Wednesday, June 20, 2018

LA CENA DEL SEÑOR

La Cena Del Señor

Texto: 1 Corintios 11:17-34

En muchos lugares entre los evangélicos la reunión de la Cena del Señor está sufriendo cambios. No la están dando la importancia que tiene en la Biblia. No tenemos que inventar ni cambiar nada – todo está dicho en el Libro. Es la Cena “del Señor”; es Suya, no nuestra. Él preside, y nosotros somos los invitados. Pero por ejemplo, hoy quieren cambiar el uso del velo que viene enseñado en la primera mitad de este mismo capítulo. Dicen que es machista y contra la ley de libertad e igualdad. Pero es la ley de Dios, son mandamientos del Señor. Probablemente la única razón por la que no denuncia el uso del velo es porque entonces también tendrían problemas con los musulmanes porque sus mujeres usan la burka, y nadie quiere provocar a los musulmanes por miedo a lo que pueda suceder. A todo eso en la sociedad y por las iglesias respondemos: “A Cesar lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”. En la iglesia todo es de Dios y nada es de César.
     En el capítulo 11 hay tres símbolos muy importantes. El velo con que la mujer cubre su cabeza, es símbolo de autoridad divina (v. 10), y de sumisión a ella. Pero hoy hay asambleas que eliminan el velo, o que lo dejan al criterio de cada mujer. Eso es incorrecto, porque el criterio es de Dios, no de los hombres. Una mujer que no quiere aceptar la señal de autoridad que Dios manda, ¿para qué vamos a creer que es cristiana? El segundo símbolo es el pan: símbolo del cuerpo de Cristo (vv. 23-24). El tercero es la copa–el vino– que representa la sangre de Cristo (v. 25). Observa con cuidado que no dice “la sangre” sino “mi sangre”.
    La Cena del Señor se celebra el primer día de la semana, no el séptimo día (Hch. 20:7), y debemos seguir las instrucciones dadas en 1 Corintios 11:17-34, sin modificar nada. No es una cena familiar o individual para tomar alimentos, sino la Cena del Señor, para recordarle y anunciar Su muerte. Ella es una de tres clases de predicaciones: (1) Nuestro testimonio personal, (2) La predicación de la Palabra, (3) La Cena del Señor, porque anuncia Su muerte.
    De esa tercera clase nos ocupamos en la Cena del Señor cada domingo. Las palabras “os congregáis” (v. 17), y “cuando os reunís como iglesia” (v. 18) indican que de aquí en adelante se trata de una reunión. No se hace individualmente en casa o en la playa, sino reunida la iglesia. Recordamos, adorarmos y anunciamos juntos. Nosotros los creyentes anunciamos la muerte del Señor Jesucristo, y de paso el gran cambio que Él ha efectuado en nosotros. Las palabras claves en esta sección son “en memoria de mí” y “anunciáis” porque eso es lo que se hace en la Cena del Señor. Los símbolos en la mesa delante nuestro están diciendo de qué y de quién tenemos que hablar y cantar. “En memoria de mí” significa traer a Cristo a la mente y pensar en Él, recordando quién es y lo que ha hecho. “Anunciáis” va con “la muerte del Señor” – el gran tema, incluso de nuestros himnos cantados en la Cena – no cualquier himno favorito simplemente porque nos gusta, sino los que hablan de la Persona u obra del Señor. El himno: “Dulce Oración”, por ejemplo, es bonito, pero no es un himno para la Cena del Señor. Pensemos en la frase “en memoria de mí” antes de escoger un himno. Permitidme decir que tampoco estamos reunidos en la Cena para dar estudios bíblicos, motivos de oración, exhortaciones, y otras cosas. Es desafortunado que muchos aparentemente piensan que la Cena del Señor es una especie de reunión libre cuando los hermanos pueden participar de cualquier manera, testificar, enseñar un texto bíblico, etc. Pero realmente no es así, aunque se suele hacer mucho. Es una reunión libre, sí, pero con un propósito específico: recordar y adorar al Señor. Todo lo que cantamos, oramos y comentamos debería ser acerca de Jesucristo, Su Persona y Su obra redentora. Un hermano dio este consejo: “Cuando hables en la Cena del Señor, llévame al Señor Jesús y al Calvario, no a otras partes”. Hay muchos textos bíblicos que sirven para encaminaros a recordar y adorar al Señor. El Salmo 22 habla de Sus sufrimientos. Isaías 53 describe Su muerte y triunfo final. Los evangelios relatan Su pasión, resurrección y gloria venidera. Las epístolas también toman ese hermoso tema. Solo son dos ejemplos de muchos que se podría dar. Lee la Biblia con ojos para ver al Señor y te sorprenderá la riqueza de material que hay.
    El versículo 23 indica que estas instrucciones vienen del Señor mismo, pues así las recibió Pablo. En los versículos 24 y 25 habla Cristo y dice: “haced esto en memoria de mí”.  Pero hay alguien que no quiere que recordemos al Señor ni que hablemos de Él – es el diablo. Si puede prevenir que vayamos a la reunión, lo hará. Y si no puede, entonces intentará distraernos y despistar nuestros pensamientos durante la reunión, para que pensemos en otras cosas y no en el Señor y Su muerte.
    Otra observación que debemos hacer de los versículos 25 al 28 es que al establecer la Cena del Señor, Él habla repetidas veces de un pan y de una copa, no de panecitos, ni de copitas. ¿Quiénes somos nosotros para cambiar esto? El pan representa el cuerpo de Cristo: “mi cuerpo”, no “mis cuerpos” ni “mi cuerpo hecho pedazos”. La copa representa el nuevo pacto en Su sangre. No hay que multiplicar estas cosas. La gente hoy dice que usan panecitos y copitas por razones de higiene, pero es una excusa nula. Siempre hemos dicho que el que tenga resfriado o algo así, que tome por último los símbolos en consideración de los demás. Y si un hermano tiene barba o bigote, debería recortarlos para que no se metan en la copa, pensando en los que la tomarán después de él. Son detalles de consideración y amor fraternal. Pero no tenemos autoridad para cambiar lo que el Señor estableció: un pan y una copa.
    En la Cena del Señor hay tres miradas, una atrás, una al presente, y una al futuro. Mirando atrás, reconocemos lo que éramos antes de ser salvos por la gracia de Dios. 1 Corintios 6:9-11 por ejemplo habla de los injustos y varios tipos de pecado, y dice: “y esto eráis algunos, mas ya habéis sido lavados” (v. 11). 1 Tesalonicenses 1:9 dice: “os convertisteis de los ídolos a Dios”. La mirada atrás no es para pensar en nosotros, sino en cómo el Señor nos ha salvado y lavado, y eso causa acciones de gracias y adoración. Antes no podíamos celebrar la Cena del Señor porque no eramos creyentes, pero ahora hemos sido cambiados.
    Entonces, la mirada al presente reconoce lo que ahora somos por la gracia de Dios. En el mismo texto de 1 Corintios 6:11 leemos, “mas ya habéis sido lavados...santificados...justificados”. 2 Corintios 5:17 dice: “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Es nuestra condición ahora, gracias al Señor. 1 Juan 3:2 dice: “Amados, ahora somos hijos de Dios”. Y por eso nos reunimos para recordar y adorar a Aquel que nos salvó y nos metió en la familia de Dios. Somos nuevas criaturas. El Señor ya no mira el pasado, porque lo borró.
    Tercero, hay una mirada al futuro, porque 1 Corintios 11:26 dice: “hasta que él venga”. Guardamos la Cena del Señor en anticipación de Su venida, mirando hacia adelante. Los israelitas en Egipto celebraron la pascua con el bordón en la mano y los pies calzados. Comieron “apresuradamente” (Éx. 12:11), es decir, listos para salir. Así también nosotros tomamos la Cena del Señor pensando en salir de este mundo, cuando Cristo venga. La segunda parte de 1 Juan 3:2 dice: “sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Ésta es nuestra esperanza. Filipenses 3:21 dice que Él transformará el cuerpo nuestro, “para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya”.
    Todos estos cambios nos han venido y vendrán por la muerte y resurrección del Señor Jesucristo. Por eso hacemos memoria de Él. No hay otra reunión como ésta. Las otras son importantes como vemos en Hechos 2:42, hay tiempo para hacer oraciones de intercesión, hay tiempo para estudiar la Palabra, pero no en la Cena del Señor porque es el tiempo del partimiento del pan como el Señor mandó: “en memoria de mí”. A todo otro pensamiento, idea y comentario, y a toda otra actividad, obligacion y preocupación, tenemos que decir como Abraham dijo a sus siervos: “Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos” (Gn. 22:5). Demos la preeminencia al Señor Jesucristo, nuestro Salvador.
    Nuestra vida y testimonio son muy importantes y afectan la Cena del Señor. En los versículos 27-32 vemos la vida del creyente y la condición en que debemos tomar la Cena. Por eso es un tiempo de reconciliación, no durante la Cena, sino antes, porque debemos examinarnos y juzgarnos, confesando cualquier pecado para que andemos en comunión con el Señor (1 Jn. 1:9). También si hay ofensas entre hermanos se deben hacer las paces antes de acercarse para adorar (Mt. 5:23-24).
     Muchos Salmos expresan el vocabulario de adoración y alabanza, y por eso son apropiados para leer y para guiar nuestras oraciones en la Cena del Señor. El Salmo 103 expresa la gratitud, alabanza y adoración de la persona que ha sido perdonada. Esto tiene que estar en nuestro corazón cada vez que nos congreguemos para recordar al Señor. El pueblo salvo, reconciliado, debe ser agradecido y venir cada semana a adorar y recordar al Redentor que nos amó y nos lavó de nuestros pecados en Su sangre (Ap. 1:5). Es importante estar con los hermanos, pero todavía más importante es porque el Señor está en la reunión, y ahí Él nos espera. ¿Qué cita hay más importante que esta? ¡Ninguna! No le vemos con los ojos, pero por la fe sabemos que Él está ahí como prometió: “allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). Entonces, la Cena del Señor es un acto de fe, devoción, reconciliación, valor, testimonio y advertencia.
    Los versículos 27-29 usan la palabra “indignamente”. Recordad que se refiere a la forma de hacerlo o a la manera de hacer de los que la celebran sin juzgarse. “Pruébese cada uno a sí mismo” dice – no hay que probar a los demás, sino a ti mismo. El versículo 31 dice: “si nos examinásemos a nosotros mismos” – porque no debemos examinar a los demás sino a nosotros mismos.  Caso que no, el Señor tendrá que juzgarnos y tal vez con enfermedad o muerte (v. 30). El Señor castiga a los Suyos para que no sean condenados con el mundo (v. 32). “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (He. 12:6). El Señor quiere la hermosura de la santidad en nuestra adoración, y que le traigamos a la mente reconociendo Su gran sacrificio para redimirnos.
    Es importante que al participar, hermanos, tengamos en consideración a los demás. Unos consejos prácticos para los hermanos que participan. Primero: concéntrate en Cristo y Su obra. Mira la mesa y recuerda por qué hemos venido. Segundo: sé breve para que puedan participar otros. Hay que ir al grano, no saques argumentos, ni instrucciones, ni motivos de oración. No te repitas vanamente (Mt. 6:7). Leyendo y meditando Apocalipsis 4 y 5, podemos aprender mucho acerca de la adoración, de cómo recordar al Cordero de Dios y Su obra, y de cómo expresarnos en Su presencia. ¡En estas escenas en el cielo vemos la adoración pura a Dios y al Cordero! Todo lo que hacemos debemos hacerlo en comunión con Dios y con los hermanos. Recordemos el propósito de la Cena del Señor. Hagamos memoria del Señor y hablemos de Él, para Su gloria.
adaptado de un estudio dado el 17 de junio, 2018

Tuesday, May 1, 2018

Salmo 138

Dios Atiende Al Humilde,
Mas Al Altivo Mira De Lejos

Texto: Salmo 138

Nos levantamos por la mañana sin saber lo que nos acontecerá ese día. Pero Dios sí sabe y provee para nosotros. Aquí David da gracias por la ayuda recibida. No hay cosa mejor que escuchar a una persona que ha pasado por una experiencia como la tuya, y puede aconsejarte o animarte.
    David alaba al Señor por Su misericordia y fidelidad. Pero es importante recordar qué tipo de hombre era David. El Señor ayuda a los que le aman y quieren caminar con Él. David no era perfecto, eso lo sabemos todos, pero no cabe duda de que amaba a Dios y deseaba glorificarle. Y nosotros tampoco somos perfectos, pero si amamos al Señor y deseamos hacer Su voluntad y glorificarle, Él nos ayudará. La vida cristiana no está sin pruebas y dificultades, pero es una vida de fe en Dios y Sus promesas.
    Algo le había molestado o preocupado a David, y se postró (v. 2) primero y clamó. Luego, cuando Dios le respondió, se postró para alabar, porque Dios le había oído y respondido (vv. 1-3). Dios tiene misericordia para perdonar y socorrer, y fidelidad para amparar y sostener.
    En el versículo 4 vemos que llegará el día cuando todos le alabarán, incluso los reyes. El versículo 5 dice que cantarán de los caminos de Dios, pero no será la música del mundo, porque ésa habrá desvanecido. Cantarán a Dios en el milenio, y después por la eternidad en la tierra nueva. ¿Por qué?  El versículo dice, porque Su gloria es grande, y el versículo 6 dice que Él es excelso.
    Otra cosa importante en este versículo es que Dios atiende al humilde. David lo conoce por experiencia y es uno de los motivos de este salmo. La humildad es atractiva a Dios, y como criaturas Suyas nos conviene, siempre. Pero la altivez le es aborrecible. “Al altivo mira de lejos” (v. 6). No le escucha, y él tampoco le hará caso.   
    David afirma en el versículo 8, “Jehová cumplirá su propósito en mí”. Todo creyente debe tener esa confianza. En Filipenses 1:6 leemos: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Los seres humanos hacemos promesas y no las cumplimos, a Dios y a los hombres. Pero Dios no es así. Su misericordia es eterna. Él cumple Sus propósitos eternos en los que confían en Él. Nos salva eternamente, nos conformará a la imagen de Su Hijo, y un día seremos glorificados. Esos son Sus propósitos eternos. No fallarán. Ahora bien, Dios también tiene propósitos para nosotros en esta vida, y para que éstas se cumplan es necesario andar en comunión con Él y guardar Su Palabra.
    Volvemos al versículo 3, que dice: “el día que clamé”, hablando del día cuando una prueba o problema había  surgido y se veía en apuros, necesitado de ayuda divina. “Clamé” dice, y es lo que hay que hacer, clamar no a los hombres sino a Dios. “Me respondiste”, testifica. Es la experiencia feliz de todo creyente que clama al Señor y espera en Él. Cuando pedimos o clamamos a los hombres en lugar de a Dios, mostramos falta de fe en Él. Pedimos a los hombres porque creemos más en ellos, su poder, su dinero, su influencia, que en Dios. ¡Qué triste! Porque Dios es quien escucha nuestro clamor y responde. No creas que Dios no escucha porque sí lo hace.
    David da testimonio de cómo Dios responde. “Me fortaleciste con vigor en mi alma” (v. 3). No en el cuerpo, sino el alma que es más importante. Cuando el alma está fuerte no importa tanto la condición del cuerpo. El cuerpo no es lo principal, sino el alma, y ella es justo lo que muchos descuidan.  “Me vivificarás” (v. 7), y “cumplirá su propósito” (v. 8) son expresiones de esperanza en la respuesta divina al clamor del creyente.
    Él es el Salvador y Pastor de nuestra alma. El mundo no le conoce, y por eso está así, pero nosotros sí le conocemos y tenemos el privilegio y el deber de andar en comunión con Él y hacer Su voluntad. Si le somos fieles, nos surgirán problemas en este mundo arruinado por el pecado y dominado por Satanás, pero Dios nos ayudará. Los hombres a veces no quieren ayudarnos aunque tengan recursos. Otras veces no tienen para ayudarnos. Pero Dios tiene todo el poder, los recursos y la buena voluntad.
    Otro rey que le clamó estándo en angustia era Ezequías (2 R. 20). Al recibir la noticia de su próxima muerte, lloró y clamó a Dios, y Él le respondió (vv. 1-6). Oró como David en el Salmo 138. Pero sinceramente para orar así, hermanos, hay que vivir así como él. No son palabras mágicas, sino expresan la esperanza de uno que vivía para Dios. Observa lo que Ezequías dijo en el versículo 3 y como esas cuatro cosas describen su vida antes de esa prueba:

    (1) “he andado delante de ti”
    (2) “en verdad”
    (3) “con íntegro corazón”
    (4) “he hecho las cosas que te agradan”

    “Y lloró Ezequías con gran lloro”. La noticia de su muerte le conmovió, obviamente por razones personales, pero también posiblemente porque veía tanto más que necesitaba hacer. Dios le respondió en misericordia y le concedió quince años más de vida. Pero en esos años nació Manasés que fue un terrible rey que llevó al país más allá del punto de no retorno. Pero Ezequías no podía preveer esto.
    Volviendo al lenguage del versículo 3, y esos cuatro afirmaciones de Ezequías, la cuestión para nosotros es si podemos decir lo mismo que él. ¿Esas cuatro cosas describen realmente nuestra vida? Es importante meditar en esto. Porque vivir así es cómo prepararse para el momento de prueba. Ezequías no clamó como muchos que viven sin tener en cuenta a Dios, y luego que surja un problema claman y hacen promesas a Dios, para que les ayude. Se vuelven religiosos de repente, en sus apuros. No así la vida de David o de Ezequías.
    Y hermano, hermana, debes saber esto. Aunque vivas para Dios, un día entrará la tragedia en tu vida o tu casa. Ojalá podrás orar como Ezequías, la oración de uno con vida justa y fiel, porque si vives de espaldas a Dios, en altivez e independencia, entonces Dios no te responderá. Porque Dios atiende al humilde, pero al altivo mira de lejos.

Monday, March 12, 2018

Dios Se Encarga De Nuestros Enemigos


Texto: Proverbios 16:7

El texto dice:  “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él”. Aquí vemos una promesa de Dios, y es alentadora, pero está condicionada. Hermanos, la Biblia es un libro de promesas. Está llena de las promesas de Dios. Cuando las leamos, la idea es que las reclamemos delante del Señor y cumplamos las condiciones que Él ha establecido.
    Aquí la condición es vivir una vida que agrada al Señor, y escoger caminos que le son agradables. Es una promesa grandiosa. Dios quitará la ira y el odio de los que quieren hostigar a los piadosos, o cambiará la actitud agresiva de un miembro de la familia que no cree como nosotros. Esto no quita que a veces los creyentes somos llamados a padecer persecución por nuestra fidelidad al Señor (por ejemplo: 2 Ti. 3:12; 1 P. 4:16). En tales casos debemos ser fieles al Señor en medio de la adversidad, y no vengarnos a nosotros mismos, ya que Dios ha dicho que Suya es la venganza. Pero muchas veces hay otros enemigos que podrían ser, digamos, “tranquilizados” por el Señor. Dios puede cambiar o apagar la hostilidad. Vamos a considerar unos ejemplos.
   
1. Josafat (2 Cr. 17:1-6)

    Josafat era un rey piadoso, y aunque no era perfecto, la Palabra de Dios le describe así: “haciendo lo recto ante los ojos de Jehová” (1 R.22:43). Dos veces en 2 Crónicas 17, en los versículos 3 y 6, menciona su buen andar: en los caminos de David y los caminos Jehová. Jehová estuvo con él de manera especial porque: (1) él anduvo en los primeros caminos de David, esto es, en piedad y devoción. Josafat reconoció que el buen camino estaba en el ejemplo de sus antecesores piadosos, y no desestimó su ejemplo como muchos hoy en día hacen. (2) No buscó a los baales, aunque el culto a los baales era popular y muy extendido tanto en Israel como en Judá. Pero Josafat no se puso “al día”, ni fue progresista. (3) Animó su corazón en los caminos de Jehová. Lo que hizo, no lo hizo a regañadientes, sino con ánimo. Nuestro ánimo en cosas espirituales es importante a Dios. (4) En los versículos 7-9, Josafat mandó enseñar la Palabra de Dios en todos los pueblos del país. Usó su autoridad como rey para bien.
    Entonces, observemos los resultados buenos. En los versículos 10-11 vemos que tuvo paz y favor ante sus enemigos, y se convirtieron en tributarios y pacíficos. “No osaron hacer guerra”. Dios obró en base a lo que Proverbios 16:7 dice, a favor de Josafat, y puede hacer lo mismo a favor nuestro, si como Josafat escogemos caminar como agrada al Señor. En lugar de preocuparnos con los enemigos, debemos poner atención en agradar a Dios. Él se encargará de los demás.

2. Jacob (Gn. 31:1-5)

    Jacob tuvo conflicto con Labán quien también eran experto en engaño. En el versículo 3 Dios le manda volver a su tierra. Entonces en el versículo 17 él se levanta para ir como Dios le dijo. Pero sabiendo como era Labán, tuvo que salir secretamente porque de otro modo no le hubiera dejado. Entonces huyó y Labán, cuando lo descubrió, le persiguió, ciertamente no con buenas intenciones. Pero en el versículo 24 Dios frenó a Labán, interviniendo para que no dañara a Jacob. En el versículo 29 leemos que Dios le advirtió claramente. Dios obró a favor de Jacob.
    Ahora bien, Jacob salió de este problema y se metió en otro: el problema de Esaú, porque Jacob le había engañado y quitado la primogenitura. Aunque veinte años pasaron, este problema no había sido resuelto. En el capítulo 27:41-42 vemos que desde entonces Esaú quería matarlo.
    En los capítulos 32-33 vemos que venía Esaú y sus hombres de guerra con él. La vida es así – a veces salimos de un problema y nos metemos en otro. Jacob acaba de ser librado del conflicto con Labán, pero poco después, en el 32:6 recibe la noticia de la venida de Esaú. Un problema lo tenía detrás suyo, el otro por delante, y podríamos decir que otros problemas los tuvo dentro de sí y en sus propias tiendas. Pero el problema que en este momento captó toda su atención y le tuvo totalmente ocupado y preocupado era la venida de Esaú. Tuvo miedo, y en el versículo 9 hace lo que debemos: ora y clama a Dios recordando sus promesas: “me dijiste...”.  En el versículo 12 también leemos: “tú has dicho: yo te haré bien”. Qué bueno es conocer la Palabra de Dios y las promesas que Él ha dado, porque quienes hacen esto pueden reclamarlas y ser esperanzados en tiempos de necesidad.
    En el 33:1-4 vemos el encuentro pacífico, con amor y reconciliación. Dios había apaciguado el corazón de Esaú, como sólo Él puede hacer. En el versículo 10 Jacob reconoce que ha sido recibido con favor. Dios le salió al encuentro, haciendo que Esaú estuviera en paz con él.
    Hay otros ejemplos en las Escrituras, pero no vamos a considerarlos todos ahora. El testimonio de David en Salmo 27 es de confianza en Dios en el día malo. David buscó a Dios, pasó tiempo en la presencia de Dios, y luego dijo: “... él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto. Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean”. 
    Mencionaré  rápidamente que en Hechos vemos que Saulo de Tarso era un gran enemigo de los primeros cristianos, pero ellos oraron y él fue cambiado. El Señor, si así desea, puede tocar el corazón de los que nos son contrarios. ¿Qué es lo que Él pide de nosotros? Que nuestros caminos le agraden, esto es: que andemos en comunión con Él y vivamos vidas que le agradan.  Nuestro gran deber es vivir para agradar a Dios, y luego, confiar en Él para que, conforme a Su promesa, Él nos cuide y nos ayude. He aquí Sus promesas otra vez, en el Salmo 34:15-18, “Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos. La ira de Jehová contra los que hacen mal, para cortar de la tierra la memoria de ellos. Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias”. Que así sea en nuestras vidas. Vivamos vidas de justicia, agrademos al Señor, y confiemos en Él en el día malo. Él promete que nos ayudará.
    Dicho todo esto, debemos recordar que Dios permite pruebas, tribulaciones, enemistades y aflicciones en la vida del creyente (Jn. 15:18-19). Job que no había hecho nada desagradable a Dios, sin embargo sufrió. Los profetas de Dios en el Antiguo Testamento eran fieles siervos Suyos, sin embargo muchos sufrieron por su fe (Stg. 5:10). Los "otros" de Hebreos 11:35-38 sufrieron por la fe, y también los mártires debajo del altar en Apocalipsis 6. Santiago 1:3-5 aclara que Dios permite pruebas en la vida del creyente para fortalecerle, y Romanos 5:3-5 indica que Dios nos da fortaleza para soportar las aflicciones y las enemistades. ¿Qué otra cosa esperamos en el mundo que rechazó y crucificó a Cristo nuestro Señor? Hasta nuestro propios familiares pueden volverse en contra nuestro si siguimos fielmente al Señor (Mt. 10:35-36). El consejo de 1 Pedro 4:16 al creyente que padece a manos de otros es: "si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello".

Saturday, September 16, 2017

EL RICO INSENSATO

Texto: Lucas 12:13-21
   Aquí vemos a un hombre que se acercó a Cristo con un problema jurídico y familiar, de los que se suele ver mucho, los conflictos sobre la herencia. Pero el Señor rehusó meterse porque no había venido para meterse en cuestiones de herencias. Aprovechó el momento para enseñar una gran lección a través de la parábola del rico insensato.
    Hoy toda la gente habla de sus planes y casi nunca dice “si Dios quiere”. A Dios, Su voluntad y Sus juicios los tienen lejos de sus pensamientos (Sal. 10:4). No cuentan con Dios, como el hombre en esta parábola que vivía envuelto en lo suyo.
    El versículo 16 dice que era “un hombre rico”, y que además, su heredad produjo mucho. Este comentario despertó la atención de la gente. Se pensaba entonces como hoy que las riquezas eran señal de piedad y bendición. Por eso en Mateo 19:23-25 los discípulos se asombraron cuando el Señor dijo “que dificilmente entrará un rico en el reino de los cielos” (v. 23).
    En el versículo 17 vemos cómo pensaba ese hombre rico. No en Dios, sino en sí mismo y sus posesiones: “mis frutos...mis graneros...” etc. Cuando habla usa el término posesivo: “mís” muchísimo. Sufría de una sobredosis de egoísmo. 1 Corintios 4:7 advierte: “Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?”
    Ese rico me recuerda cómo el pueblo de Israel en 1 Samuel 4 salió a la batalla contra los filisteos con el arca pero sin Dios. No consultaron a Dios ni acerca de la batalla ni acerca del arca. “Si Dios quiere” no estaba en sus pensamientos. Luego dijeron: “¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos?” (1 S. 4:3). Porque no contaron con Él.
    A veces Dios nos da bienes esperando la gratitud y el uso desinteresado para Sus intereses, pero qué ingratos somos. El rico se preguntó: “¿Qué haré?”, pero no preguntó a Dios. A veces vienen cosas buenas a nuestra vida, pero no reaccionamos espiritualmente. El Salmo 62:10 advierte: “Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas”, pero son pocos los que caen en ese error. Dios acusó así al príncipe de Tiro: “Con tu sabiduría y con tu prudencia has acumulado riquezas, y has adquirido oro y plata en tus tesoros. Con la grandeza de tu sabiduría en tus contrataciones has multiplicado tus riquezas; y a causa de tus riquezas se ha enaltecido tu corazón” (Ez. 28:4-5). Como el rico en Lucas 12, la gente piensa en sí y se consulta a sí misma, pero ya está. No busca el consejo de Dios ni está dispuesta a desprenderse de los bienes que Dios le permitió recibir. El aconsejarse a sí mismo es un problema general – los jóvenes no buscan el consejo de Dios mediante sus padres, los hermanos en las iglesias no buscan el consejo de Dios a través de los ancianos. Cada uno dirige y gobierna su propia vida, y como con el rico en nuestra parábola, el resultado no es nada bueno.
    No sólo se pregunta a sí mismo, sino que en el versículo 18 él mismo se contesta, se aconseja y decide qué va a hacer. Era rico, y Dios le había permitido tener bendiciones materiales, pero no era un hombre espiritual. Sus bienes eran una prueba, y salió desaprobado, porque hizo para sí tesoro (v. 21). No dejó a Dios guiarle. Nada más habla de sí mismo: sus graneros, sus frutos, sus bienes – super egoísta, y hay muchos como él que cuando reciben algún bien, no piensan que sería para ayudar a otros, sino para quedarselo y edificar casas y granjas más grandes. Creen que son como son y tienen lo que tienen porque se lo merecen. No lo ven como regalo de Dios u oportunidad para servir, o mayordomía de que tendrán que dar cuenta. En lugar de eso, piensan en mejorar su vida, comprar y edificar más, acomodarse más. Ya vimos en el versículo 16 que ese hombre era rico para comenzar, y tenía una heredad. Realmente no necesitaba más y mejores cosas, pero las riquezas tienen ese mal efecto en la mente humana. Son pocos los ricos que viven humildemente. Sus casas son más grandes de lo que necesita una persona normal, pero ya no se consideran normales, sino especiales, como ese rico insensato. Él es el retrato de la persona que no tiene en cuenta a Dios, que se cree dueño y no siervo.
    Escuchemos cómo habla en el versículo 19, porque es escandaloso. “Y diré a mi alma...” ¡¿Qué?! Dios dice que todas las almas son Suyas (Ez. 18:4). Pero éste se creía dueño de todo, hasta de su alma. Es una actitud demasiado parecida a la del ateo William Ernest Henley en su poema “Invictus” en que termina declarando: “Yo soy el amo de mi destino: Soy el capitán de mi alma”.
    El rico se dice: “tienes guardados” – y eso indica que hizo lo prohibido: “No os hagáis tesoros en la tierra” (Mt. 6:19). Hizo tesoro en la tierra para el futuro. En vez de vivir humilde y repartir todo lo demás, guardó lo que no necesitaba. No pensó en nadie más. Tenía “muchos bienes... guardados para muchos años”. No necesitaba orar pidiendo: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, porque él tenía mucho más de lo que necesitaba y no vivía dependiente de Dios. No fue el único caso así, porque eso se repite diariamente en nuestros días en todas partes del mundo. 2 Corintios 8:13-15 enseña que Dios permite a algunos tener más para que lo compartan con los que tienen menos, y que “haya igualdad”. Pero lo que suelen hacer los ricos es dar un poco a los demás y quedarse con la mayor parte. Ellos siguen ricos y los pobres siguen pobres. Podían haber hecho más, pero no quisieron.
    El rico dijo: “para muchos años”, pero se equivocó porque el futuro está en manos de Dios, no en las nuestras ni en nuestros ahorros. Egoístamente se aconsejó: “repósate, come, bebe, regocíjate”. Lo que tenía era para guardar para él mismo, no para Dios ni para los demás. Vivía en un nivel por encima de los demás. Tenía que haber pensado: ¿De dónde sale lo que comemos? De la tierra. ¿Quién la hizo? Dios. ¿Quién me pemitió tener esa heredad, y quién me dio fuerzas para labrar la tierra? Dios. Dios es quien da la vida y todo lo que tenemos. Dios no estaba entronizado en su vida, ni en las de muchas personas. No lo reconocen, excepto cuando se ven en apuros. No le tienen en cuenta, ni le consultan, ni desean saber Su voluntad.
    El versículo 20 presenta un cambio brusco, porque comienza con la palabra “pero”. El Señor cambia de lo que el rico se decía a lo que Dios le decía. La frase: “Dios le dijo”, marca el momento de la intervención divina. No le llama al rico por su nombre, sino por un término que describe su actitud y hechos: “Necio”, que significa insensato, engreído, fatuo. Es el análisis divino. La gente podía ver al rico como bendecido y como alguien con quien cultivar amistad – por la cuenta que le traería. Pero Dios no se arrima a los ricos así ni los admira. Están bajo prueba con los bienes que tienen, y muchos yerran, pecan y salen desaprobados: “Necio” le dijo. Un pobre también puede ser necio, y bastantes hay, porque hay más pobres que ricos en el mundo, pero el  error necio del rico es creerse dueño, ser tacaño, vivir mejor que los demás y no tener en cuenta a Dios. Un hombre sin Dios es un desastre y una desgracia.
    “Esta noche” le anuncia, y eso en contraste con los “muchos años” (v. 19) que él pensaba que le quedaban. “Vienen a pedirte tu alma” – porque Dios envía esos mensajeros de muerte. No nos vamos cuando nos parezca, sino cuando Dios diga. “Está establecido para los hombres que mueran...” (He. 9:27), y el día establecido para ese rico necio era justo cuando él creía que no. ¡Qué necio guardar los bienes y no repartirlos antes de morirse, pero muchos hacen esto. No sueltan sus bienes hasta la muerte, y después quieren crédito por cómo son repartidos en la última voluntad, pero eso no es así. Cuando mueras, tus bienes dejan de ser tuyos y lo que no hiciste con ellos será así por toda la eternidad. Dios le pregunta: “lo que has provisto, ¿de quién será?”  Podía haberlos compartido con mochos pero no lo hizo.
    Entonces en el versículo 21 viene la aplicación: “Así es el que hace para sí tesoro”. Nadie debe hacer tesoros para sí, porque  Mateo 6:19-21 lo prohibe. Si los hace, debe ser para repartir, no para sí. No necesitamos tesoros, sino como 1 Timoteo 6:8 enseña: “teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto”. Otro pecado del rico era: no era “rico para con Dios”. Debía usar lo que tenía para hacer la voluntad de Dios, no para acomodarse a sí mismo. Dios tiene una serie de mandamientos para los ricos, en 1 Timoteo 6:17-19,
    “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna”.
    Aquel hombre no era culpable de ser rico, sino de quedarse con sus riquezas. Fue altivo. Puso esperanza para “muchos años” en sus riquezas. Dios le mostró que eran inciertas. ¿Cómo disfrutar de las riquezas en la voluntad de Dios? No edificando casas grandes, más graneros, guardando cosas, comprando más heredades, más cosas que no necesita, viviendo más y más comodamente, sino siendo humilde y manifestando fe en Dios respecto al futuro – eso es – no guardando tesoros sino repartiéndolos y quedándose dependiente de Dios. “Que hagan bien” – pero el rico no hizo bien, porque se quedó con lo que tenía. Hacer bien tampoco es dar una ofrendita o lo que te sobra o lo que no necesitas para seguir viviendo comodamente, sino que “sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos”. ¿Dios le bendice con mucho? Da mucho, sé rico en lo que das, no en lo que te queda, no un porcentaje, sino mucho, para que haya igualdad. Sé tan generoso que tienes que vivir como los demás, no un nivel por encima de ellos.  Así atesorarás, y Dios quiere que hagamos tesoros, sí, pero no en la tierra, sino sólo en el cielo. “Bienaventurado el que piensa en el pobre” (Sal. 41:1), pero ese rico no pensó en el pobre, sino en sí mismo y sus bienes y deseos de vivir comodamente.   
    Santiago 4:13-15 recalca ese problema de los ricos que piensan en viajar, negociar y ganar dinero sin tener en cuenta a Dios. No dicen: “si el Señor quiere”. Sólo piensan en lo que ganarán (v. 13). Hermanos, es muy importante no adueñarnos de nuestra vida, porque somos siervos, no dueños. Aprendamos a poner como prefacio y control a todas nuestras ideas y planes: “si el Señor quiere”, porque sólo Su voluntad es buena, perfecta y agradable (Ro. 12:2). Que el Señor nos ayude, tengamos lo que tengamos, a no cometer los errores fatales del rico necio.

Saturday, August 12, 2017

David y Otros Creyentes Desalentados


Texto: Números 21:4-9

Hermanos, ¿quién entre nosotros no se ha encontrado alguna vez desalentado? El diccionario define el desaliento como falta de ánimo, falta de vigor, descorazonamiento, miedo, aislamiento y falta de confianza. “Desaliento” y “desánimo” son términos bíblicos; no digamos “depresión” porque es un término que los psicólogos usan, popularizan y sacan provecho económico.
    En nuestro texto el pueblo de Israel se desanimó. Los varones de Dios también se desaniman a veces, como Elías, David, Jonás y Pablo. Los misioneros, ancianos y obreros pueden estar desanimados, y en la obra del Señor, hay que decir, no faltan motivos de desánimo, pero hay que superarlos. El desaliento afecta la vida espiritual, el servicio, y puede afectar la salud física. ¿Qué provoca el desaliento? Varias cosas, como hemos de ver.
    Luego en el caso de David en lo tocante a su hijo Absalón, era porque sembró pecado y le vino una cosecha amarga como castigo del Señor. Todos los problemas,  conflictos y pérdidas que luego sucedieron en la vida de David le causaron tristeza y desánimo. Varios de sus salmos expresan los dolores y tribulaciones de su alma.¡En esos salmos podemos aprender cómo expresar nuestras quejas!
    Cuando las cosas no salen como queremos, podemos ser desalentados. Esto le pasó al pueblo de Israel. Tenía que estar en el desierto para aprender los caminos de Dios, y como no quería esto, y se cansaba del maná celestial que Dios le daba, se desalentó y se volvió quejoso y difícil de gobernar.
    En el Salmo 73 vemos que Asaf el salmista se desanimó viendo la prosperidad de los malos. Cuando vemos que a los que no creen en Dios les van bien las cosas, y aparentemente están felices y tienen éxito, nos puede molestar y desanimar, especialmente cuando a nosotros no nos van tan bien las cosas. “¿Para qué vivo así?” uno puede preguntarse. Pero hay que leer todo el Salmo y saber cómo salió de estos pensamientos amargos y desalentadores. En el Salmo 37:1-7 tenemos los consejos aplicables a tales casos: “No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia...”  El Señor nos aconseja acerca de nuestra actitud. “Confía en Jehová” (v. 3). “Deléitate asimismo en Jehová” (v. 4). “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él” (v. 5). “Guarda silencio ante Jehová [quiere decir: “no te quejes”], y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino...” (v. 7). A todo puerco le llega su sanmartín, y a todo malo le llegará su juicio. No entretengamos pensamientos amargos, quejosos, ni nos alteremos cuando a éstos les van bien las cosas, porque al final tendremos dicha eterna y ellos, castigo eterno.
    Puede venir el desaliento en el retraso de las oraciones, cuando no vemos la respuesta que buscamos, cuando pasa tiempo y parece que no hay respuesta. “La esperanza que se demora es tormento del corazón” (Pr. 13:12). Pero Dios sabe mejor que nosotros cómo y cuándo responder a las peticiones. Si fuéramos Dios, haríamos lo mismo que Él. Moisés tuvo que esperar en el desierto cuarenta años hasta que llegara el tiempo de Dios para enviarle a sacar a Su pueblo.
    El pecado no confesado también puede traernos desánimo, porque nos aflige la conciencia, el Espíritu Santo nos convence de pecado, y andamos fuera de comunión con el Señor y con los Suyos. Esta situación es la del Salmo 32 cuando David describe cómo vivía atormentado y desanimado hasta que confesó su pecado. Dios puso Su mano sobre él día y noche. Hebreos 12:5 nos recuerda que no debemos desmayar cuando somos reprendidos por Él, y lo dice precisamente porque es la reacción natural que tenemos, la autocompasión y el desánimo. A veces tomamos decisiones por nuestra cuenta y actuamos fuera de la voluntad del Señor. Luego cuando vienen problemas, los resultados o consecuencias de nuestros hechos, nos quejamos como si el Señor nos hubiese hecho mal, ¡pero Él no tiene la culpa! Dios permite que cosechemos esos frutos amargos para que aprendamos y para que nos arrepintamos. Pero el camino de los transgresores es duro (Pr. 13:15).
    Una enfermedad mala, o prolongada, quita la fuerza y el vigor, y agota la paciencia. Job aguantó bien al principio pero al pasar tiempo perdía resistencia, se quedó desanimado y deseaba morirse.
    Cuando nos critican y hablan mal de nosotros o murmuran de nosotros, esto también puede afectar nuestro estado de ánimo. Consideremos algunos textos que demuestran esto. El Salmo 35:11-12 dice: “Se levantan testigos malvados; de lo que no sé me preguntan; me devuelven mal por bien, para afligir a mi alma”.  El Salmo 31:12-13 dice: “He venido a ser como un vaso quebrado, porque oigo la calumnia de muchos”. El Salmo 109:22-25 dice: “Porque yo estoy afligido y necesitado, y mi corazón está herido dentro de mí. Me voy como la sombra cuando declina; soy sacudido como langosta. Mis rodillas están debilitadas a causa del ayuno, y mi carne desfallece por falta de gordura. Yo he sido para ellos objeto de oprobio; me miraban, y burlándose meneaban su cabeza”.
    Cuando uno sufre oposición en el ministerio, y es malentendido y criticado por el pueblo, esto también puede causar desaliento. En Jeremías 20:7-10 vemos que el profeta llegó a decir que no hablaría más del Señor, que es lo que el diablo y el pueblo desobediente querían. Pero gracias a Dios, no pudo guardar silencio, porque la Palabra de Dios ardía en su corazón. Estos son problemas que padecen los que desean ser fieles ministros del Señor en tiempos de dejadez y mundanalidad.
    La muerte de un ser querido también trae tristeza y puede tentarnos a ceder al desaliento. En 2 Samuel 18:33-19:4 vemos la extrema tristeza y el desánimo del rey David sobre la muerte de su hijo rebelde Absalón. En Juan 11 vemos la tristeza natural de Marta y María después de la muerte de Lázaro. 1 Tesalonicenses 4:13 nos recuerda que aunque haya tristeza, en el caso de los creyentes no es como la tristeza de los que no tienen esperanza, porque habrá feliz reunión en la casa del Padre. Lamentamos, lloramos, y sentimos la ausencia de nuestro ser querido, pero tenemos que seguir adelante en la vida que el Señor nos concede.
    En el desaliento siempre quiere obrar y aprovecharse el diablo. Él provoca malas reacciones y busca quitarnos el gozo, la eficacia de nuestro testimonio y hacernos inútiles al Señor, nuestros hermanos y la iglesia. Te puede tentar a tirar la toalla, o a pensar mal de todos y sospechar de todos. En el Salmo 116:10-11 leemos: “...Estando afligido en gran manera. Y dije en mi apresuramiento: Todo hombre es mentiroso”. Hay que tener cuidado con los juicios y las decisiones cuando uno está desanimado. Un anciano en una iglesia, después de un disgusto por una traición, dijo que no se iba a fiar de nadie en la iglesia fuera de los de su propia casa. El desaliento puede convertirte en quejoso, criticón y murmurador. Puede afectar tu comunión con el Señor, si dejas de leer Su Palabra, meditar en ella, orar, asistir a las reuniones y participar en ellas. Parte de la definición del desaliento es la pérdida de confianza y el aislamiento. Cuando uno deja de reunirse, anda en peligro espiritual, y por esto tenemos la exhortación en Hebreos 10:25. También podemos sentir miedo, desgana, molestia, o ira y enojo. Son reacciones naturales o carnales, pero hay que remediarlos.
    1. Busca a Dios y clama a Él con todo el alma (Sal. 34:4; 42:1-2). El Señor escucha nuestro clamor y se acerca a los que se acercan a Él.
    2. Humíllate, quebrántate y confiesa el pecado (Sal. 32; Pr. 28:13; 1 Jn. 1:9; 2:1). El Señor es nuestro abogado para ayudarnos cuando pequemos. Pero no hay que hablar justificándonos ni hablando de lo que los demás nos han hecho. No hay que arrastrar ni implicar a nadie más, sino sólo confesar lo nuestro. Es el camino corto a la restauración de la comunión y la bendición, pero muchos por orgullo no quieren tomarlo.
    3. Espera en el Señor (Is. 40:30-31). Cuando sentimos agotadas nuestras fuerzas, recordemos que el Señor tiene poder inagotable y Él puede rejuvenecernos y fortalecernos. “No puedo más” es lo que dice el que confía en sí mismo, no el que confía en el Señor.
    4. Recuerda Sus promesas. “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). “El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (He. 13:6). “En el día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56:3). “No os afanéis...vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mt. 6:31-32). “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9).
    5. Recuerda todo el bien que te ha hecho, como hizo el salmista Asaf cuando estaba desconsolado. “Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas. Meditaré en todas tus obras, y hablaré de tus hechos” (Sal. 77:10-12).
    6. Entra en el santuario [en la presencia de Dios a través de Su Palabra y en meditación y oración] y contempla el fin de los incrédulos, el juicio de los malignos, para que no les tengas más envidia (Sal. 73:17-24).
    7. Eleva la mira al Señor en gloria (Col. 3:1-4). Si nos ocupamos de toda la maldad que hay en el mundo, las malas noticias, los problemas, la maldad que siempre aumenta y la falta de juicio, podemos amargarnos. Siempre hay que poner los ojos en el Señor en gloria y esperar en Él. Los hombres pueden fallar, pero Cristo nunca. Él no ha abandonado el trono ni lo hará. Contemplarle a la diestra del Padre nos ayuda a poner las cosas en perspectiva y renovar la esperanza. Nuestro Dios es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Co. 1:3).
    8. Toma fuerza y aliento de la gracia del Señor. “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9), significa que si estamos andando en comunión con el Señor, podemos gloriarnos en nuestras debilidades, para que repose sobre nosotros el poder de Cristo. Pablo dijo: “Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:10).
    9. Busca la comunión de los santos; no te aísles ni te retires de tus hermanos, de la iglesia (He. 10:25). Dios consoló a Pablo y otros con la venida de Tito (2 Co. 7:6). La comunión nos anima y nos fortalece.
    Que el Señor nos ayude a no tirar la toalla, ni volvernos amargos, sino reaccionar bien ante las adversidades y los problemas de nuestros tiempos.

Friday, August 11, 2017

"Si el Señor Quiere"


Texto: Santiago 4:14-17

Nuestro texto nos enseña qué importante es planificar nuestras vidas en la voluntad de Dios. El cristiano verdadero cuenta con la guía y ayuda de Dios, y busca (se supone) Su voluntad. Si no hace esto, no le van a salir nada bien las cosas.
    Una ilustración bíblica de estas verdades está en Números 32, en el caso de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés. El versículo 1 nombra dos veces el ganado de ellos. Eran ganaderos y pensaban en sus intereses. Como Lot miró el valle del Jordán pensando en su ganado, y se fue de la voluntad de Dios. Viendo buena la tierra al otro lado del Jordán, las dos tribus y media querían quedarse. Pensemos en esto un momento. Es como si no confiasen que en la tierra prometida Dios pudiera darles buenas tierras. Entonces en los versículos 6-15 Moisés les responde recordando el mal ejemplo de sus padres cuarenta años antes cuando no quisieron entrar en la tierra prometida. En los versículos 14-15 dice que ellos han sucedido en lugar de sus padres, y les advierte que están en peligro de destruir al pueblo. En todo esto no escuchamos a las dos tribus y media decir ni una vez: “hágase la voluntad del Señor”, porque la gente llena de sus ideas y planes no busca sino la suya.
    Pero responden y hablan a Moisés en los versículos 16-19 y luego del versículo 20 en adelante dando sus explicaciones y promesas. Entonces Moisés se ablandó y les dejó apañarse para salirse con la suya. No tenía que haber hecho esto. Estaba cediendo a la voluntad de ellos. A veces para evitar un mal se causa otro. No queremos una confrontación o conflicto, así que cedemos a los deseos de los que buscan salirse con la suya, y al final la cosa acaba mal.
    Volvamos a Números 13 para considerar lo que pasó en la generación anterior. Moisés permitió al pueblo enviar espías (Dt. 1:22 dice que ellos lo habían pedido) Se había ablandado ante ellos y su sugerencia en lugar de insistir en que se metieran en la tierra, porque para esto habían venido guiados por Dios. Entonces fueron los espías, reconocieron la tierra, y volvieron con un informe negativo (vv. 28-29) – los gigantes, Amalec que les había hecho daño antes, etc. – y entonces en el capítulo 14 el pueblo gritaba y daba voces, llorando y quejándose de Moisés. Se les olvidó todo el milagroso cuidado de Dios en el camino, se volvieron ingratos y desconfiados.
    En Números 14:20-25 Dios contestó con ira y castigo, y los mandó al desierto a morir. En el versículo 34 Dios les mandó un año de castigo por cada día que pasaron espiando la tierra. No quisieron entrar ni recibir lo que Dios les daba. Dios les daba la tierra prometida pasando el Jordán, y había planificado todo para bien, pero ellos iban haciendo las cosas a su manera.
    En Números 26:52-56 Dios manifestó cómo quería repartirles la tierra. Él ya tenía un plan. Pero Rubén, Gad y la media tribu de Manasés querían escoger para sí, a su gusto, en lugar de dejar a Dios escoger. Mucha gente vive así hoy, quiere escoger la vida que le parece, el novio que le parece, y muchas cosas así en lugar de recibir agradecidos lo que Dios escoge. En Números 33:54-55 vemos otra vez lo que Dios quería – repartir la tierra y tenerles adentro para echar a los cananeos, y tanto entonces como ahora, al no hacer las cosas que Dios quiere y como Dios quiere, salen mal y perjudiciales.
    Hoy la gente hace también sus planes sin contar con Dios: los estudios, el trabajo, el noviazgo y matrimonio, y sin la voluntad de Dios proceden a arreglar su vida como les parece. Por esto el matrimonio hoy dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio. La sociedad hoy se desintegra delante de nuestros ojos, y en algunos casos las iglesias también, como hemos oído de iglesias que cierran las puertas y dejan de existir, o que siguen existiendo pero de una manera que ya no son iglesias sino más bien teatros o ludotecas. Y todo esto es por no vivir diciendo: “Si el Señor quiere”.
    Las dos tribus y media tenían un ejército grande, como vemos en Números 2. Allí al principio de Números vemos cómo Dios planificaba el orden y el proceder de Su pueblo. Rubén está en los versículos 10 al 13, y su ejército tenía 59.300 hombres. Gad sale en los versículos 14 y 15, y su ejército numeraba 45.650 hombres. En los versículos 20 y 21 está Manasés con sus 32.200 soldados. Sumando los ejércitos de estas tribus  vemos que tenía 138.150 soldados, y prometieron ir delante de sus hermanos y ayudar con la conquista de la tierra. Pero, ¿qué pasó luego? En Josué 4:12-13 leemos que las tribus de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés pasaron adelante, pero eran sólo cuarenta mil hombres armados en total. ¡Menos de la mitad de sus soldados fueron a ayudar! No cumplieron su promesa. Números 30:2 dice que hay que cumplir las promesas, pero no fueron íntegros ni con Dios ni con sus hermanos. Así es la gente que hace lo que quiere y no lo que el Señor quiere. En el Nuevo Testamento Ananías y Safira intentaron dar parte a Dios haciendo ver que era todo, pero por su engaño cayeron muertos. Meditemos en esto.
    Debemos primero hacer lo que el Señor quiere. El hecho de que tienes deseo fuerte de hacer algo no equivale a la voluntad de Dios. Su Palabra debe dirigirnos, no la lógica, las emociones, y otras cosas así. "Dios me guió" - dicen para justificarse, cuando realmente ellos mismo se guiaron. En nuestros tiempos, a veces queremos estar en la iglesia y en el mundo, como Rubén, Gad y Manasés querían estar en Israel y en el otro lado del Jordán. No queremos lo que el Señor quiere, sino estar con el Señor a nuestra manera y en la iglesia a nuestra manera. Muchos se han bautizado pero luego salieron y hacen lo que les da la gana. No quieren lo que Dios da, lo que Dios ordena, lo que Dios reparte, lo que Dios quiere. Ponen sus ojos y afectos e intereses en cosas que están fuera, y arriesgan y arruinan todo por salirse con la suya. Es pura locura pero así es la voluntad de la carne, parece una forma de demencia. Sabían mejor, habían aprendido mejor, habían sido encaminados, pero luego se les metió en la cabeza una idea de gustos propios, y desecharon lo que el Señor quiere para tener lo que ellos quieren. ¡Y lo pagarán caro!
    Las dos tribus y medio, alejadas así, fueron las primeras que se apartaron de Dios y que salieron al cautiverio, conquistadas por Asiria. Lee el triste comentario en 1 Crónicas 5:25-26. Dios quería ver a Su pueblo junto, unido, no dividido y separado unos en un lado y otros en otro lado. En el desierto, desde Sinaí en adelante, Israel estuvo repartido en torno al tabernáculo, todos juntos. Presentaba una vista bonita que ilustra cómo la iglesia debe estar alrededor del Señor, todos cerca del Señor y guiados por Él. Pero más adelante Israel empezaba a mirar con los ojos de la carne, deseando lo que Dios no daba, y de ahí la triste historia de las tribus que pensando en ventajas personales se apartaron del resto del pueblo. Ahí está la historia para que aprendamos de ella, pero ¿quién quiere humillarse hoy y confesar que ha buscado lo que quiere en lugar de lo que el Señor quiere?  Sería mejor confesarlo y arrepentirse hoy, que luego en el juicio cuando sea tarde. Que el Señor nos ayude a hacer una verdadera aplicación de esta gran verdad, y siempre decir: “Si el Señor quiere” acerca de todo aspecto de nuestra vida. No lo que queramos nosotros, sino lo que el Señor quiere. Así debe vivir el pueblo redimido, el pueblo que ya no es suyo sino que ha sido comprado por precio. Empieza cuando nos quebrantamos, abandonamos el amor propio y nuestra propia sabiduría, y decimos al Señor en oración: “No lo que quiero, sino lo que tú”.

Saturday, July 22, 2017

No Seamos Olvidadizos



Texto: Job 8:1-18

En el capítulo 7 Job había orado, pero aquí en el capítulo 8 su amigo Bildad habla y le acusa de tener pecado. Le anima a buscar a Dios de todo corazón – lo que precisamente acaba de hacer en el capítulo anterior. Bildad, como los otros amigos de Job, se equivoca en mucho. Ellos basan sus discursos y consejos en su presuposición de que el mal había alcanzado a Job como castigo por algo malo que él había hecho. Estaban equivocados, como bien Dios les dice al final del libro. Ahora bien, algunos de sus dichos y consejos son correctos y dignos de considerar, aunque NO se aplican a Job por cuanto él había sido fiel a Dios (véase capítulos 1 y 2).
    En los versículos 1-3 Bildad protesta las palabras que Job acaba de decir, y afirma que Dios no torcerá el derecho (v. 3). Entonces, en el versículo 4 Bildad alega que los hijos de Job murieron porque habían pecado, lo cual no solamente es incorrecto sino cruel. Leyendo los primeros dos capítulos del libro sabemos que no fue así, sino que Satanás los mató para atacar a Job. Al diablo le gusta atacar a padres piadosos por medio de sus hijos, para causar sufrimiento y desánimo.
    Lo que dice en los versículos 5-7 es correcto, y buen consejo, pero no aplicable a Job en su situación. Dios atiende la oración de los que le buscan temprano.
    En los versículos 8-9 vemos algo importante que debemos recordar: que tenemos poco tiempo y sabemos poco. “Pues nosotros somos de ayer, y nada sabemos, siendo nuestros días sobre la tierra como sombra”. Por eso debemos aplicar Santiago 1:5 diariamente y pedirle a Dios sabiduría. Cuando decidimos y actuamos sin consultar a Dios y esperar Su respuesta y guía, es muestra de nuestra autonomía e independencia, cosas que a Dios no le agradan. Somos Sus hijos, y todo debemos hacer conforme a Su voluntad.
    En los versículos 10-15 vemos los caminos de todos los que olvidan a Dios (v. 13). El junco necesita lodo, el prado necesita agua, y el ser humano necesita a Dios. Los que dan la espalda a Dios serán castigados. Como las plantas sin agua, es cuestión de tiempo, y van de mal en peor. Es verdad, y ciertamente aplicable a algunos de nuestros hijos que se han criado en el evangelio pero luego se han desviado y andan por caminos que no agradan a Dios. Los que se olvidan de Dios serán castigados, porque sin Él, no pueden ir adelante. Es una advertencia. Y el diablo quiere que la gente olvide a Dios, y a propósito provee mil cosas con las que ocuparse para no tener ni tiempo ni ganas de las cosas de Dios. Pero en este caso, aunque sea verdad, no se aplica a Job y sus hijos como Bildad se supone. En esto se equivoca, porque le falta la información de los primeros dos capítulos del libro.
    Luego en los versículos 16-19 da otro ejemplo, del árbol que crece y echa raíces, pero que luego es desarraigado.
    Los versículos 20-22 contienen verdades importantes, pero Bildad implica nuevamente que los hijos de Job murieron por impiedad. Es verdad que Dios no apoya la mano de los malignos y que la habitación de los impíos perecerá, pero esto no explica lo que le pasó a Job. Los primeros dos capítulos del libro demuestran que no fue por pecado suyo, pues Dios estaba contento con la vida y el carácter de Su siervo. Recordemos que el Salmo 73 expresa la perplejidad del salmista al ver la prosperidad de los malos. Muchas veces prosperan en esta vida, pero lo que les espera al final es ruina y castigo. De modo que, al contrario de lo que dicen los amigos de Job, los justos muchas veces sufren y los malos prosperan, pero al final Dios lo enderezará y pondrá todo en su sitio.
    Pensemos un poco más en las advertencias de Bildad acerca de los que olvidan a Dios. Es un tema que la Biblia toca más veces. El Salmo 9:17 habla de los que se olvidan de  Dios. Primero dice los malos, porque olvidarse de Dios es una maldad. Cuando uno ha sido criado y enseñado en los caminos de Dios, y luego se rebela y rechaza esto para ir por sus caminos, acarrea condenación. Dios desaprueba su comportamiento y le castigará. En contraste, en el siguiente versículo (v. 18), vemos que Dios no olvida al menesteroso. Dios se acuerda de nosotros para bien, y quiere que le recordemos y que hagamos caso de la sana enseñanza y ejemplos piadosos que hemos visto. El Salmo 50:22-23 también da una advertencia y exhortación a los que se olvidan de Dios. “Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace, y no haya quien os libre. El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios”. Son palabras fuertes y los que van por su camino a su manera deben parar y hacer caso antes de que venga el castigo porque entonces no habrá remedio. Honra a Dios y ordena tu camino si quieres ver la salvación de Dios. En el Salmo 103:2 el salmista nos instruye: “y no olvides ninguno de sus beneficios”. A continuación cuenta Sus beneficios para que los tengamos en cuenta y manifestemos gratitud.
    Dios provee en Su Palabra para que no le olvidemos ni a Él, ni Sus caminos, ni Sus beneficios. Hermanos, que el Señor nos ayude a no ser olvidadizos, sino a pensar en Dios, recordar agradecidos Sus beneficios, y siempre tenerle en cuenta en todo. Y a los que en alguna manera se han olvidado de Dios y de la instrucción que recibieron en Sus caminos, el mensaje de Dios para vosotros es parar, recordar ya de dónde habéis caído y arrepentíos sin más demora.