Wednesday, May 20, 2015

GUERRA LARGA


La Guerra De Los Creyentes

Texto: 2 Samuel 3:1

Aquí hay la historia de una guerra civil entre dos bandas, la casa de Saúl y la casa de David, y el resultado iba a ser la victoria o la muerte. Pero 1 Corintios 10:11 informa que las cosas en el Antiguo Testamento fueron escritas para nuestra amonestació. Así es que cuando uno se convierte al Señor Jesucristo, entra también en una guerra, no entre creyentes o iglesias, sino entre dos reinos, entre dos casas: la de Dios y la de Satanás. No hay más. Cada persona pertenece a una de esas dos casas, y hace siglos que las lineas de batalla están marcadas y los ejércitos enfrentados.
    2 Corintios 5:4 dice que “gemimos con angustia”, y habla de la nueva naturaleza que todo creyente tiene y también de la lucha que tiene estando en el mundo. La casa de David representa esta nueva naturaleza y la casa de Saúl la vieja. El creyente tiene que ir fortaleciéndose en el Espíritu con el paso de tiempo, volviéndose más fuerte, no más débil.
    Muchos de nosotros luchamos para conseguir una transformación inmediata – y qué bueno es que el Señor obra inmediatamente de muchas maneras en la vida del creyente. Sin embargo hay aspectos en los que estamos en guerra toda la vida. El creyente puede caer, pero se levanta, y cuano alguien cae y se queda abajo y no se levanta, puede ser porque realmente no tiene vida. El justo cae siete veces y se levanta, dice Proverbios 24:16. Esto quiere decir que el creyente, aunque caiga momentáneamente, no se queda abajo. Se levanta y sigue en las filas del Señor. No se vuelve atrás ni se rinde. El fracaso no caracteriza su vida.
    Todos los días debemos tener presente esta guerra entre las dos casas, y alimentar y ayudar el desarrollo de la nueva naturaleza para que se fortalezca. Está claro que el Señor no nos abandonará, pues así lo promete (He. 13:5-6), pero Él tampoco nos fuerza a crecer en contra de nuestra voluntad y cooperación. Él nos salva, sin ayuda nuestra, pero es necesario cooperar con Él y aprovechar los medios que nos da si queremos crecer. Los que no se salvan, es por su culpa. Y los salvos que no crecen, es por su culpa. No somos víctimas manipulados sino responsables delante de Dios por nuestra condición espiritual.
    El apóstol Pablo oraba por la perfección de los creyentes. Es algo my importante, no opcional como sin importancia. Debemos pedirle al Señor que nos vaya perfeccionando, porque tengamos la edad que tengamos, es necesario. Y no sólo pedirlo, sino entregarnos de todo corazón a la tarea de crecer, pues es un mandamiento: “Creced en la gracia, y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18). ¿Qué medios ha provisto Dios para nuestro crecimiento? Por ejemplo, Su Palabra. “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 P. 2:2). También debemos perseverar, es decir, entregarnos con devoción, a la enseñanza, comunión y oración con los demás hermanos, en las reuniones y fuera de ellas (Hch. 2:42).  Hermanos, no hemos llegado todavía a la meta en la vida cristiana. Es decir, somos salvos, pero tenemos mucho crecimiento por delante. Leemos en Hechos 14:22 del ministerio apostólico a los nuevos creyentes: “confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22).
    El Salmo 18:32-36 usa el lenguaje del guerrero, al decir: “Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino, quien hace mis pies como de ciervas, y me hace estar firme sobre mis alturas; quien adiestra mis manos para la batalla, para entesar con mis brazos el arco de bronce. Me diste asimismo el escudo de tu salvación; tu diestra me sustentó, y tu benignidad me ha engrandecido. Ensanchaste mis pasos debajo de mí, y mis pies no han resbalado”. David pensaba en esa larga batalla con la casa de Saúl. Así debemos decir al final de la vida cristiana, si es que la hemos vivido para el Señor. ¡Vayamos adelante, no atrás!
    En Romanos 7:17 Pablo habla de la lucha en la vida del creyente, entre el creyente con su naturaleza nueva, deseando vivir para Dios, y su misma carne que se rebela y no quiere obedecer ni glorificar a Dios. En Romanos 13:14 leemos: “no proveáis para los deseos de la carne”. ¡Cuántos hemos desobedecido este mandato! En la lucha debemos hacer que nuestra carne se vaya debilitando, como pasó con la casa de Saúl. Siempre va a estar allí hasta que vayamos al cielo y luego, ¡libres para siempre! Pero aunque está presente ahora, no tiene el dominio a menos que dejemos de luchar, y si cedemos el campo de batalla, entonces la carne se sale con la suya, pero por culpa nuestra por no haber luchado.
    Otra ilustración vemos entre Jacob y Esaú, hijos de Isaac y Rebeca. La Biblia dice que en el vientre de Rebeca había lucha entre dos naciones (Gn. 25:22-23). Y los descendientes de Esaú siguieron en la lucha, incluso los de Amalec (Gn. 36:12) que dieron guerra a Israel (Éx. 17:8-16). Otro caso vemos en Ismael e Isaac. Ismael no traía nada más que conflicto y angustia a la vida de Isaac, y así es con la carne, no nos hace ningún bien. Abraham tuvo a un hijo carnal, Ismael, y le fue mal. Gálatas 4 habla de ese conflicto entre la carne y el espíritu, y Génesis 21:9 cuenta como Ismael se burlaba de Isaac.
    Así que, hermanos, estamos en una guerra. Hay que debilitar a la carne, y fortalecer al espíritu. No hay que alimentar los deseos de la carne. Si la consentimos, se fortalece y eso no lo queremos. Ni hay que buscar la paz entre los dos porque esto es imposible. Ni hay que buscar la tolerancia ni la convivencia, sino no proveer para los deseos de la carne. Colosenses 3:5 dice: “haced morir lo terrenal”, lo cual es responsabilidad NUESTRA, no de Dios. Hermano, hermana, hay cosas en tu vida que sólo tú puedes hacer morir, y Dios no lo va a hacer, así que, ¡al ataque! y ¡manos a la obra! Pero muchas veces nos quedamos pasivos, queriendo que Dios lo haga todo, y tal vez orando con actitud de esperanza en Dios cuando Dios realmente quiere que actuemos. Él quiere que luchemos.
    “Hubo larga guerra”, y es un aviso para nosotros. Así es que desde que nos convertimos hay lucha y sigue todavía. ¡Qué se fortalezca la casa de David!
  

de un estudio dado por Lucas Batalla el 2 de agosto, 2012

Friday, May 1, 2015

SALMO 139 -- EL SEÑOR NOS RODEA


Texto: Salmo 139:1-6

En este hermoso salmo, el versículo 5 nos da consuelo precioso, al decir: “me rodeaste” y “pusiste tu mano”. Si el salmista se fortalecía pensando en esto, ¡cuánto más el Señor Jesucristo durante Su vida terrenal! Estaba en el mundo arruinado por el pecado,  rodeado de  enemigos y aún Sus propios discípulos eran cortos de entendimiento. Vino del cielo, Su morada pura y gloriosa, al mundo de viles pecadores encabezados por el príncipe de la potestad del aire. Y sabía lo que le esperaba. Pero también sabía que el Padre le cuidaba.
    Este mismo Dios nos cuida a nosotros los creyentes, y no nos abandona, aunque haya enemigos mil, contratiempos, traiciones, pruebas y dificultades de toda clase. Dios pone Su mano sobre nosotros. Él ya intervino a favor nuestro dándonos Su Hijo, y no se va a retirar de nuestra vida ni desecharnos.
    Hebreos 10:16-17 indica que la bendición del Señor estaba en la persona de Cristo, no en los sacrificios levíticos. Israel tenía que mirar adelante a Cristo y no atrás a los sacrificios porque sólo eran figuras de Él. Tristemente, no supieron distinguirle. No le conocieron. Y nosotros debemos saber bien claramente ahora que las cosas religiosas de nuestro pasado tampoco servían para perdonarnos: misas, santos, rezos, penitencias etc. Sólo Jesucristo puede salvarnos, pues Su sangre nos limpia de todo mal. Dios nos ha librado de nuestro pasado, de nuestra vana manera de vivir. Nos cuida en el presente, y nos da un glorioso futuro con una herencia inmarcesible que está reservada para nosotros. ¡Cómo han cambiado nuestras vidas a causa del Señor Jesucristo.
    Además, nos ha dado Su Espíritu Santo. Él mora en todo verdadero creyente. De esta manera también Dios pone Su mano sobre nosotros. Nos sella como posesión Suya (Ef. 1:13-14). Nos llena Su Espíritu dándonos poder para vivir y agradarle, cosa que no tenemos en nosotros mismos – como hizo con los apóstoles comenzando el día de Pentecostés.
    Habrá momentos difíciles, peligros, naufragios, enemigos, etc. pero el Señor nos ayuda y no nos abandona. No va a decir nunca a ningún creyente verdadero: “estoy harto de ti; no quiero verte más”. El creyente tiene a Dios, le rodea, y no debe desesperarse, ni tirar la toalla, ni decir “esto no lo aguanto”, porque el Señor le sostiene. Él es fiel; no nos deja, entonces no nos vayamos de Él. No nos alejemos de Su cuerpo la Iglesia, ni dejemos Su Palabra. Cuando abramos la Biblia, es una ventana a la sabiduría y la voluntad divina.
    Cuando el Señor fue tentado, fue al final de los cuarenta días, no en el día uno o dos, sino cuando estaba cansado y hambriento – es decir – en el momento más difícil. PERO aun en estos momentos Dios está con nosotros y Su Palabra puede animar, aconsejar y librarnos. Observamos que el Señor respondió a todas las tentaciones del diablo con estas palabras: “escrito está”. Tomó como referencia, consejo y guión las Sagradas Escrituras, y eso nos da ejemplo de cómo debemos vivir. 
    “Detrás y delante me rodeaste”. La palabra: “delante” habla también del futuro, de lo que queda delante, tanto en el caso de Israel como en el nuestro. Recordemos cómo dijo proféticamente a Ciro, rey persa que ni siquiera había nacido: “Yo iré delante de ti” (Is. 45:2), y esto era para hacer bien a Israel. Lo dijo ciento ochenta años antes de la vida de Ciro, cuando ni siquiera existía todavía el impero Medo-Persa. Este maravilloso pasaje demustra el poder, la sabiduría y la gloria de Dios. Dios puede hacer muchas cosas que nosotros no podemos. Nuestro presente está en Sus poderosas manos, y nuestro futuro está seguro. Él nos tiene rodeados; Su mano poderosa está sobre Israel, y también sobre nosotros. Por eso, mis hermanos, Israel no se perderá, porque su futuro está en manos de Dios, no en manos de la O.N.U.
    En Juan 10:9 Cristo declara que Él es la puerta. Es el acceso en el presente al futuro bendecido. Más adelante en el mismo capítulo declara que nadie arrebatará a Sus ovejas de Su mano. Esto nos recuerda nuestro texto: Salmo 139:5, “sobre mí pusiste tu mano”. Él ama y cuida a los Suyos, y provee lo que necesitan: trabajo, salud, protección u otra cosa. Él puede. Nada le es difícil. Tiene amplios recursos, gran sabiduria e inmenso poder. En Sus manos hay provisión.
    Con todo esto el Señor desea que le amemos y le sigamos fielmente. Un Dios fiel merece seguidores fieles. La infidelidad es una marca de ingratitud, desconfianza y egoísmo. ¡Lejos sean de nosotros esas cosas! Así que, hermanos, a las promesas y declaraciones del Salmo 139 nuestra respuesta debe ser la del salmista en el versículo 23: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”.
de un estudio dado por Lucas Batalla el 6 de marzo, 2014
 
 
Cristo está conmigo: ¡Que consolación!
Su presencia quita todo mi temor,
Tengo la promesa de mi Salvador:
"No te dejo nunca: siempre contigo estoy".

CORO
No tengo temor, no tengo temor,
Jesús me ha prometido;
"Siempre contigo estoy".


Monday, November 3, 2014

PETICIONES PELIGROSAS




Texto: Salmo 106:15; Números 11:6-8


En el texto en Números 11 vemos que el Señor milagrosamente les había dado maná, pan del cielo, para comer en el desierto. Pero no estaban satisfechos, y en los versículos 18-20 pidieron carne. En el versículo 33 la recibieron, y también la muerte. Hay que tener cuidado con los deseos de nuestro corazón. Nuestro corazones están llenos de deseos vanos y si Cristo el Maná celestial no nos satisface, estamos en peligro de desear algo que reemplazará al Señor en nuestra vida y nos arruinará. 
     Otro incidente parecido es el de los doce espías enviados a reconocer la tierra prometida. Leyendo en Deuteronomio 1:20-27 encontramos que Israel pidió enviar a los espías, en lugar de creerle a Dios (véase Nm. 13:1-2). Diez de ellos dieron un mal informe, persuadieron al pueblo que era una tierra dura y peligrosa, e Israel se volvió atrás. El resultado fue cuarenta años de vagar y la muerte de toda una generación. Su oración fue carnal y trajo problemas.   

     Luego tenemos el caso de las dos tribus y media, que pidieron quedarse en el otro lado del Jordán. Fue una petición nacida en la voluntad propia y lo que vieron sus ojos. Gobernados por deseos carnales, lógica humana y conveniencia – y sobre todo – falta de fe e indisposición a esperar. Años después, éstas fueron las primeras tribus conquistadas. Su petición no fue buena. Hubiera sido mejor esperar y aceptar la provisión de Dios, y no empeñarse en tener algo que les parecía bien, pero que al final resultó desastroso.

      Muchos creyentes arruinan sus vida cometiendo los mismos errores, pidiendo y empeñándose en obtener para sí cosas que Dios no quiere que tengan, porque Él tiene algo mejor. Podemos tendernos trampa orando en voluntad propia en lugar de someternos a la voluntad de Dios.
       Recordemos a nuestro Señor que dijo en Getsemaní: “no se haga mi voluntad sino la tuya”. Tomemos Su yugo sobre nosotros y aprendamos de Él, pues así debemos orar y vivir.

         Más seguro es buscar un precepto bíblico y una promesa en las Escrituras para guiarnos, y orar de acuerdo a esto. Si no, podríamos lograr una gran cuenta bancaria en lugar de un corazón grande. Podríamos obtener el compañero que pedimos con insistencia y sacrificar los gozos de la familia y una posteridad piadosa. Podríamos conseguir lo que tanto creemos que nos iría bien, sólo para encontrar luego, quizás años después, que era un gran error que sólo nos ha desviado y hecho daño. Pero entonces habremos echado a perder la vida. Mejor es ser sumisos a la voluntad de Dios, confiar en Él, Su bondad y sabiduría, y esperar que Él nos dé lo mejor. Así podremos comprobar cuál sea “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2). Así que, cuidado con lo que pidas en oración. Hay peticiones que nunca deberían hacerse. Pero siempre es bueno decir: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. ¿Te atreves? ¿Hasta qué punto realmente confías en el Señor?

de un estudio dado por Lucas Batalla en febrero del 2011
 

Monday, October 6, 2014

EL ENEMIGO DE NUESTROS ENEMIGOS

Texto: Éxodo 23:22
 
Doré: la destrucción del ejército de Senaquerib

En este hermoso versículo de exhortación y promesa a Israel, tenemos una verdad muy importante: las bendiciones de oír la voz de Dios y hacer lo que Él dice. “Pero si en verdad oyeres su voz e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren”. Este versículo es compañero de Génesis 12:3 donde Dios prometió bendecir al que bendijere a Abraham y maldecir al que le maldijere. Pero aquí Dios llama al pueblo a ser oidor y hacedor de Su Palabra.
     Nosotros también estamos rodeados de enemigos en este mundo, tanto espiritual como físicamente. Entonces, nos conviene meditar este texto y su aplicación para nosotros. Tenemos que ser fuertes y creer la Palabra de Dios. Donde hay batalla tiene que haber victoria, y esto es lo nuestro, la victoria en el Señor, porque 1 Juan 4:4 dice: “Mayor es él que está en vosotros que él que está en el mundo”. ¿Quién está en nosotros? El Espíritu Santo mora en nosotros y Él es Dios. Efesios 1:19-20 habla así del poder de Dios: “la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales”. Mis hermanos, hay gran poder a favor nuestro. Es el mejor armamento. Efesios 3:20 habla del poder que actúa en nosotros. ¿Qué poder es éste? No es la carne. Es el Espíritu Santo que mora en nosotros.
     Por esto, nuestra situación es como la de Israel cuando Dios le dijo que si oyere Su voz y guardare Su Palabra, sería enemigo de sus enemigos –es la mejor protección posible– el Dios omnipotente. Oremos para que el poder del Espíritu Santo obre en nuestras vidas. En Colosenses 1:29 Pablo habló del Señor Jesucristo así: “...trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí”. En Hebreos 13:5-6 leemos esta promesa: “No te desampararé, ni te dejaré, de manera que podemos decir confiadamente, El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre”.
     Son grandes las promesas hechas al pueblo de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Debemos recordarlas y meditar en ellas, porque son aliento para nuestra vida espiritual. Sin embargo, muchas veces hacemos como Israel en Números 13:31, cuando escuchó el informe de los espías y empezó a acobardarse y perder el ánimo. “No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros”, dijeron los diez espías, y el pueblo hizo caso de ellos y no de Josué y Caleb. Tenían cierta razón, porque las naciones de Canaán eran más fuertes que Israel, pero no más fuertes que Dios. Quisieron volver a Egipto, y se les olvidó la promesade Éxodo 23:22. Lo mismo nos pasa a nosotros muchas veces, para nuestra vergüenza.
     Josué y Caleb trataron de animar al pueblo. En Números 14:9 dijeron: “su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová”. ¡Qué par de verdades más grandes! El amparo de los del mundo los abandona ante Dios, y Dios está con nosotros. Pero la multitud hizo caso de la mayoría de los espías, diez contra dos, [así es la democracia y el dejarse regir por el consenso general] y se tornó en contra de los pocos fieles (v. 10). El hombre no confía en la Palabra de Dios, y le quiere destronar. Pero Dios busca a un pueblo que le crea y le obedezca. ¿Somos nosotros este pueblo? Dios promete ser el enemigo de nuestros enemigos y afligir a los que nos afligen. Si somos pueblo de Dios no vamos a ser populares. Tendremos enemigos. No vamos a vivir sin problemas. Seremos afligidos. Pero Dios intervendrá a favor nuestro – ésta es nuestra esperanza.
     En Lucas 12:11-12 el Señor dio una promesa hermosa a Sus discípulos acerca de los tiempos de conflicto cuando sean llevados a juicios en sinagogas o ante magistrados y tribunales: “No os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir”. Estas cosas pueden pasar, pero el Señor estará con nosotros y nos ayudará en el momento.
     En 1 Jn. 5:14-15 tenemos otra promesa: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”. Dios escucha la voz de los Suyos, y cuando pedimos de acuerdo a Su voluntad, Él nos concede nuestras peticiones. “El nos oye”.
     Nuestra mente y corazón deben estar siempre en la Palabra y laspromesas de Dios. Aunque nos parezca que Dios está lejos – no es así – Él está cerca, nos ve, nos ama y quiere ser glorificado en nuestras vidas. No olvidemos lo que Dios ha dicho, ¡y lo grande que Él es! Isaías 59:19 dice que cuando el enemigo entre como un río, el Espíritu de Jehová levantará estandarte contra él. A Dios le gusta demostrar lo que Él puede hacer por nosotros. Así hizo por Israel cuando no tenía fuerza ni recursos. Humilló a Egipto, la superpotencia de aquel entonces. Abrió el mar delante de Su pueblo para que pasara en seco. Sacó agua de una roca para satisfacer su sed. Les mandó codornices. Les dio maná durante cuarenta años. ¡Dios ayuda a los Suyos, no los abandona! Que así sea en nuestras vidas – oigamos Su voz, hagamos Su voluntad yconfiemos en Él cuando se levantan los enemigos. Ellos sólo nos ven a nosotros, pero nosotros con ojos de fe, con la mira en las cosas de arriba, vemos al Señor nuestro Ayudador. ¡Qué dicha es la nuestra, confiemos en Él! 

de un estudio dado por el hermano Lucas, el 17 de julio, 2009

Castillo fuerte es nuestro Dios, defensa y buen escudo. 
Con Su poder nos librará en este trance agudo. 
Con furia y con afán acósanos Satán: 
Por armas deja ver astucia y gran poder; 
Cual él no hay en la tierra.
 
Nuestro valor es nada aquí, con él todo es perdido. 
Mas por nosotros pugnará de Dios el Escogido. 
¿Sabéis quién es? Jesús, el que venció en la cruz, 
Señor de Sabaoth; y, pues, Él sólo es Dios,
Él triunfa en la batalla.
 
Aun si están demonios mil prontos a devorarnos, 
No temeremos, porque Dios sabrá aún prosperarnos. 
Que muestre su vigor Satán y su furor
Dañarnos no podrá; Pues condenado es ya 
Por la Palabra santa.

Sin destruirla dejarán, aun mal de su agrado, 
Esta palabra del Señor; Él lucha a nuestro lado. 
Que lleven con furor los bienes, vida, honor, 
Los hijos, la mujer ... todo ha de perecer; 
De Dios el reino queda. 

- himno escrito por Martín Lutero

Monday, July 7, 2014

EL CORDÓN DE AZUL


Texto: Números 15:37-41


   Muchas veces al hablar de cosas como doctrinas y prácticas de otras personas, surge la coletilla: “no juzgues”, pero el Señor nos manda a juzgar con justo juicio, a discernir entre el bien y el mal, y hacer las cosas bien. Cuando aquel hombre recogió leña en el día de reposo, en los versículos 32 al 36 de este mismo capítulo, cometió infracción. Se supone que antes la había cortado, y eso y recogerla era trabajo. Lo pusieron en detención hasta que consultaran al Señor para no hacer las cosas a la ligera. El Señor dijo que había que sacarlo y apedrearlo (v. 35), y así lo hicieron (v. 36). Hay que hacer las cosas bien, y bien no es como siento o como me parece, sino como Dios dice, por lo que hay que conocer y recordar Su Palabra y no dirigirnos por los sentimientos ni por sugerencias u opiniones de otros.
Al hablar de otros creyentes e iglesias, hay que tener respeto, pero también hay que discernir si algo está bien o no. Todos necesitamos la misericordia de Dios. Pero hoy en cuanto a las iglesias, la gente hace lo que siente en lugar de lo que Dios dice. En cuanto a qué creemos y cómo nos congregamos hay que seguir lo que Dios dice, y nos ha dado instrucciones amplias y específicas. No hay lugar para improvisar o variar cuando Dios ha hablado sobre un asunto. No los gustos ni la moda ni lo que más nos parece, sino lo que Dios dice, y hacer esto es hacer bien. Se cree que se puede ir a cualquier iglesia de cualquier manera, que lo importante es estar cómodo, que es cuestión de gustos, etc. Pero no es así, y sí, hay que juzgar este comportamiento con justo juicio, conforme a la Palabra. Por ejemplo, 1 Corintios 14:34 dice: “vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar”. Es doctrina apostólica, y un mandamiento del Señor. Congregadas – calladas. No les es permitido hablar (no dice cantar con los demás, sino hablar). Pero la iglesia que practica esto, que se prepare para ser pequeña.
Después de la muerte de aquel que recogía leña, Dios mandó a Israel a poner un cordón de azul en la franja de sus vestidos, para recordar los mandamientos de Jehová. Y les advirtió a no mirar en pos de su corazón ni sus ojos, porque eso es prostituirse, lo cual ya estaban haciendo. Tenían que recordar (Nm. 15:40) y hacer lo que manda Dios; para ser santo es necesario obedecer, y tanto entonces como ahora es una parte muy importante de nuestro testimonio.
La gente nos mira y observa nuestra conducta. Cada domingo en la cena del Señor, con los símbolos delante, anunciamos la muerte del Señor y Su venida. ¿Hay algo más importante? El Señor nos dio los símbolos para la cena: el pan y la copa, no panecillos y copitas. A las mujeres creyentes les ha dado el velo como símbolo de autoridad divina. ¿Podemos desvirtuar la mesa y cambiar o quitar los símbolos que Él nos dio para que la gente quede más a gusto? No. Y los que lo hacen se prostituyen espiritualmente. 
Dios mandó la franja azul, y no había que quitarla, pues dijo: “por sus generaciones” (v. 38). No es cosa de viejos, ni de antaño, ni de cultura. Es un mandamiento perdurable. Todo judío tenía que ponerlo, como un símbolo, de acuerdo al mandato divino. No dijo: “si os parece” o “si no es pedir demasiado” ni nada así. El mandamiento era para su propio bien, y “por sus generaciones”. Ante esa instrucción no se podía apelar a la excusa que hasta el día de hoy oímos usar: “es que los tiempos han cambiado”. 
Y nosotros tenemos que recordar también a quién pertenecemos. No tenemos un cordón de azul entretejido en nuestra ropa, pero tenemos la Biblia entera, cosa que ellos no, para recordar siempre lo que Dios nos ha dicho. Nuestra forma de ser, vivir, hablar – todo debe marcarnos como creyentes. Nuestra “franja  con cordón de azul” no se quita, ni con tiempo. Toda la vida había que llevarla, de generación en generación. Las palabras: “para que os acordéis, y hagáis...” indican la voluntad de Dios. Israel tenía que recordarla y hacerla, y nosotros tenemos que recordar y guardar el orden, los símbolos y distintivos que el Señor nos ha mandado. Tanto entonces como ahora, el olvido y el descuido en las cosas de Dios nos caracteriza.
La franja azul le recordaba su posición privilegiada, que pertenecía a Dios, no a sí mismo. Y nosotros, ¿a quién pertenecemos? ¡Al mismo Dios! Él nos ha redimido y nos ha hecho miembros de la familia de Dios. Al judío la franja azul le recordaba que debía gratitud y obediencia a su Dios y Redentor que le sacó de Egipto. Él los había redimido y hecho una nación. Cuando recordaban y guardaban Sus mandamientos, esto le agradaba y glorificaba.
Por eso, hermanos míos, recordemos siempre que hemos sido comprados por precio, no con oro y plata, sino con la sangre preciosa de Cristo. Nada de la salvación y el perdón puede ser comprado ni ganado por mérito. Todo lo debemos al Señor. Esta redención nos compromete igual como la de Israel. Quiero recordar “las sendas antiguas” (Jer. 6:16) que en nuestro caso incluye la doctrina apostólica. Nada de doctrinas y prácticas modernas, de novedades, de anular lo viejo e inventar algo nuevo. Me quedo con lo que Dios nos dio, con lo que el Señor indicó en Su Palabra, y estoy satisfecho con esto. No quiero nada más. ¡Ojalá que cada uno de nosotros puede decir lo mismo!

“No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Pr. 22:28) nos recuerda lo importante que es respetar lo que Dios ha establecido de generación en generación. El paso de tiempo y los cambios en la sociedad no deben afectar la herencia espirtual y doctrinal.
Es triste ver a hermanos que cambian lo que Dios ha enseñado en Su Palabra, para ir a un lugar y congregarse con los que hacen otra cosa, que no guardan ni respetan las sendas antiguas. Miran en pos de su corazón y sus ojos, y se prostituyen en lugar de guardar fielmente los mandamientos del Señor para los creyentes. Miran a lo contemporáneo, lo popular, lo que agrada los ojos, y no se acuerdan de la Palabra de Dios. Hacen lo cómodo, lo que quieren ciertas personas en sus familias, o sus amigos. Hay una palabra en Colosenses 1:10 que conviene recordar. Pablo oraba así por los colosenses: “para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo”. No tenemos que agradar al mundo, a los carnales, ni a nosotros mismos, sino a Dios. Crecer en conocimiento de Dios es un salvoconducto en la vida cristiana. Que el Señor nos ayude a conocer, recordar y guardar su Palabra, para Su honor y gloria. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 26 de junio, 2014


Tuesday, June 24, 2014

LAS NORMAS DE ENTRADA EN EL REINO


 Texto: 1 Corintios 6:9-11

 
A la luz de lo que leemos aquí, qué contradicción vemos en todo lo que el mundo enseña y practica, incluso lo que permiten en las iglesias – la católica romana y también algunas evangélicas. El otro día el Papa dijo que dejemos en paz a los afeminados, que ya vale de meterse con ellos. ¿En qué texto bíblico se puede basar para hablar como si no fuera pecado lo que ellos hacen? Ninguno. No es cuestión de si nos guste o no, de si tenemos prejuicios o intolerancia o no, sino sólo de qué dice Dios. Y como el Papa presume de ser el vicario de Cristo, debería hablar de acuerdo a la Palabra de Dios, cosa que no hace. Dime de que presumes y te diré de qué careces.
    En la Biblia no vemos estos consejos. Dios no acepta todo, y más vale que nos hagamos con la idea de que es así, porque Dios no va a cambiar, y Su voluntad al final prevalecerá. En Su reino no entran los injustos. Dios no va a modificar y aceptar a ciertas personas, las que practican el pecado – esas no tienen “derechos” – el término tan popular hoy en día. Esto que digo no es dogmatismo ni prepotencia, sino simplemente la llana verdad. Dios lo ha declarado y ya está. A algunos les gustará más, y a otros menos, pero es así.
    No entrarán los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores. Tales personas no heredarán el reino de Dios, no porque lo digamos nosotros, sino porque lo dice Dios, y es Suyo el reino.
    Ahora bien, en Corinto, ciudad sumamente inmoral, había personas que habían sido malas, habían vivido vidas de pecado, pero ya no eran así, porque habían sido lavados, como el versículo 11 declara. Estas tres palabras en este versículo: “lavados”, “santificados” y “justificados” describen lo que Dios ha hecho en cada verdadero creyente.
    Primero, nos ha lavado. En Tito 3:5 leemos del lavamiento de regeneración. Hay un cambio en nuestra vida, una gran limpieza. Se ha efectuado una transformación en nosotros. Los que siguen sucios no son creyentes. Apocalipsis 1:5 declara que Cristo en amor nos lavó de nuestros pecados. Hebreos 1:3 dice que efectuó la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo (véase 2 P. 1:9). Entonces, el pecado ya no caracteriza nuestra vida. Dios nos ha hecho algo parecido a un reciclaje, aunque mucho mejor. Piensa en esas botellas y otros artículos de plástico que van al reciclaje, y todo esto lo funde y limpia, y salen cosas limpias y nuevas. Pues en un sentido Dios ha hecho esto con nosotros. Nos ha limpiado y nos ha dado una vida nueva, no la misma vida sucia de antes. El creyente ha sido lavado, y le gusta la limpieza.
    Segundo, nos ha santificado. Ahora bien, la santificación tiene tres pasos o fases: la santificación posicional que Dios nos concede el momento que creemos en el Señor. Después viene la santificación práctica que es lo que nos toca – el poner por obra y guardar la santidad que Dios nos da. Al final vendrá la santificación perfecta, cuando lleguemos a la gloria y transformados no tendremos más antigua naturaleza ni cuerpo de pecado. ¡Amén!
    Pero por lo pronto, Dios nos ha santificado – eso es – a todo creyente. El Papa ha declarado santos a dos otros Papas muertos, pero eso no es lo que Dios hace. Dios declara santo a todo creyente en el momento que nace de nuevo. “Ya habéis sido santificados” es la palabra divina. Dios dice, en efecto: “eres un santo”, es tu posición como creyente en Cristo y miembro de la familia de Dios. En 1 Corintios 1:2 llama a los creyentes en Corinto “los santificados en Cristo Jesús”, porque es la posición que Dios otorga a todo creyente en el Señor Jesucristo. Pero en el mismo versículo dice: “llamados a ser santos”.  Dios también nos llama a practicar la santidad. Por eso dice: “sed santos” (1 P. 1:15-16), porque se refiere a la práctica de la santificación que nos ha dado. Hay que ser santos en lo que hacemos, en cómo vivimos cada día. En Juan 17:17 el Señor pide en oración: “santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”. Pero queda por delante la santificación perfecta y final, porque en esta vida todavía tenemos una naturaleza pecaminosa que aunque no domina el creyente, hace sentir su presencia. Al ir al cielo seremos transformados, recibiremos un cuerpo glorificado, y no tendremos más naturaleza pecaminosa. Esa será la santidad perfecta. Entonces, Dios obra así, en el pasado, en el presente y en el futuro, para santificarnos. “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts. 4:3-4). Dios dirige a los que quieren ser dirigidos por Él, a los que se dejan. Los demás gobiernan su propia vida a su parecer y luego sufrirán las consecuencias. Sin fe es imposible agradar a Dios. Y la fe es creer a Dios, aceptar Su Palabra, Su voluntad, y no tratar de imponer la nuestra. Hemos sido llamados a la santificación, no a la inmundicia (1 Ts. 4:7). A la luz de estas grandes verdades, ¿qué hemos de pensar de mucha gente que profesa ser “cristiano evangélico”, incluso en nuestras asambleas, pero que vive en inmundicia y continua en practicas y actitudes y prioridades que no agradan a Dios, sino que más bien son del mundo? Dios lava a los creyentes, y los santifica. Si dicen que creen pero viven vidas mundanas e inmundas, creamos lo que dicen sus hechos, no lo que dicen sus labios (Tit. 1:16). “El mismo Dios de paz os santifique por completo...” dice 1 Tesalonicenses 5:23. Esto no lo hace el Papa ni ninguna iglesia, sino Dios. Es el plan que Él tiene. ¿Quieres ser santificado por completo, o sólo un poco? ¿Aceptas toda la voluntad de Dios para tu vida, tu persona, tu carácter, todo, o quieres mezclar la tuya con la Suya? Dios dice: “por completo”. No le retengamos nada.
    Tercero, nos ha justificado. La gran verdad de la justificación por la fe marca la diferencia entre el verdadero evangelio y todos los sucedáneos. Absolutamente nadie se justifica por obras (Ef. 2:9; Tit. 3:5). Romanos 3:20 declara que “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él”. Cuando Dios nos justifica, esto quiere decir que nos legaliza, que nos declara justos. Lo hace gratuitamente, no por méritos ni esfuerzos nuestros. No por sacramentos, ni por ceremonias, ni por el bautismo, ni oraciones especiales, ni asistencia fiel a los cultos, ni penitencia, ni obras de caridad ni servicio para la iglesia, ni nada semejante. “Al que no obra, sino cree...” dice Romanos 4:5. El siguiente versículo habla de la dicha de aquel a quien “Dios atribuye justicia sin obras”. Ahora bien, el creyente, el que ha sido justificado gratuitamente, desea obrar para agradar al Señor que le ha salvado, y le sirve por amor y en gratitud, pero no con eso gana nada. No está pagando nada, sino que está actuando con la nueva naturaleza que recibió de Dios.
    Pues éstas son las personas que entrarán en el reino de Dios, porque son nacidas de nuevo en la familia de Dios. Los demás se quedarán fuera con sus religiones, falsas profesiones, filosofías y pecados, y gracias a Dios que no contaminarán el reino de Dios. En la iglesia, la excomunión sirve para quitar de en medio de los santos a los que profesan creer pero practican el pecado (1 Co. 5:13): “con el tal ni aun comáis” (v. 11).      
      Hermanos, los creyentes tenemos una posición invulnerable en Cristo. Dios nos ha lavado, santificado y justificado. Y toda persona que goza de estas tres grandes obras de Dios está en Su familia, está en buen camino, y el Señor quiere seguir obrando en su vida hasta que llegue un día al cielo donde por fin será perfecto. Hasta entonces, que el Señor nos ayude a seguir en el camino de los lavados, a guardarnos sin mancha, a purificarnos y vivir cada vez más santos, para que Él tenga contentamiento de nosotros. Que así sea por Su gracia. Amén.
de un estudio dado por Lucas Batalla el 12 de junio, 2014

Friday, May 30, 2014

LA OBEDIENCIA DE LA FE

Texto: Hebreos 11:17-22

     La fe es importante no sólo en la salvación sino también en la vida del creyente. Esto debe ser obvio por el espacio dedicado al tema de la fe en Hebreos 11. Abraham es un buen ejemplo puesto delante de nosotros, y muy bien se le llama padre de la fe. Él pasó por varias situaciones difíciles en su vida y fue probado, pero salió aprobado. Además de admirarle, debemos aprender de su ejemplo y seguirlo.
    El versículo 17 habla de una de las pruebas, cuando Dios le mandó ofrecer a Isaac, su hijo único. Dios también nos probará para ver si vamos a confiar y obedecer. En las pruebas, mis hermanos, manifestamos nuestra disposición. Hoy muchos llamados creyentes se comprometen a medias con el Señor. Queremos ser salvos, y bendecidos, pero no queremos obedecer, sacrificar y seguir. Le regateamos a Dios todo lo que podemos. Pero no fue así con él que aquí es presentado como ejemplo de la fe. El cristianismo hoy está en una condición débil y superficial. Muchos dicen que creen, pero es más un asentimiento intelectual que una confianza inquebrantable. La única manera que muchos siguen es si se les consiente una vida no como la que la Biblia manda. Una fe superficial, falsa, fingida, no aguanta las pruebas. Muchos son los que han sido bautizados, tienen la Biblia, pero viven de cualquier manera menos por la fe. Sus vidas no se parecen en nada las vidas de fe que la Biblia nos enseña. Es un nuevo cristianismo “light” (liviano) que no es digno de ser llamado cristianismo.
    Pero volviendo a nuestro texto y esta prueba de la fe de Abraham, Dios le había traído en el camino de fe ya por años, enseñándole, y Abraham iba aprendiendo y creciendo en la fe. Dios le había prometido una prole impresionante, una multitud de descendientes, pero todo tenía que venir por su hijo Isaac. Dios llama a Isaac el único hijo de Abraham (Gn. 22:2), aunque Ismael había nacido antes, pero no contaba como hijo de fe, pues era hijo de la carne y la impaciencia. En cambio, la promesa de multitud de descendientes debía cumplirse en Isaac, y es precisamente allí que Dios tocó y probó a Abraham, pidiendo el sacrificio de Isaac. Pero lo que Dios pide no es injusto. Él sabe lo que dice. Génesis 22:1 dice: “Después de estas cosas”, lo cual indica que ya habían pasado otras cosas y lecciones, pero Dios seguía enseñando a Abraham, porque la escuela de la fe dura toda nuestra vida. Así que, leemos a continuación: “probó Dios a Abraham”. Es una prueba con buen propósito. Le llamó y Abraham respondió: “heme aquí”, que es como decir: “¿qué quieres que haga?” Esto es algo que quizás muchos cristianos hoy en día no le han preguntado, ni desean hacerlo. 2 Corintios 13:5 dice: “probaos a vosotros mismos, si estáis en la fe”. Es una prueba buena y necesaria, porque algunos profesan conocer a Dios pero no son del Señor.
    Leyendo Génesis 22:2, vemos que básicamente Dios le pidió todo, y por cierto lo mejor y más precioso. Todo su futuro y las bendiciones prometidas estaban en Isaac. ¿Quién puede decir que ha entregado todo a Dios? ¡Pocos! La fe nos conduce a sacrificar y confiar a Dios lo que cuesta. Y el Señor le dio instrucciones específicas acerca de cómo hacerlo. Le hizo permanecer atento y dependiente de Dios, al decirle: “que yo te diré”. Hay que hacer las cosas que Dios dice, si queremos vivir por la fe. Pero hoy muchos no quieren seguir las instrucciones divinas, sino hacer las cosas como les parece. Hay un lugar divinamente designado para reunirnos y adorar, pero algunos no quieren ir al culto porque dicen que está lejos. Abraham tuvo que viajar tres días para llegar al lugar que Dios le dijo. El problema está en su corazón, no en la distancia.
     En el versículo 3 vemos la reacción de Abraham a las instrucciones divinas, y en ella hay mucho que observar y aprender. “Se levantó muy de mañana”. Madrugó, porque la obediencia debe hacerse pronto. Observa que no consultó a Sara para ver su opinión ni tener su aprobación o permiso. No por falta de cortesía o consideración, sino porque Dios ya había hablado. No cabía duda lo que había que hacer porque Dios le había mandado. Su espoa no podía cambiar esto, así que en este caso, él de obedecer a Dios, los demás no tienen voz ni voto. ¿Cómo se pondría una madre evangélica hoy en día si el padre quisiera hacer algo con su hijo en obediencia a Dios sin consultarle a ella primero, sin su permiso? Pero hermanos, Abraham obedecía a Dios, no a Sara. La guía vino de Dios, no de Sara. Ella se sometía a su marido, pero hoy en día no hay muchas mujeres que desean hacer esto, ni entre creyentes. Siempre quieren ser consultadas, quieren expresar su opinión, quieren dar su consejo y en algunos casos su opinión, pero en la vida de fe las cosas no son así. Abraham madrugó para preparar todo, y se fue con todo provisto y preparado. Hechos los preparativos, no tardaba, sino que se fue al lugar que Dios le dijo, no a un lugar que le parecía. Es la obediencia de la fe, y es un ejemplo hermoso.
    En los versículos 4 y 5 vemos la esperanza de la fe, expresada en las palabras de Abraham a sus siervos. Cuando veía el lugar que Dios le dijo, dejó a los siervos, prometiendo volver con estas palabras: “...Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros”. Iba a sacrificar a su hijo, pero no dijo: “volveré”, sino “volveremos”. Sólo podía hablar así porque confiaba en Dios, y sabía que Dios había prometido bendición por medio de Isaac, así que de alguna manera tendría que volver. Esto es lo que Hebreos 11:19 comenta acerca de los pensamientos de Abraham.
    El versículo 6 nos muestra la obra de la fe, y es bueno notar nuevamente que la fe produce obras, porque si no, está muerta. Abraham tomó la leña y la puso sobre Isaac. Tomó el fuego y el cuchillo en sus propias manos, y fueron ambos juntos, padre e hijo, el padre confiando en Dios, y el hijo confiando en su padre y acompañándole sin saber lo que le esperaba. Por la fe caminaban hacia el lugar del sacrificio y llegaron. No faltaron. Cuando nos comprometemos con el Señor y con una iglesia local, debemos estar allí y no faltar. La obra de Dios no puede funcionar como debe con personas que una vez sí, otra no. Hay que prepararse e ir al lugar que Dios indica, porque es allí que adoraremos delante del Señor.
    En los versículos 7 y 8, Isaac pregunta por el cordero. Era un joven inteligente y observador. Sabía lo que hacía falta porque seguramente lo había visto muchas veces y su padre le había enseñado. ¿Qué sentía Abraham al escuchar la pregunta de su hijo, y cómo respondería? He aquí la respuesta de fe: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto”. Era una gran verdad que no iba a cumplirse ese día sino siglos más tarde en el sacrificio del Cordero de Dios en el mismo monte. En la vida de fe hay cosas que dependen de la provisión de Dios, no de nuestra habilidad o lógica. Abraham no sabía lo que Dios iba a hacer. No hay necesidad de saberlo todo, entenderlo todo, explicar y diagramar todo para que todos queden satisfechos. La clave no está en el intelecto. Hay que tener fe, confiar en Dios. La respuesta de Abraham puso la mira de Isaac en Dios: “Dios se proveerá...”
    Los versículos 9 y 10 relatan lo que sucedió cuando llegaron al lugar que Dios había dicho, y la obediencia costosa de Abraham y de Isaac. Si obedecemos implícitamente a Dios, Dios nos bendecirá. Hay victoria, compensación y beneficio esperando a los fieles. Pero hay que confiar, obedecer y sacrificar, y no disculparnos diciendo que no podemos. Recordemos que Isaac no era un niño, sino un hombre joven, quizás de unos diecisiete años de edad, y su sumisión a su padre es admirable. Los jóvenes hoy en día no suelen seguir a sus padres ni someterse a ellos como hacía Isaac. Este espíritu independiente y rebelde no agrada a Dios, y no es señal de madurez sino de inmadurez y carnalidad.
    En los versículos 11-12 vemos cómo Dios intervino, y esa intervención es algo que sólo Dios sabía de antemano. Sólo Dios sabe cómo dirigir nuestras vidas, confiemos en Él y hagamos lo que nos pide, sin tratar de calcular y saber todo de antemano. ¡Qué diferente la escena en el Gólgota! No hubo intervención, sino silencio desde el cielo. Allí el Cordero provisto murió por nuestros pecados. Mira las palabras de Dios a Abraham al intervenir: “no me rehusaste”. ¿Puede Dios decir lo mismo de nosotros?
    Vemos la fe recompensada en los versículos 13 y 14. Dios se proveyó, no de cordero, sino de carnero. El cordero vendría más tarde en la historia. Abraham tomó el carnero y lo ofreció en lugar de su hijo, lo cual ilustra muy bien la sustitución. Seguramente estaban muy gozosos y agradecidos los dos. En el versículo 14 Abraham declaró: “Jehová proveerá”. Es uno de los nombres especiales de Dios. Lo declaró no sólo porque lo acabó de ver, sino también acerca del futuro. “Proveerá” es lo mismo que dijo en el versículo 8. Nuestro Dios proveerá, no sólo para  nuestra salvación que es lo más importante, sino también para todo nuestra vida, cosas grandes y pequeñas. Él tiene cuidado de nosotros.
    En los versículos 15-18 leemos como Dios bendijo a Abraham en base a su obediencia y sacrificio. Isaac está observando y aprendiendo de todo esto. Cuando uno pone a Dios primero, Dios le bendice. ¿Estamos nosotros observando y aprendiendo? Dios le reconfirmó la promesa de Génesis 12:3.
    Hermanos, en la vida de fe hay que confiar, obedecer y sacrificar. No podemos rehusar a Dios y esperar Su bendición. A Dios le agrada bende
cir a los que confían en Él y le obedecen por fe. Dios tiene más para dar a los que actúan por fe.


de un estudio dado por Lucas Batalla, el 26 de diciembre, 2010