidad,
Guíanos en obediencia, humildad, amor y fe;
Nos ampare Tu clemencia; Salvador, propicio sé.


LA REACCIÓN DE JOB A SUS PRUEBAS

 


 Texto: Job 1:20-22

Nuestra meta en la vida cristiana es seguir al Señor y crecer en su conocimiento. Los que dicen "sí" al Señor, pero luego vuelven atrás, son como los que le siguieron porque comieron y bebieron – no por amor a Él, ni por fe, sino por los beneficios propios. Son de corta duración, y tarde o temprano serán descubiertos. Las tentaciones, las pruebas y la Palabra de Dios pondrán de manifiesto lo que realmente hay en ellos.

Para llegar a la madurez a veces el Señor usa cosas que no queremos, pero son necesarias para nuestro crecimiento. El Señor nos tiene que tener siempre de rodillas – es nuestra posición mejor. Cuando uno es cristiano, para conseguir el crecimiento y la madurez el Señor nos pasa por la escuela de la experiencia. El Señor dará a cada hijo Suyo lo que necesita – no abandona a ninguna de los Suyos. Las noches de insomnio pensando cómo arreglar las cosas – aun en estas aprendemos.
    Mirando a Job en nuestro texto, uno puede pensar: “Un santo como Job, y le vino lo que le vino, ¡hay que ver!” Muchos pensarían que uno como él no mereció lo que le sucedió, pero si escuchamos a Job en este versículo vemos su fe y humildad. Job se postra ante el Señor, no ante las circunstancias, no ante la prueba. Job no se disgustó con el Señor, no dijo como muchos: “Señor, ¿es que no me quieres? ¿Tú me tienes olvidado?” Su reacción inmediata no fue quejarse ni entrar en la introspección como muchos: “¿Qué he hecho para merecer esto?” No hermanos, no fue así, sino que Job bendijo a Dios y adoró. Él es fiel, y no nos va a olvidar en los momentos difíciles que Él permite venir a nuestra vida.
    En Job 2:7-10 él había salido del primer golpe, y ahora le vino otra situación – mala salud, y la falta de apoyo de su esposa. La sarna no le dejaba descansar ni de día ni de noche, sino que le dolía y le picaba. En el versículo 9 su mujer parece decirle que su fe en Dios no le ha servido de nada, y le aconseja mal: “maldice a Dios, y muérete” (v. 9). Fue el único descanso que ella podía imaginar como muchos que dicen cuando alguien muere: “ahora descansa”, aunque no es verdad. El que muere sin Cristo no descansa sino que va al lugar de tormento en llamas de fuego. La muerte como descanso es una vana esperanza para los que no creen. Y cuántas veces el diablo procura atacarnos por medio de alguien que está cerca, como fue en el caso de Job: porque además de la pérdida de sus bienes, lo más doloroso fue la muerte repentina de sus hijos, y luego sufrió con su esposa que no le apoyaba, y después sufrió a manos de sus tres “amigos”.
    Job reprendió a su mujer por su mala reacción. Le dijo que hablaba como suelen hablar las mujeres fatuas (2:10). Job pudo reaccionar así porque miró a tres lugares:

    1. Miró arriba, hacia Dios. En medio de sus pruebas miró arriba, no abajo ni alrededor. No se miró a sí mismo, sino que se humilló y miró a Dios, y le bendijo (1:20-22). No le perdió de vista, y esto es algo que debemos recordar pero muy bien, pues es un error enorme alejarse de Dios y enfriarse espiritualmente al pasar por pruebas y dificultades. Algunos lo hacen por desánimo, y otros parecen intentar “castigar” pasivamente a Dios porque no les gusta lo que pasa en sus vidas. Cuando hacen así, esto nos enseña que no estaban tan cerca de Él como pensaban, ni le conocen como deben. El santo, en las pruebas, no abandona al Señor. Job no se quejó de Dios ni le atribuyó despropósito alguno. En el fondo sabemos que Dios no se equivoca, pero hay que recordarlo y afirmarlo cuando vienen pruebas a nuestra vida. Job, aunque muy dolido y sin entender lo que le había pasado, le miró con fe y con adoración, que es justo lo contrario de lo que el diablo esperaba y quería.

    2. Miró hacia delante. Job sabía que al final Dios, como soberano, sabio y benigno, puede arreglar todo. Dios quitó (1:21), es cierto, pero Dios puede volver a dar. Aunque no tengamos recursos para reponer o restablecer, todo está en las manos de Dios. Alguien dijo: “No sé qué tiene el futuro, pero sé en manos de quién está el futuro”. Job sabía que en el futuro iba a estar con Dios y verlo. “Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro” (19:27). Aunque acabó de sufrir gran pérdida, él confió en el corazón bondadoso del Señor. Dios puede hacer lo que quiere porque siempre es el bien. Aprendamos esto: el bien no está en el mundo, ni en personas como Job, sino en Dios. Dios es bueno, totalmente bueno y la fuente de toda bondad. Entonces, debemos recibir lo que Él nos da (2:10). Nuestro Hacedor y Dueño tiene derecho soberano a hacer con nosotros como quiere. “Él, pues, acabará lo que ha determinado de mí” (23:13-14).

    3. Miró en su interior, pero no con egoísmo ni introspección. Sabía que Dios le estaba enseñando algo muy importante a través de estas experiencias. Aunque no podía entenderlo todo, no desconfiaba en el Señor. Sabía que creía y estaba firme: “Me probará, y saldré como oro” (23:10). 1 Pedro 1 nos recuerda que Dios también prueba nuestra fe, para quitar las impurezas, para que sea para alabanza y gloria. Las pruebas que Dios permite son para bien, no para mal. A Job no le gustaban las pruebas, como a ninguno de nosotros nos gusta, pero él sabía que iba a ser para bien. No comenzaba a dudar de Dios ni de su fe en Él. Todos tenemos tiempos de adversidad, pruebas y dificultades, pero ninguna circunstancia desfavorable en la vida debe apartarnos del Señor.
    El creyente Job decidió confiar en Dios, y al final Dios le sacó a abundancia(cap. 42). Al final Job, bendito y consolado por Dios, tuvo queinterceder por sus amigos, quienes extrañamente no intercedieron por él, sino sólo le criticaron. Ellos tuvieron mucho que decir, pero no a Dios a  favor de Job, sino a Job en su contra, y eran otra parte de sus pruebas.  
    Parece que todavía hay muchos “amigos” como estos en nuestros tiempos, que expresan sus opiniones equivocadas y aprovechan que uno esté de bajo ánimo para ofrecer sus “críticas sinceras” en lugar de animarle y consolarle. En Job 16:20 él dijo: “disputadores son mis amigos, mas ante Dios derramaré mis lágrimas”. Los imploraba: “¡Oh vosotros, mis amigos, tened compasión de mí!” (19:21), pero no le fueron de ánimo ni de ayuda, ni siquiera hablaron lo recto acerca de Dios (42:7).
    Pero en medio de todo, Job, aunque tambaleaba y como vemos en el libro, se equivocaba en sus intentos a comprender lo que le pasaba, sin embargo, él no dejó de confiar en Dios, y al final Dios le socorrió y le bendijo. Y el mismo Dios, aunque someta nuestras vidas a prueba, lo hace para nuestro bien y para Su eterna gloria. Dios nunca se equivoca, y siempre obra para hacernos bien. Entonces, aunque suframos pérdida, pasemos dolores y dificultades, aunque tenga que ser con lágrimas, confiemos en Él en todo momento. Amén.


de un estudio dado el 14 de febrero, 2008


CINCO PIEDRAS LISAS

 Texto: 1 Samuel 17:1-19    


Hermanos amados, delante nuestro tenemos la historia tan conocida de la batalla entre David y Goliat, que contiene muchas lecciones para nosotros. David vio que Israel tenía un gran enemigo que les odiaba y les asustaba, y fue a luchar contra él. Hoy en día también el pueblo de Dios tiene un gran enemigo, el diablo. Goliat de alguna manera puede servir como figura del diablo: más grande, más fuerte, mejor armado y lleno de odio y desprecio hacia el pueblo de Dios. El diablo es como un gigante que quiere pelear con tra nosotros, vencernos y dominarnos (vv. 8-9). No podemos contra él porque es más fuerte. ¿Cómo, entonces, podemos obtener la victoria en la batalla espiritual? David nos enseña que el creyente tiene en Dios un gran “aliado”.
    Como Goliat en el versículo 9, el diablo quiere ponernos en servidumbre, y desafía a los creyentes, a la iglesia y a Dios mismo. Como en los versículos 5-7, viene impresionantemente armado y con gran fuerza, como para atemorizar a cualquiera. En el versículo 8, “dio voces”, y así hace el enemigo – grita y vocifera para meternos miedo. Es su campaña de “propaganda” (v. 11).  En el versículo 16 vemos que Goliat venía y los desafiaba mañana y tarda. El diablo no se cansa, siempre acecha, ataca y busca nuestra ruina. Por la mañana lo hace, para quitarnos el tiempo devocional y hacernos comenzar el día de mala manera, sin pasar tiempo con Dios leyendo Su Palabra y orando. Y por la tarde lo hace también. Día y noche ataca y desafía. Hermanos míos, no podemos tomarnos la vida cristiana de cualquier manera, porque el enemigo es grande y siempre está acechando. Hay que tomar en serio la vida cristiana en todo momento. No sirve la práctica de “ser un cristiano” sólo los domingos durante los cultos. Esto seguramente le hace al diablo reír con desprecio. No podemos pelear contra él por nuestra cuenta, ni con nuestras fuerzas, sino con las armas que Dios nos da (Ef. 6:10-18). No sirven contra el diablo las cosas como la religión, la ciencia, la filosofía, la psicología, etc. – porque la sabiduría humana nada puede contra él, y la historia de la humanidad bien lo demuestra.
    En el versículo 10 Goliat gritó: “Dadme un hombre que pelee conmigo”. Nadie en Israel quiso ir a su encuentro, sino el joven David, llenó de fe. Resulta que David está en el linaje del Mesías, quien es “hijo de David”. Entonces, más allá de la escena en 1 Samuel, cuando llegó el tiempo, Dios envió a “un hombre” a pelear contra el “gigante” Satanás que tenía atemorizada a toda la raza humana. El Señor Jesucristo le venció en la cruz, como Colosenses 2:15 y Hebreos 2:14-15 declaran. ¡Gloria a Dios por la victoria que tenemos en el Señor Jesucristo, y la libertad del pecado y la muerte!
    Pero volviendo a la escena en 1 Samuel, estos gigantes estaban allí porque Israel no los conquistó durante y después de los tiempos de Josué y los jueces. Entonces, ellos y otros trajeron muchos problemas y aflicciones al pueblo de Dios que había intentado coexistir como vecinos con ellos. Goliat por su mera presencia era una recuerdo de sus fracasos. Pero entonces David, en el nombre de Jehová, salió a pelear contra él y poner fin a sus jactancias y su dominio. Bajó al arroyo y escogió cinco piedras lisas. Le sobraron cuatro, porque con una bien lanzada y guiada por Dios, derrumbó al gigante. Pero estas cinco piedras pueden sugerirnos cosas que nosotros necesitamos en la lucha espiritual contra el diablo y sus huestes que desean arruinarnos, atemorizarnos y dominarnos.


    1. Primero está la piedra de las bendiciones y victorias anteriores (vv. 34-37). Dios había ayudado a David en el pasado cuando como pastor tenía que cuidar y defender el rebaño de su padre. Al venir el león o el oso a arrebatar la presa, David se interpuso y los mató, poniendo a salvo el rebaño. Era consciente de la ayuda de Dios – no se creía super-fuerte, sino que confesó que Dios le ayudó. “Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo” (v. 37). Se acordaba de la ayuda de Dios en el pasado, y cobró ánimo. El rey Saúl respondió: “ve y Jehová esté contigo”. Saúl no iba a estar con él, ni la armadura de Saúl podía ayudarle. David no buscaba a un grupo de hombres para apoyarle, sino que se fue solo, confiado en Dios. Se acordaba de cómo Dios le había bendecido y ayudado antes, y nosotros también debemos pensar así. Esto nos da ánimo y confianza.
 

    2. Segundo, está la piedra de las oraciones. David oraba siempre, cosa que no se podía decir de sus hermanos ni de Saúl. La oración es muy importante en la vida del creyente, y sin ella nos volvemos débiles y desorientados. El apóstol Pablo nos enseña a orar siempre (1 Ts. 5:12). Es impresionante ver cuántas veces oraban los creyentes en el libro de Hechos, y por contrapartida, el poco interés que hay en la oración en las iglesias modernas. Volviendo a David, más tarde en su vida, en 1 Samuel 30:6-8 estaba muy mal cuando llegó a Ziclag después del ataque de los amalecitas. Había perdido todo, y los que estaban con él hablaron de apedrearle. Fue uno de los peores días de su vida, pero la Palabra dice que él oraba y se fortalecía en su Dios. Consultó a Jehová y luego fue guiado a recuperar todo. Hermanos míos, la oración es una piedra lisa que el cristiano debe lanzar contra el enemigo. En el Salmo 59 vemos como David clamó a Dios cuando era perseguido por Saúl. Comienza diciendo: “líbrame de mis enemigos; ponme a salvo”, y todo el salmo es un clamor a Dios pidiendo socorro. Cuando sentimos la presencia de enemigos y conflictos, debemos orar.
 

    3. Tercero, está la piedra de la soberanía de Dios. Él es dueño absoluto de todo y hace según Su voluntad. Esta verdad es de gran consuelo y ánimo al creyente. Tiene nuestra vida en Sus manos. Esta piedra está muy pegada al saco pastoril y no la sacamos, pero debemos sacarla y demostrar al mundo que confiamos en la soberanía de Dios. David le dice a Goliat en el versículo 46, “Jehová te entregará hoy”. En el versículo 47 dice: “de Jehová es la batalla”. No eran meras palabras, sino la expresión de la creencia del corazón de David. Dios era más grande y poderoso que su enemigo, y también es verdad en nuestro caso.
    A veces adolecemos del impacto de esta soberanía en nuestra vida. La vida cristiana es imposible sin el Señor. Cada día debemos someternos a Él con confianza en Su gran poder y autoridad. Quienes deben temblar son los enemigos de Él. Las cosas que nos hacen daño afectan también a Dios, y debemos presentarle nuestras peticiones confiados en Su interés y ayuda.
 

   4. Cuarto, está la piedra de la fe. No hay victoria sin fe. Entramos en la vida cristiana por fe, y hay que vivir por fe cada día. “El justo vivirá por fe” (Ro. 1:17). Tenemos que creer lo que Dios dice y confiar en el Señor. En el versículo 47 leemos: “él os entregará en nuestras manos”. Cuando David hablaba manifestaba su confianza en el Señor. En el versículo 25 leemos que los israelitas sabían la promesa de Saúl y lo que ofrecía al que venciera a Goliat. Pero ni con esto salían a pelear. Pero David confiaba en el Señor. Hablaba como viendo lo que Dios iba a hacer. Sabía que Dios era más grande y poderoso que Goliat. Hermanos, apliquemos esto en nuestra vida, porque nuestros problemas no son más grandes que Dios.


    5. En quinto lugar, está la piedra de la perseverancia y la diligencia (vv. 28-30). Los hermanos de David le criticaron y le desanimaron. Así es la familia muchas veces. Muchas veces los enemigos son los de la propia casa, que desaniman y critican. No tienen fe y no aprecian al que la tiene. Pero David no permitió que ellos le apartaran de la pelea. Perseveró a pesar de sus críticas y acusaciones falsas.
    David había ido hasta allí en obediencia a su padre, lo que muchos hijos hoy en día no hacen. Hoy en día está de moda la independencia y el individualismo. Pocos hacen caso de los consejos y las instrucciones de sus padres. Pero David no era esta clase de hijo. No discutió con su padre ni se quejó, ni demoró, aunque fue enviado a una zona de guerra donde había peligro. A pesar de esto, él se levantó de mañana (v. 20). Fue diligente en cumplir las instrucciones de su padre. El Señor quiere que nosotros seamos también diligentes en cumplir Sus instrucciones dadas en Su Palabra, y que perseveremos a pesar de los comentarios negativos o las críticas de otros. En la perseverancia y la diligencia de obedecer la voluntad de Dios está la victoria.
    Estas son cosas que nos darán la victoria en la batalla. Vemos en los versículos 49-51 que David venció y aquel día fue día señalado de gran victoria para Israel. Entonces, en lugar del grito de Goliat, oímos en el versículo 52 el grito de Israel.
    Es importante ver a Dios en todo momento y ante el enemigo y sus desafíos. Que el Señor nos ayude a hacerlo, y por Su gracia hagamos uso de estas cinco piedras, para Su gloria. Amén.

de un estudio dado el 3 de agosto, 2008