Saturday, December 30, 2023

Filemón


La corta epístola de Pablo a Filemón tiene mucha instrucción para nosotros. En ella, el apóstol intercede por el esclavo Onésimo que, tras huir de su amo, acabó en la cárcel con Pablo. En eso vemos la providencia de Dios, que arregló las circunstancias para favorecer la conversión del esclavo errado. El verso 18 parece indicar que éste había hurtado de su amo Filemón: “si en algo te dañó, o te debe...”. No escribe para discursar en contra de la esclavitud, ni en defensa de los derechos humanos, sino para apelar espiritualmente a Filemón, un creyente activo en la asamblea.
    vv. 1-2  En el verso 1 Pablo se presenta como prisionero, no de Roma sino “de Jesucristo”, y así reconoce Su señorío aun en esa situación. Llama “amado” a Filemón y le describe como “nuestro colaborador”. Qué bueno es cuando los creyentes colaboran, en lugar de simplemente oír el ministerio.  Luego nombra a su amada esposa Apia, y su hijo Arquipo “nuestro compañero de milicia”, que es una descripción excelente que todo joven creyente debe ganar para sí con su conducta. Por último, menciona a “la iglesia que está en tu casa”, pues en los primeros siglos las iglesias no se reunían en edificios especiales, sino en las casas de los creyentes. Era otra manera de practicar la hospitalidad.
    v. 3 El saludo, “gracia y paz” era común entre los creyentes, y la fuente de esas dos cosas es el Padre y Su Hijo nuestro Señor. María nunca es nombrada como fuente de gracia en la Biblia.
    vv. 4-7 Expresa gratitud, y le recuerda que siempre ora por él. El apóstol debía pasar mucho tiempo orando, porque en sus epístolas menciona que ora por los hermanos en diferentes lugares, y hoy debemos dar más importancia a ese ministerio. En 2 Corintios 11.28 menciona que diariamente sentía “la preocupación por todas las iglesias”. ¿Pensamos y oramos diariamente por otros creyentes, o solo por nosotros mismos?
    Dice: “oigo del amor y de la fe que tienes...”, porque su amor y fe eran cosas practicas que se veían en los hechos. Parte del crecimiento cristiano es aprender a servir y hacer bien a otros, y no siempre estar “para ser servido” (Mr. 10.45) El amor no piensa en recibir, sino en dar, y el Señor lo declara bienaventurado (Hch. 20.35). Algunos se prestan para ser servidos y atendidos, pero es índice de su niñez o inmadurez espiritual. Necesitamos más personas como Filemón y su familia. ¿Quién se ofrece?
    vv. 8-11 Ahora entra en el tema que le atenía. En los versos 8 y 9 ruega por amor, en lugar de hacer uso de su autoridad apostólica para mandar. El amor es una motivación más fuerte (1 Co. 16.14). En lugar de decir: “Tienes que hacer esto...”, comienza así: “Te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones” (v. 10). A Onésimo le llama hijo, porque fue usado por el Señor para su salvación. Esta expresión: “hijo”, que indica la conversión es usado en otros lugares por Pablo y por Juan (1 Co. 4.14-15; 1 Ti. 1.2; Tit. 1.4; 3 Jn. 4). Por medio del evangelio Pablo engendraba hijos espirituales en muchos lugares. Nosotros también debemos ser ganadores de almas, y contribuir así al crecimiento de la iglesia. Así que, Onésimo fue convertido en la cárcel. Pablo predicaba a tiempo y fuera de tiempo (2 Ti. 4.2). El resultado era un hombre cambiado. “En otro tiempo... inútil, pero ahora... útil” (v. 11). Si alguien comete un crimen y acaba en la cárcel, suele ser desestimado de ahí en adelante, pero con Pablo no fue así. Sabía por su propia vida que el Señor puede cambiar a los inútiles. Es un buen término para describir al creyente: “útil”, porque indica que sirve para algo, no solo para asistir a las reuniones (2 Ti. 2.21; 4.11). Es útil ocuparse en buenas obras (Tit. 3.8). La cuestión no es ¿qué hacen los demás por nosotros?, sino ¿qué hacemos nosotros para ellos? La vida del cristiano debe ser útil en la práctica.
    vv. 12-17 Pablo repite con énfasis su petición o súplica, deseando que Onésimo sea recibido. Volvió a enviarlo a su amo (v. 12), y es hermoso como lo expresa en los versos 13-14, “Yo quisiera retenerle conmigo, para que en lugar tuyo me sirviese... pero nada quise hacer sin tu consentimiento, para que tu favor no fuese como de necesidad, sino voluntario”. Respetaba que Onésimo debía estar con su amo, y rehusó imponer su propia voluntad, aunque hubiera sido para algo bueno. Es importante no reclutar a personas para servir, o animarles a unirse a la obra, comprometerse o colaborar de alguna manera sin el consentimiento de los responsables de ellas. Por ejemplo, los hijos pertenecen a sus padres, los siervos o empleados a sus amos o jefes, y los hermanos en una asamblea están bajo la dirección y el cuidado pastoral de los ancianos. No es correcto actuar independientemente de ellos. Ni el apóstol Pablo debía hacerlo, ni tampoco Onésimo, pues él debía aprender a sujetarse y cumplir sus obligaciones, en lugar de moverse por capricho o impulso. Hoy también debemos aprender esta lección. Hay quienes visitan a unas asambleas con el deseo de reclutar a otros para la obra del Señor. Eso NO es su responsabilidad ni prerrogativa. En cuanto a la obra misionera, es el Espíritu Santo que llama y envía (Hch. 13-2-4).
    “Nada quise hacer sin tu consentimiento” es una expresión que debe gobernar nuestra vida cristiana, respecto a la voluntad de Dios. Santiago 4.13-15 instruye a los creyentes a decir: “si el Señor quiere...”. Evidentemente esto queda por aprender, pues los creyentes se cambian de iglesias, ciudades y países buscando dinero y mejores condiciones, suponiendo que lo que tanto desean es también la voluntad de Dios. El hecho de que queremos hacer algo no lo convierte en la voluntad de Dios. Si hiciesen lo que el Señor quiere, no irían a lugares donde no se pueden congregar. No anunciarían su salida, sino antes de decidir, comprometerse o hacer planes, pedirían las oraciones y los consejos de los ancianos, para tampoco hacer nada sin su consentimiento.
    En los versos 15-16 vemos como la relación cambia por la salvación, de lo temporal a lo eterno, de esclavo a “hermano amado” – una familia espiritual, y de inútil a útil. Ahora a Onésimo se le aplica 1 Timoteo 6.2, la instrucción a los siervos que tienen amos creyentes: “no los tengan en menos por ser hermanos, sino sírvanles mejor, por cuanto  son creyentes y amados los que se benefician de su buen servicio”.  Luego a Filemón le exhorta: “recíbele como a mí mismo” (v. 17), que es bonito, porque es exactamente como el Padre nos recibe cuando creemos en Su Hijo: “aceptos en el Amado” (Ef. 1.6).
    vv. 18-21 En cuanto a los posibles daños y perjuicios sufridos por Filemón, que podrían impedir su deseo de recibir a Onésimo, leemos esta hermosa promesa: “Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta. Yo Pablo lo escribo de mi mano, yo lo pagaré” (vv. 18-19). ¿No es eso lo que el Señor Jesucristo hizo ante el Padre a favor nuestro? Pagó por nosotros (Sal. 69.4). Luego cuando Pablo escribe “tú mismo te me debes también”, probablemente es su manera cortés de recordarle que oyó el evangelio y recibió instrucción cristiana de Pablo, y que deberían hacerle caso. Pero vuelve a rogar en el verso 20: “conforta mi corazón en el Señor”. En su asamblea Filemón confortó los corazones de los santos (v. 7), y Pablo desea esto mismo de él.
    Es impactante leer en el verso 21 que confiaba en su obediencia, y más: “Harás aun más de lo que te digo”. ¡En nuestros tiempos qué pocos son así! Se suele hacer lo mínimo, y a veces ni siquiera esto, pues no quieren sentirse obligados ni por el amor.
    vv. 22-25 son la conclusión. Confiado en la buena reacción de Filemón, y deseando verle a él, su familia, la iglesia, y entre ellos Onésimo, pide alojamiento (v. 22). Se quedaba con los santos, no en un hotel. Comunica los saludos de Epafras su compañero de prisiones, y de sus cuatro colaboradores: Marcos, Aristarco, Demas y Lucas el evangelista. Qué triste que luego Demas se apartó (2 Ti. 4.10), y después de tanta instrucción, ejemplo y servicio, se volvió inútil, amando al mundo. Pablo desea que el Señor esté con el espíritu de Filemón y los hermanos, guiando en su vida espiritual y en ese caso, la recepción de Onésimo. Un día les conoceremos en el cielo, donde el Señor nos ha preparado alojamiento (Jn. 14.1-3). Que el Señor nos ayude a ser creyentes fieles y útiles hasta que Él venga. Amén.


Isaías y el Rebelde Pueblo de Dios

Texto: Isaías 1.1-20
En el verso 1 vemos que Isaías no era profeta porque él anhelaba serlo, sino solo porque Dios le habló. Por eso él hablaba a Israel, no en su propio nombre sino en Nombre de Jehová. Servía en los tiempos de cuatro reyes de Judá, y el tema de su mensaje es dado aquí: “acerca de Judá y Jerusalén”.
    El verso 2 llama a cielos y tierra a oír, y publica el pleito y la queja de Dios contra Su pueblo. “Habla Jehová”, y cuando hable, debemos oír bien. Su queja es la de padre fiel con hijos infieles. Él engendró a Israel y lo cuidó bien, pero dice: “ellos se rebelaron contra mí”. Dios era buen padre, y no faltaba nada a Su pueblo. Su rebelión no tenía sentido, pues no hallaron maldad en Jehová (Jer. 2.5). La rebelión de los hijos no siempre implica a los padres – a veces solo es como en el caso de Israel, porque ellos son malos e ingratos.
    Sigue la queja divina en el verso 3. Israel es peor que los bueyes y los asnos que conocen a sus dueños, porque “Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”. Es decir, son inconversos, porque no conocer a Dios es no ser creyente (Tit. 1.16; 1 Jn. 2.3). Según Jeremías 2.8 esto incluía a los sacerdotes, profetas y pastores, que eran más culpables porque tenían la Palabra de Dios. Personalmente tengo dudas de las personas que dicen que creen pero no leen la Biblia. Otro me relató el caso de un misionero en otro país que cuando estaba en el púlpito siempre tenía la Biblia cerrada y hablaba de otras cosas. ¡Que triste, para él y para los que le escucharon! La Biblia es el mejor espejo, porque nos enseña cómo somos realmente, pero pasan su tiempo ante otro espejo, arreglándose el pelo y el rostro. Les importa más la fachada que presentan que su condición espiritual. Israel fue llamado para ser el pueblo santo de Dios – “mi pueblo” – pero se rebeló. La elección de la nación no garantizó la salvación de los individuos.
    El verso 4 comienza a describir la condición espiritual de la nación. Les retrata así:  

“gente pecadora”

“pueblo cargado de maldad”

“generación de malignos”

“hijos depravados”

“dejaron a Jehová”

“provocaron a ira al Santo de Israel"

“se volvieron atrás”

Y no es una parodia, sino un análisis divino y perfecto, expresado así a propósito para chocar y llamar la atención. Si queremos ser fieles a Dios no podemos esquivar el tema del pecado ni usar términos disimulados para tratarlo. Al pan, pan y al vino, vino. Y también hoy, al final de la edad de la gracia, son aplicables esas expresiones a muchas iglesias y profesados cristianos. Pero no invitan a los que predican así.
    En el verso 5 utiliza dos preguntas para causar reflexión. “¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis?”  Debemos responder cuando Dios pregunta. Entonces, en el resto del verso 5 y también el verso 6, describe en términos médicos la grave condición de la nación. “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite”. Eso es porque rehusaron el ministerio de los verdaderos profetas. Los sacerdotes, profetas y reyes eran impíos egoístas que contribuyeron al malestar espiritual. La nación  se quedó en la parte ceremonial, y no la práctica, como veremos más adelante.
    Los versos 7-8 declaran que la rebeldía trajo los resultados desastrosos: la tierra destruida, ciudades quemadas, y los campos tomados por extranjeros. La hija de Sion (Jerusalén) estaba en una condición penosa. Dios no puede bendecir a los que no le honran ni le obedecen. Quisieron ser como las naciones, perdieron su identidad como nación santa, y perdieron la bendición. Hoy muchas iglesias quieren ser contemporáneas y tener la aprobación del mundo. Por eso no sufren la sana doctrina (2 Ti. 4.3) ni desean la santidad. La separación les es como una palabrota. Las iglesias apostatan, rehúsan oír la Palabra de Dios, y como con Israel, el juicio viene.
    En el verso 9 Isaías declaró que solo por la gracia de Dios había un remanente. Solo eso detenía el fuego divino que calcinó a Sodoma y Gomorra, “reduciéndolas a ceniza” (2 P. 2.6). Pero el fuego iba a llegar (Am. 2.5). De ahí procede en el verso 10 a llamar a los líderes en Jerusalén: “Príncipes de Sodoma”, y a los habitantes de Jerusalén: “pueblo de Gomorra”. El que habla de parte de Dios no puede ser un candidato político, porque la verdad ofende. Pero Isaías no dijo eso porque tenía genio o ganas de ofender, sino porque así Jehová le mandó hablar, y fue mensajero fiel.
    Los versos 11-15 dan uno de las más fuertes reprensiones en el Antiguo Testamento, y expresan el rechazo divino de los ritos, ofrendas y alabanzas que presentaban en el templo. Esa fachada de religión molestaba a Dios: “hastiado estoy... no quiero” (v. 11), es decir que le daba asco. Cuando acudían al templo Jehová decía que hollaban sus atrios (v. 12). Sus ofrendas eran vanas, el incienso era abominable, e insoportables sus convocaciones, y sus fiestas eran iniquidad (v. 13). “Las tiene aborrecidas mi alma” (v. 14). Algunos piensan solo en que Dios es amor, y no reflexionan en lo que Dios aborrece (Sal. 45.7). Cuando oran Dios cerrará Sus ojos y oídos (v. 15), porque el pueblo tenía manos inmundas, no santas (1 Ti. 2.8). ¿Acaso no podemos ver el paralelo entre la condición de Israel y la condición de las iglesias en los postreros tiempos, que son los días que vivimos? El Señor está harto de soportar las reuniones, conferencias, oraciones y alabanzas de iglesias que no viven en la verdad, sino como Israel, guardan un vano ritual de domingo en domingo. ¿Dirá Dios de nosotros lo que dijo de Israel?  “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Is. 29.13).

    Los versos 16-18 presentan un fuerte llamado al arrepentimiento. “Lavaos... limpiaos... quitad...” (v. 16) son responsabilidades humanas, no divinas. “Aprended... buscad... restituid... haced justicia... amparad” (v. 17). He aquí ocho frutos del arrepentimiento, prácticos y medibles. No antes, sino solo cuando actuasen así, podrían responder a la invitación del verso 18, “Venid luego y estemos a cuenta”. Dios quería perdonar y limpiar, pero nunca hace esto a los no se muestran arrepentidos. Siglos después, Juan el Bautista rehusó bautizar a los líderes religiosos y les dijo: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mt. 3.8). Este mensaje es válido también hoy en el mundo de los evangélicos.
    Los versos 19-20 las exhortó a responder, y presenta las opciones. “Si quisiereis y oyereis” (hacer caso), vendría la bendición (v. 19). Si no, si siguiesen rebeldes sin cambiar de rumbo, vendría maldición y juicio (v. 20). Todavía hoy la clave no es tanto la voluntad de Dios, pues Él quiere hacernos bien, pero si no respondemos, si no hacemos caso de Su Palabra, si no hay frutos de arrepentimiento – cambios prácticos, no habrá bendición. “Seréis consumidos” (v. 20).
    Israel no quiso arrepentirse, y así es la actitud y postura hoy en muchas iglesias, y entre todos esos están algunos de nuestros propios hijos rebeldes y contumaces, que se desviaron y no quieren volverse. Espero no estar aquí para ver esos terribles juicios. Isaías no vio la destrucción de Jerusalén, pero Jeremías sí. Dio el último aviso de Dios, pero la nación había apostatado y pasó el punto de no retorno. Jeremías lloró y lamentó la dureza del pueblo y la severidad del juicio divino. No nos confundamos hermanos, porque con Dios no hay medias tintas. O nos arrepentimos, hagamos caso de la Palabra de Dios y andamos humildemente con el Señor, o seremos juzgados. Pedro declaró: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 P. 4.17).