Wednesday, November 27, 2013

¿CONSUELO, O DOLOR ETERNO?

Texto: Apocalipsis 21:1-8

De visita en el hospital, acompañando a un enfermo, observé muchas cosas – mucho sufrimiento, tristeza, desánimo y debilidad. Vi a una mujer que acompañó cariñósamente a su marido ciego; cinco horas estuvo sin soltarle la mano. Hablé con ella para animarla porque me impresionó mucho. Me contó que su marido había luchado toda la vida para sacar adelante a su familia y ella no le iba a dejar solo cuando él necesitaba ayuda. Dijo que le tiene gran cariño y gratitud, y qué menos después de todo lo que él había hecho. Me impresionó su cariño, gratitud y constancia, pegada a su lado. Como creyentes, cuando vemos cosas así nos tienen que hacer pensar.

Mis hermanos, nosotros tenemos la seguridad de que el Señor por Su gran amor y a gran coste nos ha salvado, consiguiendo nuestro perdón y bienestar espiritual a precio de Su sangre derramada. No sólo murió en la cruz castigado en nuestro lugar, sino también nos ayuda en todo el camino de la vida en este valle de lágrimas, y aun en valle de la sombre de muerte (Sal. 23:4), y al final, como dice nuestro texto, enjugará toda lágrima (Ap. 21:4). Vivimos con la certidumbre de que Él nunca nos abandonará, sino que nos tratará con cariño en medio de toda prueba y dificultad para que lleguemos al cielo donde habrá consuelo perfecto. Y nuestra llegada al cielo no sólo dará gozo a nosotros, ¡sino también a Él, porque nos quiere! El Señor siempre nos será fiel. Su obra redentora y Su cuidado constante nos deben motivar a la devoción, lealtad y constancia a favor de Aquel que tanto bien nos ha hecho.

Ante la muerte la persona del mundo está como muchos que he visto en el hospital – sufriendo, y en el camino de morirse sin esperanza. El Señor nos cuida – el versículo 7 dice que Él será nuestro Dios. El Señor no sólo es nuestro Dios ahora, sino que Él nos espera en la eternidad. En cambio, los que no creen, que tienen dioses de madera, o sólo tienen sus filosofías, no tienen nada ahora, y peor es que estarán desamparados y dolidos en la eternidad.
Pero cuando Dios camina con Su pueblo y Su pueblo con Él, se sobrellevan las cosas. Sí, lloramos, pero Él enjugará toda lágrima (v. 4), y no habrá más muerte. ¿Qué sistema político puede quitar la muerte? ¿Qué hospital puede curar para que no muera nadie? Ninguno. Sólo el Señor quita el llanto, el clamor, el dolor y la muerte porque “las primeras cosas pasaron”; entre ellas, el pecado y el juicio. Ahí no hay dolor, ni enfermedad, ni farmacia, ni ambulancia, ni médico, ni hospital, ni cuidado intensivo, ni cementerio. El postrer enemigo que será destruido es la muerte (1 Co. 15:26). Hoy en día nos dicen que la muerte es natural, es parte del ciclo de la vida, y tratan de negar la enemistad, pero la Biblia llama a la muerte “enemigo”, y en Romanos 5:12 declara que vino a causa del pecado. No es natural la muerte, y no habrá muerte con el Señor en el cielo, porque no habrá pecado allá.
El creyente muere y se va a la presencia de Cristo en la gloria, “lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:23). Cuán agradecidos y animados debemos estar. Tenemos que pasar por la muerte si el Señor no viene antes, pero por ella llegaremos a la gloria con el Señor.  El Apocalipsis 21:5 Dios declara: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. El versículo 7 dice acerca del creyente: “Yo seré su Dios, y él será mi hijo”. La familia de Dios no se desintegra nunca. Como dice el corito: “¡Qué maravilla es tener una familia en Cristo Jesús!”, porque es la familia eterna. Ahora somos miembros de la familia de Dios (Ef. 2:19), y la muerte no disuelve estos lazos de amor eterno. ¡Cobremos ánimo, y seamos fieles y devotos al que tanto ha hecho por nosotros!
Pero, ¡qué diferencia para los que no creen, sino viven en el pecado. El versículo 8 declara: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”. Allá nadie les enjugará las lágrimas, y hay eterno dolor y llanto en la segunda muerte. Amigo, al cielo no se va por casualidad, ni por mérito, ni por religión, sino por decisión, por la fe, la confianza en el Señor Jesucristo. Pero los del versículo 8 no son del Señor, y lo demuestran cada día con sus actitudes y hechos. La gente que vive así no va al cielo, si no se arrepiente, si no confía en Cristo confesándole como Señor, y el tiempo de la paciencia de Dios se está acabando. Hoy todavía es día de salvación, pero la muerte está a la vuelta de la esquina, y por ella los incrédulos serán transportados al juicio y al castigo eterno. De ahí el consejo del profeta Isaías 55:6, “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano”.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 22 de agosto, 2013

Sunday, November 10, 2013

¡TERMINA BIEN!


Textos: 2 Timoteo 4:1-8; 2 Corintios 5:10

   Comenzar bien es bueno, pero terminar bien es mejor. En nuestro texto en 2 Timoteo leemos el testimonio del apóstol Pablo al final de su vida. Él estuvo a punto de partir de esta vida y entrar en la eternidad, y dio instrucciones y advertencias a Timoteo su discípulo. Sus palabras nos hacen pensar en los que comienzan mal pero terminan bien. Pablo ciertamente había comenzado mal, porque era perseguidor de los creyentes y según las palabras de Cristo, perseguía al Señor mismo, porque quien persigue a un miembro del cuerpo de Cristo, persigue también a Cristo. Esto hacía Saulo. Escuchemos su propio testimonio:

“Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto. Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras” (Hch. 26:9-11).

   Pero en el camino a Damasco Saulo conoció al Señor Jesucristo, y se convirtió en creyente, seguidor y siervo Suyo. Así son las conversiones genuinas. Después de conocer al Señor hubo un cambio en su vida. Llegó a declarar: “para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21). Desafortunadamente, hoy en día muchos de los que dicen que creen no hablan así, ni viven así, pero así era el testimonio de Pablo. Se convirtió de verdad, y su vida cambió. No sólo su forma de pensar, sino su carácter y su comportamiento; ¡toda su vida! En lugar de hacer a otros sufrir por su fe, él aprendió a sufrir por causa de Cristo y además, con gozo (Hch. 16:25). ¡Y cuánto sufrió por Cristo! Lo vemos en 2 Corintios 11:23-28,

“¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo.) Yo más; en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias”.

   Y en 2 Timoteo da testimonio de haber terminado bien. Dice: “he peleado la buena batalla”, “he acabado la carrera” y “he guardado la fe” y no sólo testifica a Timoteo con estas palabras, sino también a todos nosotros, para que sepamos lo importante que es terminar bien. La vida cristiana no es levantar la mano y decir que crees, luego ser bautizado, tomar la comunión y ya está. Pero muchos han hecho esto. Muchos son los que faltan en la congregación donde dijeron que creyeron en el Señor, pero ahora, ¿dónde están? No han peleado la buena batalla, ni han acabado la carrera, ni han guardado la fe. Se han vuelto al mundo. El cristianismo verdadero no está compuesto de esta clase de persona.
   Pablo, cuando era llamado Saulo de Tarso, había comenzado mal, como todos nosotros. Todos hemos nacido pecadores. Unos hemos hecho más cosas que otros, unos hemos andado más lejos de Dios y con más antagonismo que otros, pero lo cierto es que ante Dios TODOS hemos pecado. Todos comenzamos mal. Pero no estamos obligados a terminar mal, porque el Señor Jesucristo vino para buscar y salvar a los se habían perdido. Dios no quiere que ninguno perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento.
   Y los que hemos comenzado la vida cristiana, Dios quiere que la terminemos bien, que acabemos bien, siéndole fieles hasta el fin. “Sé fiel hasta la muerte” es la Palabra del Señor a los Suyos (Ap. 2:10). Hermanos, no hay que desviarnos, ni enfriarnos, ni desanimarnos, sino seguir al Señor, como dice el himno:

Seguid al Maestro, no importa sufrir, 
Aunque haya enemigos y obstáculos mil.
Si estrecha es la senda, no retroceder;
Siguiendo al Maestro podremos vencer.
Proseguid siempre adelante,
Con el escudo de Dios;
A las órdenes del Jefe,
Que nos guía con Su santa voz.

   Esto es lo que hace el verdadero creyente. Puede tropezar y caer en un momento, pero se levanta y sigue adelante. Aunque el justo caiga siete veces, ¡se levanta! (Pr. 24:16). Mis hermanos, el Señor tiene reservada la corona de justicia para todos los que aman Su venida, dice Pablo en 2 Timoteo 4:8, y esto indica cuán importante le es al Señor que seamos fieles y que terminemos bien la vida.
   Pero por el otro lado están los que comienzan bien pero terminan mal. ¡Ay de ellos! Bajo esta descripción hallamos a todos los que profesaron creer pero luego se volvieron atrás. Como triste ejemplo de esta clase de persona, tenemos al rey Saúl en 1 Samuel 15. Había empezado bien, humilde, luchando contra los enemigos: los amonitas y los filisteos. Pero llegó a un punto en su vida cuando desobedeció, se ensoberbeció, y resentido, no recibió la corrección. Rehusó reconocer su pecado, se volvió obstinado y fue desechado. Dios le había dado instrucciones claras, pero él no las siguió. Aunque había comenzado bien, Saúl perdió la bendición, y fue afligido por un espíritu malo que le ponía de mal humor. Sentía envidia y celos de David y le perseguía a este piadoso. Saúl mismo lo admitió en 1 Samuel 26:21 cuando dijo a David: “He pecado...yo he hecho neciamente, y he errado en gran manera”. En sus momentos más lúcidos él lo sabía, pero no se arrepintió, no volvió de su mal camino. Acabó consultando a una mujer espiritista, y después de herido en el campo de batalla, se suicidó y su cuerpo fue hallado y deshonrado por sus enemigos. Había comenzado bien, ungido por Dios, pero acabó mal porque no tuvo fe en su corazón, y la fuerza de carácter y de voluntad no pueden salvar a nadie. Sólo el Señor puede convertirnos de verdad y darnos una nueva vida con el poder para servirle y perseverar. Por esto es importante que cada uno se examine, como Pablo dijo a los corintios: “examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe” (2 Co. 13:5). Porque de nada sirve tener un buen comienzo, si no eres creyente de verdad y no vas a seguir y terminar bien. El creyente verdadero es como la buena tierra de Mateo 13:19-23, donde la semilla sembrada, la Palabra de Dios, no sólo brota, sino que permanece y da fruto. Triste sería comenzar bien pero no terminar bien.
   Que el Señor nos ayude a considerar estos dos ejemplos de uno que comenzó mal y terminó bien, y de otro que comenzó bien pero terminó mal. Teniéndolos en cuenta, y a la luz de la Escrituras, cada uno se examine para estar seguro de cuál es su verdadera condición espiritual. Amén.

de un estudio dado por L.B., el 25 de enero del 2007

ABRAHAM: IDA Y VUELTA

Textos: Hebreos 11:8-19; Génesis 12:1-9; 13:1-4



  Abraham pasó por muchas pruebas y dificultades en la vida. Génesis nos habla de los fracasos de los hombres, y hubo muchos, hasta que el libro que empezó en Edén terminó en un ataúd en Egipto. En Génesis 12:1 Dios le llamó a salir de Ur de los caldeos. En el comienzo de su relación con Dios tuvo que hacer cosas difíciles: salir de su tierra y de su parentela. Pero Dios prometió que le guiaría a una tierra. Seguimos leyendo y vemos en el versículo 3 que más era la bendición de Dios que la negación que Dios le demandó. Dios prometió bendecirle en gran manera y protegerle. En el versículo 7, cuando llegó a la tierra de Canaán, Dios la prometió a Abraham y a su descendencia.
    Pero Abraham, después de ser llamado, también fue probado, por hambre, por enemigos, por temores – y la prueba más grande fue en Génesis 22 cuando Dios le mandó salir y sacrificar a su hijo Isaac.
Abraham fue a vivir en medio de un lugar, una tierra, donde Satanás estaba reinando. Sólo hay que leer un poco la historia secular para saber cuán perversa era la cultura de los cananeos. Pero el Señor que le había guiado a este lugar no le iba a abandonar, sino que cumpliría Su promesa de guardarle y bendecirle. Nosotros también vivimos en un mundo hostil, un mundo donde Satanás está reinando como el príncipe de este mundo. Pero mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo. Observemos cómo Abraham vivió en esta tierra a donde le guió.
    En primer lugar, Abraham plantó su tienda, no una casa, sino una tienda, que es una morada temporal (12:8). Esto nos recuerda que Abraham se consideraba un peregrino, como vemos en la descripción de él en Hebreos 11. Su forma de vivir le recordaba de que era peregrino. Debemos recordar esto también. Y como nosotros somos peregrinos, no tenemos que meternos en el nacionalismo ni la política. El cristiano tiene que darse cuenta que no es de aquí, que ante todo, su patria está en el cielo. El cristiano que conoce a Cristo tiene que vivir como peregrino y forastero, cerca de “Bet-el” y apartado de los conflictos del mundo. Abraham era forastero en un lugar donde no tenía raíces.
    En segundo lugar, Abraham edificó un altar. Esto demostraba que su vida dependía de Dios, y que era un adorador de Dios. En Juan 4 el Señor habla de los verdaderos adoradores; son los que el Padre busca. No todos los adoradores y comulgantes son creyentes en verdad ni adoran en verdad. Pero Abraham adoraba y confiaba en el Dios vivo. El altar era un símbolo de esto, visible a los demás, parte de su testimonio, y significaba que él no adoraba como ellos ni con ellos en sus templos y lugares altos. Él tenía la mirada puesta en los cielos (ver Col. 3:1-2 y el Salmo 73). El que pone la mirada en el cielo confiesa que en el mundo no tiene nada. “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25).
El altar es un lugar de oración, revelación, sacrificio, consagración y comunión. Allí se reunía con Dios. Allí se sujetaba a Dios. Entre otras cosas el altar muestra que el camino de Abraham era el de dependencia en Dios, y obediencia a Dios. Aunque como hemos de ver, él era imperfecto, y necesitaba el perdón y la gracia de Dios como los demás, a diferencia de ellos, Abraham tenía dónde acercarse a Dios: el altar. En el 12:4 y el 13:1 vemos que Abraham se equivocó y no siguió bien las instrucciones que Dios le había dado, porque permitió que Lot le acompañara. Leemos esta frase: “y Lot con él”. Dios le mandó dejar su parentela, pero se llevó a Lot, y ¿qué le hizo Lot? Nada más que darle problemas y conflictos. La parentela tira mucho de las cuerdas de nuestro corazón, pero Dios tiene que ocupar primer lugar. La familia no puede guiarnos y bendecirnos como Dios. En el 12:10-20 vemos como Abraham se equivocó descendiendo a Egipto porque hubo hambre en la tierra. El hambre nos motiva a veces, pero es mal consejero. Todos sufrimos pérdida de fe a veces. Aquí Abraham perdió un poco el norte, y fue a Egipto no por fe sino por lógica. Bueno, así fue, porque era un ser humano, y nosotros seguramente hemos fallado más veces que él. A veces queremos más de lo que necesitamos, y esto nos trae problemas. No queremos vivir por fe y confiar en Dios en cuanto al futuro, sino queremos administrarlo todo nosotros mismos. Hermanos míos, vale mucho más sufrir en el camino que Dios nos da que vivir en Egipto y tener más, pero sin la aprobación de Dios. En los versículos 14-20, estas experiencias las tuvo que pasar Abraham porque abandonó el altar. El altar no le dejó a él sino él al altar. Es malo dejar el altar. Es peligroso y dañino. Se llenó de los bienes de Egipto, del poder de la carne y no del Espíritu, y después todo esto le trajo problemas.
Pero en el capítulo 13 Abraham hizo lo que todo creyente debe hacer cuando se da cuenta de que ha salido del buen camino y ha abandonado el altar. ¿Qué es esto? Se ve la respuesta en tres palabras claves.
Primero: “Subió, pues, Abram de Egipto” (v. 1). Esto es lo que hay que hacer, si has descendido a Egipto, al mundo: ¡subir! Dios no te va a subir, porque Dios no te bajó allí. Si has descendido al mundo, y allí has mentido y engañado, actuando como si no fueras creyente, tienes que subir. Esto es el arrepentimiento. Es el primer paso. Sube. Sí, aun los hombres piadosos como Abraham se equivocan a veces, y deben arrepentirse. Algunos se creen impecables y nunca admiten un fallo ni piden perdón, pero no son como Abraham. Estos siempre están recordando los pecados de los demás, pero no los suyos. En cuanto a sí mismos quieren que Dios perdone y olvide, y que nadie nunca nombre sus pecados. Pero en cuanto a los demás, no quieren perdonar ni olvidar, ni dejan de nombrar los pecados de otros. ¡Desaniman a los que subirían y volverían, y cuán triste y malo es esto! 
    Pero Abraham subió de Egipto, y los versículos 3 y 4 dicen: “Y volvió por sus jornadas desde el Neguev hacia Bet-el, hasta el lugar donde había hecho allí antes; e invocó allí Abram el nombre de Jehová”. Es la segunda palabra importante: “volvió”. Subió, y volvió. Volvió al lugar del altar que había hecho antes, símbolo de consagración y comunión con Dios. Si has salido de la comunión con el Señor, eres tú quien tienes que volver. Dios está allí, en el lugar del altar, esperándote como ha estado esperando desde que saliste. No va a traerte el altar; tienes que volver tú. “Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros” es la promesa. ¿Hay una promesa mejor? Entonces, ¿qué esperas? ¡Vuélvete!
    Y cuando llegó: “invocó allí Abram el nombre de Jehová”. Es la tercera palabra importante: “invocó” el nombre del Señor, oró, buscando la presencia, el perdón, la comunión y la guía del Señor en su vida. Así de sencillo es el retorno a la comunión para el creyente. Hay quienes dicen que no puedes. Hay quienes no quieren perdonar ni olvidar, sino que sacan ventaja personal de tenerte abajo, pero el Señor no es así. Subir, volver, invocar. Tengamos la valentía y humildad de hacer lo que hizo Abraham, y tendremos el gozo y la dicha de recibir perdón y limpieza (1 Jn. 1:9) de andar en comunión con Dios, y Él nos guiará y nos cuidará. ¡En Él hay perdón!

de un estudio dado en abril del 2007

Monday, September 2, 2013

EL GOBIERNO DE DIOS Y LOS GOBIERNOS HUMANOS



Texto: Deuteronomio 17:14-20 


Dios al dar estas instrucciones indicaba que sabía que Israel le rechazaría y demandaría un rey como las naciones. En 1 Samuel 8:5 vemos que es lo que pasó en tiempos de Samuel. Es un error desear un gobierno como las naciones porque ninguno hay bueno – sólo el de Dios.
La democracia aunque muy popular hoy en día, no es cristiana. Es otro invento de los hombres. La soberanía no la tiene el pueblo, sino Dios. La democracia se ha metido en todo, la familia, la iglesia, las empresas, todo. Muchos dicen que el gobierno de monarcas es tiranía, y hay muchos caso que sí, pero el plan de Dios es una monarquía benigna y divina, una teocracia. Dios gobernará perfectamente. En el Antiguo Testamento el monarca piadoso y benigno era permitido por Dios como este texto en Deuteronomio bien enseña. Pero como Daniel 2:44 promete, un día Dios pondrá fin a los gobiernos humanos y establecerá un reino que jamás terminará.
Las primeras generaciones después del diluvio se gobernaban por una especie de democracia, es decir, la voluntad del pueblo. Surgió Nimrod para liderar y decir democráticamente: “hagamos”, etc., y se edificó la ciudad y torre de Babel. Pero Dios los juzgó con confusión de lenguas, parando las pretensiones de Nimrod de unir a todo el mundo bajo su gobierno. Luego, en Daniel 7:1-14, vemos los gobiernos del mundo representado por cuatro bestias.
La voluntad del pueblo es mala, porque como la Biblia describe la humanidad en Génesis 6, todavía el hombre es así: “la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”.  Cuando Dios mandó el diluvio para juzgar a la mayoría perversa, sólo una menoría se salvó: Noé y siete más. Ocho personas estuvieron en la razón y todo el resto de mundo estaba equivocado. Y desde entonces no ha mejorado. Hoy, gracias a la democracia, mirad en qué mundo vivimos, que anda de mal en peor. Tenemos el aborto, la sodomía, la prostitución, las drogas, el asesinato, y a los que están en las cárceles se les da un sueldo, y los tratan como si tuviesen más derechos que otros. Así es “la voluntad del pueblo”.
En Números 13 vemos la mayoría de los espías, diez hombres contra dos, y prevalecieron con el pueblo, y el resultado fue que Dios juzgó al pueblo (13:33; 14:1-4). La mayoría, el pueblo soberano, se rebeló contra la voluntad de Dios y pereció. Dios no respeta la mayoría. Fueron advertidos en el versículo 9: “no seáis rebeldes contra Jehová” – es terreno peligroso como pronto aprendieron.
Otro caso está en Números 16, la rebelión de Coré, que es otro ejemplo de la mayoría. En el versículo 3 hablaron democráticamente: “toda la congregación, todos ellos son santos y en medio de ellos está Jehová”. Pues no. Dios no estaba en medio de ellos, la mayoría. Dios no aprueba ni apoya esto. Dios no está con los más. No es así mis hermanos, ni ahora ni nunca en la historia ha sido así. No digamos esto. Dios está con los que le temen, confían en Él y le obedecer, y son pocos. Aun entre las iglesias hoy en día son pocos, porque hay muchas iglesias con mucha gente, y con clase alta y pudiente, sus médicos, abogados, políticos, etc., y mucha gente alegre, pero alegre porque se sale con la suya. Como se imponga la Palabra de Dios en estos lugares, todos estos se van. El Señor no está con ellos, y Dios tuvo que juzgar duramente a Coré y su séquito para parar esta idea de la voluntad del pueblo.
En el Nuevo Testamento, Poncio Pilato escuchó la voz de la mayoría porque eran muchos, gritaban e imponían su voluntad. Querían la muerte del Señor Jesús – quitarle de en medio – como el Salmo 2 dice que su juntan y toman consejo contra el Señor. La historia de esta ignominia es triste – la voluntad del pueblo, la soberanía del pueblo.
Recordemos que con Gedeón el Señor le redujo el gran ejército a una menoría pequeñísima, a trescientos hombres, y estos poquitos ganaron, vencieron a una gran muchedumbre.
Al rey Amasías el Señor dijo que despidiera aquella gran multitud de impíos (2 Cr. 25:5-12), y así le condujo a la batalla y a la victoria.
Entonces, ante estos ejemplos, ¿qué hacemos frente al gobierno? Nos sometemos y obedecemos. Pagamos el tributo y oramos. Allí termina nuestra responsabilidad. Los gobiernos son puestos y permitidos por Dios (Ro. 13:1-5), pero no para que participemos en ellos. Dios tiene otro plan para los Suyos. Lo nuestro es predicar el evangelio y seguir al Señor Jesucristo.
La iglesia no puede crecer mucho en nuestro tiempo, porque crece la democracia y todos creen que tienen voz y voto y pueden hacer lo que quiere la mayoría. No se quieren someter al gobierno de Dios ni a los hombres que Él ha puesto para pastorear y guiar a los santos. Estamos viviendo tiempos como los de los jueces en Israel cuando cada uno hacía lo que le parecía. Eran tiempos malos entonces, y también son malos ahora.
En las cosas de Dios tiene que haber un mismo sentir, pero guiado por la Palabra de Dios y el Espíritu Santo, no el espíritu del hombre y la lógica humana. Algunos citan Hechos 6 como ejemplo de democracia en la iglesia, pero aquello no era gobierno, sino distribución de comida y por eso la confianza de todos era necesaria porque por eso surgió el conflicto. No hay voz de mayoría en la iglesia, sino unanimidad guiado por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, siguiendo la doctrina apostólica (Hch. 15:22-23; Fil. 2:2; 1 Co. 1:10; Ef. 1:21-22; 5:21). 
En la iglesia Jesucristo es el Señor; es la cabeza, es el Príncipe de los pastores, y Él gobierna. En 1 Corintios 12:12 vemos la unidad: el cuerpo es uno, no una mayoría. El Señor Jesucristo gobierna Su cuerpo. Así que, dejemos estas ideas de hacer sondeo de opinión de todos para ver cuál es la voluntad prevaleciente. No se va a decidir nada así. En la iglesia se debe hacer la voluntad de Dios, como en el cielo, así también en la tierra. Y un día será así en todo el mundo, porque toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 17 de julio, 2011

Tuesday, July 2, 2013

UNA CONFESIÓN CLARA

Texto: Salmo 32

Cuando el pecado no es confesado, causa más problemas en la vida: el nerviosismo, la ansiedad, el mal genio, la insomnia y aflicciones físicas. La solución no está en tratar a los síntomas, los problemas causados por el pecado, sino en confesar el pecado. ¿Para qué vas a ir a un consejero o psicólogo cuando él tiene más problemas que tú y su interés principal es tenerte como cliente que paga? Mejor ir directamente al Señor, pues el psicólogo no puede decirte: “tus pecados te son perdonados”.
Cuando el pródigo pecó y se alejó todo le iba bien al principio. Pero luego, no, y se fue bajando y sufriendo hasta que al final tocó fondo, se volvió en sí, reconoció su pecado y locura, y confesó su pecado contra Dios y su padre. Sólo entonces tenía alivio.
David, cuando pecó con Betsabé, al principio pareció que lo había encubierto bien. Pero Dios lo iba apretando y afligiendo hasta que al final confesó su pecado. Cuando así hizo, Dios le perdonó al instante, pero vino la consecuencia de la muerte del niño (2 S. 12:13), y sufrió después a causa de otros hijos.
Hermanos, de eso debemos aprender que el pecado no confesado es como andar con una piedra en el zapato, es andar mal, es incómodo y duele. Hay que parar y quitarlo, porque si no, no puede seguir. Tristemente algunos por no quitar el pecado, por no humillarse y reconocer su error, prefieren ser cojos el resto de la vida.
Dios invita a todos a buscar la liberación (vv. 6-7). El Señor quiere hacernos entender, pero en lugar de entender las cosas como realmente son, como Dios las ve, queremos que Dios nos entienda – queremos explicarnos y justificarnos en lugar de arrepentirnos. Dios quiere que seamos sensibles, no como mulos.
Los impíos tendrán dolor multiplicado, pero el Señor corrige y hace volver a los Suyos. El pecado no confesado trajo el castigo sobre David, y luego sobre la nación de Israel durante muchos años. Pero al final hubo confesión de parte de hombres piadosos como Daniel, Nehemías y Esdras que confesaron los pecados de la nación. Entonces el Señor se dispuso a perdonar y bendecir. Él no perdona a los que no se humillan para confesar su pecado. El perdón es para los de corazón contrito y humillado (Sal. 51:7).
Conviene, hermanos, que aprendamos una lección fundamental acerca de la confesión del pecado. Como en un juicio civil, hay que nombrar el delito – así también con Dios. Hay que confesarlo, como decimos, “con nombre y apellidos”, eso es, llamando al pecado claramente por su nombre. No “perdona mis pecados”, echando todo en un saco. Tampoco cosas como “si he ofendido en algo, perdóname”. Esto no vale. No, sino nombra qué has hecho: mentir, robar, engañar, ser obstinado, ser desleal, fornicar, deshonrar, etc. etc. Te atreviste a pecar, pues ten valentía para confesarlo sin rodeos. El crimen se nombra claramente en el juicio, ante el juez, y los pecados deben nombrarse claramente en confesión ante Dios (1 Jn. 1:9). Así hizo David aquí y en el Salmo 51, y Dios le perdonó.
En cambio, cuando Acán había pecado (Jos. 7), lo encubrió y no lo confesó. Además hizo cómplices a los de su casa. Afectó a todo el pueblo, porque Israel sufrió y no tuvo victoria sino derrota. ¿Cuántas familias e iglesias tienen problemas por personas que encubren pecado? Con Acán, él tuvo que confesar lo que había hecho, aunque tristemente sólo lo hizo bajo obligación cuando ya había sido nombrado por Dios. Pero confesar su pecado, nombrarlo claramente, era dar gloria a Dios, y por tocar el anatema lo tuvieron que erradicar.
A veces pasa hoy también que los evangélicos no tienen poder ante el mundo ni pueden ver conversiones a penas, porque hay pecado no confesado en el campamento. No hay humildad, santidad, limpieza y perdón, y así Dios no los puede bendecir. Puede comenzar mil programas y actividades especiales y ofrecer grandes sacrificios, pero nada aprovecha. Hay que confesar y apartarse del pecado.
de un estudio dado por Lucas Batalla el 16 de mayo, 2013

Saturday, May 25, 2013

BENDICIÓN SOBRE TUS RENUEVOS


BENDICIÓN SOBRE TUS RENUEVOS

Texto: Isaías 44:1-5

En el versículo 3 de este hermoso texto, Dios promete bendición sobre los renuevos del pueblo de Israel. En primer lugar y contextualmente es una promesa hecha a Israel que asegura que tiene futuro. Pero también podemos, en sentido secundario, tomar el texto y aplicarlo a nosotros como aliento y consuelo a los que tienen hijos inconversos. Ellos deben ser un motivo de oración continua en nuestro corazón. Sentimos como Abraham acerca de Ismael: “¡Ojalá viviera Ismael siempre delante de ti!” Hablar y orar así debe ser nuestra actividad y debemos interceder siempre por nuestros hijos. Necesitan nuestras oraciones. Son tiempos difíciles, ahora más que nunca, y los hijos contraen fácilmente el espíritu de los del mundo alrededor suyo. A veces lo hacen a propósito, queriendo imitar a sus amigos en el colegio o instituto, los vecinos, los colegas de trabajo, etc. A veces lo hacen sin querer, y sin darse cuenta se les pega lo del mundo como la pelusilla se pega a un traje de color azul marino. Dios no quiere que los hijos de los creyentes sean como la gente del mundo. No debemos sacrificar nuestros hijos al mundo, sino vigilar, luchar y trabajar para que sean diferentes, santos. No podemos darlo por sentado, porque no es automático. El príncipe de este mundo quiere usar al mundo para arrastrar y seducir a nuestros hijos para que no sigan al Señor ni sean santos. Hay una lucha, y como padres jugamos un papel clave.
Preferiríamos a nuestros hijos fieles y felices en el Señor antes que como presidentes de países o ricos y famosos. Lo más importante es su vida espiritual, se supone, pero si en realidad creemos así debemos demostrarlo en los hechos y las decisiones que tomamos respecto a ellos.
Las palabras del versículo 3 deberían animarnos. Cuando hemos dado toda nuestra atención a criar hijos, y los hemos enseñado el camino del Señor, y luego algunos de mayores no le siguen, sino que se apartan y hacen su vida al margen de Dios y la vida espiritual, esto nos entristece. El diablo lo sabe y quiere usar a nuestros hijos para agobiarnos, atacarnos y desanimarnos. Es fuerte y doloroso que ellos no sigan al Señor, y esto por supuesto nos afecta. Ahora bien, puede que ellos no blasfemen al Señor, pero tampoco le obedecen ni le siguen, así que sus vidas son una muestra de frialdad espiritual y desobediencia, por no decir mundanalidad y pecado. El diablo los arrastra con el mundo y la carne, y mediante ellos también nos ataca a nosotros. Sí, hermanos, nuestros hijos son un gran campo de batalla espiritual, y parece que muchos padres están perdiendo la batalla.
Pero si en verdad hemos educado a nuestros hijos en los caminos del Señor, entonces como padres hemos servido a Dios en esto. Somos también Sus siervos (vv. 1-2). Todos los creyentes somos siervos de Dios y debemos actuar como tales. La educación de nuestros hijos en cosas espirituales es parte de nuestro servicio a Dios como padres. No es responsabilidad de escuelas dominicales e institutos o grupos especiales, sino de los padres creyentes, como Deuteronomio 6 bien explica y Efesios 6:1-3 bien explican. Si hemos servido a Dios en la educación espiritual de nuestros hijos, debemos esperar en Él. Él puede obrar por el Espíritu Santo en el corazón de nuestros hijos – más allá de nuestro trabajo – Él no tiene nuestras limitaciones.
El Señor no quiere la muerte del pecador, sino su salvación, y ciertamente es así en cuanto a nuestros hijos. Aunque ellos sean por un tiempo ahora como “sequedal” o “tierra árida” (v. 3), Dios puede obrar en ellos por Su Espíritu Santo. El Salmo 139 nos enseña que nadie puede huir a un lugar donde Dios no le pueda alcanzar. 
En los versículos 4 y 5 Dios dice que el resultado en Israel será que “brotarán” y que se llamarán “de Jehová”. Los que antes no daban señales de vida, porque no la tenía, la tendrán. Los que antes no se identificaban con el Señor, no se llamaba de Él, lo harán. En cuanto a la aplicación a nuestros hijos, ahora algunos de ellos no pueden decir “soy del Señor” (¡no lo debieran decir!) porque no lo son, pero cuando el Señor conteste nuestras oraciones y obre en su vida y corazón, entonces lo dirán. Se apellidarán con el nombre de Dios o del pueblo de Dios. Cuando se conviertan ya no querrán pertenecer al mundo, hablar como el mundo, vivir como el mundo, ser como los del mundo. Ya no tendrán vergüenza de ser vistos como devotos del Señor. No tendrán vergüenza de decir que son de Jesucristo y de Su pueblo. Es una señal buena cuando uno toma su lugar abiertamente como cristiano.
Me acuerdo de lo que dice en Hechos 2:39, también dicho a Israel, pero son palabras que nos dan ánimo, porque dicen: “porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos”. Dios tiene interés no sólo en nosotros sino también en nuestros hijos. A Dios le interesan los que están lejos, porque Él ama a todos y desea la salvación de todos. No hay falta de amor ni de deseo en el corazón de Dios. Cobremos ánimo e intercedamos por nuestros hijos.
Efesios 2:13 nos recuerda lo que Dios ha hecho en nosotros, y con esto también nos enseña que los que están lejos, pueden ser alcanzados y hechos cercanos por la sangre del Señor Jesucristo. Dios tiene este poder. La bendición no es sólo para el cristiano, sino también para la casa del cristiano. En un sentido el matrimonio y los hijos, aunque sean incrédulos, son santificados por la presencia del creyente, y esto nos enseña que Dios los tiene puestos en un lugar de privilegio respecto al evangelio, lo escuchan y han estado bajo su santa influencia. Dios quiere hacerles bien y ha dado el primer paso.
Por supuesto que nosotros somos incapaces de dar un nuevo corazón a nuestros hijos, por mucho que quisiéramos. Pero Dios sí puede. Nuestro Padre celestial se goza mucho en nuestras oraciones por nuestros hijos. La semilla del evangelio ha sido plantada, y hemos de regarla con nuestras oraciones y nuestro testimonio, nuestra manera de vivir delante de ellos. Dios puede hacer grandes cosas en respuesta a nuestras oraciones. ¿Está uno de ellos fuera del redil? Sigamos orando porque Dios lo puede alcanzar. Amén.

de un estudio dado por L. B. el 28 de febrero, 2008


La hora nunca olvidaré en que a mi madre oí decir:
“Jamás, ¡oh hijo!, dejaré de suplicar a Dios por ti”.
Con tal ternura me miró, aún hoy su rostro puedo ver,
Según me dijo con fervor: “De tu alma siempre busco el bien”.

El tiempo pasa tan veloz, mas suena aún en mi corazón,
El eco de su dulce voz y de esta humilde oración.
“¡Señor!”, escucha mi oración y de este hijo ten piedad,
Oh, dale pronto contrición, y sálvale por Tu bondad.

De cuánta pena causa fui por mi maldad y rebelión,
Los muchos años que seguí expuesta mi alma a perdición.
Feliz la hora en que por fin, ya humillado el corazón,
Al Salvador con fe acudí en busca de mi salvación.

¡Cuán grato entonces recordar la voz amada y oración,
Con que solía implorar mi madre a Dios por mi perdón!
Y al terminar mi vida acá, la encontraré en gloria y luz,
Y juntos hemos de entonar “Loor a Ti, Señor Jesús”.

nº 626 del Himnario Evangélico

Tuesday, March 26, 2013

LA VARA DE AARÓN


La Vara Que Floreció 


Texto: Números 17:1-13 

En el capítulo 16, los versículos de 41 al 50, sucedió un juicio severo contra el pueblo de Israel porque seguía quejándose y poniendo en entredicho el liderazgo de Moisés y Aarón aún después del juicio de Dios contra la rebelión de Coré. Entonces, hacía falta establecer claramente delante de ellos cuál era el liderazgo divinamente escogido y aprobado. Así que el Señor les mandó hacer esta prueba de las varas, diciendo que el motivo era (v. 5) manifestar a quién Dios había escogido, y hacer cesar las quejas de Israel contra Aarón y Moisés. Aquí vemos cómo la soberanía de Dios manifiesta quién debe liderar a Su pueblo – y esto sin campaña electoral ni votación para tomar en cuenta la voluntad del pueblo. El pueblo de Dios no es una democracia, ni figura la popularidad en el liderazgo espiritual. El liderazgo tampoco debe ser una oligarquía de hombres auto designados, como pasa en algunos casos. Hay hombres que han asumido el puesto de anciano de una iglesia u obrero que manda en un sector de la obra del Señor, pero sin ser divinamente designados ni debidamente reconocidos. Allí se aplica el refrán: “Dime de qué presumes y te diré de que careces”. Lo que cuenta es la elección y aprobación de Dios. 

Dios es clemente y misericordioso, y quiere el bien de Su pueblo, y por esto debe juzgar a los malhechores y los que desvían al pueblo. Esto es exactamente lo que Dios hizo con la rebelión de Coré. Limpió al pueblo cuando juzgó a Coré y los suyos, y cuando el día siguiente mató al pueblo que seguía resentido y murmuraba contra Aarón y Moisés. Al ver estas escenas tan fuertes de juicio, tenemos que ver el cuidado de Dios, y luego manifestó Su cuidado en lo de la vara de Aarón. En la iglesia vemos que Dios también ha escogido a un pueblo bajo (1 Co. 1:26.29), “lo necio...lo débil...lo vil...y lo que no es”. Lo hace para Su gloria, para que nadie se jacte. Además, la iglesia, como Israel, es un pueblo difícil de gobernar. Entonces, Dios puso delante de Israel la prueba de las varas para hacer constancia de Su elección y aprobación. 

Pero hay más lecciones para nosotros en esta prueba de las varas, y pueden servir para animarnos y fortalecernos. Os invito a acompañarme ahora y vamos a considerar tres preguntas respecto a las varas y especialmente la vara de Aarón.

1. ¿De Quién Fue La Vara Que Reverdeció? 
Observad que fue sólo la vara de Aarón. Alguien dirá: “¿No tenían valor todas los demás hombres?” Francamente la respuesta es: “No”. Sólo el que Dios escogió, y tuvo valor porque fue escogido, no porque fuera mejor. Dios no escoge como los hombres. Aarón no fue preparado en seminario, ni era “profesional” ni tenía “carrera”. Lo único destacable en la vida de Aarón era que Dios le escogió. Recordemos que en Éxodo 32:1-6 Aarón se equivocó a lo grande, cedió a la voluntad del pueblo y pecó en lo del becerro de oro. Cuando Moisés descendió del monte, Aarón se disculpó en los versículos 22-24, y quiso echar la culpa al pueblo, cuando él había tomado parte en el pecado. Hizo un becerro de oro y luego proclamó que el día siguiente sería fiesta a Jehová. ¿Y cómo se come esto? Aarón se las daba casi de mago, que echaba el metal al fuego y salió el becerro, cuando en realidad él lo había dado forma. ¡Qué confusión y error! Pero debemos observar aquí que Dios no escoge a los perfectos, sino a gente imperfecta como somos todos, y Él trabaja con cada uno para Su gloria. Si preguntamos si vas a escoger a una persona como Aarón para ser líder, sumo sacerdote, seguro que la respuesta es “no”. Yo sé que yo no lo escogería, pero Dios sí, escogió lo vil, lo bajo, y sin embargo Dios será glorificado en los que escoge. En Números 17, ante el rechazo y la murmuración del pueblo, Dios le da una nueva oportunidad de servirle yglorificarle. Esto es la gracia y misericordia de Dios. Él sabe lo que puede hacer con cada uno – nos conoce mejor que nadie y no se equivoca. Dios escogió luego, siglos después, a Pablo que había sido enemigo que perseguía a los cristianos y los obligaba a blasfemar. Pero Dios tocó su vida, y le llamó: “instrumento escogido” (Hch. 9:15-16). 

2. ¿Dónde Floreció La Vara De Aarón? 
El versículo 4 dice que fue en el tabernáculo. El versículo 7 dice: “delante de Jehová”. Tomemos buena nota de esto. En la presencia de Dios aquella vara floreció. Hermano, si no estás en la presencia de Dios, en tu vida no va a pasar nada. Solamente en Su presencia podemos llevar fruto. Separados de Él nada somos ni nada podemos hacer (Jn. 15:1-7). Si quieres que tu vida cambie y que hagas cosas que ahora te parecen imposibles, tienes que acercarte a Dios y pasar tiempo en Su presencia. Te va a costar algo. Tendrás que sacrificar algo de valor temporal para algo de valor eterno. Las cosas del mundo jamás te darán poder ni fruto en la vida espiritual. En el caso de la vara de Aarón, mirad bien y daos cuenta, ¡porque un bastón cobró vida! Tú y yo tenemos que estar en el santuario de Dios. En la presencia de Dios todo es posible. Esto nos enseña a ordenar y programar nuestra vida para estar más con el Señor, y apartarnos más de lo del mundo – sus diversiones y pasatiempos livianos y sin importancia eterna. El Salmo 145:1-2, por ejemplo, habla de exaltar y bendecir al Señor cada día. Cada día necesitamos estar en la presencia de Dios, humillados, agradecidos, adorando, alabando y buscando Su consejo y dirección. Nosomos fuentes de sabiduría, pero Él sí que lo es. Sus misericordias son nuevas cada mañana (Lam. 3:22-23), y las necesitamos cada mañana. Como sacerdotes que somos tenemos que venir cada día, mantener las lámparas, poner el sacrificio de la mañana y el de la tarde, adorar e interceder por otros.

3. ¿Cuándo Floreció Aquella Vara? 
No durante el día, sino durante la noche. En Génesis 1 leemos que la tarde y la mañana fueron el primer día, etc. Dios también trabaja de noche, fuera de nuestra vista. En Números 17:8 dice: “el día siguiente” hallaron que la vara de Aarón había florecido. Pasada la noche, vieron lo que Dios había hecho. Hermano, si te acercas y pasas tiempo en la presencia de Dios, puede ser que mañana tu vida cambie, que mañana Dios te dé lo que has pedido y deseado. Él a veces trabaja en un lugar y un tiempo que no podemos ver – pero Él hace Su obra y se glorifica en los queesperan en Él. No tenemos que ver cada paso ni cómo, pues Israel no vio el proceso de florecimiento de la vara, sino el resultado final. Las varas fueron puestas por fe y obediencia a la Palabra de Dios. Dios obra en respuesta a esta obediencia de fe. 


Hermanos, es bueno que todos recordemos las palabras de David en el Salmo 30:5, “por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría”. Dios puede hacer reverdecer tu vara. Seguimos orando y confiando, y aún en la noche de la angustia y el desánimo, Dios estará obrando a favor nuestro. Grande es Su fidelidad. Job dijo: “en el esperaré” (Job 13:15). Isaías dijo: “Esperaré...en él confiaré” (Is. 8:17). Jeremías dijo: “en él esperaré. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca” (Lam. 3:24). Sea también así nuestra determinación en tiempos de pruebas, dificultades, conflictos y desánimos. Acerquémonos a la presencia del Señor y esperemos en Él para ver lo que Él hará. Que así sea, para Su gloria.

de un estudio dado por L. B., el 14 de junio, 2009