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Wednesday, April 19, 2017

EL DESALIENTO

Texto: Números 21:4-9

¿Quién es el que no se ha encontrado desalentado? El diccionario define el desaliento como falta de ánimo, falta de vigor, descorazonamiento, miedo, aislamiento y falta de confianza. “Desaliento” y “desánimo” son términos bíblicos; no digamos “depresión” porque es un término que los psicólogos usan, popularizan y por supuesto sacan provecho económico.
    En nuestro texto el pueblo de Israel se desanimó. Los siervos de Dios también se desaniman a veces, como Elías, David y Jonás y Pablo. El desaliento afecta la vida espiritual, el servicio, y puede afectar la salud física. ¿Qué provoca el desaliento? Varias cosas.
    En el caso de David en lo referente a Absalón, era porque sembró pecado y le vino una cosecha amarga como castigo del Señor. Los problemas, los conflictos y las pérdidas causaron tristeza y desánimo.
    Cuando las cosas no salen como queremos, podemos ser desalentados. Esto le pasó al pueblo de Israel. Tenía que estar en el desierto para aprender los caminos de Dios, y como no quería esto, y se cansaba del maná celestial que Dios le daba, se desalentó y se volvió quejoso y difícil de gobernar.
    En el Salmo 73 vemos que Asaf el salmista se desanimó viendo la prosperidad de los malos. Cuando vemos que a los que no creen en Dios les van bien las cosas, y aparentemente están felices y tienen éxito, esto nos puede molestar y desanimar, especialmente cuando a nosotros no nos van tan bien las cosas. “¿Para qué vivo así?” uno puede preguntarse. Pero hay que leer todo el salmo y saber cómo salió de estos pensamientos amargos y desalentadores. En el Salmo 37:1-7 tenemos los consejos aplicables a tales casos: “No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia...”  El Señor nos aconseja acerca de nuestra actitud. “Confía en Jehová” (v. 3). “Deléitate asimismo en Jehová” (v. 4). “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él” (v. 5). “Guarda silencio ante Jehová [quiere decir: “no te quejes”], y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino...” (v. 7). En España usamos un refrán que dice: "A todo puerco le llega su sanmartín", (San Martín es la fecha de invierno - frío - cuando comienzan tradicionalmente las matanzas). Quiere decir: "a todo malo le llegará su juicio". No entretengamos pensamientos amargos, quejosos, ni nos alteremos cuando a éstos les van bien las cosas, porque al final tendremos dicha eterna y ellos, castigo eterno.
    Puede venir el desaliento en el retraso de las oraciones, cuando no vemos la respuesta que buscamos, cuando pasa tiempo y parece que no hay respuesta. “La esperanza que se demora es tormento del corazón” (Pr. 13:12). Pero Dios sabe mejor que nosotros cómo y cuándo responder a las peticiones. Si fuéramos Dios, haríamos lo mismo que Él. Moisés tuvo que esperar en el desierto cuarenta años hasta que llegara el tiempo de Dios para enviarle a sacar a Su pueblo.
    El pecado no confesado también puede traernos desánimo, porque nos aflige la conciencia, el Espíritu Santo nos convence de pecado, y andamos fuera de comunión con el Señor y con los Suyos. Esta situación es la del Salmo 32 cuando David describe cómo vivía atormentado y desanimado hasta que confesó su pecado. Dios puso Su mano sobre él día y noche. Hebreos 12:5 nos recuerda que no debemos desmayar cuando somos reprendidos por Él, y lo dice precisamente porque es la reacción natural que tenemos, la autocompasión y el desánimo. A veces tomamos decisiones por nuestra cuenta y actuamos fuera de la voluntad del Señor. Luego cuando vienen problemas, los frutos de nuestros hechos, nos quejamos como si el Señor nos hubiese hecho mal, ¡pero Él no tiene la culpa! Permite los frutos amargos para que aprendamos y para que nos arrepintamos. Pero el camino de los transgresores es duro (Pr. 13:15).
    Una enfermedad mala, o prolongada, quita la fuerza y el vigor, y agota la paciencia. Job aguantó bien al principio pero al pasar tiempo perdía resistencia, se quedó desanimado y deseaba morirse. David expresó en el Salmo 6 sus sufrimientos durante una enfermedad persistente: "Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy turbada; y tú, Jehová, ¿hasta cuándo?" (vv. 2-3).
    Cuando nos critican y hablan mal de nosotros o murmuran de nosotros, esto también puede afectar nuestro estado de ánimo. Consideremos algunos textos que demuestran esto. El Salmo 35:11-12 dice: “Se levantan testigos malvados; de lo que no sé me preguntan; me devuelven mal por bien, para afligir a mi alma”.  El Salmo 31:12-13 dice: “He venido a ser como un vaso quebrado, porque oigo la calumnia de muchos”. El Salmo 109:22-25 dice: “Porque yo estoy afligido y necesitado, y mi corazón está herido dentro de mí. Me voy como la sombra cuando declina; soy sacudido como langosta. Mis rodillas están debilitadas a causa del ayuno, y mi carne desfallece por falta de gordura. Yo he sido para ellos objeto de oprobio; me miraban, y burlándose meneaban su cabeza”.  Una táctica vieja del diablo es usar amigos, hermanos en la fe y familia para traicionar y criticar. Primero confiamos en ellos, y luego cambian, nos abandonan o atacan, y es algo que suele causar gran desánimo.
    Cuando uno sufre oposición en el ministerio, y es malentendido y criticado por el pueblo, eso también puede causar desaliento. En Jeremías 20:7-10 vemos que el profeta llegó a decir que no hablaría más del Señor, que es lo que el diablo y el pueblo desobediente querían. Pero gracias a Dios, no pudo guardar silencio, porque la Palabra de Dios ardía en su corazón. Estos son problemas que padecen los que desean ser fieles ministros del Señor en tiempos de dejadez y mundanalidad.
    La muerte de un ser querido también trae tristeza y puede tentarnos a ceder al desaliento. En 2 Samuel 18:33-19:4 vemos la extrema tristeza y el desánimo del rey David sobre la muerte de su hijo rebelde Absalón. En Juan 11 vemos la tristeza natural de Marta y María después de la muerte de Lázaro. 1 Tesalonicenses 4:13 nos recuerda que aunque haya tristeza, en el caso de los creyentes no es como la tristeza de los que no tienen esperanza, porque habrá feliz reunión en la casa del Padre. Lamentamos, lloramos, y sentimos la ausencia de nuestro ser querido, pero tenemos que seguir adelante en la vida que el Señor nos concede.
    En el desaliento siempre quiere obrar y aprovecharse el diablo. Él provoca malas reacciones y busca quitarnos el gozo, la eficacia de nuestro testimonio y hacernos inútiles al Señor, nuestros hermanos y la iglesia. Te puede tentar a tirar la toalla, o a pensar mal de todos y sospechar a todos. En el Salmo 116:10-11 leemos: “Estando afligido en gran manera. Y dije en mi apresuramiento: Todo hombre es mentiroso”. Hay que tener cuidado con los juicios y las decisiones cuando uno está desanimado. Un anciano en una iglesia, después de un disgusto por una traición, dijo que no se iba a fiar de nadie en la iglesia fuera de los de su propia casa. El desaliento puede convertirte en quejoso, criticón y murmurador. Puede afectar tu comunión con el Señor, si dejas de leer Su Palabra, meditar en ella, orar, asistir a las reuniones y participar en ellas. Parte de la definición del desaliento es la pérdida de confianza y el aislamiento. Cuando uno deja de reunirse, anda en peligro espiritual, y por esto tenemos la exhortación en Hebreos 10:25.  También podemos sentir miedo, o desgana, o molestia, o ira y enojo. Son reacciones naturales o carnales, pero hay que remediarlos.
    1. Busca a Dios y clama a Él con todo el alma (Sal. 34:4; 42:1-2). El Señor escucha nuestro clamor y se acerca a los que se acercan a Él.
    2. Humíllate, quebrántate y confiesa el pecado (Sal. 32; Pr. 28:13; 1 Jn. 1:9; 2:1). El Señor es nuestro abogado para ayudarnos cuando pequemos. Pero no hay que hablar justificándonos ni hablando de lo que los demás nos han hecho. No hay que arrastrar ni implicar a nadie más, sino sólo confesar lo nuestro. Es el camino corto a la restauración de la comunión y la bendición, pero muchos por orgullo no quieren tomarlo.
    3. Espera en el Señor (Is. 40:30-31). Cuando sentimos agotadas nuestras fuerzas, recordemos que el Señor tiene poder inagotable y Él puede rejuvenecernos y fortalecernos. “No puedo más” es lo que dice él que confía en sí mismo, no él que confía en el Señor.
    4. Recuerda Sus promesas. “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). “El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (He. 13:6). “En el día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56:3). “No os afanéis...vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mt. 6:31-32). “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9).
    5. Recuerda todo el bien que te ha hecho, como hizo el salmista Asaf cuando estaba desconsolado. “Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas. Meditaré en todas tus obras, y hablaré de tus hechos” (Sal. 77:10-12).
    6. Entra en el santuario [en la presencia de Dios a través de Su Palabra y en meditación y oración] y contempla el fin de los incrédulos, el juicio de los malignos, para que no les tengas más envidia (Sal. 73:17-24).
    7. Eleva la mira al Señor en gloria (Col. 3:1-4). Si nos ocupamos de toda la maldad que hay en el mundo, las malas noticias, los problemas, la maldad que siempre se aumenta y la falta de juicio, podemos quedarnos amargos. Siempre hay que poner los ojos en el Señor en gloria y esperar en Él. Los hombres pueden fallar, pero Cristo nunca. Él no ha abandonado el trono ni lo hará. Contemplándole a la diestra del Padre nos ayuda a poner las cosas en perspectiva y renovar la esperanza. Nuestro Dios es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Co. 1:3).
    8. Toma fuerza de la gracia del Señor. “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9), significa que si estamos andando en comunión con el Señor, podemos gloriarnos en nuestras debilidades, para que repose sobre nosotros el poder de Cristo. Pablo dijo: “Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:10).
    9. Busca la comunión de los santos; no te aísles ni te retires de tus hermanos, de la iglesia (He. 10:25). Dios consoló a Pablo y otros con la venida de Tito (2 Co. 7:6). La comunión nos anima y nos fortalece.
    Que el Señor nos ayude a reaccionar bien ante las adversidades y los problemas de nuestros tiempos. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla, el 18 de julio, 2010

Monday, July 11, 2016

RECHAZADO


Texto: Hechos 18:5-11

Duele mucho ser rechazado cuando testificamos, pero así es el mundo en que nos toca vivir. No sólo le rechazan al Señor, que es lo peor, sino que también a nosotros – y esto nos hace difícil el trabajo, porque como seres humanos que somos, con nuestros debilidades y fallos, nos cuesta soportar el rechazo y mantener el ánimo.
    El apóstol Pablo aparentemente acabó tan dolido por esa reacción mencionada en el versículo 6, “oponiéndose y blasfemando”, que luego el Señor tuvo que acercarse (vv. 9-10) para animarle y prometerle protección. La promesa que le dio todavía está vigente en nuestros días.
    Cuando hablemos de Cristo el diablo se enfurece, y lo expresa en la cara y la voz de los inconversos – puede ser un vecino, un amigo o nuestra propia familia – pero nos trata con rechazo, desprecio, y hasta blasfeman a veces. Esto es duro de soportar, nos duele ver y sentir la dureza del ser humano ante el amor y la verdad de Dios. Pero recuerda que Dios lo tiene que ver y oír todos los días, muchísimo más que nosotros, y Él nos llama a la comunión con Él. Así que aun en lo que sufrimos porque testificamos tenemos comunión con el Señor. Mejor es identificarnos con Él, pues 2 Timoteo 2:12 promete: “Si sufrimos, también reinaremos con Él”.
    Cada día la gente se vuelve más dura, resistente y antipática, pero el Señor sufrió en la cruz para traernos el evangelio y debemos ser fieles anunciadores. A Él le tocó morir por los pecados de la humanidad; a nosotros nos toca anunciar Su muerte y resurrección. Visto así, es un privilegio y una gran responsabilidad. Debemos ser incansables y no tímidos en el trabajo que el Señor nos encargó. Él dio la cara por nosotros en la cruz, y podemos dar la cara por Él ante los inconversos, pues nunca vamos a sufrir tanto como Él.
    En 2 Timoteo 3:12 se nos dice que “todo el que quiere vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerá persecución”. Realmente tenemos que esperar esa reacción, pues el Señor mismo nos advirtió de antemano, en Juan 15:18-20 y Juan 16:2 y 33.
    El Señor quiere que recordemos que si nos rechazan por Su causa, somos bienaventurados. Pero no si nos rechazan por nuestro carácter malo, fallos, inconsideración, etc., sino por causa de Cristo. Si un creyente se porta de forma descortés, falta respecto, no hace bien su trabajo u otros cosas así, luego no diga: “me persiguen” cuando la gente reacciona, pues es culpa suya y no tiene nada que ver con el Señor. No usemos el nombre del Señor como excusa para justificarnos si hacemos mal y sufrimos por ello. La Palabra dice: “ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno” (1 P. 4:15).
    Pero somos todos llamados a seguirle al Señor y anunciar fielmente Su mensaje, aun pese a las reacciones negativas: la crítica, el rechazo, el ostracismo, la blasfemia y aun la violencia. Hechos 18 habla de la reacción violenta de la gente en Corinto, de la sinagoga, y debemos saber que los religiosos a veces se portan peores que otros. El Señor le dijo (v. 10) “estoy contigo” y “ninguno pondrá sobre ti la mano”. Con esto le motivó a seguir las órdenes del versículo anterior: “no temas, sino habla, y no calles” (v. 9). Había que seguir predicando en Corinto. Ora por los rechazadores (Mt. 5:44), encomienda el caso al Señor (1 P. 2:23), y sigue sirviendo al Señor. Antes, en Filipos Pablo había sido acusado falsamente, azotado y encarcelado. Luego en el templo en Jerusalén le asaltaron queriendo matarlo (Hch. 21:30-31), pero cuando le rescataron de la turba los soldados romanos, enseguida él quiso predicar a esa misma multitud. ¡Cuánto le agrada al Señor tener fieles mensajeros así!
    David dijo en el Salmo 23:5, “aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores”. El rechazo trae angustia – los familiares y amigos que no quieren escuchar, que critican y se ponen duros, incluso blasfeman – esto nos duele porque ellos así se convierten en nuestros angustiadores.
    Pero el Señor da poder diario para sufrir cosas así y todavía serle fiel y seguir adelante. No bajemos la guardia, ni tiremos la toalla, porque es exactamente lo que el diablo quiere. Hagamos la voluntad del Señor, no la del diablo.
    David dijo: “mi copa está rebosando”. El que tiene sus fuentes en Dios tiene recursos suficientes para caminar en un mundo opuesto al Señor y al evangelio. El Señor nos apoya, nos anima, y nos dará bendición ahora y sobre todo en Su casa para siempre. Seámosle fieles ante la oposición y la dureza de otros. “No temas, sino habla, y no calles” (Hch. 18:9). Amén.