Tuesday, January 1, 2013

LOS CREYENTES PERSEGUIDOS


Los Creyentes Perseguidos

Texto: Hechos 4:23-37

Como nos dice el texto, había una persecución contra los apóstoles y la iglesia, y los hermanos se reunieron para orar. Yo confío mucho en el poder de la oración y en la importancia de las oraciones diarias y de la reunión de los santos para orar. Aquí oramos por algunos hermanos que nunca hemos visto, que viven lugares muy lejanos, y hermanos en otros lugares oran por nosotros, gracias a Dios. Una de las cosas enfatizadas en el libro de Hechos es la oración. Así que, cuando estamos bajo ataque o nos sentimos amenazados o perseguidos, tenemos que hacer como estos hermanos: orar, clamar al Señor y confiar en Él.
La persecución surgió porque los apóstoles y hermanos creyeron y siguieron al Señor Jesucristo, predicando y sanando en Su Nombre, y esto disgustó a los judíos que pensaron que al matar y sepultar a Jesucristo se les acabaría el problema. Los de la jerarquía religiosa-política de los judíos, los saduceos y fariseos, querían que las cosas se quedaran iguales como antes, pero esto no iba a ser, y entonces perseguían a los creyentes. El comentario del versículo 27 es que se unieron contra Jesús para matarlo, y en el versículo 29 amenazaban a Sus seguidores. Todo para mantener su establecimiento y el control. Pero hoy en día, curiosamente, resulta de que algunos combaten contra creyentes como nosotros porque queremos seguir a los apóstoles y mantener la doctrina predicada y establecida por ellos. Se apoderan del evangelicalismo y aun de las asambleas, las revistas y los fondos y nos acusan de inmovilistas simplemente porque queremos seguir y defender la doctrina apostólica. Los primeros cristianos fueron perseguidos por los judíos pero hoy en día parte de la oposición viene de dentro de “la iglesia”. Está claro que si queremos seguir la verdad y ser fieles a ella, hay un precio que pagar y no vamos a ser populares.
Volviendo al texto, en el versículo 2 vemos que los que tenían el poder estaban resentidos porque enseñaban al pueblo y anunciaban la resurrección de Jesucristo. El Señor usó a Pedro y Juan en el capítulo 3 para sanar a un hombre cojo. Antes él estaba fuera mendigando, pero sanado, estaba dentro del templo alabando a Dios. Y esto supuso un gran problema para las autoridades religiosas, como todavía vemos hoy en día en países musulmanes y en países como Polonia, Rusia y Grecia donde la iglesia estatal controla casi todo. Surgió una persecución contra los que predicaban y enseñaban la Palabra “sin permiso”. Hoy en día las autoridades religiosas quieren proteger su establecimiento y control, así como los judíos con su templo y jerarquía – pero no iba a ser así porque Dios había programado la destrucción del templo. Las autoridades en Hechos 4:21 los amenazaron que no hablasen ni enseñasen más en el Nombre de Jesús, ¡que es justo lo que el Señor les envió a hacer! ¿Qué debían hacer? ¿Y qué tenemos que hacer nosotros cuando estamos bajo ataque con censuras, críticas, amenazas y represalias? Aquí hay al menos seis cosas que observar, y ninguna de ellas es acción legal ni protestas ni manifestaciones públicas.
Primero, hubo una reunión de oración (vv. 23-24). Observemos que oraron juntos antes que hacer cualquier otra cosa. Muchos actúan de otra manera, formando protestas, llamado abogados, convocando reuniones para defender sus derechos y así, y LUEGO, después de todo esto, oran y piden que Dios bendiga sus planes y hechos. Está mal enfocado y mal ordenado, porque es poner el carro delante del caballo. Primero, orar. “Vinieron a los suyos” para contárselo y orar. ¡Qué importante es la reunión de oración! Un creyente que no ora es como una persona que no respira, y lo mismo respecto a las iglesias que no oran. Es triste ver congregaciones en las que domingo por la mañana hay mucha gente, buena asistencia, pero luego, el día del culto de oración hay a lo mejor la décima parte, un muy pequeño grupo, y no porque todos ellos no pueden, sino porque muchos de ellos no quieren, no lo dan importancia – sea dicha la verdad, aunque sea para nuestra vergüenza. Hay que esforzarse y dar importancia a lo que realmente tiene valor espiritual, y la oración es una de estas cosas. El versículo 24 dice: “Alzaron unánimes la voz a Dios”. Como hemos oído decir muchas veces, la iglesia nació en medio de la oración y cuán importante es reunirse así. El Señor nos ha dado grandes promesas para motivarnos a orar. Por ejemplo, en Marcos 11:24 leemos: “Os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. Tales palabras deben motivarnos a orar juntos, unánimes.
Segundo, involucraron a Dios en el asunto. En el versículo 24, al orar, dijeron: “Soberano Señor...” Reconocieron la soberanía de Dios, cosa que muchas veces falta hoy en día. Nosotros no estamos por encima de las cosas, pero Dios sí. No somos sabios ni poderosos, pero Dios sí. Dios tiene poder perfecto y autoridad ilimitado. ¡El puede! ¿Por qué pensar primero en abogados y representantes legales u otras cosas cuando podemos apelar al Poder Supremo del universo, nuestro Padre celestial? Dios debe ser la primera persona que metemos en los asuntos, porque el mundo es Suyo y todo lo que en él hay. Debemos hablar con Él. Debemos consultarle a Él. Así le glorificamos y le exaltamos. Como los creyentes en 1 Crónicas 29 y 2 Samuel 22, reconozcamos Su poder. En los versículos 26-27 leemos la expresión: “contra el Señor”, porque el problema no era meramente personal. La iglesia es Suya, y los creyentes somos Suyos, no somos nuestros. La palabra “Señor” aparece mucho en Hechos, en la predicación del evangelio y en el vocabulario de los creyentes. Pero hoy este reconocimiento falta en la vida de creyentes y en muchas iglesias. 
Tercero, oraron para tener más denuedo y fuerza (v. 29). Ellos quisieron testificar; quisieron hablar sin miedo, con denuedo. Para ellos la predicación del Evangelio era de suma importancia, y francamente esto no es así hoy en muchos lugares. Para testificar bien del Señor, hermanos míos, recordemos que el miedo y la fe se oponen. La fe tiene que crecer y el temor debe menguar. Dios puede concedernos el hablar con todo denuedo, pero claro, no en contra de nuestra voluntad. Si estamos contentos sin testificar, probablemente no lo haremos. Pero algo está mal en la vida de un creyente que no da importancia a la propagación del evangelio. Es como síntoma de una enfermedad espiritual. El Señor dijo a los Suyos: “Me seréis testigos”. Pablo hablo a los nuevos creyentes en Filipos de combatir unánimes por la fe del evangelio (Fil. 1:27). Dios puede concedernos el hablar con todo denuedo. Nuestra fe debe crecer, pero ¿cómo crecerá si no la alimentamos? La fe no se alimenta mirando la tele, leyendo novelas, escuchando música del mundo, etc. Para alimentar y fortalecer la fe hay que andar en comunión con el Señor y ser llenos del Espíritu Santo, el cual no hace nada que no sea santo.
Cuarto, Buscaron la compañía adecuada. El versículo 23 dice: “puestos en libertad, vinieron a los suyos”. Escogieron la compañía del pueblo de Dios, no los vecinos inconversos, sino “los suyos”. No eran como algunos hoy que al surgir conflictos y problemas gastan horas y horas en reuniones y alianzas de acción social con inconversos. Nuestra vida debe estar con el pueblo de Dios, con los que tienen el mismo sentir, ¿o es que hoy  algunos creyentes tienen el mismo sentir que el mundo? Los hermanos contaron todo “a los suyos”, no lo olvidemos. ¿A quiénes vinieron? A los espirituales, no a los del mundo. A los que estaban llenos del Espíritu Santo, con quienes podían orar y clamar a Dios. Pero no como escucho a algunos decir: “¿Por qué me pasa esto, si no falto en las reuniones?”, etc. ¿Qué es esta forma de hablar sino un reproche? Ni siquiera en oración debemos hablar así porque esto no es orar sino reprochar al Señor. Estuvieron con los que tenían (v. 32) un corazón y un alma, los del mismo sentir, porque estos son los que van a ayudarnos y los que hemos de buscar. Lástima que hoy en día muchos jóvenes en las iglesias se dejan influir mucho por los del mundo, por sus amigos inconversos de escuela o trabajo o los vecinos, con sus actitudes, prioridades, afanes, diversiones, lenguaje y modas como piercings, pendientes y peinados raros, hasta ¡algunos con cresta como si fuera un gallo!. “No aprendáis de ellos” dijo Dios a Israel, y lo mismo es para nosotros. Dios quiere un pueblo distinto. Los que están alrededor nuestro marcan nuestro carácter y conducta, para bien o mal – así vemos lo importante que es escoger bien la compañía. Dejemos que el trabajo y la escuela se queden en su sitio, y no mezclemos las cosas. En nuestro tiempo libre, puestos en libertad, vayamos en busca solamente de la compañía de creyentes.
Quinto, vencieron el miedo y hablaron con denuedo. Como clamaron fervientemente al Señor, Él respondió y fueron llenos del Espíritu Santo. Testificaron con Su poder y así vencieron el miedo que les querían meter. “Fueron llenos del Espíritu Santo” (v. 31), y ésta es la clave para la vida cristiana, porque no debemos vivirla en nuestro poder sino en el poder de Dios. La vida cristiana normal en el libro de los Hechos era así, pero la vida cristiana típica hoy en día es otra cosa más pobre e impotente. El Espíritu de Dios puede darnos denuedo. No es cuestión de carácter o temperamento, sino de comunión con Dios. Como resultado de ser llenos del Espíritu, no temían la reacción de los demás ni estaban preocupados por qué pensarían o dirían. No tenían que ir a buscar títeres o montar conciertos para tratar de agradar más a los oyentes. Predicaron el mensaje del Evangelio, Cristo crucificado y resucitado, y llamaron a la gente a arrepentirse y creer. Predicaron llanamente, sin historietas ni comedias, y sin miedo a la reacción del público, porque fueron guiados por Dios.
Sexto, se sacrificaron para cuidarse mutuamente (vv. 32-37). Vendieron sus posesiones y lo entregaron a los pies de los apóstoles, para cuidar de los hermanos necesitados. Esto no era una “obra social”, sino una “obra fraternal”, para el cuidado de la iglesia. Hubo un desprendimiento; valoraron la comunidad de los creyentes antes que las posesiones, lo eterno sobre lo temporal, las personas sobre las cosas. Querían a los suyos, esto es, a los hermanos en la fe. Vinieron a los suyos. Oraron con los suyos. Cuidaron a los suyos, y esto la iglesia moderna no lo hace. Hoy en día se espera que el gobierno cuide de las personas, o caritas o algún grupo así, pero no fue así en la iglesia apostólica. En el Salmo 68:6 leemos que Dios hace habitar en familia a los desamparados, y la iglesia es como una familia, o al menos debería ser así. Se hicieron una piña, los unos con los otros, y en la comunión de los hermanos hay fortaleza. Otra vez vemos la importancia de escoger bien nuestra compañía. Que el Señor nos ayude a vivir con devoción, testificar con fervor, y cuando surgen conflictos, respondamos como los primeros cristianos. Esto también es vivir por fe.
de un estudio dado por L.B., el 7 de septiembre, 2008

Wednesday, October 3, 2012

LA ORACIÓN QUE DIOS ATIENDE


La Oración Que Dios Atiende


Texto: Santiago 4:1-5

       Este pasaje nos da enseñanza muy importante acerca de la oración. En lugar de leer sólo un versículo, es bueno leer todo el contexto para comprender mejor el mensaje. Aquí el contexto nos enseña que la oración no es algo mágico que nos dará todo. Se nos presenta la situación de los que profesaban ser creyentes y que oraban pero no veían el resultado. Quizás dijeron algo quejándose a Santiago, el medio hermano del Señor Jesucristo. Vemos estas frases: “no tenéis” y “no podéis alcanzar”. ¿Cómo puede una persona que se dice ser creyente orar y no recibir las cosas que pide? ¿No nos enseñó y nos invitó el Señor a orar, y no es ese el ejemplo de los apóstoles y primeros cristianos? Entonces, ¿qué pasa?
Si leemos los versículos del contexto, prestando atención,  veremos otras palabras que nos indican cuál era el problema con las oraciones de ellos, y esto nos enseñará algo acerca de nosotros también. Vemos palabras como “guerras”, “pleitos”, “pasiones” (v. 1), “codiciáis”, “matáis”, “ardéis de envidia”, “combatís y lucháis” (v. 2) “pedís mal”, “vuestros deleites” – que son placeres desenfrenados (v. 3), “almas adúlteras”, “enemistad contra Dios” (v. 4), “soberbios” (v. 6), “pecadores”, “doble ánimo” (v. 8) y “el que murmura del hermano” (v. 11). en esas condiciones Dios no nos concede las oraciones. El salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal. 66:18), pero en Santiago se trata de gente que sí tiene iniquidad en el corazón. Entonces no hay misterio. La oración no es una fórmula mágica para obtener cualquier cosa, ni está Dios obligado a venir corriendo a concedernos nuestros deseos, como si fuese un genio recién salido de una botella para darnos tres deseos.
Dios, en Su propósito y sabiduría, nos da lo que quiere según Su buena voluntad. Así que, la oración no es un amuleto para recibir todo lo que queremos. Hay que pedir conforme a la voluntad de Dios, como Juan 5:14-15 nos enseña: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”. 
Muchas veces adolecemos de interés y perseverancia en la oración. Nuestras oraciones suelen ser caprichosas y egoístas, sobre todo si no estamos andando en comunión diaria con Dios, viviendo una vida que le agrada. Si andamos en amistad con el mundo, imitando a los del mundo, desagradamos a Dios y estando así alejados de la comunión con Él nuestras peticiones salen torcidas. Colosenses 1:3, 9 y 10 nos muestra como Pablo persistía en oración por ellos, pidiendo lo más importante, conforme a la voluntad de Dios. También en Lucas 18 el Señor dio una parábola, la de la viuda y el juez injusto, para enseñarnos la importancia de orar siempre y no desmayar, es decir, la perseverancia.
En el Salmo 35:18-22 leemos: “He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre. Nuestra alma espera a Jehová; Nuestra ayuda y nuestro escudo es él. Por tanto, en él se alegrará nuestro corazón, Porque en su santo nombre hemos confiado. Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, Según esperamos en ti”. ¡Claro que el Señor quiere que oremos y confiemos en Él! Desea responder y darnos en Su bondad las cosas que necesitamos, porque nos ama y deseo nuestro bien. Pero hermanos,  mirad otra vez, que aquí habla de los que le temen, esperan Él y confían en Él. Esto es lo que hay que debemos hacer. Si el temor de Dios y la fe caracterizan nuestras vidas y nuestras oraciones, pediremos como debemos y recibiremos la respuesta.
Lamentaciones 3:26 dice: “Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová”. No hacen falta las vanas repeticiones. Hay que pedir sencillamente, con reverencia y confianza, y esperar. Dios no quiere que nos alejemos desanimados, sino que nos acerquemos, no sólo en un momento para pedirle, sino que quedemos cerca de Él, esperándole. En Su presencia y guiados por Su Palabra nuestras vidas y peticiones serán conformadas a Su voluntad, y Él nos contestará. Pero las respuesta de oración no son para gastar en nuestros deleites, sino para ayudarnos a tener buen testimonio y vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. 
Que el Señor nos ayude a vivir y pedir como debemos, para Su gloria y nuestro bien. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 21 de junio, 2012


Asamblea Bíblica “Betel”
correspondencia: Apdo. 1313, 41080 Sevilla, España
reuniones: C./Torreblanca, 6, 41003 Sevilla, España
Horario de reuniones:  domingo: 11 y,  jueves: 20 horas

Tuesday, September 4, 2012

AMOR CRISTIANO - ABUNDANTE Y PRÁCTICO



Texto: 1 Tesalonicenses 3:11-13
“Más el mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesucristo, dirija nuestro camino a vosotros. Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros, para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos”.  

    Al apóstol Pablo le gustaba mencionar la venida de Cristo. Estaba siempre en su corazón, y si está en el nuestro, hermanos, afectará para bien nuestra forma de vivir.
    Aquí en el versículo 12 habla de un amor recíproco entre hermanos: “unos para con otros”. Debe ser un amor creciente y abundante unos para con otros. 
    Ahora bien, el mundo habla mucho del amor; es una de sus palabras favoritas, pero no sabe nada del amor verdadero, sino de algo bajo, carnal y egoista. Pero el que viene de Dios y es derramado en el corazón del creyente por el Espíritu Santo (Ro. 5:5), y por eso, los que no nacen de nuevo no pueden amar así.
    El amor divino nos guía a hacer bien – por ejemplo – por amor oramos por los hermanos en otros lugares que no hemos visto ni conocido, pero les amamos en Cristo y por esto oramos. Es sólo un ejemplo, pero es importante que veamos su aplicación, es importante pensar en otros, orar por ellos y hacerles cuanto bien podamos. El amor no piensa en recibir, sino en dar. El amor se da, no se pide. Dios ama, y quiere que amemos, hermanos, seamos amorosos – generosos, dadivosos como Dios.
    La primera manera de manifestar el amor al Señor es dedicando tiempo a Él, en la lectura de Su Palabra, en la oración, más que y antes que dar tiempo a los medios de comunicación y otras cosas así. Dios es más importante que los placeres temporales de la vida, pero “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos, porque habrá hombres amadores de sí mismos” (2 Ti. 3:1), y “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Ti. 3:4). Todos tenemos capacidad de amar, porque Dios nos creó así, pero a menudo es torcida, pervertida, mal dirigida. El primer mandamiento es que amemos a Dios sobre todas las cosas, ¿y quién lo hace? Dios también nos enseña a amar al prójimo, pero nunca a nosotros mismos. El amor propio, el egoísmo, es un pecado. El amor a los demás es una virtud.
    En 2 Timoteo 1:16-18 vemos el ejemplo de vemos el ejemplo de Onesíforo, cuyo nombre significa: “trae consuelo” o “provecho”. Pablo añade: “muchas veces me confortó”. No una vez, sino muchas. Esto representa más que un hecho puntual. ¿Sabes lo que es confortar a alguien? ¿Lo has hecho últimamente? Para hacerlo bien realmente tienes que estar pensando en la otra persona, no en ti mismo. Además, dice: “no se avergonzó de mis cadenas”, y “me buscó solícitamente y me halló”. El amor no se avergüenza de los hermanos cuando sufren, ni teme acercarse a ellos el circunstancias difíciles. El amor sale en busca de los hermano, solícitamente. No buscamos ni visitamos a personas que no queremos ver. Es extraño que en muchas iglesias hay personas que no se toman la molestia de buscar a los hermanos, sino que viven asilados y además,  contentos. Pero si amamos a alguien, pensamos en esta persona y deseamos hallarla para ayudarla dentro de nuestras posibilidades. Onesíforo tuvo un amor activo, abundante y práctico. En todos estos hechos y actitudes vemos su amor. Entonces Pablo dice: “y cuánto nos ayudó en Éfeso, tú lo sabes mejor” (v. 18). Esta expresión: “cuánto nos ayudó”, indica mucha ayuda bien dada. El amor de este hermano era práctico, tangible, visible.
    En los momentos más necesarios Pablo sintió la ayuda de él, y estos son ejemplos que no debemos olvidar nunca. La ayuda de Onesíforo no era irregular, sino constante y abundante. ¿Es nuestro amor así? ¿No debe seguir creciendo en nosotros y abundar más y más? ¿Quién podría decir de nosotros lo que Pablo dijo acerca de este hermano? Pensémoslo.
    Pablo pide una bendición sobre él (v. 18). “Concédale el Señor que halle misericordia cerca del Señor en aquel día”. Así se cumple en parte lo que Cristo dijo en Mateo 25:40 y otros lugares sobre los que ayudan a los Suyos – incluso si dan un vaso de agua. Estos ejemplos así deben afectar nuestra vida, porque cuando Pablo dijo esto en 2 Tesalonicenses 3 acerca del amor, él deseaba verles a todos comportándose como Onesíforo.
    Y otra vez digo que simplemente en la reunión de oración, y también en nuestras oraciones e intercesiones diarias, como ejemplos prácticos, aunque no tengamos bienes materiales que dar, podemos manifestar amor y hacer bien a nuestros hermanos. Nos juntamos con ellos para orar, y oramos por otros para que Dios les ayude y les haga bien. Así podemos ser como Onesíforo, el que trae consuelo, provecho, por la intercesión que hacemos por ellos. Y el Señor nos tendrá misericordia y nos ayudará.
    Tenemos que ser generosos en gratitud al Señor porque Él nos salvó y nos cuida. Él quiere hacer bien a otros a través de nosotros, de muchas maneras. Esto incluye el uso de los recursos que tenemos, compartiendo nuestros bienes, usando la hospitalidad, visitando a los hermanos, mostrando interés en ellos, animándolos, reuniéndonos con ellos y no dejando de congregarnos, y como hemos dicho, incluso el tiempo y el esfuerzo para orar por ellos. Hermanos, crezcamos en el amor fraternal.

de un estudio dado el 14 de agosto, 2008

Thursday, July 5, 2012

¿REALMENTE BUSCAS LA VOLUNTAD DE DIOS?


"Si El Señor Quiere..."

Texto: Santiago 4:14-17



El texto nos enseña qué importante es planificar nuestras vidas en la voluntad de Dios. El cristiano verdadero cuenta con la guía y ayuda de Dios, y busca (se supone) Su voluntad. Si no hace esto, no le van a salir nada bien las cosas.

Una ilustración bíblica de estas  verdades está en Números 32, en el caso de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés. El versículo 1 nombra dos veces su ganado. Eran ganaderos y pensaban en sus intereses, como Lot miró el valle del Jordán pensando en su ganado, y se fue de la voluntad de Dios. Viendo buena la tierra al otro lado del Jordán, las dos tribus y media querían quedarse. Pensemos en esto un momento. Es como si no confiasen que en la tierra prometida Dios pudiera darles buenas tierras. Entonces en los versículos 6-15 Moisés les responde recordando el mal ejemplo de sus padres cuarenta años antes cuando no quisieron entrar en la tierra prometida. En los versículos 14-15 dice que ellos han sucedido en lugar de sus padres, y les advierte que están en peligro de destruir al pueblo. En todo esto no escuchamos a las dos tribus y media decir ni una vez: “hágase la voluntad del Señor”, porque la gente llena de sus ideas y planes no busca sino la suya.
Pero responden y hablan a Moisés en los versículos 16-19 y luego del versículo 20 en adelante dando sus explicaciones y promesas. Entonces Moisés se ablandó y les dejó apañarse para salirse con la suya. No tenía que haber hecho esto. Estaba cediendo a la voluntad de ellos. A veces para evitar un mal se causa otro. No queremos una confrontación o conflicto, así que cedemos a los deseos de los que buscan salirse con la suya, y al final la cosa acaba mal.
Volvamos a Números 13 para considerar lo que pasó en la generación anterior. Moisés permitió al pueblo enviar espías (Dt. 1:22 dice que ellos lo habían pedido) Se había ablandado ante ellos y su sugerencia en lugar de insistir en que se metieran en la tierra, porque para esto habían venido guiados por Dios. Entonces fueron los espías, reconocieron la tierra, y volvieron con un informe negativo (vv. 28-29) – los gigantes, Amalec que les había hecho daño antes, etc. – y entonces en el capítulo 14 el pueblo gritaba y daba voces, llorando y quejándose de Moisés. Se les olvidó todo el milagroso cuidado de Dios en el camino, se volvieron ingratos y desconfiados.
En Números 14:20-25 Dios contestó con ira y castigo, y los mandó al desierto a morir. En el versículo 34 Dios les mandó un año de castigo por cada día que pasaron espiando la tierra. No quisieron entrar ni recibir lo que Dios les daba. Dios les daba la tierra prometida pasando el Jordán, y había planificado todo para bien, pero ellos iban haciendo las cosas a su manera.
En Números 26:52-56 Dios manifestó cómo quería repartirles la tierra. Él ya tenía un plan. Pero Rubén, Gad y la media tribu de Manasés querían escoger para sí, a su gusto, en lugar de esperar y recibir más adelante lo que Dios escogería. Mucha gente vive así hoy. Quiere escoger la vida que le parece, el novio o la novia que le parece, y muchas cosas así en lugar de recibir agradecidos lo que Dios escoge. En Números 33:54-55 vemos otra vez lo que Dios quería – repartir la tierra y tenerles adentro para echar a los cananeos, y tanto entonces como ahora, al no hacer las cosas que Dios quiere y como Dios quiere, salen mal y causan daño, pérdida y tristeza.
Hoy la gente hace también sus planes sin contar con Dios, sin consultarle, sin pedir oraciones y consejo espiritual. Planifican sus estudios, trabajo, noviazgo y matrimonio, todo fuera de la voluntad de Dios, y proceden a arreglar su vida como les parece. Por esto el matrimonio hoy dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio. La sociedad hoy se desintegra delante de nuestros ojos, y en algunos casos las iglesias también, como hemos oído de iglesias que cierran las puertas y dejan de existir, o que siguen existiendo pero de una manera que ya no son iglesias sino más bien teatros o ludotecas. Todo esto es por no vivir diciendo: “Si el Señor quiere”
Las dos tribus y media tenían un ejército grande, como vemos en Números 2. Allí al principio de Números vemos cómo Dios planificaba el orden y el proceder de Su pueblo. Rubén está en los versículos 10 al 13, y su ejército tenía 59.300 hombres. Gad sale en los versículos 14 y 15, y su ejército contaba con 45.650 hombres. En los versículos 20 y 21 está Manasés con sus 32.200 soldados. Sumando los ejércitos de estas tribus vemos que tenía 138.150 soldados, y prometieron ir delante de sus hermanos y ayudar con la conquista de la tierra.
Pero, ¿qué pasó luego? En Josué 4:12-13 leemos que las tribus de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés pasaron adelante, pero eran sólo cuarenta mil hombres armados en total. ¡Menos de la mitad de sus soldados fueron a ayudar! No cumplieron su promesa. Números 30:2 dice que hay que cumplir las promesas, pero no fueron íntegros ni con Dios ni con sus hermanos. Así es la gente que hace lo que quiere y no lo que el Señor quiere. En el Nuevo Testamento Ananías y Safira intentaron dar parte a Dios haciendo ver que era todo, pero por su engaño cayeron muertos. Meditemos en esto.
Debemos primero hacer lo que el Señor quiere. En nuestros tiempos, a veces queremos estar en la iglesia y en el mundo, como Rubén, Gad y Manasés querían estar en Israel y en el otro lado del Jordán. No queremos lo que el Señor quiere, sino estar con el Señor a nuestra manera y en la iglesia a nuestra manera. Muchos se han bautizado pero luego salen y hacen lo que les da la gana. No quieren lo que Dios da, lo que Dios ordena, lo que Dios reparte, lo que Dios quiere. Ponen sus ojos y afectos e intereses en cosas que están fuera, y arriesgan y arruinan todo por salirse con la suya. Es pura locura pero así es la voluntad de la carne, parece una forma de demencia. Sabían mejor, habían aprendido mejor, habían sido encaminados, pero luego se les metió en la cabeza una idea de gustos propios, y desecharon lo que el Señor quiere para tener lo que ellos quieren. ¡Y lo pagarán caro!
Las dos tribus y media, alejadas así, fueron las primeras que se apartaron de Dios y que salieron al cautiverio, conquistadas por Asiria. Lee el triste comentario en 1 Crónicas 5:25-26. Dios quería ver a Su pueblo junto, unido, no dividido y separado unos en un lado y otros en otro lado. En el desierto, desde Sinaí en adelante, Israel estuvo repartido en torno al tabernáculo, todos juntos. Presentaba una vista bonita que ilustra cómo la iglesia debe estar alrededor del Señor, todos cerca del Señor y guiados por Él. Pero más adelante Israel empezaba a mirar con los ojos de la carne, deseando lo que Dios no daba, y de ahí la triste historia de las tribus que pensando en ventajas personales se apartaron del resto del pueblo. Ahí está la historia para que aprendamos de ella, pero ¿quién quiere humillarse hoy y confesar que ha buscado lo que quiere, lo suyo, en lugar de lo que el Señor quiere? Sería mejor confesarlo y arrepentirse hoy, que luego en el juicio cuando sea tarde. Que el Señor nos ayude a hacer una verdadera aplicación de esta gran verdad, y siempre decir: “Si el Señor quiere” acerca de todo aspecto de nuestra vida. No lo que queramos nosotros, sino lo que el Señor quiere. Así debe vivir el pueblo redimido, el pueblo que ya no es suyo sino que ha sido comprado por precio. El Señor tienen una voluntad buena, perfecta y agradable para nuestra vida, pero no se realiza en vidas egoístas y mundanas. ¡Aceptemos el bien que Él nos quiere dar! Esto empieza cuando dejemos de ser auto gobernados, cuando nos quebrantamos, abandonamos el amor propio y nuestra propia sabiduría, y arrepentidos y sumisos decimos al Señor en oración: “No lo que quiero, sino lo que tú”. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla, el 18 de abril, 2010

Wednesday, June 27, 2012

EL PACTO CONDICIONAL CON SALOMÓN


Texto: 1 Reyes 9:1-9

Salomón fue especialmente bendecido por Dios. El versículo 2 relata como Dios le apareció por segunda vez, después de la dedicación del templo (véase 1 R. 3:4-14). Le dio palabras de ánimo acerca de su gran oración dedicatoria que aparece en el capítulo 8. “Yo he oído tu oración y tu ruego” (9:3) Dios confirmó haber santificado la casa y que Sus ojos y corazón estarían siempre en ella. Esas palabras ciertamente eran de gran ánimo para Salomón. Nosotros también, hermanos, tenemos la dicha de una relación con Dios en la cual Él oye nuestras oraciones.
Ahora bien, en los versículos 4-9 Dios le puso algunas condiciones. Primero – veamos la condición afirmativa. Los versículos 4-5 dicen: “Y si tú anduvieres delante de mí como anduvo David tu padre, en integridad de corazón y en equidad, haciendo todas las cosas que yo te he mandado, y guardando mis estatutos y mis decretos, yo afirmaré el trono de tu reino sobre Israel para siempre, como hablé a David tu padre, diciendo: No faltará varón de tu descendencia en el trono de Israel”. La palabra clave es la que hemos enfatizado con letra negrilla: “si”. Anuncia una condición. Mirad, hermanos, la bendición de Dios no es un misterio. Dios le dijo a Salomón cómo obtenerla, y también habla así con nosotros.
La constancia en la vida espiritual es muy importante. No hay que ser como muchos – como olas del mar que vienen y se van. Dios le marcó a Salomón el camino: (1) andar delante de mí como anduvo David tu padre, de corazón, (2) hacer las cosas que yo te he mandado, (3) guardar mis estatutos y decretos.  Las bendiciones que prometió eran condicionales, no automáticas ni generales. Hay cosas que Dios hace en respuesta a la piedad y fidelidad de los Suyos. Hay un círculo especial de comunión y bendición reservado para ellos. Muchos quieren que Dios les bendiga, pero no se dan cuenta de que Dios quiere algo de ellos: su fe, su fidelidad, su devoción. El Salmo 119:32-33 dice: “Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón. Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin”. No debemos imitar a los inconstantes, sino a los constantes. Gálatas 6:9 nos anima a no cansarnos de hacer el bien. Efesios 2:10 dice que somos “hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras...” Dios quiere y espera esa buena conducta y fidelidad de parte de los creyentes, y bendice a los que cumplen Su deseo. Pero, si me quedo un domingo en la cama, peco de perezoso y la pereza es mala en las cosas espirituales. Hay que esforzarse, no de vez en cuando, sino ser constante. No es suficiente aparecer de vez en cuando. ¡La constancia es importante! Si pudiendo congregarme con Su pueblo, tomo otras obligaciones que son conflictivos, hago mal. A Dios hay que ponerle primero, y esto es más que en un tiempecito devocional – la Iglesia es cuerpo de Cristo, importantísimo al Señor. Él nunca falta en las reuniones, y nosotros debemos tener como prioridad congregarnos con los santos. Si no queremos, o no nos parece tan importante, hay algo mal en nosotros. 
Además, hermanos, hablando francamente, tenemos mucho menos motivo de fallar, porque en nosotros mora el Espíritu Santo, ¡y qué diferencia debe hacer! Él nos da poder para vivir la vida que agrada a Dios, de modo que el único que debe decir “no puedo” es el incrédulo. En 1 Pedro 4:19 el apóstol nos anima, no a tirar la toalla o darnos de baja a causa de dificultades, sino: “encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien”. El apóstol Pablo escribe en 1 Corintios 15:58, “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”.  La firmeza y la constancia no eran cosas sólo para los doce apóstoles sino para todos los creyentes. No es en vano, “en el Señor”. Muchos son más fieles a su empleo que al Señor, porque, claro, les pagan. Son más fieles a su cuerpo físico que su espíritu, porque se cuidan, comen, beben, descansan, se preocupan de asearse, etc, y descuidan su vida espiritual. Son constantes para lo físico, pero no para lo espiritual. ¿No lo ve el Señor? ¡Claro que sí!
Los creyentes que intentan ser fieles y constantes al Señor pueden tener momentos de duda o desánimo, pero recuperarán, como vemos en Isaías 49:4. “Pero yo dije: Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios”. No es en vano servir al Señor y serle fiel.
¡Pero cuidado! Las amistades inconversas obran para quitar la constancia. Cultivemos y conservemos la amistad con los fieles y constantes. Si te juntas con necios, serás quebrantado (Pr. 13:20). ¿Para qué, entonces, querrás andar con ellos? No es necesario andar con ellos para evangelizarlos, así que nadie ponga eso como excusa. “No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” nos informa 1 Corintios 15:33, y la palabra “conversaciones” viene de una palabra que no significa hablar ni platicar, sino relacionarse. Dice Vine en su Diccionario Expositivo: “una asociación de personas, los que son del mismo grupo”. La idea es compañeros o amistades. Busca y cultiva la amistad con los que son piadosos, fieles al Señor y constantes, los que le aman, le invocan y desean servirle. Si éstos no son tus amigos y compañeros te has equivocado, y si persistes, estarás pecando contra la voluntad del Señor. Por eso dice en 1 Corintios 15:33, “no erréis”. No pensemos de otra manera porque sería un error.
Y hermanos, vemos en Hechos 2:42 y 46 la constancia en las reuniones. Dos veces habla de que perseveraban. Esto es: se dedicaban continuamente, o con constancia. No una vez al mes, al trimestre, o al año. No una reunión a la semana, sino a todas las actividades de la iglesia. Nos puede gustar más o menos, pero es el patrón apostólico, y ¿quién nos autoriza a modificarlo?
La constancia es importante en el testimonio personal y la predicación pública del evangelio. Pablo dio órdenes a Timoteo: “que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:2). 
También debemos ser constantes en oración. En Lucas 18:1 nos dice el propósito de la parábola acerca del juez injusto: “la necesidad de orar siempre, y no desmayar”. Romanos 12:12 nos exhorta así: “constantes en la oración”. Efesios 6:18 dice: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”
Es importante ser constantes en guardar los mandamientos de nuestro Señor. En 1 Timoteo 6:14 leemos: “que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo”. Pero, cuando venga el Señor, ¿hallará fe?, esto es, ¿hallará a personas fieles? En Juan 8:31 Cristo dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”. No hablaba de un grupo de “super-discípulos” ni de un alto rango de creyentes, sino de los verdaderos. ¿Somos  verdaderos discípulos, constantes, perseverando en la Palabra del Señor? Que cada uno conteste por sí mismo, no por otros.
No seamos como Rubén en Génesis 49:4, “impetuoso [inestable] como las aguas”. Comenzar es una cosa, pero perseverar y terminar es otra. Dios buscaba la constancia de Salomón y también desea la nuestra. Por esto en 1 Reyes 9:6-9 le habló de la condición negativa: “Mas si obstinadamente os apartareis de mí vosotros y vuestros hijos, y no guardareis mis mandamientos y mis estatutos que yo he puesto delante de vosotros, sino que fuereis y sirviereis a dioses ajenos, y los adorareis; yo cortaré a Israel de sobre la faz de la tierra que les he entregado; y esta casa que he santificado a mi nombre, yo la echaré de delante de mí, e Israel será por proverbio y refrán a todos los pueblos”. La inconstancia y la infidelidad son como primos hermanos, y ambas conducen a la maldición. Dios no está obligado a bendecir a los inconstantes, y aquí Él claramente le informa a Salomón que no lo hará. La historia de Israel lo demuestra. La cuidad y el templo fueron destruidos y el pueblo fue llevado cautivo, no una sino dos veces, y después de la destrucción por los romanos, corren dos siglos que Israel no tiene templo. En Romanos 11:20-22 leemos esta historia resumida, y aplicada a nosotros en advertencia. “Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado”. 
Dios le advirtió a Salomón indicándole el buen camino para que tuviera la bendición. Ha hecho lo mismo con nosotros, ampliamente a lo largo y ancho de Su Palabra. Lo que queda es la respuesta de cada uno.
adaptado de un estudio dado por Lucas Batalla el 29 de abril, 2012

Tuesday, May 1, 2012

DIOS RESPONDE A LA ORACIÓN DE SALOMON (II)


(Parte II)


Texto: 2 Crónicas 7

8. El Pueblo Se Fue Alegre Y Gozoso De Corazón (vv. 10-11). Cuando un ministerio es bendecido por Dios se benefician todos. No pudieron olvidar lo que Dios hizo aquel día. ¿Quién no tendría alegría y gozo de haber visto una manifestación de la presencia y el poder de Dios? ¡Qué contentos aquellos cuyos ofrendas y holocaustos fueron consumidos por el fuego divino! ¡Que maravillados los que vieron la gloria de Dios llenar la casa! No cabía duda de que Dios había puesto allí Su Nombre. ¿Quién no se quedó impresionado después de escuchar la gran oración de Salomón, de ver el fuego y la gloria descender, de postrarse para adorar y alabar, y de pasar los días en santo compañerismo?  Habían recibido “los beneficios que Jehová había hecho...”. Hermanos, no debemos faltar en las reuniones si podemos evitarlo, porque en ellas hay beneficios de Dios para nosotros. Tampoco debemos ir al culto ni venir del culto con pesimismos. El versículo 11, hablando del tiempo posterior a estos días, dice: “fue prosperado”. 

9. Apareció Jehová A Salomón De Noche Y Le Bendijo (vv. 12-22). Aparentemente Dios lo despertó. Esto también puede pasar a nosotros – que Dios nos despierte de noche para que leamos Su Palabra porque tiene algo que decirnos en ella, o para que oremos por alguien que en este momento necesita intercesión. No todo pasa “de día”, pues “de noche” también trabaja Dios, y es cuando para nosotros hay menos distracciones.
¡Qué bueno es que Dios respondió y dijo: “Yo he oído tu oración”! ¡Qué ánimo esto debe darnos, sabiendo que Dios nos oye. El Salmo 116 comienza así: “Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas”. Hermanos, oremos, porque Dios nos oye, y Él responderá a Su tiempo y conforme a Su voluntad. Los propósitos de Dios no dependen ni de ti ni de mí, sino Él hará cómo y cuándo quiere. El Salmo 118:5 dice: “me respondió JAH”, y el 120:1 dice, “él me respondió”. Dios oyó a Samuel, a Ezequiel y a Daniel. Dios escuchó a Pablo y Silas y los sacó de la cárcel en Filipos (Hch. 16). Dios nos oye y responde. Pero, hermanos, ¿estamos perdiendo confianza en la oración sin darnos cuenta?
Además de asegurarle de que le había oído, en los siguientes versículos Dios enumera las bendiciones que habrá para la casa de Salomón y el pueblo de Israel, y luego pone las condiciones en el versículo 14, que consideraremos más tarde. En el versículo 15 dice: “estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar”. Si, podemos orar en todo lugar, y debemos orar sin cesar, es verdad. Pero también debemos reunirnos con el pueblo de Dios en el lugar de reunión designado por Él, y allí Él nos oirá. Hoy en día no tenemos un templo como en Jerusalén, pero la iglesia, la asamblea de los santos, es templo de Dios (1 Co. 3:16). Así que, todavía hay un lugar especial donde Dios quiere escuchar las oraciones de Su pueblo. ¿Quién no iría a la reunión de oración con una promesa así?
Pero en los versículos 19-22 Dios anuncia los juicios que vendrán si ellos no son fieles. Él quiere bendecir a Su pueblo. Ésta es Su disposición, pero Él no puede bendecir la desobediencia ni la maldad. ¡Cuántas veces repetía este mensaje a través de todos sus “siervos los profetas”. Jeremías fielmente anunciaba estas advertencias hasta que cayó Jerusalén bajo juicio de Dios. Dios es fiel a Su carácter y a Su Palabra, para bendecir o maldecir. Prestemos atención a las instrucciones y condiciones que Dios nos pone.

10. Dios Da Las Condiciones Para Ser Restaurados Y Bendecidos (v. 14). Este versículo importantísimo dice: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.  El versículo anterior menciona tiempos de castigo enviado por Dios sobre Su pueblo por alguna desobediencia, alejamiento o enfriamiento de su parte. Pero aunque Dios castigue a Su pueblo, Él también nos enseña el camino de restauración y bendición. 
Hemos visto muchas cosas maravillosas que sucedieron después de la oración de Salomón. Después, en el versículo 10, al terminar la dedicación, se fueron todos a sus casas. Pero en el versículo 12, Dios le aparece a Salomón y dice, en efecto, que Él no ha terminado. “Yo he oído tu oración”, le recuerda. En el versículo 13 le menciona castigos que podrían venir sobre el pueblo, como también hemos visto en el libro de Jeremías y en otros lugares. Este es el contexto del versículo 14, donde Dios da cuatro condiciones para salir de apuros.
1. “Si se humillare mi pueblo”. Lo dice al Su pueblo. Entonces era Israel. Hoy en día es la iglesia, somos nosotros Su pueblo, y lo que dijo a Israel es también buen consejo para nosotros. Habla de la humildad, de humillarse, que es un acto voluntario. La humildad nos conviene, porque es bajarse, es reconocer y confesar nuestro pecado y nuestra culpa. Pero hoy en día Dios no puede bendecir a Su pueblo porque tiene mucho orgullo y mucho egoísmo. El amor propio, tan popular en estos postreros tiempos, no cohabita con la humildad. Hay mucha altivez, como en los días de Jeremías, cuando el pueblo no quería hacer caso y resentía el ministerio de los profetas. Pasa lo mismo hoy en día – el pueblo “cristiano” rechaza a los que lo llaman al arrepentimiento y la vuelta a los viejos caminos de obediencia a la Palabra de Dios. No quiere escuchar sino cosas positivas y suaves. Esto es el orgullo, el egoísmo, la auto-importancia. Hay prepotencia, no humildad, y hay que bajarse, hay que bajarnos, humillarnos, porque si no, no habrá bendición. En nuestros tiempos la iglesia está enferma de soberbia y la falta humildad. Faltan gestos de humildad entre los hermanos. Por ejemplo, es una cosa sencilla, pero tiene su importancia, que antes, cuando un hermano o hermana faltaba en una reunión, venía luego y decía algo así: “Perdonadme hermanos que no pude estar el domingo porque estuvimos de viaje y no llegamos cuando pensábamos”. Pero hoy no dicen nada, y no quieren que nadie les diga nada. Algunos parecen casi que están esperando que alguien les diga algo, para que tengan excusa para marcharse. En otros casos es porque  tendrían que decir: “No vine porque me fui de visita a una iglesia más liberal” o “porque estuve en la playa” o “porque estuve con unos amigos no creyentes”, o “me quedé en casa viendo la tele”, y claro, da vergüenza decir estas cosas, así que, por no humillarse, no dicen nada. La falta de humildad impide que hagamos preguntas, porque esto revelaría que no lo sabemos todo. La falta de humildad impide que seamos generosos en las ofrendas, porque queremos lo nuestro para nosotros mismos. Y hay muchos más ejemplos y manifestaciones de falta de humildad, pero basta con esto decir que Dios no bendice al pueblo que no se humilla. 
En 1 Reyes 21 tenemos un ejemplo de uno que se humilló, ¡y era incrédulo, sí, el rey Acab! Los versículos 1-16 enseñan cómo él, dirigido por su malvada esposa Jezabel, obraron para matar a Nabot y apoderarse de su viña. Luego en los versículos 17-26 le viene una fuerte reprensión de Dios por medio de Elías, prometiendo castigo divino por haber hecho mal, siendo incitado por su mujer (v. 25). Lo sorprendente es que en los versículos 27-29 Acab se humilló. Dice: “anduvo humillado”, y Dios lo dice así, y le retuvo el castigo porque se humilló. La humildad agrada a Dios y le dispone a ayudarnos. En nuestro caso, la humildad trae bendición y ayuda, y fortalece la comunión cristiana. Cuando no hay humildad, es difícil tener comunión entre hermanos.
Pero el máximo ejemplo de la humildad fue el Señor Jesucristo, en Filipenses 2, donde se le presenta como ejemplo hermoso a seguir. El versículo 5 dice: “haya, pues, en vosotros, este mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”.  El versículo 8 dice que Él “se humilló”, y en el versículo 9 vemos que Dios le exaltó. Si el Señor Jesucristo pudo humillarse así, ¿quién de Sus seguidores no puede o no debe humillarse? Creo que sabemos muy bien la respuesta, pero ¿qué haremos? Lo nuestro no es exaltarnos, sino humillarnos.
2. “Y oraren”. Primero la humildad, y después, orar en humildad. Si oramos con orgullo, con altivez, con egoísmo, con pecados no confesados o conflictos no resueltos humildemente, estamos perdiendo el tiempo. Pero hoy en día el pueblo ora menos que nunca. Las reuniones de oración están desatendidas, porque la gente no ora mucho en casa, no da importancia a la oración, ni siente gran necesidad de ella. La oración es confesión de necesidad. Laodicea no ora, porque piensa que“de ninguna cosa tiene necesidad”, y vivimos en tiempos de Laodicea, que es lo que más caracteriza las iglesias en nuestro tiempo. Pero tenemos gran necesidad, y debemos humillarnos y orar.
3. “Y buscaren mi rostro”. El propósito de buscar el rostro de Dios es tener comunión con Él, saber lo que Él piensa y quiere para nuestras vidas, y agradarle en todo. En el Salmo 105:4 leemos el consejo dado a todo creyente: “Buscad a Jehová y su poder; buscad siempre su rostro” (1 Cr. 16:11).  David expresa su propósito así: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo”. Y luego en el versículo 8 afirma:  “tu rostro buscaré”. Son pocos los que buscan su rostro, que quieren pasar tiempo en Su presencia todos los días de su vida. Para muchos una hora a la semana es un gran “sacrificio”. ¿Cómo podemos crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 P. 3:18), si no tenemos tiempo cada día para contemplar Su hermosura y inquirir Su voluntad? El que no tiene ni tiempo ni deseo para estar en la presencia de Dios, ¿para qué querría ir al cielo? ¡Es lo que vamos a hacer allí! Pero el que se humilla, buscará la comunión divina, y encontrará dirección y bendición.
4. “Y se convirtieren de sus malos caminos”. Esto también requiere humildad. La soberbia y el egoísmo  conduce a ser, como Israel: “pueblo duro de cerviz”. Jeremías en 6:16 llama al pueblo a pararse y buscar el buen camino, las sendas antiguas. La respuesta del pueblo fue “no”, como muchos también dicen hoy en día. No quieren ceñirse a la Palabra de Dios, sino que buscan novedades, modernismos, el ponerse al día con el mundo, las últimas innovaciones evangélicas, etc. Los caminos del hombre son malos. Los caminos del pueblo de Dios cuando no hace caso de la Palabra de Dios, también son malos. Es malo no hacer lo que Dios dice. Tenemos muchas instrucciones para vidas piadosas e iglesias santas y ordenadas en el Nuevo Testamento, pero ¿quién las quiere seguir hoy en día? Es malo predicar un evangelio “light” que no convierte de verdad a la gente. Es malo hacer la iglesia atractiva al mundo, trayendo la mundanalidad a los hogares cristianos, a los jóvenes, a las reuniones de la iglesia. No se pueden mezclar lo del mundo con lo de Dios. La luz y las tinieblas no tienen nada en común (2 Co. 6:14-7:1). ¿Cuándo vamos a humillarnos, admitir que hemos hecho mal, y volver a obedecer al Señor? Como dice el himno: “Obedecer, y confiar en Jesús, es la senda marcada, para andar en la luz”. ¿Cómo podemos predicar arrepentimiento y conversión a los del mundo si nosotros somos demasiado orgullosos u obstinados para cambiar y obedecer al Señor? Si no hay arrepentimiento y conversión entre los llamados “cristianos”, no habrá bendición sino castigo como Dios promete al terminar nuestro capítulo (2 Cr. 7:19-22). El Señor dice a la iglesia en Laodicea que la vomitará de Su boca. ¡Tomemos nota!
Pero si nos humillamos, oramos, buscamos Su rostro y nos convertimos de nuestros malos caminos,  entonces el Señor promete hacer tres cosas. “Oiré...perdonaré sus pecados, y sanaré...”  Dios oye a los humildes y arrepentidos. Él los perdona y sana su tierra – esto es, quita el castigo que había enviado (la sequía, pestilencia, etc.). Este versículo es una gran promesa que sale del corazón de Dios, porque Él quiere bendecir a Su pueblo. ¿Queremos Su bendición? Tomemos la receta divina, y esperemos en Dios. No hay otro camino. Que así sea para la honra y gloria del Señor.                                            

  de estudios dados por L. B. en abril y mayo del 2008 

DIOS RESPONDE A LA ORACIÓN DE SALOMÓN


(Parte I)


Texto: 2 Crónicas 7:1-22

      En este capítulo Dios nos informa del resultado de la oración de Salomón al dedicar el templo. Vemos aquí en los versículos 19-22 que Dios advierte acerca del castigo que vendrá si no le obedecen, tal como luego diría por boca de los profetas, como vemos en Jeremías por ejemplo. Pero en la primera parte del capítulo, en la dedicación del templo, y después de la oración dedicatoria de Salomón, hay resultados buenos e importantes que considerar. Considero que hay al menos diez cosas que sucedieron como resultado de su oración, y ellas deben motivarnos a orar más.
Una vez terminada la construcción del templo, con tantos albañiles, carpinteros, etc., con todo el oro puro, las piedras preciosas incrustadas, el arca del pacto colocado en su lugar, todo magnífico – sólo faltó la presencia de Dios.
En los versículos 1-3 vemos como vino la manifestación de Su presencia. Ellos sacrificaron y oraron, y terminaron, Dios respondió con fuego y Su gloria llenó la casa. Ellos hicieron todo lo que pudieron, y acabaron su obra, pero ahora Dios es el que obra. Dios todavía tenía qué decir y hacer respecto a esta casa. Dios les advierte que no terminaba todo con hacer y dedicar el templo – lo más importante era la vida de Su pueblo, su devoción, piedad y lealtad. Con nosotros también es así. Puede que tengamos un hermoso lugar de reunión, pero es sólo una parte. Lo más importante no es el edificio, sino la condición del pueblo. En el capítulo 6 Salomón dedicó el templo con una gran oración dedicatoria, y entonces viene en el capítulo siete esta enseñanza alentadora para cada uno de nosotros. Lo que sucede en el capítulo 7, “cuando Salomón acabó de orar” nos enseña lo importante que es la oración. Lo que falta en el pueblo de Dios hoy es la oración – el pueblo no ora, no acude a la presencia de Dios, no intercede, no adora, etc. Al pueblo de Dios le faltan oraciones como ésta, y quizás sea porque muchos no oran ni en privado ni en público. Mis hermanos, la oración es poder, es aliento vital. Recordemos siempre esta frase: “cuando Salomón acabó de orar”, porque es cuando las cosas empiezan a suceder, después de la oración. Uno dijo una vez: “No entiendo mucho de la teología de la oración, pero esto sí entiendo: cuando oro, cosas suceden, y cuando no oro, no suceden”.
1. Descendió Fuego (1:1, compara Hch. 4:31). Dios lo envió. El fuego en la Biblia es uno de los símbolos de la presencia divina, como por ejemplo en el caso de Moisés cuando vio la zarza ardiente. El fuego también es instrumento de purificación, y de iluminación. Cristo comparó a Juan el bautista con una antorcha que arde y alumbra. El fuego que descendió manifestó poder de lo alto. Es algo que calienta con gran energía, quema las escorias, consume el sacrificio y manifiesta la aprobación divina. Y respecto a la oración, de alguna manera ella nos purifica, invita a Dios a actuar, nos alienta, genera energía espiritual. También en Hecho 4:31 que después de la oración de los creyentes, Dios actuó y manifestó Su poder y aprobación. Nuestras vidas personales y nuestras reuniones de iglesia necesitan el efecto sano y santo del fuego de Dios.

2. Consumió Las Víctimas Y El Holocausto (1:1).  Al consumir los sacrificios, Dios manifestó que los aceptó, como aceptó el de Abel, y no el de Caín (Gn. 4). Había sacrificios puestos sobre el altar antes de orar. Dios acepta a aquel que se acerca con espíritu de oración y sacrificio. Al venir, debemos  haber orado antes, preparando la reunión y también a nosotros mismos. Si tratamos de improvisar y venimos no preparados, es posible que Dios no acepte nuestros sacrificios de alabanza ni las ofrendas presentadas (Pr. 15:8). Antes de testificar, debemos orar. Antes de ofrendar, debemos orar. La oración de los rectos es Su gozo, porque en ella se ve un corazón inclinado a Dios y que desea Su presencia y bendición.

3. La Gloria de Jehová Llenó La Casa (1:1-2). ¿Sabéis qué es la gloria de Jehová? No es la vanagloria del mundo ni la del hombre. Es una manifestación de Su excelencia. La nube esplendorosa de Su gloria, brillante con Su majestad y poder (v. 3), era visible. La vieron todos. En el versículo 2 vemos que era imponente – no pudieron entrar – la casa estaba llena. La presencia divina se manifiesta en nuestra vida cuando oramos – es una forma de tener comunión íntima con Dios. Se postraron y adoraron cuando Dios manifestó Su gloria. Sabían que Él estaba allí, y esto pasó “cuando Salomón acabó de orar”, implorando la presencia y bendición del Señor. La gloria de Dios es Su majestad visible, la magnificencia, el resplandor, la belleza de Dios. Al ver la gloria, seguro que todos apreciaban más al Señor. Y Dios quiere que su gloria se vea entre nosotros, que no seamos como los del mundo, quienes no teniendo gloria ni conociéndola, intentan hacerse gloriosos con la cosmética y la joyería, con la jactancia y los aplausos, etc., porque sus vidas están vacías. Dios quiere llenar nuestra vida, pero muchas veces no tiene cabida porque no le dejamos.

4. No Podían Entrar Los Sacerdotes (v. 2). Al entrar Dios con Su gloria de esta manera, no había intervención ni protagonismo humano. Puede que a veces tanta actividad entre los evangélicos sea indicio de la falta de Dios en su medio. Nada hay para impedir la carne y la actividad constante: programas especiales, seminarios, retiros, conciertos, convenciones, campañas, etc. Me parece que muchas veces llenan el vacío con actividad, en lugar de parar y apreciar la presencia de Dios. 
Hay cosas que debemos hacer, porque son nuestra responsabilidad humana. Pero hay otras cosas que sólo Dios puede hacer. En las reuniones nuestras, tampoco tiene que haber constantemente ruido y actividad nuestra. Es bueno que usemos la voz para leer las Escrituras, orar y cantar en alabanza de nuestro Dios. Pero a veces el silencio es bueno también, cuando es meditativo, cuando Dios está obrando en los corazones y guiando los pensamientos. No hay que hablar simplemente por romper el silencio, si el silencio es porque Dios llena la casa y nuestros corazones. Pero si es silencio de pereza, de manos vacías de no venir preparado, si es silencio de no estar en una actitud de comunión, o porque la cabeza está llena de películas y partidos de fútbol vistas la noche anterior, entonces no es buena. Pero hay veces cuando Dios nos guía en las meditaciones y estos silencios que aprecian Su presencia y obra son buenos.

5. El Pueblo Vio El Fuego Y La Gloria Y Reaccionó (v. 3). Mirad qué buen efecto hubo en ellos al ver estos símbolos de la presencia divina. Primero, el pueblo se postró en el pavimento. No fue nada cómodo, como en los templos católicos donde ponen almohadas para arrodillarse. La oración verdadera siempre conduce a la humillación, primero y lo más importante, un espíritu humilde, pero el pueblo también lo demostró con la postura. Segundo adoraron a Dios, y tercero, le alabaron diciendo: “porque él es bueno, y su misericordia es para siempre”. El pueblo no pensó en sí mismo, sino en Dios, porque estar cerca de Dios nos libra de estar ensimismados. Adoraron y alabaron, esto es, fijaos, hablaron directamente a Dios diciendo estas cosas. Nadie dio un sermón, “un pensamiento” ni “una palabra de ministerio o exhortación”, como a veces nos pasa en la cena del Señor, sino que adoraron y alabaron a Dios, como los de Apocalipsis 4 y 5. La adoración y la alabanza vienen de los que están totalmente ocupados con la Persona de Dios. Y qué cosas básicas dijeron: “El es bueno”. ¿No lo sabemos todos? Sí, por supuesto, pero es nuestro privilegio expresarlo. “Su misericordia es para siempre”.  Su eterna misericordia significa, hermanos, entre otras cosas, que no se puede perder la salvación. Si Dios salvara a alguien y luego dejara perderse esta persona, Su misericordia no sería para siempre. Pero es para siempre, y no nos cansaremos de recordar esto con gratitud.

6. El Rey Y Todo El Pueblo Sacrificaron Víctimas (vv. 4-6). No vale la grandeza ni el poder político delante de Dios. Alguien dijo que toda la tierra al pie de la cruz tiene el mismo nivel – allí nadie es más alto o bajo que otro. Lo mismo pasa ante el trono de Dios, en Su presencia somos todos pecadores redimidos. Grandes y pequeños son iguales delante de Dios. El rey estaba como uno más ante el altar.
Pero, mirad qué gran cantidad de sacrificios: indican la generosidad. La oración también nos motiva a ser generosos y presentar ofrendas a Dios. Pero hoy en día, en la obra de Dios hay mucha carencia y necesidad. Pocas han sido las veces que han sobrado ofrendas, cuando el pueblo ha ofrendado tanto que los obreros del Señor no necesitaron más y tuvieron que decir “basta” o impedir al pueblo que ofrendara (Éx. 36:5-7). Ciertamente no pasa esto hoy; no hay abundancia, y una de las razones es que pasamos poco tiempo en oración, poco tiempo consagrándonos, poco tiempo en la presencia de Dios donde Él puede guiar nuestros pensamientos y sentimientos para que demos a los obreros Suyos que lo necesitan. Al no hacer esto, entonces muchos vienen a las reuniones no preparados realmente por Dios para ofrendar, sino que dan lo que pillen en el bolso o el bolsillo al momento. Dios quiere que traigamos ofrendas y sacrificios a propósito, y que seamos generosos en ellos.

7. Se Hizo Fiesta Siete Días (vv. 7-9). Esta fiesta no era de calendario, cosa programada anualmente, sino asociada con la dedicación del templo y la manifestación de la presencia de Dios. Hubo alegría, gozo y alabanza, todo en un ambiente espiritual, en medio de un pueblo consciente de la presencia divina. El pueblo disfrutó la comunión y las cosas del Señor, y en parte la oración de Salomón les preparó para esto. Hoy en día el pueblo se queja de reuniones largas, de predicadores “largueros”. A algunos no les importa ver un partido de fútbol o una película que dure dos horas,  o pasar todo el día en el campo, en la playa o la montaña, pero si tienen que estar en una reunión más de una hora se ponen nerviosos. Estas cosas no deben ser así.  ¿Estarán verdaderamente pensando en Dios y gozándose de Su Palabra y la comunión de los santos? Lo dudo seriamente. En Jerusalén aquel día hubo “una gran congregación”, todos, no una pequeña parte. ¡Qué diferencia entre ellos y nosotros, cuando hoy en día en una reunión de oración entre semana, o el culto de domingo por la tarde, sólo vienen unos poquitos fieles. Pero ¿dónde están los demás, los que vienen a “hacer acto de presencia” el domingo por la mañana y nada más? ¿Qué harían estos “domingueros” si tuviéramos un compromiso espiritual que durara siete días, como en la dedicación del templo, o en las fiestas de Jehová que se celebraban cada año? Pensémoslo.

de un estudio dado por Lucas Batalla en abril y mayo de 2008