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Friday, September 25, 2020

Bernabé - "hijo de consolación"

Berrnabé ayudando a Pablo cuando fue apedreado

Texto: Hechos 11:19-30

Me llama poderosamente la atención la conversión y vida de Bernabé, un hombre que llegó a ser útil en las manos del Señor, hacedor de bien e influyente en la iglesia primitiva. Era de la tribu de Leví, pero nacido en Chipre. Su nombre de pila era José (Hch. 4:36), y era uno de los muchos nuevos creyentes en Hechos 2 y 3. No sabemos si había venido de Chipre sólo para estar durante las fiestas de la pascua, los panes sin levadura y luego pentecostés, o si tal vez había vuelto para vivir en o cerca de Jerusalén, porque ahí tenía una heredad (v. 37).  A ese José levita, creyente, los apóstoles le pusieron por sobrenombre “Bernabé”, que significa “hijo de consolación”. Cuando primero aparece entre creyentes en Hechos 4, es a raíz de un sacrificio que hizo: vendió su heredad y trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles, una ofrenda (v. 34) como otros hacían en aquel entonces. Para muchos las riquezas son un lastre (Mr. 10:21-25). Las acumulan pero no quieren deshacerse de ellas. No así con Bernabé.
    Bernabé hizo honor a su nombre cuando Saulo, después de convertido, quiso juntarse a los discípulos en Jerusalén pero le tenían miedo (Hch. 9:26). Su miedo era lógico, y siempre es bueno tener precaución en la recepción a la comunión. Cuántas veces se ha precipitado a recibir a alguien porque dijo que era cristiano bautizado, y luego esa decisión ha traido problemas. “El simple todo lo cree” dice Proverbios 14:15, pero los discípulos no eran simples ni tenían prisa para tener a uno más en la iglesia. Seguro que Pablo les decía que era creyente, pero no se lo creyeron hasta que Bernabé lo tomó (Hch. 9:27) y dio testimonio de él delante de los apóstoles. Entonces, por su testimonio de hechos concretos de Pablo, los discípulos le recibieron. Por eso todavía hoy son importantes las cartas de recomendación y faltando ellas el testimonio de un hermano de confianza.
    Luego Bernabé aparece en Antioquía, como hemos visto en Hechos 11. El evangelio fue predicado a los gentiles. Había fiel testimonio de parte de hermanos motivados a evangelizar, pese a la persecución. Necesitamos hoy ser tan fieles testigos como ellos, porque francamente parece que nos falta ese fervor y devoción.  Ellos predicaron, y “gran numero creyó y se convirtió al Señor” (v. 21). La iglesia hoy adolece también de eso – esa fe que trae conversión y cambios. Antioquía era ciudad importante de la provincia romana de Asia, un lugar cosmopolitano, importante para la predicación del evangelio, y de ahí saldría hacia muchos otros lugares. La primera persona nombrada de ahí era Nicolás (Hch. 6:5), que fue uno de los primeros diáconos, hombre lleno de fe y buen testimonio. Quizás por él u otros como él las primeras notas del evangelio llegaron a la ciudad.
    En Hechos 11:22 vemos a Bernabé enviado de parte de la iglesia en Jerusalén para conocer más la situación en Antioquía tras la conversión de algunos gentiles. Seguramente fue escogido para esa misión por lo que dice el versículo 24, “porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo”, no de otras cosas, “y de fe” – suena como los diáconos en Hechos 6. No se puede enviar a uno cualquiera para conocer la condición espiritual de otros, porque le faltaría discernimiento y se equivocaría, pero los hermanos en Jerusalén confiaban en Bernabé. El versículo 23 dice que “vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor”. Él primero observó cuidadosamente, y pudo ver evidencias de la gracia de Dios, porque hace una diferencia en la vida, el carácter y comportamiento, como Tito 2:11-14 indica. Al ver eso, se regocijó. Compartió el gozo de la salvación de esos nuevos hermanos. Y les exhortó, señalando la importancia de tener propósito de corazón y fidelidad al Señor. Hermanos, hoy necesitamos a más personas como Bernabé. Ésa es la clase de consolación y ayuda que la iglesia precisa.
    Viendo la necesidad de ayuda e instrucción para esos nuevos creyentes, Bernabé, en lugar de ponerse como “pastor”, pensó en traer a otros para ayudar, y buscó a Pablo (11:25). Así hubo un grupo de hermanos compartiendo las responsabilidades del pastoreo en Antioquía, y así debe ser en toda iglesia neotestamentaria. Fue en ese tiempo que salió el nombre “cristiano” por primera vez (11:26). Sólo aparece dos veces más en la Biblia, en Hechos 26:28 y 1 Pedro 4:16.  Ellos no lo tomaron como título suyo ni nombre de la iglesia, sino que fue dado por otros, por los de afuera. Pero es bueno llamarse cristiano, y no evangélico, pentecostal, bautista, adventista, etc. Más frecuentemente en el Nuevo Testamento somos llamados hermanos, creyentes, discípulos y santos, y cada término está lleno de sentido. La iglesia de ahí envió a Pablo y Bernabé a Jerusalén con la ofrenda para los hermanos necesitados (11:30). Así que Bernabé llevó consolación también a los santos en Jerusalén.
    Andando el tiempo, vemos a Bernabé en el capítulo 13, señalado junto con Pablo por el Espíritu Santo para salir a la obra misionera, llevando el evangelio más allá. “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (v. 2). ¿Quién envía a los misioneros? No la iglesia, sino Dios. No fueron comisionados por la iglesia, sino señalados por el Espíritu Santo.  Así que, el texto dice: “los despidieron” (v. 3), y “enviados por el Espíritu Santo” (v. 4). Pero observa que Dios no envió a nuevas reclutas sino a hombres experimentados y diestros que ya estaban ocupados en el ministerio. Eran hombres que tenían la confianza de la iglesia, y sobre todo a quienes no cabía duda que Dios los había llamado. En la primera linea de combate hacen falta veteranos, no creyentes verdes que tienen más entusiasmo que otra cosa. Solemos hablar del primer viaje misionero de Pablo, pero hay que recordar que era de Bernabé y Pablo.
    En ese primer viaje misionero, ¡cuántas cosas padeció Bernabé junto con Pablo! Los dos vieron la oposición de Barjesús, Elimas el mago, en Chipre (13:6-11) y la conversión del proconsul (v. 12). Juan Marcos abandonó a los dos, y se volvió a Jerusalén (v. 13). Bernabé con Pablo trabajó anunciando la Palabra de Dios en Antioquía de Pisidia, y cuando surgió la persecución los dos fueron echados de ahí (13:14-51), y fueron a Iconio.
    Allí también surgió conflicto armado por los judaizantes, y los misioneros fueron a Listra y Derbe (14:6-22). Bernabé fue llamado Jupiter por el pueblo pagano (v. 12), estando él al lado de Pablo cuando sanó al hombre cojo (vv. 8-10). No fue apedreado, pero vio a Pablo apedreado y dejado por muerto, y sólo podemos imaginar cómo eso le impactó. La obra misionera de hoy es muy cómoda y relajada comparada con lo que aquellos primeros misioneros hicieron.
    En la última fase de ese viaje histórico, Bernabé y Pablo “constituyeron ancianos en cada iglesia” (14:23). No se quedaron como pastores sino que señalaron a otros como responsables y los encomendaron al Señor. Bernabé sabía que la obra es del Señor, y que no dependía de la presencia constante de él y Pablo. En eso también vemos su fe y la gúia del Espíritu Santo. Hoy muchos admiran el ejemplo de hombres como ellos, pero otra cosa es seguir el patrón.
    En Hechos 15:1 surgió el evangelio falso de los judaizantes: “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos”. Es un mensaje maldito (Gá. 1:8-9), que todavía circula en manos de católicos, adventistas y otros que predican la ley y las obras para la salvación. Pero observa conmigo, hermanos, quiénes se pusieron en la brecha para parar ese ataque del diablo. “Pablo y Bernabé tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos” (v. 2). El ser hijo de consolación no impidió a Bernabé a la hora de contender ardientemente por la fe (Jud. 3). Gálatas 2:1-5 indica que él con Pablo resistió firmemente a los judaizantes y no cedió ni por un momento. El consuelo no es para los que llevan falsa doctrina, ni debemos tolerar cosas así bajo una bandera falsa de “amor”, porque hay que amar a Dios, Su Palabra, la verdad, lo bueno y a los hermanos. En Hechos 15: 12 Pablo y Bernabé hablaron públicamente de los que Dios había hecho entre los gentiles. No hablaron de sí mismos, sino de Dios, porque sólo eran siervos, no dueños de la obra. En Gálatas 2:11-21 vemos a Bernabé arrastado por la hipocresía momentánea de Pedro y otros judíos cuando en una ocasión, por temor a los judíos de Jerusalén (Pr. 29:25) se apartaron de los hermanos gentiles. Esto demuestra como hombres buenos pueden equivocarse y tener un patinazo, pero se dejan corregir, como evidentemente pasó cuando Pablo le reprendió a Pedro los demás por esa simulación, “porque era de condenar” (Gá. 2:11). Si somos mansos y aceptamos correción, eso también obra para bendición. Bernabé no dijo: “¿quién eres tu para corregir a Pedro y a mí? ¡Soy el hermano mayor, pues me convertí antes que tú y ya estaba en la iglesia cuando tú llegaste!” Era manso. No tenía ese genio, esa altivez, auto importancia y protagonismo que tantas veces han dañado la obra del Señor.
    Sabemos que en Hechos 15:36-41 hubo un desacuerdo entre Pablo y Bernabé respecto a Juan Marcos. Pero debemos recordar que no fue una cuestión doctrinal. Predicaban la misma fe. No fue una pelea, ni causó una división en la iglesia. No perdieron la comunión, simplemente fueron a diferentes campos de trabajo. Bernabé seguía trabajando en el servicio del Señor, y volvió a Chipre, donde había nacido, para predicar (Hch. 15:39). Pablo también seguía predicando, y el Espíritu Santo se ocupa de ahí en adelante con él. Pablo nombra favorablemente a Bernabé en 1 Corintios 9:6 como siervo de Cristo, y eso nos indica que era digno de confianza en la obra del Señor.
    Así es el fruto de su vida de fe y entrega al Señor. Que el Señor nos ayude a ser como Bernabé, que no solo creyó sino vivió su fe, se desprendió de lo suyo y aun de sí mismo para servir a Cristo y ayudar a sus hermanos. La iglesia hoy necesita más personas como Bernabé.

de un estudio dado por Lucas Batalla en 2017



Tuesday, June 25, 2019

Ana, la madre de Samuel

Texto: 1 Samuel 1:1-28

Samuel fue juez y profeta en Israel, y ungió a los primeros dos reyes. Fue traído al mundo como respuesta a las oraciones de Ana, su madre. Fue consagrado al Señor desde antes de su concepción. Pero luego en la vida tuvo hijos malos, no por culpa suya, sino porque la vida es así. Aun en familias de creyentes los hijos pueden escoger otro camino y ser pródigos. Samuel tuvo de sus padres una herencia espiritual, no material, y la dejó a sus dos hijos, pero ellos, como muchos hijos de creyentes, no la apreciaron.
    En este capítulo vemos la gran influencia de la madre, Ana, en la vida de Samuel. Era una mujer sufrida, temerosa de Dios, que estaba en una situación matrimonial no ideal, ya que su marido Elcana practicaba la poligamia (vv. 1-2). Dios durante un tiempo toleraba esa práctica incorrecta en el Antiguo Testamento, pero no la aprobaba. Había surgido primero de parte de Lamec, descendiente del maldito Caín (Gn. 4:19). Los hombres solían hacer esto para multiplilcar su descendencia y tener linaje. Pero esa idea no venía de Dios. Dios no dio dos esposas a Adán, sino una. El Nuevo Testamento enseña así: “marido de una sola mujer” (1 Ti. 3:2, 12; Tit. 1:6).
    Elcana no obstante adoraba como Dios mandó (vv. 3-4). Fue generoso con su familia. Pero en los versículos 5-7 vemos en el hogar el resultado de la poligamia – Penina afligía a Ana porque era estéril. Había contienda, rivalidad, tensión y tristeza. Penina era la antagonista, y Ana la que sufría, lloraba y no comía. Elcana mostró compasión y cariño a Ana (v. 8), pero parece que no intervino para controlar a Penina.
    En los versículos 9-13 vemos algo muy importante. Ana, sufriendo, fue al tabernáculo – lugar de reunión – y oró. Presentó a Dios su queja y petición, y su ejemplo es bueno para todos nosotros. Observa con cuidado cómo ella oró. Dice que oró en silencio, en su corazón, y sus labios se movían pero no salió sonido. Elí malinterpretó eso como una borrachera. Él no podía oirla, pero Dios sí. No es necesario que las mujeres oren en voz alta para que Dios las escuche, y además, en el Nuevo Testamento esta práctica está prohibida en la congregación (1 Ti. 2:11-12; 1 Co. 14:34). Notamos que su oración fue específica. Pidió un hijo varón, porque son los varones que dirigen en las cosas de Dios, y ella quería dedicarlo a servir así. Hizo voto y prometió dedicarlo a Jehová “todos los días de su vida” (v. 11). Le prometió el voto del nazareo, que no pasaría navaja sobre su cabeza, porque en Números 6 el voto del nazareo, de consagración a Dios, incluía eso. Samuel fue prometido a Dios antes de su concepción. ¡Ojalá que haya más madres dispuestas a criar a sus hijos para Dios!
    Los versículos del 14 al 18 relatan su conversación con Elí. Él pensaba que estaría ebria, y la exhortó a digerir su vino. Pero Ana, siempre mansa, respondió como dice Proverbios 15:1, “la blanda respuesta”. Explicó que estaba atribulada y que derramaba su alma delante de Dios. Es ejemplo de qué hacer cuando estamos atribulados. No necesitamos a psicólogos ni pastillas tranquilizantes – acerquémonos a Dios en oración para decirle todo. Entonces Elí (v. 17) la despidió con bendición: “Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho”. Ana se fue, “y no estuvo más triste” (v. 18), porque echó toda su ansiedad sobre el Señor (1 P. 5:7).
    Vemos su vida en el hogar en los versículos 19-20. Se fue a casa con su marido, y Dios se acordó de ella. Él no olvida nuestras oraciones. Cuando nació el hijo conforme a su petición, le puso el nombre “Samuel” (pedido a Dios) en memoria del voto que había hecho. En esto también Ana es ejemplo, porque a diferencia de muchos, se acordó de su voto y lo cumplió. Los votos son cosas serias que no se dicen a la ligera, y hay que cumplirlas. Números 30:2 manda: “Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca”. Pero la gente promete muchas cosas a Dios en oración: “Señor dame...Señor ayúdame...Señor líbrame... y haré esto o lo otro”, pero cuando reciban la respuesta se olvidan de su promesa. Pero Ana mostró su integridad espiritual.
    Cuando consideramos la vida de Samuel como juez y profeta, siervo de Dios, vemos el efecto de una madre consagrada a Dios, y cómo Dios utiliza a tales personas. Para que ella pidiera así un hijo, haciendo voto, tuvo que ir primero por camino de angustia y lágrimas, pero después vemos el fruto apacible de justicia. Dios honra a los que le honren.
    Samuel desde su niñez fue fiel a Dios y permaneció así durante toda la vida. El diablo no consiguió hacerle caer, pero se metió con sus hijos. No eran perversos e inmorales como los dos hijos de Elí, pero no era piadosos como su padre. La Palabra de Dios los describe como avaros (1 S. 8:3), que tomaron el soborno y pervirtieron la justicia. El amor al dinero y el uso de posiciones de influencia para conseguirlo es un mal en todas las edades. ¡Cuán distinto el Hijo de Dios cuando anduvo en este mundo, obediente y que honraba a Su Padre (He. 5:8). Conviene que recordemos Hebreos 5:9 que declara que Él provee “eterna salvación para todos los que le obedecen”. La obediencia es una marca de verdaderos creyentes, y sobre eso no hay rebajas.
    Hoy la gente no quiere oir de obediencia, pero es marca del Hijo de Dios y de todos los que verdaderamente creen en Él. Dios no es un fetiche o una imagen. Es el Creador y Sustentador de todo. Vive y quiere salvar y guiar nuestras vidas, y a los que le conocen esto les parece bien. Le debemos nuestras vidas, nuestra obediencia y todo lo que somos y tenemos. Nada es nuestro – todo es de Él – pero a veces le escamoteamos cosas que le pertenecen. Ana no fue así, como hemos de ver, sino que cumplió totalmente lo que había prometido.
    En los versículos 21-23 vemos los años que intervinieron entre en nacimiento de Samuel y su presentación para servir al Señor. Fue criado y educado en casa por su madre, y podemos estar seguros de que con todo el cariño materno le cuidaba y preparaba para su futuro. En el versículo 23 notamos como Elcana también recordó a Ana su voto, y en esto le animaba y la apoyaba.
    Después llegó el tiempo de cumplir el voto (vv. 24-28). Es una escena conmovedora porque el niño todavía era pequeño (v. 24). Pero Ana le trajo voluntariamente, no arrastrando los pies ni llorando y protestando por todo el camino. Elcana y Ana trajeron becerros para holocausto (v. 25). 
    El holocausto era un sacrificio voluntario, enteramente para Dios, y es figura de la vida de Samuel, un sacrificio vivo (Ro. 12:1), totalmente para Dios. Ana trajo al niño delante de Elí y habló – al sacerdote – no estaba predicando, sino explicando que cumplía su voto.  Reconoció que Dios le había contestado la oración (v. 27), “por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí”. Proclamó: “Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová” (v. 28). Eso sí es una vida consagrada. Y termina diciendo: “Y adoró allí a Jehová”. No gritaba ni lloraba amargamente ni se echaba atrás. 1 Samuel 2:1-11 nos da las palabras de la oración de Ana que engrandecía a Dios cuando le presentó su hijo. En el lugar de ese altar había varios sacrificios: el del becerro ofrecido en holocausto, el de Ana que dio su hijo a Dios para servir, y el del niño Samuel también en sacrificio vivo. Gracias a Dios por el ejemplo piadoso de una madre como Ana.
    Hermanos, oremos por nuestros hijos, y no los tengamos solo para nosotros ni para el mundo, sino para el Señor. Sí, la mayoría de ellos tendrán sus trabajos en el mundo, y esto es bueno, siempre y cuando todo lo hagan para el Señor y para Su honor y gloria. La consagración es importante. Cristo en su oración en Juan 17 pidió por la consagración de Sus discípulos. Es todavía el deseo y propósito de Dios en nuestra vida.
    Como Ana, debemos: (1) Orar y derramar nuestra alma delante de Dios. (2) Cumplir nuestros votos sin echarnos atras. (3) Criar a nuestros hijos para Dios. Elí tuvo dos hijos malos, y Samuel luego tuvo dos hijos infieles, pero entre estos está la piadosa Ana con su hijo consagrado. Además, en 1 Samuel 2:18-21 vemos que Dios la bendijo con cinco hijos más. Pidió uno y tuvo seis. Dios puede darnos mucho más de lo que pedimos o pensamos (Ef. 3:20). Acerquémonos a Él en oración en toda circunstancia de la vida, y Él nos dará de Su abundante gracia. A Él la gloria para siempre. 

de un estudio dado el 12 de mayo, 2019