Monday, March 7, 2016

SE BUSCAN COLABORADORES


Texto: Hechos 6:1-7
 
La historia en Hechos nos enseña que crecía la iglesia y también los problemas. Los apóstoles eran los responsables de la iglesia nacida en Jerusalén, y tenían que buscar soluciones. Un problema era la que menciona nuestro texto, que algunos se quejaban de que sus viudas no eran tan bien atendidas como otras. El descontento produjo murmuración, y había que hacer algo para asegurar la equanimidad en el reparto diario.
    Observamos primero en el versículo 1 que ese problema no era doctrinal, sino una cuestión práctica de la distribución de comida, fruto de roce entre hermanos, de procederes, la manera de hacer las cosas. En toda congregación pueden surgir conflictos por cosas así, y pueden surgir por malos entendidos o diferentes opiniones acerca de los trabajos prácticos. Hasta cierto punto son cosas normales entre seres humanos, pero en la iglesia el diablo busca aprovecharlas para arruinar la unidad y el ánimo de los hermanos.
    En el versículo 2 leemos que entonces los doce, que eran los responsables de la iglesia, convocaron a la multitud –eso es– a todos los creyentes. ¿Por qué? Porque era algo que afectaba a todos, y es bueno convocar y dar al conocimiento de los hermanos lo que afecta a todos. Lo primero que dijeron era: “No es justo”. Probablemente era una frase escuchada en las murmuraciones acerca del cuidado de las viudas. “No es justo que unas tengan más que otras”, o algo así. Pero los apóstoles hablaron de otra cosa. Tenían bien ordenadas sus prioridades. La Palabra de Dios debe tener preeminencia, porque no es justo cambiar el pan del cielo por pan de mesa. Habían recibido una comisión del Señor: “Haced discípulos... enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19-20). Su deber era predicar el evangelio, enseñar la Palabra de Dios, y por supuesto orar. ¿Podían servir mesas, esto es, meterse en el reparto diario? Claro que sí, pero otros podían hacerlo también, y sabían muy bien que sería injusto dejar de hacer lo que el Señor les mandó.
    “Buscad”, dijeron el el versículo 3, y observad lo que sigue: “de entre vosotros”. No de los de fuera, no de seminarios o institutos bíblicos o escuelas de discipulado, sino de entre los mismos hermanos de la congregación en Jerusalén. No hacía falta alguien con doctorado, con estudios en idiomas originales ni nada así. Se trataba de la distribución y el cuidado de las viudas de los creyentes, y para esto la ayuda necesaria no iba a venir de fuera. Dicen: "siete varones", no mujeres, pero no varones cualesquiera, sino espiritualmente preparados y aptos. Observemos las cualidades nombrados por los apóstoles, porque son muy importantes. Primero: “de buen testimonio”, porque es necesario tener la confianza de los hermanos y no tener mala fama si quieres servir. Luego: “llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, son dos cosas imprescindibles. Ahora bien, todo creyente tiene el Espíritu Santo, pero no todos se dejan controlar por Él como deben, y es una lástima. Es bueno que todo el que trabaje o sirva en cualquier cosa asociada con la iglesia sea lleno del Espíritu, y cuando no es así, hay problemas. Lo mismo se puede decir acerca de la sabiduría, porque se trata de sabiduría espiritual, no carnal. No astutos, ni sabiondas, sino sabios con la sabiduría que desciende de lo alto. Y dijeron: “a quienes encarguemos de este trabajo”. Los apóstoles les dieron un trabajo específico, que era la distribución diaria a los necesitados. Eran servidores, no oficiales de la iglesia. La palabra “diácono” significa “servidor” o “serviente”. No se volvieron los tesoreros de la iglesia, no controlaron las finanzas, sino que ayudaron a los apóstoles quitándoles la necesidad de supervisar el reparto de comida. Era algo específico, práctico y personal, asignado por los ancianos.
    ¡Qué triste es que hoy en día sólo unos poquitos quieren trabajar en la iglesia. No sé si podríamos hallar a siete varones así en una sola congregación. También hay trabajos que las hermanas pueden hacer, y todos podemos ayudar. Pero la mayoría deja a unos poquitos hacer todo. Pero aquí los apóstoles en los versículos 2 y 4 anunciaron que tenían sus trabajos que no debían dejar, y que otros tenía que colaborar. Había que delegar trabajo, y es bueno cuando los hermanos colaboren y no se queden mirando mientras que los mismos pocos hacen todo. Demasiadas veces hoy en día los ancianos de las iglesias se encuentran haciendo trabajos que quitan tiempo de su responsabilidad principal, pero no hay remedio porque los otros hermanos no colaboran. Mirad, hermanos, cada uno usa el local de reunión. Por ejemplo, todos usamos la puerta. Todos pisamos el suelo. Todos usamos los servicios. A todos nos gusta comer y beber cuando hay comida o refrescos. ¿Por qué no pueden más hermanos colaborar por ejemplo en la limpieza y el mantenimiento del local? ¿Es tal vez porque no están llenos del Espíritu Santo y de sabiduría?
    En el versículo 5 vemos a los elegidos, no por votación como en una campaña política, sino por acuerdo común entre los hermanos. Leyendo los nombres de estos siete hombres, vemos que los primeros dos nombrados, Esteban y Felipe, ocupan los siguientes dos capítulos donde vemos qué clase de hombres eran. ¡Ojalá que las iglesias hoy en día tuvieron hombres como ellos!
    En el versículo 6 leemos: “a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos”. Los presentaron ante los apóstoles porque iban a ser ayudantes suyos, y para que fuesen reconocidos y encargados públicamente. La imposición de manos no era para transferir poderes ni nada así, sino para identificarles ante todos.
    Y en el versículo 7 leemos el resultado. Crecía la Palabra, que es lo más importante, y el número de discípulos iba en aumento. El crecimiento así notado demuestra que el problema había sido resuelto y otra vez había armonía y unidad entre los hermanos. El Salmo 133 pronuncia bendición sobre los hermanos que viven así. Las contiendas, el chismeo, el protagonismo de algunos que quieren figurar, la envidia, la murmuración y la formación de partidos y círculos exclusivos de amigos en la iglesia – son cosas que la arruinan. Pero allá en Jerusalén, resuelto el problema, los apóstoles siguieron dando todo su tiempo a la oración y la enseñanza de la Palabra, y otros hermanos cuidaron las otras cosas.
    Pero, cuando los miembros no hacen nada, esto también arruina a la iglesia. 1 Corintios 12 habla de como en un cuerpo los miembros tienen cuidado unos de otros. Así debe ser, pues indica un cuerpo sano. Pero  ¿sabes qué te digo? Que si no estás lleno del Espíritu Santo, nunca servirás al Señor. Pero lleno del Espíritu dirás: “No yo sino el Señor”. Querrás hacer todo para la gloria del Señor. Dejarás de ser uno que asiste y mira, y vendrás con ganas de ayudar y colaborar. Buscarás la gloria de Dios y el bien de tus hermanos porque el Espíritu Santo si te controla te guía a amarlos y obrar para su bien. Algunos hermanos necesitan despertarse y poner manos a la obra. ¿Eres uno de ellos? Reconoce de una vez que no eres tuyo, sino que debes vivir para glorificar al Señor (1 Co. 6:19-20). Presenta tu cuerpo en sacrificio vivo al Señor (Ro. 12:1). Sé lleno del Espíritu (Ef. 5:18), y pídele al Señor la sabiduría para hacer bien (Stg. 1:5). Que así sea para la gloria del Señor.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 27 de septiembre, 2012

CUANDO DIOS NO RESPONDE

Texto: Job 30:20

En el capítulo 29 Job recuerda su vida anterior de bendición. Pero en el capítulo 30 se queja de la vida atormentada, afligida y desdichada (vv. 11, 15-17, 19, 22-23). No sólo esto, sino que en el versículo 20 exclama: “clamo a ti y no me oyes”. Job describe además de sus pruebas, la aflicción de clamar a Dios y no tener respuesta.
    La vida cristiana tiene muchas aflicciones, porque el diablo no deja en paz a los que han decidido seguir a Cristo. El diablo, el mundo y aun su propia carne están en contra suya. El que quiere vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerá persecución, dice 2 Timoteo 3:12.
    Job había conocido mucha bendición (cap. 29), pero de noche a mañana perdió todo, y lo que más le sorprendió y le dejó perplejo y desanimado era que Dios no respondía – aparentemente no le escuchaba. A veces nos pasa algo parecido, aunque no sufrimos en la misma medida que Job. Pero a veces en nuestras pruebas y dificultades nos parece que Dios está lejos y difícil de contactar.
    En estos momentos, tengamos cuidado de no quejarnos ante el mundo – no demos lugar a que digan los incrédulos: “¿Dónde está tu Dios?” Ellos siempre están con el “¡ay!” y las quejas, y quieren vernos iguales. Cuando Job dijo: “Clamo a ti y no me oyes”, es el lenguaje de apariencia, es decir, que le parecía que Dios no le oía. Y nos puede parecer igual, pero consideremos y recordemos los siguientes textos:
    Salmo 139:7 dice: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” Dios no se aleja. Siempre está cerca y nada se escapa de Su vista y conocimiento. Además, en Mateo 28:20 el Señor prometió estar con nosotros todos los días. Él está cerca y escucha, y lo sabemos no porque lo sentimos, sino porque Él lo promete en Su Palabra.
    Hebreos 13:5 promete: “No te desampararé ni te dejaré”, y el siguiente versículo dice: “el Señor es mi ayudador...”.  No hermano, el Señor no está alejado, ni ha perdido interés. Pero si no vivimos en comunión con Él, podemos detener Su mano de ayuda. Si anteponemos las cosas contrarias a Su voluntad y le desagradamos, perdemos no Su presencia sino Su bendición. Si no nos amparamos en Dios sino en el mundo, en la compañía de los que no confían en Él, en la comodidad, entonces aunque Él nos ve y oye, no nos bendice. El problema no es que Él nos deje, sino en que nosotros le dejamos a Él. Dios nos tiene en cuenta, pero ¿nosotros le tenemos siempre en cuenta?
    Jeremías 42:1-7 relata como algunos judíos consultaron, supuestamente buscando la voluntad de Dios. Luego tuvieron que esperar diez días para la respuesta de Dios. Así Él ponía a prueba sus corazones y les daba tiempo para reflexionar. A veces Dios en el silencio y las esperas nos pone a prueba. Cuando Él se calla no quiere decir esto que nada está pasando. Cae una semilla en tierra y aparentemente no hace nada, pero con el paso del tiempo se ve el resultado. Recordemos esto y no nos cansemos de esperar en el Señor. Él sabe cuándo y cómo responder.
    Hermano, hermana, el Señor no está lejos. Te escucha siempre. Está en Su trono, gobernando soberanamente. Está trabajando en nuestro corazón y formándolo como Él quiere. Tengamos paciencia y confianza siempre en Él.
    Algunos piden salud, y luego van a la playa o a bailar, o se colocan en trabajos que demandan todo,  trabajan tanto que no tienen tiempo para las cosas del Señor. Dios sabe lo que vamos a hacer. Él prueba con tiempos de espera para que reflexionemos y cambiemos de actitud. Su deseo es que aceptemos Su voluntad como buena, agradable y perfecta (Ro. 12:2) y que no insistamos en salirnos con la nuestra. La oración no es para esto.
    El Salmo 66:16-20 da testimonio de uno que vio que Dios le escuchó. El versículo 19 dice: “ciertamente me escuchó”. El versículo 20 dice: “Bendito sea Dios que no echó de sí mi oración”. Un día diremos lo mismo, porque Dios siempre nos escucha, y nos contesta de la manera mejor y más sabia. Nunca perdamos la confianza en Él.

de un estudio de Lucas Batalla dado el 13 de septiembre, 2012

LA ORACIÓN QUE DIOS ATIENDE


Texto: Santiago 4:1-5

Este pasaje nos da enseñanza muy importante acerca de la oración. En lugar de leer sólo un versículo, es bueno leer todo el contexto para comprender mejor el mensaje. Aquí el contexto nos enseña que la oración no es algo mágico que nos dará todo. Se nos presenta la situación de los que profesaban ser creyentes y que oraban pero no veían el resultado. Quizás dijeron algo quejándose a Santiago, el medio hermano del Señor Jesucristo. Vemos estas frases: “no tenéis” y “no podéis alcanzar”. ¿Cómo puede una persona que se dice ser creyente orar y no recibir las cosas que pide? ¿No nos enseñó y nos invitó el Señor a orar, y no es ese el ejemplo de los apóstoles y primeros cristianos? Entonces, ¿qué pasa?
    Si leemos los versículos del contexto, prestando atención,  veremos otras palabras que nos indican cuál era el problema con las oraciones de ellos, y esto nos enseñará algo acerca de nosotros también. Vemos palabras como “guerras”, “pleitos”, “pasiones” (v. 1), “codiciáis”, “matáis”, “ardéis de envidia”, “combatís y lucháis” (v. 2) “pedís mal”, “vuestros deleites” – que son placeres desenfrenados (v. 3), “almas adúlteras”, “enemistad contra Dios” (v. 4), “soberbios” (v. 6), “pecadores”, “doble ánimo” (v. 8) y “el que murmura del hermano” (v. 11). en esas condiciones Dios no nos concede las oraciones. El salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal. 66:18), pero en Santiago se trata de gente que sí tiene iniquidad en el corazón. Entonces no hay misterio. La oración no es una fórmula mágica para obtener cualquier cosa, ni está Dios obligado a venir corriendo a concedernos nuestros deseos, como si fuese un genio recién salido de una botella para darnos tres deseos.
    Dios, en Su propósito y sabiduría, nos da lo que quiere según Su buena voluntad. Así que, la oración no es un amuleto para recibir todo lo que queremos. Hay que pedir conforme a la voluntad de Dios, como Juan 5:14-15 nos enseña: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”.
    Muchas veces adolecemos de interés y perseverancia en la oración. Nuestras oraciones suelen ser caprichosas y egoístas, sobre todo si no estamos andando en comunión diaria con Dios, viviendo una vida que le agrada. Si andamos en amistad con el mundo, imitando a los del mundo, desagradamos a Dios y estando así alejados de la comunión con Él nuestras peticiones salen torcidas. Colosenses 1:3, 9 y 10 nos muestra como Pablo persistía en oración por ellos, pidiendo lo más importante, conforme a la voluntad de Dios. También en Lucas 18 el Señor dio una parábola, la de la viuda y el juez injusto, para enseñarnos la importancia de orar siempre y no desmayar, es decir, la perseverancia.
    En el Salmo 35:18-22 leemos: “He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre. Nuestra alma espera a Jehová; Nuestra ayuda y nuestro escudo es él. Por tanto, en él se alegrará nuestro corazón, Porque en su santo nombre hemos confiado. Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, Según esperamos en ti”. ¡Claro que el Señor quiere que oremos y confiemos en Él! Desea responder y darnos en Su bondad las cosas que necesitamos, porque nos ama y deseo nuestro bien. Pero hermanos,  mirad otra vez, que aquí habla de los que le temen, esperan Él y confían en Él. Esto es lo que hay que debemos hacer. Si el temor de Dios y la fe caracterizan nuestras vidas y nuestras oraciones, pediremos como debemos y recibiremos la respuesta.
    Lamentaciones 3:26 dice: “Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová”. No hacen falta las vanas repeticiones. Hay que pedir sencillamente, con reverencia y confianza, y esperar. Dios no quiere que nos alejemos desanimados, sino que nos acerquemos, no sólo en un momento para pedirle, sino que quedemos cerca de Él, esperándole. En Su presencia y guiados por Su Palabra nuestras vidas y peticiones serán conformadas a Su voluntad, y Él nos contestará. Pero las respuesta de oración no son para gastar en nuestros deleites, sino para ayudarnos a tener buen testimonio y vivir de acuerdo a la voluntad de Dios.
    Que el Señor nos ayude a vivir y pedir como debemos, para Su gloria y nuestro bien. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 21 de junio, 2012
   

Saturday, January 9, 2016

UN HIMNO DE GRATITUD

Texto: Salmo 30
Este salmo es un himno de David expresando gratitud y alabanza por haber sido librado de la muerte. Los salmos están llenos de ejemplos de cómo hablar con Dios y cómo cantarle, en casi toda variedad de circunstancia en la vida. Expresan las situaciones por las que pasaban los creyentes, en lenguaje de oración a Dios y testimonio a los demás.
    Veamos las circunstancias de David que ocasionaron este salmo. En el versículo 1, estaba en peligro de enemigos. Los que aman a Dios tienen enemigos, porque hay muchos que no le aman. Cuando uno ama al Señor y vive en piedad y justicia, esto trae conflicto con el mundo rebelde. La vida de piedad no es una vida de paz con todos. Ojalá fuera de otra manera, pero la realidad no es así. Los enemigos de David querían triunfar sobre él y alegrarse en su derrota y muerte. Pero Dios no lo permitió.
    En el versículo 2 vemos que además, David estaba gravemente enfermo. Esto nos presenta otro punto importante. Los piadosos no son exentos de las enfermedades. Hay iglesias hoy que enseñan que si tienes fe y agradas a Dios no te enfermerás porque la enfermedad viene por falta de fe y por pecado. Pero David estaba viviendo en piedad cuando se enfermó, y en su enfermedad clamó al Señor y fue sanado.
    En el versículo 3 vemos que había peligro de muerte. Los creyentes pasan por esos peligros. Desde los tiempos de Adán y Eva la muerte alcanza a los seres humanos. Los cementerios se expanden porque cada año hay más muertos. Y los creyentes también mueren, con excepción a aquellos que estén vivos cuando el Señor venga para arrebatar a la Iglesia (1 Ts. 4:13-18). Pero el creyente es en un sentido inmortal hasta que haya cumplido los propósitos de Dios para su vida. David pasó por peligro de muerte tanto por los enemigos así como por la enfermedad, pero Dios le libró.
    Y como Dios le libró de esos peligros, compone un salmo de gratitud y dice: “Te glorificaré”. Dios había cambiado su situación adversa y había dado salvación. Los creyentes debemos orar y clamar al Señor en nuestros apuros, y también debemos cantarle con gratitud cuando nos conteste.
    Así que en el versículo 4 David exhorta a todos a cantar al Señor – no cantar como diversión – sino cantar realmente al Señor. Es algo que muchos cantantes evangélicos no hacen, porque cantan por dinero, como profesionales, por protagonismo para destacar, por diversión, por fama y para agradar a su público como en conciertos. ¿Dónde en la Biblia hay un concierto? No los hay. Aunque hubo varones levitas cantantes en el templo, no hay en todo el Nuevo Testamento ningún grupo de cantantes, ningún conjunto, ninguna vocalista, ni nada parecido. Los apóstoles al ir predicando el evangelio no llevaron instrumentos musicales ni dieron conciertos. El énfasis que hoy hay sobre la música es algo totalmente ajeno al Nuevo Testamento, e innecesario para el progreso del evangelio.  ¿Quién le puede cantar? “Vosotros sus santos” y la palabra “santos” elimina a muchos cantantes evangélicos. Los creyentes sí podemos y debemos cantar, pero al Señor como David dice aquí. Cantamos celebrando Su santidad.
    En los versículos 5-11 David repasa los temas nombrados en los primeros tres versículos, y llega a la conclusión de que hay que cantarle y agradecerle a Dios con cánticos.
    El versículo 5 asegura que las pruebas y los castigos son de corto plazo. El presente puede ser negativo, pero para el creyente no es permanente. Pronto vendrá el gozo. Nuestra vida, por difícil y penosa que sea, siempre terminará con gozo, gracias a Dios. Por eso es importante no perder la esperanza ni el ánimo.
    En los versículos 6-7 vemos una verdad que no siempre es apreciada. La prosperidad en sí es un peligro y una prueba. Muchos oran deseando la prosperidad pero no saben lo que piden, porque la historia sagrada demuestra que muchas veces en la prosperidad han venido tentaciones y caídas en pecado. En tiempos prósperos solemos tener problemas de actitud, porque dejamos de ser humildes y de confiar constantemente en el Señor. Aunque reconocemos que es el Señor quién nos lo dio (v. 7), todavía peligramos. El dinero trae poder, y con él podemos hacer cosas que a lo mejor no son la voluntad de Dios. La prosperidad puede alimentar sentidos de independencia y autonomía. Empezamos a mandar porque tenemos dinero, y otros nos hacen caso por la misma razón. Pero el Señor nos corrige con circunstancias adversas, y nos deja ver que apartados de Él no somos gran cosa. Nos humilla y nos rebaja con cosas que nos turban y nos hace volver a Sus pies, dependientes de Él.
    Pero el creyente sabe qué hacer cuando vienen dificultades por cualquiera razón: clamar al Señor y suplicar.  “A ti, oh Jehová, clamaré, y al Señor suplicaré” (v. 8). Suplicar es una actividad de los humildes que imploran ayuda, no de grandes, poderosos y autónomos. Los creyentes no suplican a santos ni ángeles sino directamente al Señor. Tenemos en la oración un gran recurso para nosotros y también a favor de los demás. El creyente no dice como los del mundo: “Tendré un buen pensamiento por ti”. ¿Qué es eso? No es nada – el recurso liviano y vano de los que no conocen a Dios. ¡Cuanto mejor orar y decir: “Jehová, ten misericordia de mí”! Oramos porque sabemos a quién acudir. Los del mundo no saben qué hacer. Entonces no intentemos ser independientes, sino siempre estemos pegados al Señor. A Él le gusta siempre tenernos en esa actitud de súplica, y cualquier cosa que impida o apague esa actitud es un peligro.
    El versículo 9 contiene tres preguntas dirigidas al Señor en oración. David sabe que su vida debe ser provechosa para Dios, y pregunta cómo puede ser así si él muere. Podemos decir que pide vida para que sirva al Señor, para ser provechoso para Él. ¿Cuántos hoy tenemos este concepto, que nuestra vida debe ser provechosa para el Señor? Pablo dijo: “Para mí el vivir es Cristo”. ¿Podemos decir lo mismo?
    En el versículo 10 David pide misericordia y clama: “Sé tú mi ayudador”, y Dios lo es para los Suyos. Le agrada oirnos confesar nuestra necesidad de Su ayuda, y se goza en ayudarnos. Hebreos 4:16 dice: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”. Hebreos 13:6 afirma: “El Señor es mi ayudador; no temeré Lo que me pueda hacer el hombre”. Proverbios 3:34 dice: “a los humildes dará gracia”. Leemos en Jeremías 31:14 la promesa de Dios respecto al futuro de Israel: “mi pueblo será saciado de mi bien”, pero Su promesa es aplicable a todos los que en Él esperan.
    Entonces, las cosas cambiarán, tarde o temprano. Dios cambió el lamento de David en alegría expresada en baile (v. 11), porque cambió las circunstancias que ocasionaron su tristeza. No es un baile de diversión, carnal, sugestivo, amoroso ni nada como se ve en el mundo. Es la reacción sencilla de un corazón alegre. Pero recordemos que el Señor puede darnos gozo aun en medio de circunstancias adversas, sin cambiarlas, y las circunstancias no son excusa para alejarnos de Dios ni estar deprimidos. En Lucas 6:22-23 vemos que podemos tener gozo y alegría aun cuando sufrimos rechazo y persecución. El Señor dice que si a Él le persiguieron, a nosotros también lo harán. Nuestro gozo está en Él, no en las circunstancias.
    Vivimos en un mundo contaminado con el mal. La justicia está pervertida. El mundo está dirigido por el maligno y en un mundo así no podemos esperar sino lo negativo. Pero el Señor nos ayudará, y en esa ayuda misericordiosa tenemos motivos de alabanza y testimonio.   
    En el versículo 12 tenemos la conclusión: “por tanto a ti cantaré”. David canta, como dice en el versículo 4, y canta al Señor reconociendo Su ayuda. “Gloria mía” le llama, y qué bueno cuando tengamos esta actitud de que nuestra gloria no está en nosotros ni nada en este mundo, sino en Dios. A muchos Dios les ha tenido que despojar de su gloria, de las cosas en las que se glorían los seres humanos, para que aprendan a decirle: “Gloria mía”. “No estaré callado” dice, porque cuando Dios nos responde y nos hace bien, hay que ser tan prontos para alabar como lo éramos para clamar y suplicar. No sean más cortas nuestras alabanzas que nuestras súplicas. Todo creyente tiene motivos de alabanza, si recuerda lo que el Señor hizo para socorrerle en el Calvario, lo que padeció, lo que soportó por su causa, llevando sus pecados en Su santo cuerpo sobre el madero, y cómo derramó Su sangre por él, responderá: “No estaré callado. Jehová Dios mío, te alabaré para siempre”.

Lucas Batalla, de un estudio dado el 24 de octubre, 2013

El PODER DEL EJEMPLO PATERNO

Texto: Proverbios 20:7

Nuestro texto dice: “Camina en su integridad el justo; sus hijos son dichosos después de él”. Hace poco que hablaba con una muchacha que me decía algo así: “Qué mal está ahora la juventud en todos los sentidos. Pocos quieren estudiar, pocos tienen trabajo, hay mucho vicio de alcohol, drogas, etc., mucho robo, males actitudes, hacen cosas malas y si alguien se le dice algo, se molesta, pone mala cara o hace algo peor, y responde con dureza y palabrotas. Los padres también ponen mal ejemplo y consienten lo malo. Los matrimonios no funcionan como matrimonios, y la familia ya no funciona como familia”. Me sorprendió un poco escuchar esas quejas de una persona no creyente. Esto es así en el mundo, pero con creyentes no debe ser así. Tenemos una vida diferente.
    Los padres creyentes deben educar a sus hijos, y simplemente si andan en integridad, como dice nuestro texto, eso es ejemplo que dan y eso afecta a los hijos. Por lo menos han tenido el ejemplo delante suyo y no podrán decir que no sabían como vivir. El buen ejemplo tiene poder. Esto no se va a perder. Se siembra una planta y necesita tiempo para crecer, pero crecerá. Al ejemplo debemos suplementar con sano consejo de la Palabra de Dios, y con la oración.
    En cambio, qué diferente es el futuro de la persona que maldice a su padre o a su madre: Dios le castigará en esta vida, y también después. Se ponen de modo que sólo se puede orar por ellos y esperar que Dios haga algo, porque rechazan toda reprensión e instrucción.
    Pero en todo caso los padres deben vivir en su integridad. Es el mejor regalo que pueden dar a los hijos. Este ejemplo quedará en su memoria siempre, y Dios lo puede usar para bien. No es así cuando dicen pero no hacen, cuando la vida cotidiana no muestra integridad, los hijos observan esto y aprenden la doblez, y desprecian los valores espirituales de los que dicen pero no hacen.
    Consideremos algunos textos que nos animan a vivir en integridad.
    Salmo 37:26 Hablando del justo, dice: “En todo tiempo tiene misericordia, y presta; y su descendencia es para bendición”. Las palabras “en todo tiempo” se refieren a toda la vida. No se puede limitar el buen comportamiento a un horario de reuniones. Nuestros hijos, nuestra descendencia, nos observa “en todo tiempo”.
    Salmo 112:1-2 dice: “Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, y en sus mandamientos se deleita en gran manera. Su descendencia será poderosa en la tierra; La generación de los rectos será bendita”. La descendencia del hombre o la mujer que teme a Jehová es afectada por el ejemplo de su vida.
    En 2 Timoteo 1:5 leemos de los ejemplos piadosos que tuvo Timoteo en su hogar cuando era joven:  “trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también”. Algunos han sido disgustados por una fe fingida que vieron en sus padres. Pero la integridad espiritual y devoción de esas mujeres le afectó a Timoteo para bien.
    En 2 Timoteo 3:14 leemos: “Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido”. En su relación con Pablo, Timoteo tuvo delante suyo el ejemplo de un hombre espiritual, que le enseñaba tanto con la vida como con la boca.
    Es mejor darles este ejemplo de piedad e integridad que dinero, fincas y otros bienes materiales. Muchos jóvenes en casas afluentes han recibido esas cosas y sin embargo se han arruinado. En algunos casos parece que sólo se quedan en la casa o en la iglesia porque están cómodos, bien alimentados y divertidos. Aprovechan a los padres para obtener las cosas que quieren, pero no se acercan realmente al Señor con mucho interés.
    Si no damos a Dios lo que debemos, si no hay amor, integridad y devoción en la vida del padre y de la madre, afectaremos para mal a los hijos e irán a la deriva. Para que sean dichosos después de nosotros, tenemos que asentar las bases – aún en la vejez – seguir firmes y fieles y no aflojar ni amargarnos. Debemos ser fieles y confiar que el Señor usará nuestra integridad en la vida de nuestros hijos.  Ellos por supuesto tienen que decidir, y son responsables por sus decisiones, pero miremos bien cuál es nuestra parte.
    También hay hijos de creyentes que son fieles ahora, y esto da gloria a Dios y gozo y aliento a los padres. Si queremos que nuestros hijos sean así, tenemos que hacer más que llevarles a los cultos o leerles algo de la Palabra. Hay que vivir realmente la vida cristiana, la vida espiritual, con integridad y constancia en el hogar, delante de ellos. Esto les impactará.


de un estudio dado por Lucas Batalla, el 20 de febrero, 2014

Saturday, August 22, 2015

MARÍA Y CRISTO

El agua cambiado en buen vino en Caná de Galilea
Texto: Juan 2:1-12

Invitados a la boda en Caná, fueron el Señor y Sus discípulos, con otros, y allí sucedió algo inesperado. Ante este improvisto, ¿qué hacer? Faltó el vino en la celebración de la boda, y era una cosa muy importante. Así que María, Su madre, le informó – que es bueno cuando haya problemas – hacerlo saber al Señor. Aunque Él ya lo sabe todo, no importa, porque debemos comunicarnos con Él, y expresar nuestra necesidad y nuestras preocupaciones.
    Pero María no es una intercesora, ni tiene poder para hacer un milagro. Sólo Cristo podía hacer el milagro de cambiar el agua en vino, ¡e hizo buen vino! (v. 10). Así que, ella habló con su hijo e hizo lo único que ella podía: informarle. Tal vez pretendía dirigirle, no sabemos, pero Él la responde de manera que le deja saber que ella no va a dirigir las cosas (v. 4). Era una madre, aunque muy especial, única porque trajo al Señor, pero tuvo un marido e hijos por él como relatan las Escrituras. El versículo 12 habla de los “hermanos de Jesús”, y no quiere decir primos ni otra cosa, sino hermanos (véase Mt. 12:46; 13:55). Ella no tenía gloria ni aureola. El versículo 11 dice que Jesús manifestó Su gloria, no la de María. Ahora bien, la estimamos y apreciamos en el lugar que Dios le dio, como la madre de nuestro Señor, pero nuestra fe sólo está en el Señor Jesucristo.
    Luego ella da a los criados un consejo muy importante: “Haced todo lo que os dijere” (v. 5). Es el mandamiento de María. No hacer lo que ella dijere, sino lo que Cristo dijere. Quien es Señor es Él. Quien manda es Él. Quien tiene autoridad es Él. Quien tiene poder es Él. Esto enseña, entre otras cosas, lo absurdo que es creer en muchas vírgenes – sólo hay una, María, en la Biblia, mujer piadosa y humilde. La práctica de poner y promover devoción a muchas vírgenes confunde a la gente. ¿Cuál es la verdadera? La verdadera está en la Biblia, y no es como las que la religión pone. Ella no es reina, sino madre de aquel que es Rey (Lc. 1:32-33). Es sierva, no señora (Lc. 1:38). Ojalá la gente conociera a María como Dios la presenta en la Biblia y no como las fábulas y leyendas comunes le presentan. Son personajes muy distintos.
    Según Romanos 5:12 ella desciende de pecadores y es pecadora como ellos. Y Romanos 3:23 no la excluye cuando dice: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. Sólo acerca de Jesucristo dicen las Escrituras que no había pecado en él (1 Jn. 3:5). Es Cristo, no María, que fue concebido sin pecado (Lc. 1:35). Entonces, ella también necesitaba la salvación. En Lucas 1:47 ella dice: “...Dios mi Salvador”, luego, fue salva. ¿Cómo puede una persona pecadora perdonar o limpiar a otras? No puede. Sólo Dios puede hacer esto. Y no nos engañemos acerca del pecado. 1 Juan 1:8-10 aclara que todos hemos pecado. Sólo Cristo puede perdonar y limpiar. María no perdona ni limpia. Cristo lo hace por medio de Su sangre.
    ¿Por qué no enseñan esto a la gente? ¿Por qué no enseñan a los niños estas verdades para encaminarles bien? En Lucas 1:48 María habla de su bajeza. Una humilde servidora de Dios que creía en Él como su Salvador. Y debemos imitarle a ella y confiar en el Señor que sí puede perdonar pecados. Si queremos honrar a María, debemos tomar su consejo y hacer todo lo que dijere el Señor Jesucristo.
    Luego, en Hechos 1 aparece María en la escena de la iglesia primitiva, pero no como patrona, sino como una más. ¿Por qué no apareció el Señor a ella, como hizo con María Magdalena y los apóstoles? No la permitió este privilegio, tal vez para que no tuviese el protagonismo ni fuera elevada a un lugar especial en la iglesia. El versículo 14 nombra a la madre de Jesús y Sus hermanos, esto es, los hijos de María y José. Es la última vez que aparece en las Escrituras, como creyente reunida con los demás hermanos.
    Hechos 10:38 nos informa que quien anduvo haciendo bienes y sanando era Jesucristo, no María. Dios estaba con Él y por medio de Él haciendo estas cosas, pero no así con María. Ella nunca hizo milagros ni dio enseñanzas. Hechos 10:39 habla de las cosas que Jesús hacía. El versículo 40 declara que Dios levantó a Jesús, pero no dice esto nunca acerca de María. Ella murió. No se sabe si está sepultada en la tumba que dice que es suya en las afueras de Jerusalén, pero no importa, porque no le rendimos culto.
    El hombre siempre ha querido buscarle una madre a Dios. Entre las religiones paganas fue así, y esto fue introducido en la iglesia después del tiempo de los apóstoles, en el siglo IV, cuando los paganos entraron por lo de Constantino. Pero Dios es eterno y no tiene madre. Él es el Dios de María.
    Romanos 8:34 declara que es Jesucristo que intercede por nosotros; no lo hace María. Toda persona que busca a Dios y la salvación tiene que hacerlo únicamente en el Nombre de Jesucristo (Hch. 4:12), porque como bien declaró el apóstol Pedro, lleno del Espíritu Santo: "no hay otro nombre". Al Señor Jesús hay que creer y aceptar. Es el Salvador y Él es únicamente digno de la adoración. Observa que en Apocalipsis 4 y 5 sólo adoran a Dios y al Cordero, no a la virgen. Dejemos, entonces, de preocuparnos por María. Dios la honra en Su Palabra y ella tendrá honra en el cielo, pero no es diosa, salvadora, redentora, intercesora, ni nada de eso. Es la madre de nuestro Señor. Seamos como los del cielo, que adoran a Dios. Amén.


de un estudio dado por Lucas Batalla, el 1 de agosto, 2010

Tuesday, August 4, 2015

LAS NUEVAS VESTIDURAS DEL CREYENTE

Texto: Colosenses 3:1-17
   

     Este hermoso capítulo trata la vida resucitada del creyente, porque el cristianismo no es sólo la obtención de un perdón, sino el nacimiento de una nueva criatura, una vida nueva. Cuando nuestros primeros padres pecaron, se vieron desnudos. Se cosieron delantales de hojas de higuera, pero eso no fue adecuado. Dios intervino y los revistió como Él quiso. Espiritualmente debemos vestirnos como Dios quiere, para serle agradables. Esto es lo que vemos en nuestro texto.
    Para enseñarnos usando términos fáciles de entender, Pablo compara la vida del creyente con alguien que se quita una ropa vieja y andrajosa, y se pone algo nuevo y limpio. Habla de lo que hemos de dejar: “dejad” (v. 8), “despojado” (v. 9), “revestido” (v. 10) y “vestíos” (v. 12). Son todos términos de nuestra responsabilidad humana – cosas que nos toca hacer.
    Primero, en los versículos 8 y 9 enumera las cosas que hemos de dejar atrás en la nueva vida, y da la razón: “habiéndoos despojado del viejo hombre con sus obras” (v. 9). Debemos dejar la ropa andrajosa de las costumbres y del carácter pecaminosos, como cuando uno lleva la ropa vieja que no sirve y la entrega a un ropero municipal o la desecha. A veces nos cuesta dejar prendas que hemos llevado por años, pero es exactamente lo que el Señor nos llama a hacer.  “El viejo hombre” simplemente es todo lo que cada uno de nosotros era naturalmente en Adán, nuestro modo de pensar, sentir y ser. Si nos despojamos de algo, ¡no lo usamos más!
    Pero el Señor no habla sólo de quitar, sino también de poner. “Revestido del nuevo” (v. 10) habla de conformarnos a la imagen de Cristo – y se refiere a los valores, al carácter, a la forma de pensar y ser, de reaccionar, etc. La “imagen” de Dios no se ve en la forma del cuerpo, sino en lo moral y el carácter. El versículo 11 dice que no es según grupos étnicos, razas, culturas o tradiciones, sino según Cristo. Debemos conformarnos moral y espiritualmente al Señor Jesucristo. Esto representa un gran cambio, el cual es digno de nuevas criaturas (2 Co. 5:17).  El Señor usa este símbolo para ayudarnos a entender qué es lo que debemos hacer: quitar y poner, dejar, despojarnos y revestirnos. El versículo 5 lo dice de manera más fuerte: “haced morir”. No se trata de lo que Dios debe hacer ni de lo que debemos pedirle en oración, sino de decisiones y determinaciones que nosotros hemos de tomar.
    El versículo 12 dice: “vestíos”. Es una exhortación hecha a nosotros, no a Dios. No que Él nos vista, porque aquí se trata de lo que nosotros mismos nos vestimos, de lo que escogemos y ponemos, de cómo nos presentamos. Cuando dice “como escogidos de Dios” no se trata de la idea calvinista de que Dios escogiera sólo a ciertas personas para ser salvas, sino de que Dios escoge y predestina a los creyentes para ser conformados a la imagen de Su Hijo (Ro. 8:29; Ef. 1:4). Los creyentes somos santos y amados, declarados así por Dios, y debemos vivir correspondientemente. En la Iglesia Católica los santos están en las paredes, en estampas y figuritas. Pero la realidad es que los creyentes somos los santos, y por eso Pedro escribe recordándonos el mandamiento divino: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:15-16), y dice que esto debe ser “en toda vuestra manera de vivir”. Es decir, en todo momento y toda situación. Como Colosenses 3:12 dice: “vestíos”, debemos tomar para nosotros lo que Dios provee, y ponerlo, vestírnoslo. En el versículo 1 dice: “buscad las cosas de arriba” y en el versículo 2, “poned la mira en las cosas de arriba”, no en el escaparate del mundo. Es una manera nueva y celestial de pensar y vivir. ¡Qué bueno y agradable le es a Dios cuando un creyente deja de mirar al mundo alrededor suyo, sus amigos inconversos, la gente en general, los deportistas y cantantes, etc. y ya no los toma como punto de referencia o modelo que imitar de ningún modo. El himno dice: “dejo el mundo y sigo a Cristo” y ¡ojalá hiciéramos todos esto! Hay demasiados que profesan creer en Cristo pero cuya mira está en el mundo y las cosas de abajo.
    El versículo 12 dice que debemos vestirnos de “entrañable misericordia”. Esto es, un corazón de compasión del que la necesita, que sufre y no tiene fuerza. Hay muchos pedigüeños que fingen necesidad y buscan aprovecharse de la gente. Pero hay gente verdaderamente necesitada, y qué bueno cuando el cristiano muestra compasión, entrañable misericordia, y no es mezquino. Gálatas 6:10 dice: “Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. ¡Qué feo ver a un creyente tacaño, sin compasión, y qué triste es cuando hay hermanos sirviendo al Señor, viviendo sacrificadamente, y los demás hermanos ponen excusas y no los ayudan, como dice 1 Juan 3:17, “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” La entrañable misericordia no es del viejo hombre, sino del nuevo, de Cristo, y nos tenemos que vestir de ella.
    El mismo versículo 12 dice también: “benignidad”. Es un espíritu no mezquino, ni duro ni cruel, sino dispuesto a ayudar y hacer bien.  Después leemos: “humildad” (v. 12). La humildad es la actitud de considerar a otros como más importantes, y se ve en los hechos, cuando deferimos y preferimos a otros. La altivez trae conflicto, pero hay paz entre los humildes. El amor propio es enemigo de la humildad. El versículo 12 nombra también la “mansedumbre” como algo que debemos ponernos como escogidos de Dios. El Señor Jesucristo se describió como “manso y humilde” (Mt. 11:29). La mansedumbre no es cobardía ni falta de fuerza, sino fuerza bajo control. Es el negarse a uno mismo; es el dominio propio, que por ejemplo, no da rienda suelta al enojo. Y finalmente en este versículo vemos la “paciencia”, manifiesta cuando esperamos en el Señor y Sus promesas, sin ponernos nerviosos.
    En el versículo 13 vemos estas primeras cinco vestimentas o cualidades en acción: “soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”.  Puede haber discrepancias entre creyentes, pero somos llamados a soportarnos. Esto no significa soportar la falsa doctrina, sino más bien cosas como idiosincrasias o diferencias en gustos y costumbres. Es importante aquí notar cómo perdonar, porque el patrón dado es “de la manera que Cristo os perdonó”. Debemos vestirnos de una disposición a perdonar, no a guardar rencor. Dicho esto, el Señor perdona a los que se arrepienten y confiesan su pecado (Lc. 17:3-4; 1 Jn. 1:9). Pero no debemos decir: “perdono pero no olvido”, porque esto es carnal, no espiritual. El Señor no nos trata así y no debemos tratar así a los demás; así que, no haya amargura en nuestro perdón.
    El versículo 14 dice: “y sobre todas estas cosas vestíos de amor”. Esto da gran importancia al amor. Trata el amor como el “vínculo perfecto”. Un vínculo es algo que une. Dicen que en España cada cuatro minutos hay una separación matrimonial. Hicieron votos en público, ante Dios y testigos, y luego los quebrantan. Dios manda que lo que Él juntó, no lo separe el hombre. Cierto es que nada puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús (Ro. 8:38-39). Es el vínculo perfecto y en este vínculo divino está la seguridad de nuestra salvación. Debemos amar a Dios por encima de todas las cosas, antes que otras cosas o personas, y más que ellas. Si hay que escoger, en casos de mala doctrina o la práctica de pecado, está claro: Dios primero. Pero todavía está la exhortación: “El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4:21).
    “Y la paz de Dios gobierne en vuestro corazón” (v. 15).  Hemos de ser ministros de paz. “El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Stg. 3:18). Pero aquí habla más bien de gobernar en nuestro corazón, el lugar donde tomamos decisiones, la ciudadela de nuestro ser. Alguien dijo que el corazón es donde está el timón de nuestro ser. Al valorar las cosas y personas, o al tomar decisiones, debe gobernarnos la paz de Dios.
    El versículo 16 nos enseña lo importante que es que more la Palabra de Cristo en nosotros. Debemos tenerla constantemente como nuestro punto de referencia y consejero (Sal. 119:24). Es lámpara a nuestros pies (Sal. 119:105), guiando nuestros pasos. Por ejemplo, alguien pregunta si está bien ir a ver un torneo de boxeo, y otro pregunta si está bien ir a bailar. La respuesta es: ¿lo haría Cristo? Si la Palabra de Cristo mora en nosotros en abundancia, y la paz de Dios gobierna en nuestro corazón, ¿qué tipo de cosa nos interesa y nos agrada? El versículo 17 dice que debemos hacer todo en el nombre del Señor Jesucristo. Nada en nuestro nombre – pues no somos nuestros, ya que hemos sido comprados por precio (1 Co. 6:19-20).
    “Dando gracias a Dios por medio de él” (v. 17). Otra cosa que debemos ponernos como creyentes es el agradecimiento: “sed agradecidos” (v. 15).  El creyente no debe ser quejoso. Debe hablar con sabiduría, cantar con gracia: salmos, himnos y cánticos espirituales. Su lenguaje no es vulgar, profano, mundano, sino espiritual y agradable a Dios. Todo esto pasa cuando la Palabra de Dios gobierna, mora en abundancia en nosotros.
    El Señor nos ha dado un armario espiritual lleno de nuevas vestiduras, y ahora nos toca aceptarlas, darle las gracias y ponerlas para que agrademos y glorifiquemos al Señor. Que Él nos ayude a hacerlo, para Su gloria. Amén.

de un estudio de Lucas Batalla, el 5 de mayo, 2013