Saturday, August 22, 2015

María y Cristo

El agua cambiado en buen vino en Caná de Galilea
Texto: Juan 2:1-12

Invitados a la boda en Caná, fueron el Señor y Sus discípulos, con otros, y allí sucedió algo inesperado. Ante este improvisto, ¿qué hacer? Faltó el vino en la celebración de la boda, y era una cosa muy importante. Así que María, Su madre, le informó – que es bueno cuando haya problemas – hacerlo saber al Señor. Aunque Él ya lo sabe todo, no importa, porque debemos comunicarnos con Él, y expresar nuestra necesidad y nuestras preocupaciones.
    Pero María no es una intercesora, ni tiene poder para hacer un milagro. Sólo Cristo podía hacer el milagro de cambiar el agua en vino, ¡e hizo buen vino! (v. 10). Así que, ella habló con su hijo e hizo lo único que ella podía: informarle. Tal vez pretendía dirigirle, no sabemos, pero Él la responde de manera que le deja saber que ella no va a dirigir las cosas (v. 4). Era una madre, aunque muy especial, única porque trajo al Señor, pero tuvo un marido e hijos por él como relatan las Escrituras. El versículo 12 habla de los “hermanos de Jesús”, y no quiere decir primos ni otra cosa, sino hermanos (véase Mt. 12:46; 13:55). Ella no tenía gloria ni aureola. El versículo 11 dice que Jesús manifestó Su gloria, no la de María. Ahora bien, la estimamos y apreciamos en el lugar que Dios le dio, como la madre de nuestro Señor, pero nuestra fe sólo está en el Señor Jesucristo.
    Luego ella da a los criados un consejo muy importante: “Haced todo lo que os dijere” (v. 5). Es el mandamiento de María. No hacer lo que ella dijere, sino lo que Cristo dijere. Quien es Señor es Él. Quien manda es Él. Quien tiene autoridad es Él. Quien tiene poder es Él. Esto enseña, entre otras cosas, lo absurdo que es creer en muchas vírgenes – sólo hay una, María, en la Biblia, mujer piadosa y humilde. La práctica de poner y promover devoción a muchas vírgenes confunde a la gente. ¿Cuál es la verdadera? La verdadera está en la Biblia, y no es como las que la religión pone. Ella no es reina, sino madre de aquel que es Rey (Lc. 1:32-33). Es sierva, no señora (Lc. 1:38). Ojalá la gente conociera a María como Dios la presenta en la Biblia y no como las fábulas y leyendas comunes le presentan. Son personajes muy distintos.
    Según Romanos 5:12 ella desciende de pecadores y es pecadora como ellos. Y Romanos 3:23 no la excluye cuando dice: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. Sólo acerca de Jesucristo dicen las Escrituras que no había pecado en él (1 Jn. 3:5). Es Cristo, no María, que fue concebido sin pecado (Lc. 1:35). Entonces, ella también necesitaba la salvación. En Lucas 1:47 ella dice: “...Dios mi Salvador”, luego, fue salva. ¿Cómo puede una persona pecadora perdonar o limpiar a otras? No puede. Sólo Dios puede hacer esto. Y no nos engañemos acerca del pecado. 1 Juan 1:8-10 aclara que todos hemos pecado. Sólo Cristo puede perdonar y limpiar. María no perdona ni limpia. Cristo lo hace por medio de Su sangre.
    ¿Por qué no enseñan esto a la gente? ¿Por qué no enseñan a los niños estas verdades para encaminarles bien? En Lucas 1:48 María habla de su bajeza. Una humilde servidora de Dios que creía en Él como su Salvador. Y debemos imitarle a ella y confiar en el Señor que sí puede perdonar pecados. Si queremos honrar a María, debemos tomar su consejo y hacer todo lo que dijere el Señor Jesucristo.
    Luego, en Hechos 1 aparece María en la escena de la iglesia primitiva, pero no como patrona, sino como una más. ¿Por qué no apareció el Señor a ella, como hizo con María Magdalena y los apóstoles? No la permitió este privilegio, tal vez para que no tuviese el protagonismo ni fuera elevada a un lugar especial en la iglesia. El versículo 14 nombra a la madre de Jesús y Sus hermanos, esto es, los hijos de María y José. Es la última vez que aparece en las Escrituras, como creyente reunida con los demás hermanos.
    Hechos 10:38 nos informa que quien anduvo haciendo bienes y sanando era Jesucristo, no María. Dios estaba con Él y por medio de Él haciendo estas cosas, pero no así con María. Ella nunca hizo milagros ni dio enseñanzas. Hechos 10:39 habla de las cosas que Jesús hacía. El versículo 40 declara que Dios levantó a Jesús, pero no dice esto nunca acerca de María. Ella murió. No se sabe si está sepultada en la tumba que dice que es suya en las afueras de Jerusalén, pero no importa, porque no le rendimos culto.
    El hombre siempre ha querido buscarle una madre a Dios. Entre las religiones paganas fue así, y esto fue introducido en la iglesia después del tiempo de los apóstoles, en el siglo IV, cuando los paganos entraron por lo de Constantino. Pero Dios es eterno y no tiene madre. Él es el Dios de María.
    Romanos 8:34 declara que es Jesucristo que intercede por nosotros; no lo hace María. Toda persona que busca a Dios y la salvación tiene que hacerlo únicamente en el Nombre de Jesucristo (Hch. 4:12), porque como bien declaró el apóstol Pedro, lleno del Espíritu Santo: "no hay otro nombre". Al Señor Jesús hay que creer y aceptar. Es el Salvador y Él es únicamente digno de la adoración. Observa que en Apocalipsis 4 y 5 sólo adoran a Dios y al Cordero, no a la virgen. Dejemos, entonces, de preocuparnos por María. Dios la honra en Su Palabra y ella tendrá honra en el cielo, pero no es diosa, salvadora, redentora, intercesora, ni nada de eso. Es la madre de nuestro Señor. Seamos como los del cielo, que adoran a Dios. Amén.


de un estudio dado por Lucas Batalla, el 1 de agosto, 2010

Tuesday, August 4, 2015

LAS NUEVAS VESTIDURAS DEL CREYENTE

Texto: Colosenses 3:1-17
   

     Este hermoso capítulo trata la vida resucitada del creyente, porque el cristianismo no es sólo la obtención de un perdón, sino el nacimiento de una nueva criatura, una vida nueva. Cuando nuestros primeros padres pecaron, se vieron desnudos. Se cosieron delantales de hojas de higuera, pero eso no fue adecuado. Dios intervino y los revistió como Él quiso. Espiritualmente debemos vestirnos como Dios quiere, para serle agradables. Esto es lo que vemos en nuestro texto.
    Para enseñarnos usando términos fáciles de entender, Pablo compara la vida del creyente con alguien que se quita una ropa vieja y andrajosa, y se pone algo nuevo y limpio. Habla de lo que hemos de dejar: “dejad” (v. 8), “despojado” (v. 9), “revestido” (v. 10) y “vestíos” (v. 12). Son todos términos de nuestra responsabilidad humana – cosas que nos toca hacer.
    Primero, en los versículos 8 y 9 enumera las cosas que hemos de dejar atrás en la nueva vida, y da la razón: “habiéndoos despojado del viejo hombre con sus obras” (v. 9). Debemos dejar la ropa andrajosa de las costumbres y del carácter pecaminosos, como cuando uno lleva la ropa vieja que no sirve y la entrega a un ropero municipal o la desecha. A veces nos cuesta dejar prendas que hemos llevado por años, pero es exactamente lo que el Señor nos llama a hacer.  “El viejo hombre” simplemente es todo lo que cada uno de nosotros era naturalmente en Adán, nuestro modo de pensar, sentir y ser. Si nos despojamos de algo, ¡no lo usamos más!
    Pero el Señor no habla sólo de quitar, sino también de poner. “Revestido del nuevo” (v. 10) habla de conformarnos a la imagen de Cristo – y se refiere a los valores, al carácter, a la forma de pensar y ser, de reaccionar, etc. La “imagen” de Dios no se ve en la forma del cuerpo, sino en lo moral y el carácter. El versículo 11 dice que no es según grupos étnicos, razas, culturas o tradiciones, sino según Cristo. Debemos conformarnos moral y espiritualmente al Señor Jesucristo. Esto representa un gran cambio, el cual es digno de nuevas criaturas (2 Co. 5:17).  El Señor usa este símbolo para ayudarnos a entender qué es lo que debemos hacer: quitar y poner, dejar, despojarnos y revestirnos. El versículo 5 lo dice de manera más fuerte: “haced morir”. No se trata de lo que Dios debe hacer ni de lo que debemos pedirle en oración, sino de decisiones y determinaciones que nosotros hemos de tomar.
    El versículo 12 dice: “vestíos”. Es una exhortación hecha a nosotros, no a Dios. No que Él nos vista, porque aquí se trata de lo que nosotros mismos nos vestimos, de lo que escogemos y ponemos, de cómo nos presentamos. Cuando dice “como escogidos de Dios” no se trata de la idea calvinista de que Dios escogiera sólo a ciertas personas para ser salvas, sino de que Dios escoge y predestina a los creyentes para ser conformados a la imagen de Su Hijo (Ro. 8:29; Ef. 1:4). Los creyentes somos santos y amados, declarados así por Dios, y debemos vivir correspondientemente. En la Iglesia Católica los santos están en las paredes, en estampas y figuritas. Pero la realidad es que los creyentes somos los santos, y por eso Pedro escribe recordándonos el mandamiento divino: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:15-16), y dice que esto debe ser “en toda vuestra manera de vivir”. Es decir, en todo momento y toda situación. Como Colosenses 3:12 dice: “vestíos”, debemos tomar para nosotros lo que Dios provee, y ponerlo, vestírnoslo. En el versículo 1 dice: “buscad las cosas de arriba” y en el versículo 2, “poned la mira en las cosas de arriba”, no en el escaparate del mundo. Es una manera nueva y celestial de pensar y vivir. ¡Qué bueno y agradable le es a Dios cuando un creyente deja de mirar al mundo alrededor suyo, sus amigos inconversos, la gente en general, los deportistas y cantantes, etc. y ya no los toma como punto de referencia o modelo que imitar de ningún modo. El himno dice: “dejo el mundo y sigo a Cristo” y ¡ojalá hiciéramos todos esto! Hay demasiados que profesan creer en Cristo pero cuya mira está en el mundo y las cosas de abajo.
    El versículo 12 dice que debemos vestirnos de “entrañable misericordia”. Esto es, un corazón de compasión del que la necesita, que sufre y no tiene fuerza. Hay muchos pedigüeños que fingen necesidad y buscan aprovecharse de la gente. Pero hay gente verdaderamente necesitada, y qué bueno cuando el cristiano muestra compasión, entrañable misericordia, y no es mezquino. Gálatas 6:10 dice: “Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. ¡Qué feo ver a un creyente tacaño, sin compasión, y qué triste es cuando hay hermanos sirviendo al Señor, viviendo sacrificadamente, y los demás hermanos ponen excusas y no los ayudan, como dice 1 Juan 3:17, “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” La entrañable misericordia no es del viejo hombre, sino del nuevo, de Cristo, y nos tenemos que vestir de ella.
    El mismo versículo 12 dice también: “benignidad”. Es un espíritu no mezquino, ni duro ni cruel, sino dispuesto a ayudar y hacer bien.  Después leemos: “humildad” (v. 12). La humildad es la actitud de considerar a otros como más importantes, y se ve en los hechos, cuando deferimos y preferimos a otros. La altivez trae conflicto, pero hay paz entre los humildes. El amor propio es enemigo de la humildad. El versículo 12 nombra también la “mansedumbre” como algo que debemos ponernos como escogidos de Dios. El Señor Jesucristo se describió como “manso y humilde” (Mt. 11:29). La mansedumbre no es cobardía ni falta de fuerza, sino fuerza bajo control. Es el negarse a uno mismo; es el dominio propio, que por ejemplo, no da rienda suelta al enojo. Y finalmente en este versículo vemos la “paciencia”, manifiesta cuando esperamos en el Señor y Sus promesas, sin ponernos nerviosos.
    En el versículo 13 vemos estas primeras cinco vestimentas o cualidades en acción: “soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”.  Puede haber discrepancias entre creyentes, pero somos llamados a soportarnos. Esto no significa soportar la falsa doctrina, sino más bien cosas como idiosincrasias o diferencias en gustos y costumbres. Es importante aquí notar cómo perdonar, porque el patrón dado es “de la manera que Cristo os perdonó”. Debemos vestirnos de una disposición a perdonar, no a guardar rencor. Dicho esto, el Señor perdona a los que se arrepienten y confiesan su pecado (Lc. 17:3-4; 1 Jn. 1:9). Pero no debemos decir: “perdono pero no olvido”, porque esto es carnal, no espiritual. El Señor no nos trata así y no debemos tratar así a los demás; así que, no haya amargura en nuestro perdón.
    El versículo 14 dice: “y sobre todas estas cosas vestíos de amor”. Esto da gran importancia al amor. Trata el amor como el “vínculo perfecto”. Un vínculo es algo que une. Dicen que en España cada cuatro minutos hay una separación matrimonial. Hicieron votos en público, ante Dios y testigos, y luego los quebrantan. Dios manda que lo que Él juntó, no lo separe el hombre. Cierto es que nada puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús (Ro. 8:38-39). Es el vínculo perfecto y en este vínculo divino está la seguridad de nuestra salvación. Debemos amar a Dios por encima de todas las cosas, antes que otras cosas o personas, y más que ellas. Si hay que escoger, en casos de mala doctrina o la práctica de pecado, está claro: Dios primero. Pero todavía está la exhortación: “El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4:21).
    “Y la paz de Dios gobierne en vuestro corazón” (v. 15).  Hemos de ser ministros de paz. “El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Stg. 3:18). Pero aquí habla más bien de gobernar en nuestro corazón, el lugar donde tomamos decisiones, la ciudadela de nuestro ser. Alguien dijo que el corazón es donde está el timón de nuestro ser. Al valorar las cosas y personas, o al tomar decisiones, debe gobernarnos la paz de Dios.
    El versículo 16 nos enseña lo importante que es que more la Palabra de Cristo en nosotros. Debemos tenerla constantemente como nuestro punto de referencia y consejero (Sal. 119:24). Es lámpara a nuestros pies (Sal. 119:105), guiando nuestros pasos. Por ejemplo, alguien pregunta si está bien ir a ver un torneo de boxeo, y otro pregunta si está bien ir a bailar. La respuesta es: ¿lo haría Cristo? Si la Palabra de Cristo mora en nosotros en abundancia, y la paz de Dios gobierna en nuestro corazón, ¿qué tipo de cosa nos interesa y nos agrada? El versículo 17 dice que debemos hacer todo en el nombre del Señor Jesucristo. Nada en nuestro nombre – pues no somos nuestros, ya que hemos sido comprados por precio (1 Co. 6:19-20).
    “Dando gracias a Dios por medio de él” (v. 17). Otra cosa que debemos ponernos como creyentes es el agradecimiento: “sed agradecidos” (v. 15).  El creyente no debe ser quejoso. Debe hablar con sabiduría, cantar con gracia: salmos, himnos y cánticos espirituales. Su lenguaje no es vulgar, profano, mundano, sino espiritual y agradable a Dios. Todo esto pasa cuando la Palabra de Dios gobierna, mora en abundancia en nosotros.
    El Señor nos ha dado un armario espiritual lleno de nuevas vestiduras, y ahora nos toca aceptarlas, darle las gracias y ponerlas para que agrademos y glorifiquemos al Señor. Que Él nos ayude a hacerlo, para Su gloria. Amén.

de un estudio de Lucas Batalla, el 5 de mayo, 2013

Friday, July 10, 2015

LA GRAN RAMERA


Texto: Apocalipsis 17

Es un capítulo muy importante que habría que estudiar mucho. El hermano Dave Hunt escribió un buen libro sobre el tema: Una Mujer Cabalga La Bestia (Portavoz) que explica mucho de lo que hay aquí. El apóstol habla de una religión, un sistema apóstata que prevalecerá en el mundo al final de los tiempos. ¿Quién será? Con la ayuda del Señor vamos a considerar esto.
    Vi un informe sobre la procesión de Corpus Christi en Málaga, y salieron a la calle como parte de la misma incluso dragones y otras cosas. Sabemos que el dragón es símbolo de Satanás (Ap. 12). El catolicismo romano se adapta e incluye cosas así – como ha hecho desde hace siglos, incluyendo partes de diferentes religiones paganas. Alguien dijo que es por eso que se llama “gran ramera”, porque una ramera se va con cualquiera.
    Fue instituida oficialmente como fiesta litúrgica el 8 de septiembre de 1264 por el papa Urbano IV, mediante la bula Transiturus hoc mundo, colaborando San Tomás Aquino con la preparación de textos para el Oficio y la misa. Esto fue para manifestar la fe católica y animar a la gente a convertirse a ella o a ser fiel a la iglesia. Fue un modo de testificar públicamente. En el Concilio de Vienne de 1311, el papa Clemente V dio las normas para regular el cortejo procesional y otros detalles del desfile. En esos tiempos, de ahí en adelante, iba creciendo la lucha entre los fuera de la iglesia y la iglesia misma. Personas de grupos como los valdenses y los hugonotes fueron muertas – por ejemplo en 1572 la infame noche de San Bartolomé cuando hubo gran matanza de “protestantes” en Francia. La procesión del Corpus era fielmente guardada por la iglesia para manifestar la fe católica ante todos.
    En aquellos años la iglesia verdadera tenía una postura clara y bien demarcada. Pero hoy en día la iglesia evangélica está dormida y confusa. No tiene clara la doctrina, ni en el evangelio ni en la práctica. No tiene el mismo sentir con los apóstoles y los cristianos fieles de los primeros siglos. 
Samuel Perez-Millos en un servicio ecuménico en Vigo
 como un reconocido maestro y autor como d. Samuel Pérez Millos fue y participó en una ceremonia religiosa-ecuménica en la catedral en Vigo: estuvo sentado allá en la plataforma con sacerdotes católico romanos y ortodoxos. 

(www.pastoralsantiago.org/2012/01/que-todos-podamos-decir-para-mi-el.html). 

      Le llaman el pastor de la Iglesia Evangélica Unida de Vigo, y él dio un mensaje que seguro que no ofendió a nadie. ¿Qué es eso y dónde está en la Biblia? No, hermanos, antiguamente no se hubiera hecho esto. Parece que quieren quedar bien con todos, pero los cristianos en otros siglos estaban dispuestos a morir por ser fieles al Señor, y no se mezclaban, repito, no se mezclaban con los de otras religiones. Durante siglos creyentes pequeños y grandes reconocieron a la iglesia de Roma como la gran ramera, pero ahora hombres como d. Luis Carballosa en su libro sobre Apocalipsis dicen que ella no es.
    Está claro que el catolicismo romano quiere juntar a todas las iglesias bajo su cúpola. Pero es un sistema lleno de errores y falsas doctrinas, y que no predica el verdadero evangelio, por lo cual está bajo anatema (Gá. 1:8-9). El Papa no es infalible – si lo fuera – ¿por qué han cambiado cosas que antes hacían y decían de otra manera. Antes sólo un sacerdote podía tocar la hostia, pero ahora la dan a otros cualesquiera. La mitra que usa viene de lo que usaban los emperadores romanos. No es nada dada por Dios. Él se proclama como Santo Padre, pero ese título sólo pertenece a Dios, y además el Señor Jesucristo dijo claramente que no llamáramos “padre” a ninguno. Hasta los reyes se arrodillan ante el Papa como inferiores a él, y Apocalipsis 17:18 dice que la mujer (el sistema) reina sobre los reyes de la tierra.
    El Papa tiene criterios no bíblicos. Excomulga a los mafiosos, bien, pero dice que es porque ellos no están con Dios. Bueno, si comienza a excomulgar a los que no están con Dios, tendrá que empezar consigo mismo y ¡de ahí para abajo! ¿Por qué no excomulga a los reyes y políticos pecadores? Ese mismo Papa acepta a los homosexuales. Allí tiene en su iglesia a divorciados, gente viviendo en fornicación y adulterio, y los que practican astrología y encantación. Una catequista en un lugar dijo que no creía en la existencia del diablo ni se fiaba de la Biblia. ¡Pero enseñaba a otros y estaba en comunión! Cuanto más tiempo pasa, más aceptado es todo lo que Dios aborrece y prohibe, y hoy el lema es: “no se puede juzgar”. No son criterios bíblicos.
    ¿Dónde nació la verdadera iglesia? No en Roma, sino en Jerusalén. Hechos 2:14 nombre la ciudad de Jerusalén. El versículo 22 habla de los israelitas, y el versículo 36 nombra la casa de Israel. No habla de Italia ni Roma sino de Israel y Jerusalén. En Marcos 1:4-5 los de Judea y Jerusalén escucharon a Juan el bautista y se bautizaron. En Mateo 5:35 leemos que Jerusalén es la ciudad del gran rey. No es Roma. Ezequiel 38:12 menciona que Israel es la parte central de la tierra, como el eje, que si lo quitas las ruedas no funcionan. Ezequiel 5:5 dice que Dios puso a Jerusalen, no Roma, en medio de las naciones.
    El problema es que en los postreros tiempos la cristiandad, incrédula, está tan alejada del patrón que en lugar de ser fiel seguidora del Señor, se ha convertido en una gran ramera, que como decíamos, se acuesta con cualquiera.
 
   Apocalipsis 17:4 da sus colores y adornos: los colores de Roma son púrpura y escarlata, y se ve también toda la riqueza que ella ostenta: oro, piedras preciosas y perlas. En su mano está el cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de sus fornicaciones. La fornicación aquí se refiere a la infidelidad espiritual, la idolatría, la inclusión de creencias y prácticas ajenas a la santa voluntad de Dios.  El versículo 2 dice que todas las naciones fornicaron con ella. El Vaticano influye en países y reinos en todo el mundo. El papa Gregorio VII en el año 1076, en la “Querella de las Investiduras”, excomulgó al emperador Enrique IV, y lo obligó a presentarse ante él. De castigo le hizo quedarse tres días en su puerta sin ser recibido. Al final vio al pontifice y tuvo que humillarse, agacharse y besarle el pie. Entonces lo absolvió y lo llamó siervo suyo.
    El Vaticano tiene su templo a base de lujo, sus embajadores, es reconocido en las Naciones Unidas, tiene poder jurídico, banca, correo prensa, emisoras de televisión y radio, etc. Contrasta la mansión donde vive el Papa con donde moraba el Señor Jesús. En el versículo 5 tenemos su título, un misterio: “BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA”. Es Dios quien le da ese título, y no somos quienes para suavizarlo.
    Babilonia es una realidad que tenemos que entender. Por eso hay dos capítulos en Apocalipsis dedicados a este tema (cc.17-18). ¿Dónde está? No en el centro de la tierra, sino otro área. El versículo 9 dice: “Esto, para la mente que tenga sabiduría: Las siete cabezas son siete montes, sobre los cuales se sienta la mujer”. La ciudad que tiene siete montes es Roma. Las siete colinas de Roma se sitúan en la parte este del Tiber y durante la historia fueron un lugar muy importante para la religión, la mitología y la política de los antiguos romanos. Durante los siglos y la consecuente expansión de Roma se habla de Vaticano y Gianicolo como colinas romanas, también las siete colinas, son famosas a través de la historiografía de Cicerone y de Plutarco. No cabe duda de que en Apocalipsis 17:9 identifica la cuidad de la gran ramera como Roma. El versículo 18 confirma: “Y la mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra”. Tengamos claro, hermanos, que no podemos consentir de ninguna manera ni participar en nada de un sistema tan abominable a Dios.


de un estudio dado por Lucas Batalla el 22 de junio, 2014

EL PELIGRO DEL DESÁNIMO


Texto: Números 21:4-9

Cuando Israel iba por el desierto, cerca del final del viaje, hubo un rechazo en la frontera de Edom y Dios cambió su rumbo, lo cual postergó su llegada a la tierra prometida. Además, en el camino hubo carencias y el pueblo sediento y cansado se desanimó. Empezó a sacar fallos y criticar lo que Dios había provisto –el maná– ese pan maravilloso, celestial, que contenía todas las proteinas y nutrientes necesarios para sostenerlos durante cuarenta años en el desierto. Se volvieron ingratos y quejosos. Cuando uno cede al desánimo, nada le parece bien. Hermanos, cuando viene así el desánimo, es como un ataque – y vienen el disgusto, la murmuración, la crítica y las quejas. Dios estaba dirigiendo la vida de Su pueblo, y les hizo ir por otro camino en lugar de entrar pasando por Edom, y se desanimaron porque no querían el camino que Dios escogió. Israel tenía un deseo, pero Dios tenía otro. Era una oportunidad para confiar y seguir adelante por la fe. Pero fracasaron, y eso es un ejemplo y advertencia a nosotros.
    Si Dios controla nuestra situación como hacía con Su pueblo Israel,  ciertamente es para bien aunque no entendamos todo ahora. Él no se equivoca. No es necesario entender, pero sí es necesario confiar. Respecto a Israel, Dios no quería que atacasen a Edom para pasar allá por la fuerza, pues Él había dado aquella tierra a los edomitas que eran parientes de Israel.
    Miremos otro caso del peligro del desánimo. En 1 Reyes 21:1-6 vemos cómo Acab se desanimó porque no pudo hacer lo que quería. A Nabot le propuso con educación la venta de su viña y le ofreció buena recompensa. Hasta allí, bien. Pero Nabot no quiso vender su herencia, pues la apreciaba y sabía que no debía venderla. Tuvo el valor de decirle no al rey, pero el rey, en lugar de aceptar esto, se puso de mal humor.
    Mirad bien, porque el desánimo en los casos así es pecado – causado por egoísmo y el deseo de salirse con la suya. El desánimo nos debilita, y en ella hacemos cosas malas – así le pasó a Acab – escuchó a su mujer Jezabel y el resultado fue mentira, engaño, injusticia y homicidio. Juzgaron injustamente a Nabot y lo mataron. Ahora bien, Acab no era creyente, pero a veces el desánimo afecta la vida del creyente, le abre a tentación y error, a hechos carnales que sólo traen el mal a su vida. Hay que tener mucho cuidado porque en ese momento el diablo nos enviará a alguien como Jezabel, nos provocará a actuar según nuestra carne: murmurar, criticar y pecar con la actitud, la boca y los hechos. En 1 Reyes 21:18-25 viene la denuncia divina y el castigo es anunciado. En en lugar de la sangre de Nabot iba a verterse la sangre de Acab. Dios dice claramente en el versículo 25 que su mujer le incitaba. ¡Vaya compañera de viaje! Los jóvenes harían bien en pensar en esto y recordarlo para que nunca entren en relación con una persona que incita a hacer lo que no agrada a Dios. En los tiempos difíciles, en las pruebas, necesitamos a alguien que nos anime a seguirle fielmente al Señor. Tendrá que ser verdaderamente espiritual, creyente, no sólo religioso. Jezabel era religiosa, inteligente y lanzada, pero no se sujetaba a Dios ni animó a Acab a hacerlo. Estaba acostumbrada a salirse con la suya de la forma que fuera, y Acab en su desánimo le hizo caso, lo cual fue un error fatal.
    Volviendo a Números, como venimos diciendo, Israel quería pasar por el camino de la tierra de Edom para llegar a la tierra prometida. Pero cuando Edóm le negó el paso, Dios envió a su pueblo por otro camino para que no peleasen con Edom. Pero Israel no quiso entender esto, ni aceptarlo, ni esperar más. Quisieron andar como ellos deseaban (Nm. 20:14-21), y se desanimaron. Y la historia se repite muchas veces con los mismos resultados.
    Hoy hay mucho de esto en los jóvenes que no quieren contar con el consejo, la instrucción y guía de sus padres. Es todavía peor cuando los padres son creyentes y los hijos profesan serlo, pero no quieren sujetarse. Las exhortaciones y enseñanzas halladas en el libro de Proverbios, por ejemplo, acerca de guardar la ley de su padre, etc., les sobran. Quieren salirse con la suya como los jóvenes del mundo, los paganos, los incrédulos que se guían por las películas, las novelas y la opinión de la sociedad, no por la Palabra de Dios. A esos jóvenes en familias cristianas les pesa, disgusta y desanima el tener que sujetarse y obedecer. Piensan que como ya son adultos no tienen que hacer esto. Y a los evangélicos no tan jóvenes también les pasa igual – porque se empeñan a ir donde quieren, hacer lo que quieren, cuándo y cómo quieren, sin contar con Dios. Si piden consejo o ponen un motivo de oración, piensan que se les tiene que conceder – la única respuesta que aceptarán es: “Oh, sí, por supuesto, haz como quieras y que Dios te bendiga”, pues de otra manera saldrán de la iglesia para vivir como quieren. Por ejemplo, un hombre quiso divorciar a su esposa y casarse con otra. Cuando los ancianos le dijeron que no, se desanimó y le cayó el semblante. El domingo siguiente se puso de pie en la asamblea y anunció: “Bueno, hasta aquí he llegado, pero me bajo del tren”, y abandonó a la iglesia para ir y hacer lo que le parecía.
    Pero los de Israel eran adultos también, y erraron gravemente. Israel se desanimó y pecó con la boca – todo por su carnalidad. No había que consolarlos en esa condición. Dios no les mandó psicólogos, consejeros ni consoladores, ¡sino serpientes! Dios hizo lo correcto: ¡les castigó y muchos perecieron! A veces los creyentes desanimados y desobedientes buscan consuelo y solaz, buscan la compasión, sin haber obedecido, ni se han arrepentido. No hay consuelo para los tales. No les hace falta psicología sino corrección hasta que se arrepientan y acepten el camino de Dios y la provisión de Dios.
    Dice el Señor que el corazón es engañoso sobre todas las cosas, y ellos se dejaron engañar por su corazón desanimado. A tantos años del viaje todavía no habían aprendido.  Años más tarde, el rey Acab se dejó llevar por su corazón engañoso y desanimado, y el de su mujer, pecó grandemente y le costó la vida. El corazón desanimado es un consejero malo que sufre por carnalidad. Lo que debe hacer es arrepentirse, humillarse, negarse y confiar en el Señor.
    No olvidemos que el diablo, nuestro adversario, anda alrededor buscando devorarnos, buscando incitarnos a la desobediencia y hacernos salir de la voluntad de Dios. Lo hace con astucia y usa circunstancias y personas que nos instigan a hacer mal. Pero hermanos, alcemos la mira al Señor, confiemos en Él siempre. Por largo y difícil que sea el camino que Él escoge para nosotros, es mejor que cualquier otro, y un día en el cielo esto estará claro. De momento, aprendamos de la historia y aceptemos por fe que la guía, el consejo y la voluntad de Dios es "buena, agradable y perfecta" (Ro. 12:2).
de un estudio dado por Lucas Batalla, el 27 de junio, 2013

Sunday, June 21, 2015

¿QUÉ PENSÁIS DE CRISTO?


¿Qué piensas de Jesucristo? ¿Quieres dar tu opinión? Se hacen muchas encuestas públicas y entrevistas en directo en la tele o la radio preguntando: “¿Qué piensa Ud.?” acerca de una gran variedad de asuntos. Pero esta pregunta es infinitamente más importante. Es acerca de Cristo, no la religión.
    Amigo, aunque tengas la tuya, aquí no se trata de meras opiniones, sino de una evaluación correcta acerca de Jesucristo. Por eso, vamos al documento histórico que más habla de Cristo, el Nuevo Testamento, para ver qué pensaban los que le conocieron y convivieron con Él.
    En S. Juan 7:46 leemos que los alguaciles del templo en Jerusalén dijeron: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” Se dieron cuenta que era diferente a todos los que hablaron en el templo.
    En S. Lucas 15:2 los fariseos y escribas expresaron su desprecio de Cristo al murmurar: “este a los pecadores recibe y con ellos come”.  La crítica de los líderes religiosos se convirtió en palabras de esperanza para nosotros. ¿Quién es Cristo? Uno que recibe a los pecadores. Él vino para salvar lo que se habían perdido (S. Mateo 18:11). Cristo dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (S. Mateo 9:13). Si eres pecador, Cristo vino para salvarte. La religión no perdona ni salva a nadie. Sólo Jesucristo es el Salvador.
    Aun los demonios pensaban en Cristo mejor que muchas personas, pues le llamaron: “Jesús, Hijo del Dios Altísimo” (S. Marcos 5:7). Sabían más que muchos judíos, y ciertamente más que los llamados “testigos de Jehová”, los mormones, los musulmanes y otros muchos, porque reconocieron la divinidad de Cristo. Pero eran rebeldes, no quisieron someterse a Él en fe y obedecerle. No repitas su error.
    El apóstol Simón Pedro confesó: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (S. Mateo 16:16) y luego dijo: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (S. Juan 6:68). En Hechos de los Apóstoles, 2:36, Pedro predicó así: “...a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”. En Hechos 3:14-15 le llamó: “el Santo y el Justo” y “Autor de la vida”. En Hechos 4:12 habló con gran denuedo en público diciendo: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. La iglesia no salva. Los sacramentos tampoco. Sólo Jesucristo salva. En Hechos 5:31 le llamó: “Príncipe y Salvador”. En Hechos 10:36-43 proclamó: “éste es Señor de todos”, y “Juez de vivos y muertos”. En el versículo 43 anunció que “todos los que en él creyeren recibirán perdón de pecados por Su nombre”. Luego en su primera epístola escribió: “quien llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). “Llevó” dijo, porque no es un sacrificio continuo. Seguramente Pedro, lleno del Espíritu Santo, hablaba ex cátedra. ¡Sin embargo, muchos que le consideran su primer Papa no hacen caso de sus palabras! Pensar de Cristo como Pedro hacía es confiar en Él para perdón y vida eterna!
    El apóstol Tomás el dudador exclamó: “Señor mío y Dios mío” (S. Juan 20:28).
    Pero el mejor testimonio es el del Padre celestial que dijo: “Éste es mi Hijo amado,en quien tengo complacencia” (S. Mateo 3:17). En la Epístola a los Hebreos, 1:1-4 leemos: “Dios...en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos”
   ¿Lo has entendido? Te ruego, léelo bien y medita lo que dice, porque nadie más es ni hace como Él. Ni Buda, ni Mahoma, ni el Papa, ni los santos, ni nadie más tiene punto de comparación con Jesucristo.            
    Él es el Creador, el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de la sustancia de Dios. Es decir, ¡es Dios! También es quien efectuó la purificación de nuestros pecados. Si no tienes el perdón definitivo de tus pecados, es porque no acudes al único que te lo puede dar: el Señor Jesucristo. En Juan 8:24 Él declaró: "si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados". Tu vida ahora y tu destino eterno dependen de lo que crees acerca del Señor Jesucristo.
    Sólo hemos citado unos pocos textos. Amigo, la Biblia da abundante testimonio y nos enseña cómo pensar y cómo no pensar acerca de Cristo. Cada uno debe investigar y llegar a una conclusión y convicción personal. Así que, ¿tú qué piensas de Cristo? ¿Estás dispuesto a aceptar el testimonio de Dios y los santos apóstoles? Jesucristo es el Creador, el Señor y Dios. Es Juez de vivos y muertos. Pero quiere ser tu Salvador. Arrepiéntete de tus pecados y de tu confianza en cualquier cosa o persona menos Cristo, y deposita toda tu fe única y exclusivamente en Él. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”.
                                                                                  – Lucas Batalla

   

Saturday, May 23, 2015

SAÚL NO SE ARREPINTIÓ


Reconoce Tu Pecado

Textos: 1 Samuel 26:21; 13:5-14

Cuando el rey Saúl reconoció en el capítulo 26 que había errado, era tarde y sin arrepentimiento, cuando iba camino a la destrucción. Para él había pasado el tiempo de obedecer al Señor y arrepentirse genuinamente. Podríamos decir que había pasado el punto de no retorno.
    Las lecciones halladas aquí tienen mucha relevancia para nosotros. Recordemos que el apóstol Pablo habló del Antiguo Testamento a los corintios, porque era una iglesia desordenada y que hacía, quizás como Saúl, las cosas como quería. Saúl no mandaba en Israel, porque quien mandaba era Dios. Y los hombres no mandan en la iglesia, porque la cabeza es Cristo, y Él manda. Y los creyentes no mandan en su propia vida, porque Jesucristo es su Señor y Él manda.  Hermanos, todos estamos bajo autoridad divina.
    En 1 Samuel 13:11-12, Saúl en su queja acusaba a Samuel de no venir como prometió, pero en verdad había venido, y Saúl no supo esperar ni seguir las instrucciones que recibió (1 S. 10:8). NO supo humillarse ni confesar su pecado, sino hizo las cosas a su manera y se justificaba, criticando a Samuel e indirectamente, a Dios, porque Samuel era varón de Dios, dirigido por Dios.
    Y nosotros, si hacemos las cosas a nuestra manera, con carnalidad y voluntad propia, y luego tratamos de justificar nuestro comportamiento, Dios nos tendrá que juzgar y lo hará. No podemos justificar nuestros actos de desobediencia, pero la mala tendencia de intentarlo comenzó en Edén con Adán y Eva. Adán dijo: “la mujer que me diste”, y ella luego culpó a la serpiente. Pero las excusas y los razonamientos no cambian los hechos. Dos veces en los versículos 13-14 Samuel le dijo a Saúl: “no guardaste el mandamiento de Jehová”, y le retiró la bendición.
    En 1 Samuel 15 Dios probó a Saúl una vez más en lo referente a Amalec. En Éxodo 17:8-16 está la historia de cómo Amalec atacó a Israel, y Jehová declaró guerra perpetua contra él. Entonces, en base a esto, en 1 Samuel manda a Saúl a exterminarlos. Pero Saúl fracasa, porque está fuera de la voluntad de Dios y no tiene espiritualidad. Los carnales no pueden llevar a cabo trabajos espirituales, y el Señor demuestra esto con Saúl. Le dio una orden clara, y no la cumplió. No le faltó información, sino voluntad. Es así con muchos cristianos e iglesias desobedientes. Realmente no necesitan más explicaciones sino simplemente la obediencia. Miremos como fue con Saúl.
    En el 15:8 tomó vivo a Agag rey de Amalec. En el versículo 9 dice que perdonaron a Agag y lo mejor de las ovejas y el ganado. Hicieron las cosas en parte, a su manera, no cumplidamente. Se tomaron el lujo de alterar lo que Jehová ordenó, y ¿quiénes eran ellos para hacer esto? ¿Y quiénes somos nosotros para alterar o modificar a gusto nuestro lo que Dios ha dicho?
    No se debe hacer las cosas en parte, sino exactamente como Dios dijo. Así que, Dios no lo aceptó. “Me pesa” dijo Jehová (v. 11) y esto significa: “me duele”. Le pesó a Samuel también, y aquella noche no durmió. Le quitó el sueño la obediencia parcial de Saúl, porque la obediencia parcial es desobediencia, y la media fidelidad es infidelidad.
    Al confrontarle a Saúl el día siguiente, comenzaron las excusas. Primero dijo: “el pueblo perdonó” (v. 15), echando la culpa al pueblo. ¿Pero no era el rey quien mandaba? Luego dijo que era para sacrificar a Dios como si esto lo justificaba. Pero muchos años antes Dios había sentenciado a Amalec a muerte, ¿y quién era Saúl para cambiarlo? Extrañamente, en el versículo 20 Saúl insistió que había obedecido. No quería reconocer su pecado. En el versículo 21 vuelve a decir que era el pueblo y que era para ofrecer sacrificios. Casi diríamos que esperaba que Samuel dijera: “Oh, pues bendito tú, Saúl, ¡y gracias!” Pero esto no iba a pasar porque Samuel era siervo de Dios y Dios no puede ser burlado. Dios no acepta las cosas a medias: en trabajo, o sacrificio, o servicio, repito, no lo acepta. No importa lo que sientes ni tus intenciones ni tu lógica. Haz lo que Dios ha dicho si quieres agradarle. Es sencillo. Obedecer es mejor (v. 22). Recuerda lo que nuestro hermano nos ha dicho: "una explicación de por qué no has hecho algo no es lo mismo que haberlo hecho". Mejor es obedecer que explicar por qué desobedeciste como si esto lo justificara. La carnalidad siempre conduce a decir que ha hecho la voluntad de Dios cuando no, y rechaza en análisis del siervo de Dios. Pero en el versículo 23 Dios señala la rebelión y obstinación en Saúl. Peor que su desobediencia era la condición de su corazón y su actitud. La desobediencia es síntoma de algo peor: un corazón pecaminoso y rebelde.
    También debemos recordar que aunque no somos reyes, Dios nos puede desechar. Saúl dio al traste con su carrera, fue de mal en peor y acabó haciendo lo impensable: visitando a una adivina, y el día siguiente fracasó en batalla y se suicidó.
    En el versículo 24 reconoció su pecado, pero aparentemente sólo para quedar bien delante del pueblo, porque no cambió. No se apartó de su pecado, y en el capítulo 31 murió con sus hijos en el campo de batalla. Es el triste final de los que quieren hacer su voluntad y no la de Dios. Aunque por un tiempo prevalezcan, al final caerán, serán juzgados, y perderán todo.
    ¿Qué lecciones hay en todo esto para nosotros? Primero, obedecer es mejor. Aprendamos a quebrantar nuestra voluntad, someterla y obedecer al Señor, sin excusas ni razonamientos. Y segundo, cuando fallemos, seamos prontos para humillarnos y confesar nuestro pecado y volver al camino de la comunión y bendición. No razonemos. No nos endurezcamos. No dejemos correr el tiempo. ¡Corramos para rectificar el mal y obtener el perdón. ESTE es el sacrificio que el Señor espera de nosotros. Él es bondadoso para perdonar a todo aquel que confiese su pecado (1 Jn. 1:9), pero los que no, os aseguro en el Nombre del Señor que no prosperarán (Pr. 28:13).
de un estudio dado por Lucas Batalla, el 26 de junio, 2011

Wednesday, May 20, 2015

GUERRA LARGA


La Guerra De Los Creyentes

Texto: 2 Samuel 3:1

Aquí hay la historia de una guerra civil entre dos bandas, la casa de Saúl y la casa de David, y el resultado iba a ser la victoria o la muerte. Pero 1 Corintios 10:11 informa que las cosas en el Antiguo Testamento fueron escritas para nuestra amonestació. Así es que cuando uno se convierte al Señor Jesucristo, entra también en una guerra, no entre creyentes o iglesias, sino entre dos reinos, entre dos casas: la de Dios y la de Satanás. No hay más. Cada persona pertenece a una de esas dos casas, y hace siglos que las lineas de batalla están marcadas y los ejércitos enfrentados.
    2 Corintios 5:4 dice que “gemimos con angustia”, y habla de la nueva naturaleza que todo creyente tiene y también de la lucha que tiene estando en el mundo. La casa de David representa esta nueva naturaleza y la casa de Saúl la vieja. El creyente tiene que ir fortaleciéndose en el Espíritu con el paso de tiempo, volviéndose más fuerte, no más débil.
    Muchos de nosotros luchamos para conseguir una transformación inmediata – y qué bueno es que el Señor obra inmediatamente de muchas maneras en la vida del creyente. Sin embargo hay aspectos en los que estamos en guerra toda la vida. El creyente puede caer, pero se levanta, y cuano alguien cae y se queda abajo y no se levanta, puede ser porque realmente no tiene vida. El justo cae siete veces y se levanta, dice Proverbios 24:16. Esto quiere decir que el creyente, aunque caiga momentáneamente, no se queda abajo. Se levanta y sigue en las filas del Señor. No se vuelve atrás ni se rinde. El fracaso no caracteriza su vida.
    Todos los días debemos tener presente esta guerra entre las dos casas, y alimentar y ayudar el desarrollo de la nueva naturaleza para que se fortalezca. Está claro que el Señor no nos abandonará, pues así lo promete (He. 13:5-6), pero Él tampoco nos fuerza a crecer en contra de nuestra voluntad y cooperación. Él nos salva, sin ayuda nuestra, pero es necesario cooperar con Él y aprovechar los medios que nos da si queremos crecer. Los que no se salvan, es por su culpa. Y los salvos que no crecen, es por su culpa. No somos víctimas manipulados sino responsables delante de Dios por nuestra condición espiritual.
    El apóstol Pablo oraba por la perfección de los creyentes. Es algo my importante, no opcional como sin importancia. Debemos pedirle al Señor que nos vaya perfeccionando, porque tengamos la edad que tengamos, es necesario. Y no sólo pedirlo, sino entregarnos de todo corazón a la tarea de crecer, pues es un mandamiento: “Creced en la gracia, y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18). ¿Qué medios ha provisto Dios para nuestro crecimiento? Por ejemplo, Su Palabra. “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 P. 2:2). También debemos perseverar, es decir, entregarnos con devoción, a la enseñanza, comunión y oración con los demás hermanos, en las reuniones y fuera de ellas (Hch. 2:42).  Hermanos, no hemos llegado todavía a la meta en la vida cristiana. Es decir, somos salvos, pero tenemos mucho crecimiento por delante. Leemos en Hechos 14:22 del ministerio apostólico a los nuevos creyentes: “confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22).
    El Salmo 18:32-36 usa el lenguaje del guerrero, al decir: “Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino, quien hace mis pies como de ciervas, y me hace estar firme sobre mis alturas; quien adiestra mis manos para la batalla, para entesar con mis brazos el arco de bronce. Me diste asimismo el escudo de tu salvación; tu diestra me sustentó, y tu benignidad me ha engrandecido. Ensanchaste mis pasos debajo de mí, y mis pies no han resbalado”. David pensaba en esa larga batalla con la casa de Saúl. Así debemos decir al final de la vida cristiana, si es que la hemos vivido para el Señor. ¡Vayamos adelante, no atrás!
    En Romanos 7:17 Pablo habla de la lucha en la vida del creyente, entre el creyente con su naturaleza nueva, deseando vivir para Dios, y su misma carne que se rebela y no quiere obedecer ni glorificar a Dios. En Romanos 13:14 leemos: “no proveáis para los deseos de la carne”. ¡Cuántos hemos desobedecido este mandato! En la lucha debemos hacer que nuestra carne se vaya debilitando, como pasó con la casa de Saúl. Siempre va a estar allí hasta que vayamos al cielo y luego, ¡libres para siempre! Pero aunque está presente ahora, no tiene el dominio a menos que dejemos de luchar, y si cedemos el campo de batalla, entonces la carne se sale con la suya, pero por culpa nuestra por no haber luchado.
    Otra ilustración vemos entre Jacob y Esaú, hijos de Isaac y Rebeca. La Biblia dice que en el vientre de Rebeca había lucha entre dos naciones (Gn. 25:22-23). Y los descendientes de Esaú siguieron en la lucha, incluso los de Amalec (Gn. 36:12) que dieron guerra a Israel (Éx. 17:8-16). Otro caso vemos en Ismael e Isaac. Ismael no traía nada más que conflicto y angustia a la vida de Isaac, y así es con la carne, no nos hace ningún bien. Abraham tuvo a un hijo carnal, Ismael, y le fue mal. Gálatas 4 habla de ese conflicto entre la carne y el espíritu, y Génesis 21:9 cuenta como Ismael se burlaba de Isaac.
    Así que, hermanos, estamos en una guerra. Hay que debilitar a la carne, y fortalecer al espíritu. No hay que alimentar los deseos de la carne. Si la consentimos, se fortalece y eso no lo queremos. Ni hay que buscar la paz entre los dos porque esto es imposible. Ni hay que buscar la tolerancia ni la convivencia, sino no proveer para los deseos de la carne. Colosenses 3:5 dice: “haced morir lo terrenal”, lo cual es responsabilidad NUESTRA, no de Dios. Hermano, hermana, hay cosas en tu vida que sólo tú puedes hacer morir, y Dios no lo va a hacer, así que, ¡al ataque! y ¡manos a la obra! Pero muchas veces nos quedamos pasivos, queriendo que Dios lo haga todo, y tal vez orando con actitud de esperanza en Dios cuando Dios realmente quiere que actuemos. Él quiere que luchemos.
    “Hubo larga guerra”, y es un aviso para nosotros. Así es que desde que nos convertimos hay lucha y sigue todavía. ¡Qué se fortalezca la casa de David!
  

de un estudio dado por Lucas Batalla el 2 de agosto, 2012