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Monday, March 7, 2016

SE BUSCAN COLABORADORES


Texto: Hechos 6:1-7
 
La historia en Hechos nos enseña que crecía la iglesia y también los problemas. Los apóstoles eran los responsables de la iglesia nacida en Jerusalén, y tenían que buscar soluciones. Un problema era la que menciona nuestro texto, que algunos se quejaban de que sus viudas no eran tan bien atendidas como otras. El descontento produjo murmuración, y había que hacer algo para asegurar la equanimidad en el reparto diario.
    Observamos primero en el versículo 1 que ese problema no era doctrinal, sino una cuestión práctica de la distribución de comida, fruto de roce entre hermanos, de procederes, la manera de hacer las cosas. En toda congregación pueden surgir conflictos por cosas así, y pueden surgir por malos entendidos o diferentes opiniones acerca de los trabajos prácticos. Hasta cierto punto son cosas normales entre seres humanos, pero en la iglesia el diablo busca aprovecharlas para arruinar la unidad y el ánimo de los hermanos.
    En el versículo 2 leemos que entonces los doce, que eran los responsables de la iglesia, convocaron a la multitud –eso es– a todos los creyentes. ¿Por qué? Porque era algo que afectaba a todos, y es bueno convocar y dar al conocimiento de los hermanos lo que afecta a todos. Lo primero que dijeron era: “No es justo”. Probablemente era una frase escuchada en las murmuraciones acerca del cuidado de las viudas. “No es justo que unas tengan más que otras”, o algo así. Pero los apóstoles hablaron de otra cosa. Tenían bien ordenadas sus prioridades. La Palabra de Dios debe tener preeminencia, porque no es justo cambiar el pan del cielo por pan de mesa. Habían recibido una comisión del Señor: “Haced discípulos... enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19-20). Su deber era predicar el evangelio, enseñar la Palabra de Dios, y por supuesto orar. ¿Podían servir mesas, esto es, meterse en el reparto diario? Claro que sí, pero otros podían hacerlo también, y sabían muy bien que sería injusto dejar de hacer lo que el Señor les mandó.
    “Buscad”, dijeron el el versículo 3, y observad lo que sigue: “de entre vosotros”. No de los de fuera, no de seminarios o institutos bíblicos o escuelas de discipulado, sino de entre los mismos hermanos de la congregación en Jerusalén. No hacía falta alguien con doctorado, con estudios en idiomas originales ni nada así. Se trataba de la distribución y el cuidado de las viudas de los creyentes, y para esto la ayuda necesaria no iba a venir de fuera. Dicen: "siete varones", no mujeres, pero no varones cualesquiera, sino espiritualmente preparados y aptos. Observemos las cualidades nombrados por los apóstoles, porque son muy importantes. Primero: “de buen testimonio”, porque es necesario tener la confianza de los hermanos y no tener mala fama si quieres servir. Luego: “llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, son dos cosas imprescindibles. Ahora bien, todo creyente tiene el Espíritu Santo, pero no todos se dejan controlar por Él como deben, y es una lástima. Es bueno que todo el que trabaje o sirva en cualquier cosa asociada con la iglesia sea lleno del Espíritu, y cuando no es así, hay problemas. Lo mismo se puede decir acerca de la sabiduría, porque se trata de sabiduría espiritual, no carnal. No astutos, ni sabiondas, sino sabios con la sabiduría que desciende de lo alto. Y dijeron: “a quienes encarguemos de este trabajo”. Los apóstoles les dieron un trabajo específico, que era la distribución diaria a los necesitados. Eran servidores, no oficiales de la iglesia. La palabra “diácono” significa “servidor” o “serviente”. No se volvieron los tesoreros de la iglesia, no controlaron las finanzas, sino que ayudaron a los apóstoles quitándoles la necesidad de supervisar el reparto de comida. Era algo específico, práctico y personal, asignado por los ancianos.
    ¡Qué triste es que hoy en día sólo unos poquitos quieren trabajar en la iglesia. No sé si podríamos hallar a siete varones así en una sola congregación. También hay trabajos que las hermanas pueden hacer, y todos podemos ayudar. Pero la mayoría deja a unos poquitos hacer todo. Pero aquí los apóstoles en los versículos 2 y 4 anunciaron que tenían sus trabajos que no debían dejar, y que otros tenía que colaborar. Había que delegar trabajo, y es bueno cuando los hermanos colaboren y no se queden mirando mientras que los mismos pocos hacen todo. Demasiadas veces hoy en día los ancianos de las iglesias se encuentran haciendo trabajos que quitan tiempo de su responsabilidad principal, pero no hay remedio porque los otros hermanos no colaboran. Mirad, hermanos, cada uno usa el local de reunión. Por ejemplo, todos usamos la puerta. Todos pisamos el suelo. Todos usamos los servicios. A todos nos gusta comer y beber cuando hay comida o refrescos. ¿Por qué no pueden más hermanos colaborar por ejemplo en la limpieza y el mantenimiento del local? ¿Es tal vez porque no están llenos del Espíritu Santo y de sabiduría?
    En el versículo 5 vemos a los elegidos, no por votación como en una campaña política, sino por acuerdo común entre los hermanos. Leyendo los nombres de estos siete hombres, vemos que los primeros dos nombrados, Esteban y Felipe, ocupan los siguientes dos capítulos donde vemos qué clase de hombres eran. ¡Ojalá que las iglesias hoy en día tuvieron hombres como ellos!
    En el versículo 6 leemos: “a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos”. Los presentaron ante los apóstoles porque iban a ser ayudantes suyos, y para que fuesen reconocidos y encargados públicamente. La imposición de manos no era para transferir poderes ni nada así, sino para identificarles ante todos.
    Y en el versículo 7 leemos el resultado. Crecía la Palabra, que es lo más importante, y el número de discípulos iba en aumento. El crecimiento así notado demuestra que el problema había sido resuelto y otra vez había armonía y unidad entre los hermanos. El Salmo 133 pronuncia bendición sobre los hermanos que viven así. Las contiendas, el chismeo, el protagonismo de algunos que quieren figurar, la envidia, la murmuración y la formación de partidos y círculos exclusivos de amigos en la iglesia – son cosas que la arruinan. Pero allá en Jerusalén, resuelto el problema, los apóstoles siguieron dando todo su tiempo a la oración y la enseñanza de la Palabra, y otros hermanos cuidaron las otras cosas.
    Pero, cuando los miembros no hacen nada, esto también arruina a la iglesia. 1 Corintios 12 habla de como en un cuerpo los miembros tienen cuidado unos de otros. Así debe ser, pues indica un cuerpo sano. Pero  ¿sabes qué te digo? Que si no estás lleno del Espíritu Santo, nunca servirás al Señor. Pero lleno del Espíritu dirás: “No yo sino el Señor”. Querrás hacer todo para la gloria del Señor. Dejarás de ser uno que asiste y mira, y vendrás con ganas de ayudar y colaborar. Buscarás la gloria de Dios y el bien de tus hermanos porque el Espíritu Santo si te controla te guía a amarlos y obrar para su bien. Algunos hermanos necesitan despertarse y poner manos a la obra. ¿Eres uno de ellos? Reconoce de una vez que no eres tuyo, sino que debes vivir para glorificar al Señor (1 Co. 6:19-20). Presenta tu cuerpo en sacrificio vivo al Señor (Ro. 12:1). Sé lleno del Espíritu (Ef. 5:18), y pídele al Señor la sabiduría para hacer bien (Stg. 1:5). Que así sea para la gloria del Señor.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 27 de septiembre, 2012

LA ORACIÓN QUE DIOS ATIENDE


Texto: Santiago 4:1-5

Este pasaje nos da enseñanza muy importante acerca de la oración. En lugar de leer sólo un versículo, es bueno leer todo el contexto para comprender mejor el mensaje. Aquí el contexto nos enseña que la oración no es algo mágico que nos dará todo. Se nos presenta la situación de los que profesaban ser creyentes y que oraban pero no veían el resultado. Quizás dijeron algo quejándose a Santiago, el medio hermano del Señor Jesucristo. Vemos estas frases: “no tenéis” y “no podéis alcanzar”. ¿Cómo puede una persona que se dice ser creyente orar y no recibir las cosas que pide? ¿No nos enseñó y nos invitó el Señor a orar, y no es ese el ejemplo de los apóstoles y primeros cristianos? Entonces, ¿qué pasa?
    Si leemos los versículos del contexto, prestando atención,  veremos otras palabras que nos indican cuál era el problema con las oraciones de ellos, y esto nos enseñará algo acerca de nosotros también. Vemos palabras como “guerras”, “pleitos”, “pasiones” (v. 1), “codiciáis”, “matáis”, “ardéis de envidia”, “combatís y lucháis” (v. 2) “pedís mal”, “vuestros deleites” – que son placeres desenfrenados (v. 3), “almas adúlteras”, “enemistad contra Dios” (v. 4), “soberbios” (v. 6), “pecadores”, “doble ánimo” (v. 8) y “el que murmura del hermano” (v. 11). en esas condiciones Dios no nos concede las oraciones. El salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal. 66:18), pero en Santiago se trata de gente que sí tiene iniquidad en el corazón. Entonces no hay misterio. La oración no es una fórmula mágica para obtener cualquier cosa, ni está Dios obligado a venir corriendo a concedernos nuestros deseos, como si fuese un genio recién salido de una botella para darnos tres deseos.
    Dios, en Su propósito y sabiduría, nos da lo que quiere según Su buena voluntad. Así que, la oración no es un amuleto para recibir todo lo que queremos. Hay que pedir conforme a la voluntad de Dios, como Juan 5:14-15 nos enseña: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”.
    Muchas veces adolecemos de interés y perseverancia en la oración. Nuestras oraciones suelen ser caprichosas y egoístas, sobre todo si no estamos andando en comunión diaria con Dios, viviendo una vida que le agrada. Si andamos en amistad con el mundo, imitando a los del mundo, desagradamos a Dios y estando así alejados de la comunión con Él nuestras peticiones salen torcidas. Colosenses 1:3, 9 y 10 nos muestra como Pablo persistía en oración por ellos, pidiendo lo más importante, conforme a la voluntad de Dios. También en Lucas 18 el Señor dio una parábola, la de la viuda y el juez injusto, para enseñarnos la importancia de orar siempre y no desmayar, es decir, la perseverancia.
    En el Salmo 35:18-22 leemos: “He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre. Nuestra alma espera a Jehová; Nuestra ayuda y nuestro escudo es él. Por tanto, en él se alegrará nuestro corazón, Porque en su santo nombre hemos confiado. Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, Según esperamos en ti”. ¡Claro que el Señor quiere que oremos y confiemos en Él! Desea responder y darnos en Su bondad las cosas que necesitamos, porque nos ama y deseo nuestro bien. Pero hermanos,  mirad otra vez, que aquí habla de los que le temen, esperan Él y confían en Él. Esto es lo que hay que debemos hacer. Si el temor de Dios y la fe caracterizan nuestras vidas y nuestras oraciones, pediremos como debemos y recibiremos la respuesta.
    Lamentaciones 3:26 dice: “Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová”. No hacen falta las vanas repeticiones. Hay que pedir sencillamente, con reverencia y confianza, y esperar. Dios no quiere que nos alejemos desanimados, sino que nos acerquemos, no sólo en un momento para pedirle, sino que quedemos cerca de Él, esperándole. En Su presencia y guiados por Su Palabra nuestras vidas y peticiones serán conformadas a Su voluntad, y Él nos contestará. Pero las respuesta de oración no son para gastar en nuestros deleites, sino para ayudarnos a tener buen testimonio y vivir de acuerdo a la voluntad de Dios.
    Que el Señor nos ayude a vivir y pedir como debemos, para Su gloria y nuestro bien. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 21 de junio, 2012