Friday, April 28, 2017

LA VICTORIA ESTÁ EN EL SEÑOR


Texto: 1 Corintios 15:57-58

En estos dos versículos hay unas instrucciones muy importantes para todo creyente.  Primero, en el versículo 57,  tenemos que dar siempre gracias, porque Dios nos da la victoria. No somos vencidos. Es otro gran motivo de gratitud, entre los muchos que tiene el creyente, y siempre debemos expresar a Dios nuestra gratitud, todos los días.
    Segundo, dice el versículo 58 que tenemos que estar siempre tres cosas: firmes, constantes y creciendo en la obra del Señor. Y hay algo que debemos saber: que nuestro trabajo en el Señor no es en vano. No es pérdida de tiempo ni quedará sin efecto ni recompensa, pues Dios lo promete. No se puede decir esto acerca de muchos trabajos y actividades en el mundo, porque pasarán al olvido y no tendrán ningún efecto en la eternidad. Como escribió C.T. Studd, y los hermanos de antaño nos enseñaron: “Sólo una vida, pronto pasará, sólo lo hecho para Cristo durará”.
    En Hebreos 11:32-40 vemos el triunfo de los fieles en Cristo. En el versículo 34 dice que sacaron fuerzas de debilidad, es decir, de donde no había. Humanamente esto es imposible, pero en el Señor se puede, porque Él nos fortalece. Empezaron en debilidad, pero terminaron venciendo. ¿Cómo? Sólo confiando en el Señor y Su Palabra. Los que se guían por sus sentimientos, lógica o mirando a los demás, no triunfarán al final aunque tengan éxito a corto plazo. Recordemos siempre esto.
    Para que haya victoria, tiene que haber primero lucha, batalla, conflicto, y para ellos y también nosotros hay conflicto, porque el mundo está de momento en manos del maligno, el príncipe de este mundo. Pero la Palabra de Dios es firme – Dios nos da la victoria, y nos lleva siempre en triunfo en el Señor Jesucristo (1 Co. 15:55; 2 Co. 2:14).
    Ahora bien, nuestra victoria no siempre será obvia a los demás. Pablo dijo que cuando era débil, era fuerte. Él había aprendido esto en las muchas pruebas que le sobrevinieron durante su ministerio. Servía a Cristo y le glorificaba, sin embargo tuvo que pasar por pruebas y dificultades. El mundo y los hombres están en manos del maligno y él los usa para atacar al creyente. Vivimos en un mundo que está en guerra espiritual.
    Para conocer esta victoria tenemos que estar en pie de guerra contra el mundo. No podemos hacer las paces, pues la paz la traerá el Capitán de nuestra fe, el Señor, cuando venga a reinar. Hasta entonces nos toca serle fieles en el conflicto y no volver atrás. El mundo odia el evangelio y Cristo, y cuidado, que no nos adaptemos para quedar bien con los del mundo ni busquemos su aprobación. ¡Para qué! Hay que ser fieles a todo costo (véase Sal. 1:1). Entonces en nuestra devoción y fidelidad, aunque haya conflicto, veremos la ayuda del Señor.
    Pablo fue apedreado y dejado por muerto (Hch. 14:20-22). Predicó hasta el punto de ser apedreado, ¡pensemos en esto! Nosotros tenemos que pedir al Señor que nos perdone, hermanos, y que nos quite la cobardía, y que haya verdadera devoción en nuestro corazón y vida.
    Pablo dijo a los nuevos creyentes (Hch. 14:22) que es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino. Les hizo saber desde el principio que hay guerra y conflicto, pero el Señor daría la victoria.
    Hechos 16:20-24 es otro ejemplo de cómo fueron fieles los primeros creyentes y sufrieron por ello: azotados con varas, condenados injustamente y echados en la cárcel. Parecía ser el final de la obra en Filipos, pero Dios tenía otro plan, y Cristo dio la victoria. Más adelante en el capítulo, en los versículos 25-34 se convirtió el carcelero y su familia. De la debilidad salió poder, el poder de Dios usando a Pablo, un vaso débil. Y hoy en día, hermanos, en todo lugar el problema de la iglesia es falta de devoción y fidelidad al Señor, falta de oración y testimonio. Sin estas cosas no hay poder. Si andamos como los del mundo no tendremos poder. El poder y la victoria están en el Señor. Separados de Él nada podemos hacer.

EL GOBIERNO DE DIOS Y LOS GOBIERNOS DE LOS HOMBRES



Texto: Deuteronomio 17:14-20

Dios al dar estas instrucciones indicaba que sabía que Israel le rechazaría y demandaría un rey como las naciones. En 1 Samuel 8:5 vemos que es lo que pasó en tiempos de Samuel. Es un error desear un gobierno como las naciones porque ninguno hay bueno – sólo el de Dios.
    La democracia aunque muy popular hoy en día, no es cristiana. Es otro invento de los hombres. La soberanía no la tiene el pueblo, sino Dios. La democracia se ha metido en todo, la familia, la iglesia, las empresas, todo. Muchos dicen que el gobierno de monarcas es tiranía, y hay muchos caso que sí, pero el plan de Dios es una monarquía benigna y divina, una teocracia. Dios gobernará perfectamente. En el Antiguo Testamento el monarca piadoso y benigno era permitido por Dios como este texto en Deuteronomio bien enseña. Pero como Daniel 2:44 promete, un día Dios pondrá fin a los gobiernos humanos y establecerá un reino que jamás terminará.
    Las primeras generaciones después del diluvio se gobernaban por una especie de democracia, es decir, la voluntad del pueblo. Surgió Nimrod para liderar y decir democráticamente: “hagamos”, etc., y se edificó la ciudad y torre de Babel. Pero Dios los juzgó con confusión de lenguas, parando las pretensiones de Nimrod de unir a todo el mundo bajo su gobierno. Luego, en Daniel 7:1-14, vemos los gobiernos del mundo representado por cuatro bestias.
    La voluntad del pueblo es mala, porque como la Biblia describe la humanidad en Génesis 6, todavía el hombre es así: “la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”.  Cuando Dios mandó el diluvio para juzgar a la mayoría perversa, sólo una menoría se salvó: Noé y siete más. Ocho personas estuvieron en la razón y todo el resto de mundo estaba equivocado. Y desde entonces no ha mejorado. Hoy, gracias a la democracia, mirad en qué mundo vivimos, que anda de mal en peor. Tenemos el aborto, la sodomía, la prostitución, las drogas, el asesinato, y a los que están en las cárceles se les da un sueldo, y los tratan como si tuviesen más derechos que otros. Así es “la voluntad del pueblo”.
    En Números 13 vemos la mayoría de los espías, diez hombres contra dos, y prevalecieron con el pueblo, y el resultado fue que Dios juzgó al pueblo (13:33; 14:1-4). La mayoría, el pueblo soberano, se rebeló contra la voluntad de Dios y pereció. Dios no respeta la mayoría. Fueron advertidos en el versículo 9, “no seáis rebeldes contra Jehová” – es terreno peligroso como pronto aprendieron.
    Otro caso está en Números 16, la rebelión de Coré, que es otro ejemplo de la mayoría. En el versículo 3 hablaron democráticamente: “toda la congregación, todos ellos son santos y en medio de ellos está Jehová”. Pues no. Dios no estaba en medio de ellos, la mayoría. Dios no aprueba ni apoya esto. Dios no está con los más. No es así mis hermanos, ni ahora ni nunca en la historia ha sido así. No digamos esto. Dios está con los que le temen, confían en Él y le obedecer, y son pocos. Aun entre las iglesias hoy en día son pocos, porque hay muchas iglesias con mucha gente, y con clase alta y pudiente, sus médicos, abogados, políticos, etc., y mucha gente alegre, pero alegre porque se sale con la suya. Como se imponga la Palabra de Dios en estos lugares, todos estos se van. El Señor no está con ellos, y Dios tuvo que juzgar duramente a Coré y su séquito para parar esta idea de la voluntad del pueblo.
    En el Nuevo Testamento, Poncio Pilato escuchó la voz de la mayoría porque eran muchos, gritaban e imponían su voluntad. Querían la muerte del Señor Jesús – quitarle de en medio – como el Salmo 2 dice que su juntan y toman consejo contra el Señor. La historia de esta ignominia es triste – la voluntad del pueblo, la soberanía del pueblo.
    Recordemos que con Gedeón el Señor le redujo el gran ejército a una menoría pequeñísima, a trescientos hombres, y estos poquitos ganaron, vencieron a una gran muchedumbre.
    Al rey Amasías el Señor dijo que despidiera aquella gran multitud de impíos (2 Cr. 25:5-12), y así le condujo a la batalla y a la victoria.
    Entonces, ante estos ejemplos, ¿qué hacemos frente al gobierno? Nos sometemos y obedecemos. Pagamos el tributo y oramos. Allí termina nuestra responsabilidad. Los gobiernos son puestos y permitidos por Dios (Ro. 13:1-5), pero no para que participemos en ellos. Dios tiene otro plan para los Suyos. Lo nuestro es predicar el evangelio y seguir al Señor Jesucristo.
    La iglesia no puede crecer mucho en nuestro tiempo, porque crece la democracia y todos creen que tienen voz y voto y pueden hacer lo que quiere la mayoría. No se quieren someter al gobierno de Dios ni a los hombres que Él ha puesto para pastorear y guiar a los santos. Estamos viviendo tiempos como los de los jueces en Israel cuando cada uno hacía lo que le parecía. Eran tiempos malos entonces, y también son malos ahora.
    En las cosas de Dios tiene que haber un mismo sentir, pero guiado por la Palabra de Dios y el Espíritu Santo, no el espíritu del hombre y la lógica humana. Algunos citan Hechos 6 como ejemplo de democracia en la iglesia, pero aquello no era gobierno, sino distribución de comida y por eso la confianza de todos era necesaria porque por eso surgió el conflicto. No hay voz de mayoría en la iglesia, sino unanimidad guiado por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, siguiendo la doctrina apostólica (Hch. 15:22-23; Fil. 2:2; 1 Co. 1:10; Ef. 1:21-22; 5:21).
    En la iglesia Jesucristo es el Señor; es la cabeza, es el Príncipe de los pastores, y Él gobierna. En 1 Corintios 12:12 vemos la unidad: el cuerpo es uno, no una mayoría. El Señor Jesucristo gobierna Su cuerpo. Así que, dejemos estas ideas de hacer sondeo de opinión de todos para ver cuál es la voluntad prevaleciente. No se va a decidir nada así. En la iglesia se debe hacer la voluntad de Dios, como en el cielo, así también en la tierra. Y un día será así en todo el mundo, porque toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Amén.

¿CONSUELO O DOLOR ETERNO?



Texto: Apocalipsis 21:1-8

De visita en el hospital, acompañando a un enfermo, observé muchas cosas – mucho sufrimiento, tristeza, desánimo y debilidad. Vi a una mujer que acompañó cariñósamente a su marido ciego, cinco horas sin soltarle la mano. Hablé con ella para animarla porque me impresionó mucho. Ella me contó que su marido había luchado toda la vida para sacar adelante a su familia y ella no le iba a dejar solo cuando él necesitaba ayuda. Dijo que le tiene gran cariño y gratitud, y qué menos después de todo lo que él había hecho. Me impresionó su cariño, gratitud y constancia, pegada a su lado. Como creyentes, cuando vemos cosas así nos tienen que hacer pensar.
    Nosotros tenemos la seguridad de que el Señor por Su gran amor y a gran coste nos ha salvado, consiguiendo nuestro perdón y bienestar espiritual a precio de Su sangre derramada. No sólo murió en la cruz castigado en nuestro lugar, sino también nos ayuda en todo el camino de la vida en este valle de lágrimas, y aun en valle de la sombre de muerte (Sal. 23:4), y al final, como dice nuestro texto, enjugará toda lágrima (Ap. 21:4). Vivimos con la certidumbre de que Él nunca nos abandonará, sino que nos tratará con cariño en medio de toda prueba y dificultad para que lleguemos al cielo donde habrá consuelo perfecto. Y nuestra llegada al cielo no sólo dará gozo a nosotros, ¡sino también a Él, porque nos quiere! El Señor siempre nos será fiel. Su obra redentora y Su cuidado constante nos deben motivar a la devoción, lealtad y constancia a favor de Aquel que tanto bien nos ha hecho.
    Ante la muerte la persona del mundo está como muchos que he visto en el hospital – sufriendo, y en el camino de morirse sin esperanza. El Señor nos cuida – el versículo 7 dice que Él será nuestro Dios. El Señor no sólo es nuestro Dios ahora, sino que Él nos espera en la eternidad. En cambio, los que no creen, que tienen dioses de madera, o sólo tienen sus filosofías, no tienen nada ahora, y peor es que estarán desamparados y dolidos en la eternidad.
    Pero cuando Dios camina con Su pueblo y Su pueblo con Él, se sobrellevan las cosas. Sí, lloramos, pero Él enjugará toda lágrima (v. 4), y no habrá más muerte. ¿Qué sistema político puede quitar la muerte? ¿Qué hospital puede curar para que no muera nadie? Ninguno. Sólo el Señor quita el llanto, el clamor, el dolor y la muerte porque “las primeras cosas pasaron”; entre ellas, el pecado y el juicio. Ahí no hay dolor, ni enfermedad, ni farmacia, ni ambulancia, ni médico, ni hospital, ni cuidado intensivo, ni cementerio. El postrer enemigo que será destruido es la muerte (1 Co. 15:26). Hoy en día nos dicen que la muerte es natural, es parte del ciclo de la vida, y tratan de negar la enemistad, pero la Biblia llama a la muerte “enemigo” y en Romanos 5:12 declara que vino a causa del pecado. No es natural la muerte, y no habrá muerte con el Señor en el cielo, porque no habrá pecado allá.
    El creyente muere y se va a la presencia de Cristo en la gloria, “lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:23). Cuán agradecidos y animados debemos estar. Tenemos que pasar por la muerte si el Señor no viene antes, pero por ella llegaremos a la gloria con el Señor.  El Apocalipsis 21:5 Dios declara: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. El versículo 7 dice acerca del creyente: “Yo seré su Dios, y él será mi hijo”. La familia de Dios no se desintegra nunca. Como dice el corito: “¡Qué maravilla es tener una familia en Cristo Jesús!”, porque es la familia eterna. Ahora somos miembros de la familia de Dios (Ef. 2:19), y la muerte no disuelve estos lazos de amor eterno. ¡Cobremos ánimo, y seamos fieles y devotos al que tanto ha hecho por nosotros!
    Pero, ¡qué diferencia para los que no creen, sino viven en el pecado. El versículo 8 declara: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”. Allá nadie les enjugará las lágrimas, y hay eterno dolor y llanto en la segunda muerte. Amigo, al cielo no se va por casualidad, ni por mérito, ni por religión, sino por decisión, por la fe, la confianza en el Señor Jesucristo. Pero los del versículo 8 no son del Señor, y lo demuestran cada día con sus actitudes y hechos. La gente que vive así no va al cielo, si no se arrepiente, si no confía en Cristo confesándole como Señor, y el tiempo de la paciencia de Dios se está acabando. Hoy todavía es día de salvación, pero la muerte está a la vuelta de la esquina, y por ella los incrédulos serán transportados al juicio y al castigo eterno. De ahí el consejo del profeta Isaías 55:6, “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano”.

Wednesday, April 19, 2017

EL DESALIENTO

Texto: Números 21:4-9

¿Quién es el que no se ha encontrado desalentado? El diccionario define el desaliento como falta de ánimo, falta de vigor, descorazonamiento, miedo, aislamiento y falta de confianza. “Desaliento” y “desánimo” son términos bíblicos; no digamos “depresión” porque es un término que los psicólogos usan, popularizan y por supuesto sacan provecho económico.
    En nuestro texto el pueblo de Israel se desanimó. Los siervos de Dios también se desaniman a veces, como Elías, David y Jonás y Pablo. El desaliento afecta la vida espiritual, el servicio, y puede afectar la salud física. ¿Qué provoca el desaliento? Varias cosas.
    En el caso de David en lo referente a Absalón, era porque sembró pecado y le vino una cosecha amarga como castigo del Señor. Los problemas, los conflictos y las pérdidas causaron tristeza y desánimo.
    Cuando las cosas no salen como queremos, podemos ser desalentados. Esto le pasó al pueblo de Israel. Tenía que estar en el desierto para aprender los caminos de Dios, y como no quería esto, y se cansaba del maná celestial que Dios le daba, se desalentó y se volvió quejoso y difícil de gobernar.
    En el Salmo 73 vemos que Asaf el salmista se desanimó viendo la prosperidad de los malos. Cuando vemos que a los que no creen en Dios les van bien las cosas, y aparentemente están felices y tienen éxito, esto nos puede molestar y desanimar, especialmente cuando a nosotros no nos van tan bien las cosas. “¿Para qué vivo así?” uno puede preguntarse. Pero hay que leer todo el salmo y saber cómo salió de estos pensamientos amargos y desalentadores. En el Salmo 37:1-7 tenemos los consejos aplicables a tales casos: “No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia...”  El Señor nos aconseja acerca de nuestra actitud. “Confía en Jehová” (v. 3). “Deléitate asimismo en Jehová” (v. 4). “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él” (v. 5). “Guarda silencio ante Jehová [quiere decir: “no te quejes”], y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino...” (v. 7). En España usamos un refrán que dice: "A todo puerco le llega su sanmartín", (San Martín es la fecha de invierno - frío - cuando comienzan tradicionalmente las matanzas). Quiere decir: "a todo malo le llegará su juicio". No entretengamos pensamientos amargos, quejosos, ni nos alteremos cuando a éstos les van bien las cosas, porque al final tendremos dicha eterna y ellos, castigo eterno.
    Puede venir el desaliento en el retraso de las oraciones, cuando no vemos la respuesta que buscamos, cuando pasa tiempo y parece que no hay respuesta. “La esperanza que se demora es tormento del corazón” (Pr. 13:12). Pero Dios sabe mejor que nosotros cómo y cuándo responder a las peticiones. Si fuéramos Dios, haríamos lo mismo que Él. Moisés tuvo que esperar en el desierto cuarenta años hasta que llegara el tiempo de Dios para enviarle a sacar a Su pueblo.
    El pecado no confesado también puede traernos desánimo, porque nos aflige la conciencia, el Espíritu Santo nos convence de pecado, y andamos fuera de comunión con el Señor y con los Suyos. Esta situación es la del Salmo 32 cuando David describe cómo vivía atormentado y desanimado hasta que confesó su pecado. Dios puso Su mano sobre él día y noche. Hebreos 12:5 nos recuerda que no debemos desmayar cuando somos reprendidos por Él, y lo dice precisamente porque es la reacción natural que tenemos, la autocompasión y el desánimo. A veces tomamos decisiones por nuestra cuenta y actuamos fuera de la voluntad del Señor. Luego cuando vienen problemas, los frutos de nuestros hechos, nos quejamos como si el Señor nos hubiese hecho mal, ¡pero Él no tiene la culpa! Permite los frutos amargos para que aprendamos y para que nos arrepintamos. Pero el camino de los transgresores es duro (Pr. 13:15).
    Una enfermedad mala, o prolongada, quita la fuerza y el vigor, y agota la paciencia. Job aguantó bien al principio pero al pasar tiempo perdía resistencia, se quedó desanimado y deseaba morirse. David expresó en el Salmo 6 sus sufrimientos durante una enfermedad persistente: "Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy turbada; y tú, Jehová, ¿hasta cuándo?" (vv. 2-3).
    Cuando nos critican y hablan mal de nosotros o murmuran de nosotros, esto también puede afectar nuestro estado de ánimo. Consideremos algunos textos que demuestran esto. El Salmo 35:11-12 dice: “Se levantan testigos malvados; de lo que no sé me preguntan; me devuelven mal por bien, para afligir a mi alma”.  El Salmo 31:12-13 dice: “He venido a ser como un vaso quebrado, porque oigo la calumnia de muchos”. El Salmo 109:22-25 dice: “Porque yo estoy afligido y necesitado, y mi corazón está herido dentro de mí. Me voy como la sombra cuando declina; soy sacudido como langosta. Mis rodillas están debilitadas a causa del ayuno, y mi carne desfallece por falta de gordura. Yo he sido para ellos objeto de oprobio; me miraban, y burlándose meneaban su cabeza”.  Una táctica vieja del diablo es usar amigos, hermanos en la fe y familia para traicionar y criticar. Primero confiamos en ellos, y luego cambian, nos abandonan o atacan, y es algo que suele causar gran desánimo.
    Cuando uno sufre oposición en el ministerio, y es malentendido y criticado por el pueblo, eso también puede causar desaliento. En Jeremías 20:7-10 vemos que el profeta llegó a decir que no hablaría más del Señor, que es lo que el diablo y el pueblo desobediente querían. Pero gracias a Dios, no pudo guardar silencio, porque la Palabra de Dios ardía en su corazón. Estos son problemas que padecen los que desean ser fieles ministros del Señor en tiempos de dejadez y mundanalidad.
    La muerte de un ser querido también trae tristeza y puede tentarnos a ceder al desaliento. En 2 Samuel 18:33-19:4 vemos la extrema tristeza y el desánimo del rey David sobre la muerte de su hijo rebelde Absalón. En Juan 11 vemos la tristeza natural de Marta y María después de la muerte de Lázaro. 1 Tesalonicenses 4:13 nos recuerda que aunque haya tristeza, en el caso de los creyentes no es como la tristeza de los que no tienen esperanza, porque habrá feliz reunión en la casa del Padre. Lamentamos, lloramos, y sentimos la ausencia de nuestro ser querido, pero tenemos que seguir adelante en la vida que el Señor nos concede.
    En el desaliento siempre quiere obrar y aprovecharse el diablo. Él provoca malas reacciones y busca quitarnos el gozo, la eficacia de nuestro testimonio y hacernos inútiles al Señor, nuestros hermanos y la iglesia. Te puede tentar a tirar la toalla, o a pensar mal de todos y sospechar a todos. En el Salmo 116:10-11 leemos: “Estando afligido en gran manera. Y dije en mi apresuramiento: Todo hombre es mentiroso”. Hay que tener cuidado con los juicios y las decisiones cuando uno está desanimado. Un anciano en una iglesia, después de un disgusto por una traición, dijo que no se iba a fiar de nadie en la iglesia fuera de los de su propia casa. El desaliento puede convertirte en quejoso, criticón y murmurador. Puede afectar tu comunión con el Señor, si dejas de leer Su Palabra, meditar en ella, orar, asistir a las reuniones y participar en ellas. Parte de la definición del desaliento es la pérdida de confianza y el aislamiento. Cuando uno deja de reunirse, anda en peligro espiritual, y por esto tenemos la exhortación en Hebreos 10:25.  También podemos sentir miedo, o desgana, o molestia, o ira y enojo. Son reacciones naturales o carnales, pero hay que remediarlos.
    1. Busca a Dios y clama a Él con todo el alma (Sal. 34:4; 42:1-2). El Señor escucha nuestro clamor y se acerca a los que se acercan a Él.
    2. Humíllate, quebrántate y confiesa el pecado (Sal. 32; Pr. 28:13; 1 Jn. 1:9; 2:1). El Señor es nuestro abogado para ayudarnos cuando pequemos. Pero no hay que hablar justificándonos ni hablando de lo que los demás nos han hecho. No hay que arrastrar ni implicar a nadie más, sino sólo confesar lo nuestro. Es el camino corto a la restauración de la comunión y la bendición, pero muchos por orgullo no quieren tomarlo.
    3. Espera en el Señor (Is. 40:30-31). Cuando sentimos agotadas nuestras fuerzas, recordemos que el Señor tiene poder inagotable y Él puede rejuvenecernos y fortalecernos. “No puedo más” es lo que dice él que confía en sí mismo, no él que confía en el Señor.
    4. Recuerda Sus promesas. “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). “El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (He. 13:6). “En el día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56:3). “No os afanéis...vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mt. 6:31-32). “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9).
    5. Recuerda todo el bien que te ha hecho, como hizo el salmista Asaf cuando estaba desconsolado. “Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas. Meditaré en todas tus obras, y hablaré de tus hechos” (Sal. 77:10-12).
    6. Entra en el santuario [en la presencia de Dios a través de Su Palabra y en meditación y oración] y contempla el fin de los incrédulos, el juicio de los malignos, para que no les tengas más envidia (Sal. 73:17-24).
    7. Eleva la mira al Señor en gloria (Col. 3:1-4). Si nos ocupamos de toda la maldad que hay en el mundo, las malas noticias, los problemas, la maldad que siempre se aumenta y la falta de juicio, podemos quedarnos amargos. Siempre hay que poner los ojos en el Señor en gloria y esperar en Él. Los hombres pueden fallar, pero Cristo nunca. Él no ha abandonado el trono ni lo hará. Contemplándole a la diestra del Padre nos ayuda a poner las cosas en perspectiva y renovar la esperanza. Nuestro Dios es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Co. 1:3).
    8. Toma fuerza de la gracia del Señor. “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9), significa que si estamos andando en comunión con el Señor, podemos gloriarnos en nuestras debilidades, para que repose sobre nosotros el poder de Cristo. Pablo dijo: “Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:10).
    9. Busca la comunión de los santos; no te aísles ni te retires de tus hermanos, de la iglesia (He. 10:25). Dios consoló a Pablo y otros con la venida de Tito (2 Co. 7:6). La comunión nos anima y nos fortalece.
    Que el Señor nos ayude a reaccionar bien ante las adversidades y los problemas de nuestros tiempos. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla, el 18 de julio, 2010

Saturday, November 12, 2016

LOS AMIGOS DE DIOS



Texto: Juan 15:15
 
He aquí un título importante que el Señor nos da: “amigos”. El Dios de la gloria, hecho hombre, estando en la tierra, miró a esos hombres y les dijo: “amigos”. Es maravilloso que Él quiera la amistad con seres humanos. Ya no les llama siervos, esclavos, porque los libró de esclavitud y servidumbre. Hoy lo mismo es verdad con nosotros. Él ganó la amistad con nosotros mediante la cruz (v. 13).
    No a todas las personas se puede decir cosas íntimas, pero el Señor nos da a conocer las cosas Suyas, porque somos amigos, tenemos intimidad con Él. Es la posición en la que Dios coloca al creyente. Y el versículo 14 dice que Sus amigos hacen lo que Él manda. Esa es la práctica y la prueba de la amistad con Dios. El amigo de Dios no aprovecha su amistad con Él para hacer su propia voluntad y no obedecer, al contrario, porque es amigo, obedece. Desea agradar al Señor y serle leal.
    “Yo os he amado”, dijo en el versículo 12, y lo demostró poniendo Su vida, sacrificándose para nuestro eterno bien. ¿No debemos sacrificarnos para hacer Su voluntad, como amigos agradecidos? (véase Ro. 12:1-2). ¿Qué amigo siempre hace lo que desagrada y entristece?
    Es verdad que el amor muchas veces ha sido manipulado, y más ha sido manipulado en el ámbito religioso. Algunos han usado amor para prescindir de la justicia, la santidad, la lealtad y la obediencia. A veces profesan tener amor y ser nuestros amigos, pero luego se echan atrás y nos traicionan, manifestando que su amor era amor propio, no otra cosa. El amor está en su boca, pero no en su vida. En cambio, Proverbios 17:17 declara: “En todo tiempo ama el amigo”. Es la responsabilidad del amigo verdadero. ¿Y con quién es más importante la amistad que con Dios? Debemos recordar que el Señor, por amor, fue obediente aun hasta muerte de cruz. Él quiere que amemos como Él, que seamos amigos verdaderos. Otra vez, declara en Juan 15:14, “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”.
    Miremos en Génesis 18:17 donde Dios dijo que no encubriría de Abraham lo que hacía. Esa es la confianza e intimidad de la amistad. Santiago 2:23 nos recuerda que Abraham fue llamado amigo de Dios. En Génesis 18:19 Dios dijo que confiaba que él mandaría a sus hijos y su casa a guardar los caminos de Dios. Abraham era Su amigo, y valoró la amistad con Dios por encima de todo lo demás. El amor aquí es verdadero, no falseado como muchas veces hoy en día, sino en verdad.
    En Éxodo 33:11 leemos: “Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero”. Así hablaba Dios con Moisés, como habla uno con su amigo, con alguien de confianza.
    En 1 Samuel 13:14 leemos que Jehová buscó un varón conforme a Su corazón, y esto habla de amistad y comunión. Ese hombre era David.
    Esta es una amistad santa y leal, no como la versión de amor que se habla mucho hoy como algo blando y permisivo. El amor espiritual y verdadero no es así. Dios tuvo amistad con Abraham, con Moisés, con David y como Juan 15 dice, con los apóstoles. Muchos hoy en día no conocen esta amistad porque, aunque Dios está en su boca, su corazón está lejos de Él. Aman al mundo y las cosas que están en el mundo, justo como 1 Juan 2:15-17 prohibe. Y Santiago 4:4 declara llanamente: “Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios”.
    Salmo 25:14 dice que la comunión íntima con Dios es con los que le temen. Si tuviéramos este temor, amor y comunión con Dios en las iglesias, serían otras, y la condición espiritual sería muy diferente. Cada uno debe preguntarse: “¿Realmente me manifiesto amigo de Dios?” Que el Señor nos hable al corazón y nos ayude a vivir en esta amistad con Dios. Es la mejor amistad, con el mejor Amigo, que dura para siempre. 
 
de un estudio dado por Lucas Batalla el 10 de julio, 2014

Tuesday, September 27, 2016

LAS BENDICIONES DE LA PIEDAD



Texto: Salmo 112

El salmista nos invita a vivir en las bendiciones de Dios. El primer versículo presenta la puerta o entrada a las bendiciones. Cuando uno quiere entrar en una casa o almacén, hay una puerta de acceso que debe usar, y es así en este salmo. El primer versículo dice que temiendo a Dios y deleitándose en Su Palabra “en gran manera” conducen a las bendiciones de Dios. Son cosas que le honran y le agradan (véase 110:10). El que se complace en obedecer y honrar a Dios será bendito, porque anda en comunión con Él.
    El versículo 2 promete bendición también sobre sus descendientes, y eso es algo que interesa a todo padre y madre. Nos preocupamos y pedimos por los de nuestra familia que no conocen al Señor o no le siguen, por la sencilla razón de que por afecto natural queremos su bien, y sabemos que su camino no conduce al bien. Y el Señor promete tenerlos en cuenta, lo cual es una bendición y un consuelo a los padres piadosos. El Salmo 25:12-13 dice: “¿Quién es el hombre que teme a Jehová? Él le enseñará el camino que ha de escoger. Gozará él de bienestar, y su descendencia heredará la tierra”. Esto no elimina la necesidad de arrepentimiento y fe de parte de nuestros hijos, por supuesto, porque no se salvarán por la fe de sus padres. Pero Dios tiene en cuenta la descendencia de los piadosos, y obra en sus vidas.
    El versículo 3 enseña que hay una justicia que no será quitada porque es un regalo de la gracia de Dios. No es la justicia de la ley, ni de las obras, sino la que viene por la fe (Ro. 4:5-6). Es la justicia de Cristo. También habla de “bienes y riquezas”, y aquí debemos pensar en más que lo material, aunque ciertamente el Señor provee para los Suyos. Pero las verdaderas riquezas son eternas (véase Lc. 16:11, “lo verdadero”). El tesoro en el cielo nunca se envejece ni pierde su valor.
    El versículo 4 dice: “resplandece en las tinieblas luz a los rectos”. El que anda en comunión con Dios tiene luz cuando los demás no la tienen. El Salmo 97:11 dice que “luz está sembrada para el justo”. La luz de Dios nos guía, y además nos afecta; produce piedad en el carácter y comportamiento. “Es clemente, misericordioso y justo”. El versículo 5 sigue con el fruto, diciendo: “tiene misericordia y presta; gobierna sus asuntos con justicia”.
    Promete el versículo 6 que “no resbalará jamás”. Tiene seguridad de salvación. “En memoria eterna será el justo”. Dios no le olvida, ni le desampara.
    El versículo 7 menciona que “no tendrá temor de malas noticias”. La muerte no le asusta como a los que no conocen al Señor. Teme a Dios (v. 1), no las circunstancias. Hay muchas malas noticias en el mundo hoy en día, y al oír de robos, homicidios, terremotos y otros cataclismos, la gente se preocupa. Pero los creyentes estamos en manos del Todopoderoso, y el que nos guarda no duerme (Sal. 121:3-4). “Su corazón está firme, confiado en Jehová”. No confiamos en promesas de hombres, ni ayuda de hombres, sino en el Señor. El que no anda en comunión con Dios, que no confía realmente en Él, cuando pase pruebas o necesidad siempre va buscando la ayuda de los hombres, porque en ellos confía. Pero Mateo 6 enseña que nuestro Padre celestial es quién nos cuida y provee todo lo que necesitamos. Salmo 91:1 dice:

    “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombre del Omnipotente”.

    El versículo 8 describe la bendición de tener asegurado el corazón y no temer, y además dice que verá su deseo en sus enemigos. Aquellos que no se arrepienten, que no se convierten, serán juzgados y castigados. Por esto el que anda con Dios puede dejar lugar para la venganza de Dios en lugar de vengarse a sí mismo. Aun nuestro Señor, cuando sufría, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga justamente. Y en cuanto a nosotros, nuestros enemigos peores son la carne, el mundo y el diablo. En el Salmo 118:7-9 leemos:

    “Jehová está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen. Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes”.

    El versículo 9 comenta otra vez algo del versículo 5, al decir que “reparte, da a los pobres”. Es bendecido, y es una bendición a otros, porque es generoso y misericordioso. Al decir “los pobres”, se refiere a los verdaderamente pobres, no los pobres por gusto, los mendigos profesionales. Da pena ver a esa gente que no quiere trabajar, y además enseña a sus hijos también a mendigar. No ayudamos a la gandulería, sino a los verdaderamente necesitados. Algunos de ellos son siervos del Señor, que renunciaron un empleo para dedicarse a la obra, y viven esperando en Dios. Debemos repartir, no retener, y siempre mostrar caridad y generosidad a los tales, ayudando prioritariamente a los de la familia de la fe (Gá. 6:10), pues así manda el Señor.
    El versículo 10 presenta un contraste final: la maldición de los que no creen. Ellos ven la bendición, pero no la experimentan. Y se irritan. Y se consumen. Y su deseo perece. No tienen nada. Aunque hayan ganado todo el mundo, pierden su alma, y perecerán destituidos de todo lo bueno. Así será para ellos por toda la eternidad. Es la otra opción: los que no quieren temer a Dios pueden vivir ahora como les parece, pero al final sufrirán terrible pérdida. El Salmo 86:17 dice: “Haz conmigo señal para bien, y véanla los que me aborrecen, y sean avergonzados, porque tú, Jehová, me ayudaste y me consolaste”. Debemos orar y pedir así siempre, y vivir en el temor de Dios, porque es la vida bendecida. Amén.

Wednesday, September 7, 2016

ESPERANZA EN MEDIO DE PRUEBAS


Texto: Job 8:21    

Bildad, aunque equivocado acerca del caso de Job, dice unas cosas preciosas acerca de Dios en este capítulo. Por ejemplo, los versículos 5-7, 9, 13 y 20 son verdades que debemos recordar. Cada uno merece meditación. Es difícil comprender todo lo que Job sufrió, pero el versículo 21 le daba esperanza. “Aun llenará tu boca de risa, y tus labios de júbilo”. Queremos pensar un poco en este versículo tan hermoso. Job no iba a sufrir siempre, sino que al final vendría alivio. Y esto es algo que nos da esperanza a nosotros los creyentes tantos siglos después. Al sufrir es importante recordar que sólo es un capítulo en el libro de nuestra vida, y no es todo, y no siempre será así.
    En el Salmo 126: 1-3 Israel se consolaba en tiempos difíciles con la esperanza de la intervención del Señor a favor suyo. “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan”.  También nosotros debemos pensar así y no perder la esperanza. Vienen mejores tiempos, y mientras tanto Dios da suficiente gracia para sostenernos en las pruebas, sacarnos de ellas y llevarnos adelante.
    Santiago 1:2-3 nos dice que el creyente pasa muchas veces por dificultades y pruebas. Es parte de la vida en este mundo lleno de pecado. Hay lucha con el diablo y no nos deja en paz. Él atacó a Job, luego a Zacarías, luego pidió zarandear a Pedro, y Apocalipsis 12 dice que acusa día y noche a los hermanos. Pedro le describe como león rugiente que anda buscando a quién devorar. Nuestro adversario es el príncipe de este mundo. De momento él gobierna aquí, y como somos de Cristo, él nos tiene del ojo izquierdo. Él diablo nos ataca de muchas maneras: problemas de salud, trabajo, tragedias y conflictos, necesidades, la crueldad e incomprensión de otros, la traición de familia y amigos íntimos, dudas, temores, etc.
    Pero hermanos míos, a veces nosotros mismos nos metemos en problemas por malas decisiones, en carreras o trabajos que nos consumen todo el tiempo, nos alejan de los que nos pastorean y cuidan espiritualmente, y nos privan de tiempo para reunirnos, leer la Biblia, orar y tener la comunión que tanto necesitamos. O nos metemos en situaciones donde nos quieren obligar a mentir o andar siempre en mal ambiente y con personas que son malos compañeros. Recordemos que el Salmo 1:1 declara la bienaventuranza de los que NO hagan esto. La separación del mal es importante para la salud espiritual.
    No hay nada difícil para Dios. Él puede darte lo que necesitas, pero escucha, lo que Él da no te perjudica espiritualmente. Las bendiciones de Dios no son dañinas. Pero hay que esperar en Él y seguir Su guía, no hacer las cosas confiando en nuestra propia sabiduría (Pr. 3:5-6).
    El Salmo 25:17 dice: “las angustias de mi corazón se han aumentado”. Así tenemos que orar cuando estamos en pruebas o luchando con temores. Oremos así y acerquémonos a Él. El versículo 18 pide misericordia y ayuda diciendo: “mira... mi trabajo”. Pero muchos no pueden decir esto porque no sirven al Señor sino a sí mismos. No le hacen ningún trabajo, ni siquiera vienen a las reuniones, ni leen la Palabra, ni la meditan, ni oran, ni testifican. ¿Qué pueden decir estos al Señor cuando vengan las pruebas? Pero el salmista ora como creyente fiel que busca ayuda del Señor y su tribulación. Cuando uno confía en el Señor y anda en comunión con Él, puede estar seguro de que vienen mejores tiempos. Cuando uno no anda así, para tener esta esperanza debe arrepentirse, apartarse de su pecado y cualquier cosa que tiene enredado su corazón, y echarse a los pies del Señor buscando Su misericordia y socorro. Tenemos un Dios compasivo y bueno, que quiere ayudarnos y hacernos bien. Dejémosle hacerlo, y confiemos siempre en Él. Amén.