Sunday, June 21, 2015

¿Qué Piensas De Cristo?


¿Qué piensas de Jesucristo? ¿Quieres dar tu opinión? Se hacen muchas encuestas públicas y entrevistas en directo en la tele o la radio preguntando: “¿Qué piensa Ud.?” acerca de una gran variedad de asuntos. Pero esta pregunta es infinitamente más importante. Es acerca de Cristo, no la religión.
    Amigo, aunque tengas la tuya, aquí no se trata de meras opiniones, sino de una evaluación correcta acerca de Jesucristo. Por eso, vamos al documento histórico que más habla de Cristo, el Nuevo Testamento, para ver qué pensaban los que le conocieron y convivieron con Él.
    En S. Juan 7:46 leemos que los alguaciles del templo en Jerusalén dijeron: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” Se dieron cuenta que era diferente a todos los que hablaron en el templo.
    En S. Lucas 15:2 los fariseos y escribas expresaron su desprecio de Cristo al murmurar: “este a los pecadores recibe y con ellos come”.  La crítica de los líderes religiosos se convirtió en palabras de esperanza para nosotros. ¿Quién es Cristo? Uno que recibe a los pecadores. Él vino para salvar lo que se habían perdido (S. Mateo 18:11). Cristo dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (S. Mateo 9:13). Si eres pecador, Cristo vino para salvarte. La religión no perdona ni salva a nadie. Sólo Jesucristo es el Salvador.
    Aun los demonios pensaban en Cristo mejor que muchas personas, pues le llamaron: “Jesús, Hijo del Dios Altísimo” (S. Marcos 5:7). Sabían más que muchos judíos, y ciertamente más que los llamados “testigos de Jehová”, los mormones, los musulmanes y otros muchos, porque reconocieron la divinidad de Cristo. Pero eran rebeldes, no quisieron someterse a Él en fe y obedecerle. No repitas su error.
    El apóstol Simón Pedro confesó: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (S. Mateo 16:16) y luego dijo: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (S. Juan 6:68). En Hechos de los Apóstoles, 2:36, Pedro predicó así: “...a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”. En Hechos 3:14-15 le llamó: “el Santo y el Justo” y “Autor de la vida”. En Hechos 4:12 habló con gran denuedo en público diciendo: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. La iglesia no salva. Los sacramentos tampoco. Sólo Jesucristo salva. En Hechos 5:31 le llamó: “Príncipe y Salvador”. En Hechos 10:36-43 proclamó: “éste es Señor de todos”, y “Juez de vivos y muertos”. En el versículo 43 anunció que “todos los que en él creyeren recibirán perdón de pecados por Su nombre”. Luego en su primera epístola escribió: “quien llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). “Llevó” dijo, porque no es un sacrificio continuo. Seguramente Pedro, lleno del Espíritu Santo, hablaba ex cátedra. ¡Sin embargo, muchos que le consideran su primer Papa no hacen caso de sus palabras! Pensar de Cristo como Pedro hacía es confiar en Él para perdón y vida eterna!
    El apóstol Tomás el dudador exclamó: “Señor mío y Dios mío” (S. Juan 20:28).
    Pero el mejor testimonio es el del Padre celestial que dijo: “Éste es mi Hijo amado,en quien tengo complacencia” (S. Mateo 3:17). En la Epístola a los Hebreos, 1:1-4 leemos: “Dios...en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos”
   ¿Lo has entendido? Te ruego, léelo bien y medita lo que dice, porque nadie más es ni hace como Él. Ni Buda, ni Mahoma, ni el Papa, ni los santos, ni nadie más tiene punto de comparación con Jesucristo.            
    Él es el Creador, el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de la sustancia de Dios. Es decir, ¡es Dios! También es quien efectuó la purificación de nuestros pecados. Si no tienes el perdón definitivo de tus pecados, es porque no acudes al único que te lo puede dar: el Señor Jesucristo. En Juan 8:24 Él declaró: "si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados". Tu vida ahora y tu destino eterno dependen de lo que crees acerca del Señor Jesucristo.
    Sólo hemos citado unos pocos textos. Amigo, la Biblia da abundante testimonio y nos enseña cómo pensar y cómo no pensar acerca de Cristo. Cada uno debe investigar y llegar a una conclusión y convicción personal. Así que, ¿tú qué piensas de Cristo? ¿Estás dispuesto a aceptar el testimonio de Dios y los santos apóstoles? Jesucristo es el Creador, el Señor y Dios. Es Juez de vivos y muertos. Pero quiere ser tu Salvador. Arrepiéntete de tus pecados y de tu confianza en cualquier cosa o persona menos Cristo, y deposita toda tu fe única y exclusivamente en Él. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”.
                                                                                  – Lucas Batalla

   

Saturday, May 23, 2015

SAÚL NO SE ARREPINTIÓ


Reconoce Tu Pecado

Textos: 1 Samuel 26:21; 13:5-14

Cuando el rey Saúl reconoció en el capítulo 26 que había errado, era tarde y sin arrepentimiento, cuando iba camino a la destrucción. Para él había pasado el tiempo de obedecer al Señor y arrepentirse genuinamente. Podríamos decir que había pasado el punto de no retorno.
    Las lecciones halladas aquí tienen mucha relevancia para nosotros. Recordemos que el apóstol Pablo habló del Antiguo Testamento a los corintios, porque era una iglesia desordenada y que hacía, quizás como Saúl, las cosas como quería. Saúl no mandaba en Israel, porque quien mandaba era Dios. Y los hombres no mandan en la iglesia, porque la cabeza es Cristo, y Él manda. Y los creyentes no mandan en su propia vida, porque Jesucristo es su Señor y Él manda.  Hermanos, todos estamos bajo autoridad divina.
    En 1 Samuel 13:11-12, Saúl en su queja acusaba a Samuel de no venir como prometió, pero en verdad había venido, y Saúl no supo esperar ni seguir las instrucciones que recibió (1 S. 10:8). NO supo humillarse ni confesar su pecado, sino hizo las cosas a su manera y se justificaba, criticando a Samuel e indirectamente, a Dios, porque Samuel era varón de Dios, dirigido por Dios.
    Y nosotros, si hacemos las cosas a nuestra manera, con carnalidad y voluntad propia, y luego tratamos de justificar nuestro comportamiento, Dios nos tendrá que juzgar y lo hará. No podemos justificar nuestros actos de desobediencia, pero la mala tendencia de intentarlo comenzó en Edén con Adán y Eva. Adán dijo: “la mujer que me diste”, y ella luego culpó a la serpiente. Pero las excusas y los razonamientos no cambian los hechos. Dos veces en los versículos 13-14 Samuel le dijo a Saúl: “no guardaste el mandamiento de Jehová”, y le retiró la bendición.
    En 1 Samuel 15 Dios probó a Saúl una vez más en lo referente a Amalec. En Éxodo 17:8-16 está la historia de cómo Amalec atacó a Israel, y Jehová declaró guerra perpetua contra él. Entonces, en base a esto, en 1 Samuel manda a Saúl a exterminarlos. Pero Saúl fracasa, porque está fuera de la voluntad de Dios y no tiene espiritualidad. Los carnales no pueden llevar a cabo trabajos espirituales, y el Señor demuestra esto con Saúl. Le dio una orden clara, y no la cumplió. No le faltó información, sino voluntad. Es así con muchos cristianos e iglesias desobedientes. Realmente no necesitan más explicaciones sino simplemente la obediencia. Miremos como fue con Saúl.
    En el 15:8 tomó vivo a Agag rey de Amalec. En el versículo 9 dice que perdonaron a Agag y lo mejor de las ovejas y el ganado. Hicieron las cosas en parte, a su manera, no cumplidamente. Se tomaron el lujo de alterar lo que Jehová ordenó, y ¿quiénes eran ellos para hacer esto? ¿Y quiénes somos nosotros para alterar o modificar a gusto nuestro lo que Dios ha dicho?
    No se debe hacer las cosas en parte, sino exactamente como Dios dijo. Así que, Dios no lo aceptó. “Me pesa” dijo Jehová (v. 11) y esto significa: “me duele”. Le pesó a Samuel también, y aquella noche no durmió. Le quitó el sueño la obediencia parcial de Saúl, porque la obediencia parcial es desobediencia, y la media fidelidad es infidelidad.
    Al confrontarle a Saúl el día siguiente, comenzaron las excusas. Primero dijo: “el pueblo perdonó” (v. 15), echando la culpa al pueblo. ¿Pero no era el rey quien mandaba? Luego dijo que era para sacrificar a Dios como si esto lo justificaba. Pero muchos años antes Dios había sentenciado a Amalec a muerte, ¿y quién era Saúl para cambiarlo? Extrañamente, en el versículo 20 Saúl insistió que había obedecido. No quería reconocer su pecado. En el versículo 21 vuelve a decir que era el pueblo y que era para ofrecer sacrificios. Casi diríamos que esperaba que Samuel dijera: “Oh, pues bendito tú, Saúl, ¡y gracias!” Pero esto no iba a pasar porque Samuel era siervo de Dios y Dios no puede ser burlado. Dios no acepta las cosas a medias: en trabajo, o sacrificio, o servicio, repito, no lo acepta. No importa lo que sientes ni tus intenciones ni tu lógica. Haz lo que Dios ha dicho si quieres agradarle. Es sencillo. Obedecer es mejor (v. 22). Recuerda lo que nuestro hermano nos ha dicho: "una explicación de por qué no has hecho algo no es lo mismo que haberlo hecho". Mejor es obedecer que explicar por qué desobedeciste como si esto lo justificara. La carnalidad siempre conduce a decir que ha hecho la voluntad de Dios cuando no, y rechaza en análisis del siervo de Dios. Pero en el versículo 23 Dios señala la rebelión y obstinación en Saúl. Peor que su desobediencia era la condición de su corazón y su actitud. La desobediencia es síntoma de algo peor: un corazón pecaminoso y rebelde.
    También debemos recordar que aunque no somos reyes, Dios nos puede desechar. Saúl dio al traste con su carrera, fue de mal en peor y acabó haciendo lo impensable: visitando a una adivina, y el día siguiente fracasó en batalla y se suicidó.
    En el versículo 24 reconoció su pecado, pero aparentemente sólo para quedar bien delante del pueblo, porque no cambió. No se apartó de su pecado, y en el capítulo 31 murió con sus hijos en el campo de batalla. Es el triste final de los que quieren hacer su voluntad y no la de Dios. Aunque por un tiempo prevalezcan, al final caerán, serán juzgados, y perderán todo.
    ¿Qué lecciones hay en todo esto para nosotros? Primero, obedecer es mejor. Aprendamos a quebrantar nuestra voluntad, someterla y obedecer al Señor, sin excusas ni razonamientos. Y segundo, cuando fallemos, seamos prontos para humillarnos y confesar nuestro pecado y volver al camino de la comunión y bendición. No razonemos. No nos endurezcamos. No dejemos correr el tiempo. ¡Corramos para rectificar el mal y obtener el perdón. ESTE es el sacrificio que el Señor espera de nosotros. Él es bondadoso para perdonar a todo aquel que confiese su pecado (1 Jn. 1:9), pero los que no, os aseguro en el Nombre del Señor que no prosperarán (Pr. 28:13).

de un estudio dado por Lucas Batalla, el 26 de junio, 2011

Wednesday, May 20, 2015

GUERRA LARGA


La Guerra De Los Creyentes

Texto: 2 Samuel 3:1

Aquí hay la historia de una guerra civil entre dos bandas, la casa de Saúl y la casa de David, y el resultado iba a ser la victoria o la muerte. Pero 1 Corintios 10:11 informa que las cosas en el Antiguo Testamento fueron escritas para nuestra amonestació. Así es que cuando uno se convierte al Señor Jesucristo, entra también en una guerra, no entre creyentes o iglesias, sino entre dos reinos, entre dos casas: la de Dios y la de Satanás. No hay más. Cada persona pertenece a una de esas dos casas, y hace siglos que las lineas de batalla están marcadas y los ejércitos enfrentados.
    2 Corintios 5:4 dice que “gemimos con angustia”, y habla de la nueva naturaleza que todo creyente tiene y también de la lucha que tiene estando en el mundo. La casa de David representa esta nueva naturaleza y la casa de Saúl la vieja. El creyente tiene que ir fortaleciéndose en el Espíritu con el paso de tiempo, volviéndose más fuerte, no más débil.
    Muchos de nosotros luchamos para conseguir una transformación inmediata – y qué bueno es que el Señor obra inmediatamente de muchas maneras en la vida del creyente. Sin embargo hay aspectos en los que estamos en guerra toda la vida. El creyente puede caer, pero se levanta, y cuano alguien cae y se queda abajo y no se levanta, puede ser porque realmente no tiene vida. El justo cae siete veces y se levanta, dice Proverbios 24:16. Esto quiere decir que el creyente, aunque caiga momentáneamente, no se queda abajo. Se levanta y sigue en las filas del Señor. No se vuelve atrás ni se rinde. El fracaso no caracteriza su vida.
    Todos los días debemos tener presente esta guerra entre las dos casas, y alimentar y ayudar el desarrollo de la nueva naturaleza para que se fortalezca. Está claro que el Señor no nos abandonará, pues así lo promete (He. 13:5-6), pero Él tampoco nos fuerza a crecer en contra de nuestra voluntad y cooperación. Él nos salva, sin ayuda nuestra, pero es necesario cooperar con Él y aprovechar los medios que nos da si queremos crecer. Los que no se salvan, es por su culpa. Y los salvos que no crecen, es por su culpa. No somos víctimas manipulados sino responsables delante de Dios por nuestra condición espiritual.
    El apóstol Pablo oraba por la perfección de los creyentes. Es algo my importante, no opcional como sin importancia. Debemos pedirle al Señor que nos vaya perfeccionando, porque tengamos la edad que tengamos, es necesario. Y no sólo pedirlo, sino entregarnos de todo corazón a la tarea de crecer, pues es un mandamiento: “Creced en la gracia, y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18). ¿Qué medios ha provisto Dios para nuestro crecimiento? Por ejemplo, Su Palabra. “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 P. 2:2). También debemos perseverar, es decir, entregarnos con devoción, a la enseñanza, comunión y oración con los demás hermanos, en las reuniones y fuera de ellas (Hch. 2:42).  Hermanos, no hemos llegado todavía a la meta en la vida cristiana. Es decir, somos salvos, pero tenemos mucho crecimiento por delante. Leemos en Hechos 14:22 del ministerio apostólico a los nuevos creyentes: “confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22).
    El Salmo 18:32-36 usa el lenguaje del guerrero, al decir: “Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino, quien hace mis pies como de ciervas, y me hace estar firme sobre mis alturas; quien adiestra mis manos para la batalla, para entesar con mis brazos el arco de bronce. Me diste asimismo el escudo de tu salvación; tu diestra me sustentó, y tu benignidad me ha engrandecido. Ensanchaste mis pasos debajo de mí, y mis pies no han resbalado”. David pensaba en esa larga batalla con la casa de Saúl. Así debemos decir al final de la vida cristiana, si es que la hemos vivido para el Señor. ¡Vayamos adelante, no atrás!
    En Romanos 7:17 Pablo habla de la lucha en la vida del creyente, entre el creyente con su naturaleza nueva, deseando vivir para Dios, y su misma carne que se rebela y no quiere obedecer ni glorificar a Dios. En Romanos 13:14 leemos: “no proveáis para los deseos de la carne”. ¡Cuántos hemos desobedecido este mandato! En la lucha debemos hacer que nuestra carne se vaya debilitando, como pasó con la casa de Saúl. Siempre va a estar allí hasta que vayamos al cielo y luego, ¡libres para siempre! Pero aunque está presente ahora, no tiene el dominio a menos que dejemos de luchar, y si cedemos el campo de batalla, entonces la carne se sale con la suya, pero por culpa nuestra por no haber luchado.
    Otra ilustración vemos entre Jacob y Esaú, hijos de Isaac y Rebeca. La Biblia dice que en el vientre de Rebeca había lucha entre dos naciones (Gn. 25:22-23). Y los descendientes de Esaú siguieron en la lucha, incluso los de Amalec (Gn. 36:12) que dieron guerra a Israel (Éx. 17:8-16). Otro caso vemos en Ismael e Isaac. Ismael no traía nada más que conflicto y angustia a la vida de Isaac, y así es con la carne, no nos hace ningún bien. Abraham tuvo a un hijo carnal, Ismael, y le fue mal. Gálatas 4 habla de ese conflicto entre la carne y el espíritu, y Génesis 21:9 cuenta como Ismael se burlaba de Isaac.
    Así que, hermanos, estamos en una guerra. Hay que debilitar a la carne, y fortalecer al espíritu. No hay que alimentar los deseos de la carne. Si la consentimos, se fortalece y eso no lo queremos. Ni hay que buscar la paz entre los dos porque esto es imposible. Ni hay que buscar la tolerancia ni la convivencia, sino no proveer para los deseos de la carne. Colosenses 3:5 dice: “haced morir lo terrenal”, lo cual es responsabilidad NUESTRA, no de Dios. Hermano, hermana, hay cosas en tu vida que sólo tú puedes hacer morir, y Dios no lo va a hacer, así que, ¡al ataque! y ¡manos a la obra! Pero muchas veces nos quedamos pasivos, queriendo que Dios lo haga todo, y tal vez orando con actitud de esperanza en Dios cuando Dios realmente quiere que actuemos. Él quiere que luchemos.
    “Hubo larga guerra”, y es un aviso para nosotros. Así es que desde que nos convertimos hay lucha y sigue todavía. ¡Qué se fortalezca la casa de David!
  

de un estudio dado por Lucas Batalla el 2 de agosto, 2012

Friday, May 1, 2015

SALMO 139 -- EL SEÑOR NOS RODEA


Texto: Salmo 139:1-6

En este hermoso salmo, el versículo 5 nos da consuelo precioso, al decir: “me rodeaste” y “pusiste tu mano”. Si el salmista se fortalecía pensando en esto, ¡cuánto más el Señor Jesucristo durante Su vida terrenal! Estaba en el mundo arruinado por el pecado,  rodeado de  enemigos y aún Sus propios discípulos eran cortos de entendimiento. Vino del cielo, Su morada pura y gloriosa, al mundo de viles pecadores encabezados por el príncipe de la potestad del aire. Y sabía lo que le esperaba. Pero también sabía que el Padre le cuidaba.
    Este mismo Dios nos cuida a nosotros los creyentes, y no nos abandona, aunque haya enemigos mil, contratiempos, traiciones, pruebas y dificultades de toda clase. Dios pone Su mano sobre nosotros. Él ya intervino a favor nuestro dándonos Su Hijo, y no se va a retirar de nuestra vida ni desecharnos.
    Hebreos 10:16-17 indica que la bendición del Señor estaba en la persona de Cristo, no en los sacrificios levíticos. Israel tenía que mirar adelante a Cristo y no atrás a los sacrificios porque sólo eran figuras de Él. Tristemente, no supieron distinguirle. No le conocieron. Y nosotros debemos saber bien claramente ahora que las cosas religiosas de nuestro pasado tampoco servían para perdonarnos: misas, santos, rezos, penitencias etc. Sólo Jesucristo puede salvarnos, pues Su sangre nos limpia de todo mal. Dios nos ha librado de nuestro pasado, de nuestra vana manera de vivir. Nos cuida en el presente, y nos da un glorioso futuro con una herencia inmarcesible que está reservada para nosotros. ¡Cómo han cambiado nuestras vidas a causa del Señor Jesucristo.
    Además, nos ha dado Su Espíritu Santo. Él mora en todo verdadero creyente. De esta manera también Dios pone Su mano sobre nosotros. Nos sella como posesión Suya (Ef. 1:13-14). Nos llena Su Espíritu dándonos poder para vivir y agradarle, cosa que no tenemos en nosotros mismos – como hizo con los apóstoles comenzando el día de Pentecostés.
    Habrá momentos difíciles, peligros, naufragios, enemigos, etc. pero el Señor nos ayuda y no nos abandona. No va a decir nunca a ningún creyente verdadero: “estoy harto de ti; no quiero verte más”. El creyente tiene a Dios, le rodea, y no debe desesperarse, ni tirar la toalla, ni decir “esto no lo aguanto”, porque el Señor le sostiene. Él es fiel; no nos deja, entonces no nos vayamos de Él. No nos alejemos de Su cuerpo la Iglesia, ni dejemos Su Palabra. Cuando abramos la Biblia, es una ventana a la sabiduría y la voluntad divina.
    Cuando el Señor fue tentado, fue al final de los cuarenta días, no en el día uno o dos, sino cuando estaba cansado y hambriento – es decir – en el momento más difícil. PERO aun en estos momentos Dios está con nosotros y Su Palabra puede animar, aconsejar y librarnos. Observamos que el Señor respondió a todas las tentaciones del diablo con estas palabras: “escrito está”. Tomó como referencia, consejo y guión las Sagradas Escrituras, y eso nos da ejemplo de cómo debemos vivir. 
    “Detrás y delante me rodeaste”. La palabra: “delante” habla también del futuro, de lo que queda delante, tanto en el caso de Israel como en el nuestro. Recordemos cómo dijo proféticamente a Ciro, rey persa que ni siquiera había nacido: “Yo iré delante de ti” (Is. 45:2), y esto era para hacer bien a Israel. Lo dijo ciento ochenta años antes de la vida de Ciro, cuando ni siquiera existía todavía el impero Medo-Persa. Este maravilloso pasaje demustra el poder, la sabiduría y la gloria de Dios. Dios puede hacer muchas cosas que nosotros no podemos. Nuestro presente está en Sus poderosas manos, y nuestro futuro está seguro. Él nos tiene rodeados; Su mano poderosa está sobre Israel, y también sobre nosotros. Por eso, mis hermanos, Israel no se perderá, porque su futuro está en manos de Dios, no en manos de la O.N.U.
    En Juan 10:9 Cristo declara que Él es la puerta. Es el acceso en el presente al futuro bendecido. Más adelante en el mismo capítulo declara que nadie arrebatará a Sus ovejas de Su mano. Esto nos recuerda nuestro texto: Salmo 139:5, “sobre mí pusiste tu mano”. Él ama y cuida a los Suyos, y provee lo que necesitan: trabajo, salud, protección u otra cosa. Él puede. Nada le es difícil. Tiene amplios recursos, gran sabiduria e inmenso poder. En Sus manos hay provisión.
    Con todo esto el Señor desea que le amemos y le sigamos fielmente. Un Dios fiel merece seguidores fieles. La infidelidad es una marca de ingratitud, desconfianza y egoísmo. ¡Lejos sean de nosotros esas cosas! Así que, hermanos, a las promesas y declaraciones del Salmo 139 nuestra respuesta debe ser la del salmista en el versículo 23: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”.
de un estudio dado por Lucas Batalla el 6 de marzo, 2014
Cristo está conmigo: ¡Que consolación!
Su presencia quita todo mi temor,
Tengo la promesa de mi Salvador:
"No te dejo nunca: siempre contigo estoy".

CORO
No tengo temor, no tengo temor,
Jesús me ha prometido;
"Siempre contigo estoy".


Monday, November 3, 2014

PETICIONES PELIGROSAS




Texto: Salmo 106:15; Números 11:6-8


En el texto en Números 11 vemos que el Señor milagrosamente les había dado maná, pan del cielo, para comer en el desierto. Pero no estaban satisfechos, y en los versículos 18-20 pidieron carne. En el versículo 33 la recibieron, y también la muerte. Hay que tener cuidado con los deseos de nuestro corazón. Nuestro corazones están llenos de deseos vanos y si Cristo el Maná celestial no nos satisface, estamos en peligro de desear algo que reemplazará al Señor en nuestra vida y nos arruinará. 
     Otro incidente parecido es el de los doce espías enviados a reconocer la tierra prometida. Leyendo en Deuteronomio 1:20-27 encontramos que Israel pidió enviar a los espías, en lugar de creerle a Dios (véase Nm. 13:1-2). Diez de ellos dieron un mal informe, persuadieron al pueblo que era una tierra dura y peligrosa, e Israel se volvió atrás. El resultado fue cuarenta años de vagar y la muerte de toda una generación. Su oración fue carnal y trajo problemas.   

     Luego tenemos el caso de las dos tribus y media, que pidieron quedarse en el otro lado del Jordán. Fue una petición nacida en la voluntad propia y lo que vieron sus ojos. Gobernados por deseos carnales, lógica humana y conveniencia – y sobre todo – falta de fe e indisposición a esperar. Años después, éstas fueron las primeras tribus conquistadas. Su petición no fue buena. Hubiera sido mejor esperar y aceptar la provisión de Dios, y no empeñarse en tener algo que les parecía bien, pero que al final resultó desastroso.

      Muchos creyentes arruinan sus vida cometiendo los mismos errores, pidiendo y empeñándose en obtener para sí cosas que Dios no quiere que tengan, porque Él tiene algo mejor. Podemos tendernos trampa orando en voluntad propia en lugar de someternos a la voluntad de Dios.
       Recordemos a nuestro Señor que dijo en Getsemaní: “no se haga mi voluntad sino la tuya”. Tomemos Su yugo sobre nosotros y aprendamos de Él, pues así debemos orar y vivir.

         Más seguro es buscar un precepto bíblico y una promesa en las Escrituras para guiarnos, y orar de acuerdo a esto. Si no, podríamos lograr una gran cuenta bancaria en lugar de un corazón grande. Podríamos obtener el compañero que pedimos con insistencia y sacrificar los gozos de la familia y una posteridad piadosa. Podríamos conseguir lo que tanto creemos que nos iría bien, sólo para encontrar luego, quizás años después, que era un gran error que sólo nos ha desviado y hecho daño. Pero entonces habremos echado a perder la vida. Mejor es ser sumisos a la voluntad de Dios, confiar en Él, Su bondad y sabiduría, y esperar que Él nos dé lo mejor. Así podremos comprobar cuál sea “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2). Así que, cuidado con lo que pidas en oración. Hay peticiones que nunca deberían hacerse. Pero siempre es bueno decir: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. ¿Te atreves? ¿Hasta qué punto realmente confías en el Señor?

de un estudio dado por Lucas Batalla en febrero del 2011
 

Monday, October 6, 2014

EL ENEMIGO DE NUESTROS ENEMIGOS

Texto: Éxodo 23:22
 
Doré: la destrucción del ejército de Senaquerib

En este hermoso versículo de exhortación y promesa a Israel, tenemos una verdad muy importante: las bendiciones de oír la voz de Dios y hacer lo que Él dice. “Pero si en verdad oyeres su voz e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren”. Este versículo es compañero de Génesis 12:3 donde Dios prometió bendecir al que bendijere a Abraham y maldecir al que le maldijere. Pero aquí Dios llama al pueblo a ser oidor y hacedor de Su Palabra.
     Nosotros también estamos rodeados de enemigos en este mundo, tanto espiritual como físicamente. Entonces, nos conviene meditar este texto y su aplicación para nosotros. Tenemos que ser fuertes y creer la Palabra de Dios. Donde hay batalla tiene que haber victoria, y esto es lo nuestro, la victoria en el Señor, porque 1 Juan 4:4 dice: “Mayor es él que está en vosotros que él que está en el mundo”. ¿Quién está en nosotros? El Espíritu Santo mora en nosotros y Él es Dios. Efesios 1:19-20 habla así del poder de Dios: “la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales”. Mis hermanos, hay gran poder a favor nuestro. Es el mejor armamento. Efesios 3:20 habla del poder que actúa en nosotros. ¿Qué poder es éste? No es la carne. Es el Espíritu Santo que mora en nosotros.
     Por esto, nuestra situación es como la de Israel cuando Dios le dijo que si oyere Su voz y guardare Su Palabra, sería enemigo de sus enemigos –es la mejor protección posible– el Dios omnipotente. Oremos para que el poder del Espíritu Santo obre en nuestras vidas. En Colosenses 1:29 Pablo habló del Señor Jesucristo así: “...trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí”. En Hebreos 13:5-6 leemos esta promesa: “No te desampararé, ni te dejaré, de manera que podemos decir confiadamente, El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre”.
     Son grandes las promesas hechas al pueblo de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Debemos recordarlas y meditar en ellas, porque son aliento para nuestra vida espiritual. Sin embargo, muchas veces hacemos como Israel en Números 13:31, cuando escuchó el informe de los espías y empezó a acobardarse y perder el ánimo. “No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros”, dijeron los diez espías, y el pueblo hizo caso de ellos y no de Josué y Caleb. Tenían cierta razón, porque las naciones de Canaán eran más fuertes que Israel, pero no más fuertes que Dios. Quisieron volver a Egipto, y se les olvidó la promesade Éxodo 23:22. Lo mismo nos pasa a nosotros muchas veces, para nuestra vergüenza.
     Josué y Caleb trataron de animar al pueblo. En Números 14:9 dijeron: “su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová”. ¡Qué par de verdades más grandes! El amparo de los del mundo los abandona ante Dios, y Dios está con nosotros. Pero la multitud hizo caso de la mayoría de los espías, diez contra dos, [así es la democracia y el dejarse regir por el consenso general] y se tornó en contra de los pocos fieles (v. 10). El hombre no confía en la Palabra de Dios, y le quiere destronar. Pero Dios busca a un pueblo que le crea y le obedezca. ¿Somos nosotros este pueblo? Dios promete ser el enemigo de nuestros enemigos y afligir a los que nos afligen. Si somos pueblo de Dios no vamos a ser populares. Tendremos enemigos. No vamos a vivir sin problemas. Seremos afligidos. Pero Dios intervendrá a favor nuestro – ésta es nuestra esperanza.
     En Lucas 12:11-12 el Señor dio una promesa hermosa a Sus discípulos acerca de los tiempos de conflicto cuando sean llevados a juicios en sinagogas o ante magistrados y tribunales: “No os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir”. Estas cosas pueden pasar, pero el Señor estará con nosotros y nos ayudará en el momento.
     En 1 Jn. 5:14-15 tenemos otra promesa: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”. Dios escucha la voz de los Suyos, y cuando pedimos de acuerdo a Su voluntad, Él nos concede nuestras peticiones. “El nos oye”.
     Nuestra mente y corazón deben estar siempre en la Palabra y laspromesas de Dios. Aunque nos parezca que Dios está lejos – no es así – Él está cerca, nos ve, nos ama y quiere ser glorificado en nuestras vidas. No olvidemos lo que Dios ha dicho, ¡y lo grande que Él es! Isaías 59:19 dice que cuando el enemigo entre como un río, el Espíritu de Jehová levantará estandarte contra él. A Dios le gusta demostrar lo que Él puede hacer por nosotros. Así hizo por Israel cuando no tenía fuerza ni recursos. Humilló a Egipto, la superpotencia de aquel entonces. Abrió el mar delante de Su pueblo para que pasara en seco. Sacó agua de una roca para satisfacer su sed. Les mandó codornices. Les dio maná durante cuarenta años. ¡Dios ayuda a los Suyos, no los abandona! Que así sea en nuestras vidas – oigamos Su voz, hagamos Su voluntad yconfiemos en Él cuando se levantan los enemigos. Ellos sólo nos ven a nosotros, pero nosotros con ojos de fe, con la mira en las cosas de arriba, vemos al Señor nuestro Ayudador. ¡Qué dicha es la nuestra, confiemos en Él! 

de un estudio dado por el hermano Lucas, el 17 de julio, 2009

Castillo fuerte es nuestro Dios, defensa y buen escudo. 
Con Su poder nos librará en este trance agudo. 
Con furia y con afán acósanos Satán: 
Por armas deja ver astucia y gran poder; 
Cual él no hay en la tierra.
 
Nuestro valor es nada aquí, con él todo es perdido. 
Mas por nosotros pugnará de Dios el Escogido. 
¿Sabéis quién es? Jesús, el que venció en la cruz, 
Señor de Sabaoth; y, pues, Él sólo es Dios,
Él triunfa en la batalla.
 
Aun si están demonios mil prontos a devorarnos, 
No temeremos, porque Dios sabrá aún prosperarnos. 
Que muestre su vigor Satán y su furor
Dañarnos no podrá; Pues condenado es ya 
Por la Palabra santa.

Sin destruirla dejarán, aun mal de su agrado, 
Esta palabra del Señor; Él lucha a nuestro lado. 
Que lleven con furor los bienes, vida, honor, 
Los hijos, la mujer ... todo ha de perecer; 
De Dios el reino queda. 

- himno escrito por Martín Lutero

Monday, July 7, 2014

EL CORDÓN DE AZUL


Texto: Números 15:37-41


   Muchas veces al hablar de cosas como doctrinas y prácticas de otras personas, surge la coletilla: “no juzgues”, pero el Señor nos manda a juzgar con justo juicio, a discernir entre el bien y el mal, y hacer las cosas bien. Cuando aquel hombre recogió leña en el día de reposo, en los versículos 32 al 36 de este mismo capítulo, cometió infracción. Se supone que antes la había cortado, y eso y recogerla era trabajo. Lo pusieron en detención hasta que consultaran al Señor para no hacer las cosas a la ligera. El Señor dijo que había que sacarlo y apedrearlo (v. 35), y así lo hicieron (v. 36). Hay que hacer las cosas bien, y bien no es como siento o como me parece, sino como Dios dice, por lo que hay que conocer y recordar Su Palabra y no dirigirnos por los sentimientos ni por sugerencias u opiniones de otros.
Al hablar de otros creyentes e iglesias, hay que tener respeto, pero también hay que discernir si algo está bien o no. Todos necesitamos la misericordia de Dios. Pero hoy en cuanto a las iglesias, la gente hace lo que siente en lugar de lo que Dios dice. En cuanto a qué creemos y cómo nos congregamos hay que seguir lo que Dios dice, y nos ha dado instrucciones amplias y específicas. No hay lugar para improvisar o variar cuando Dios ha hablado sobre un asunto. No los gustos ni la moda ni lo que más nos parece, sino lo que Dios dice, y hacer esto es hacer bien. Se cree que se puede ir a cualquier iglesia de cualquier manera, que lo importante es estar cómodo, que es cuestión de gustos, etc. Pero no es así, y sí, hay que juzgar este comportamiento con justo juicio, conforme a la Palabra. Por ejemplo, 1 Corintios 14:34 dice: “vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar”. Es doctrina apostólica, y un mandamiento del Señor. Congregadas – calladas. No les es permitido hablar (no dice cantar con los demás, sino hablar). Pero la iglesia que practica esto, que se prepare para ser pequeña.
Después de la muerte de aquel que recogía leña, Dios mandó a Israel a poner un cordón de azul en la franja de sus vestidos, para recordar los mandamientos de Jehová. Y les advirtió a no mirar en pos de su corazón ni sus ojos, porque eso es prostituirse, lo cual ya estaban haciendo. Tenían que recordar (Nm. 15:40) y hacer lo que manda Dios; para ser santo es necesario obedecer, y tanto entonces como ahora es una parte muy importante de nuestro testimonio.
La gente nos mira y observa nuestra conducta. Cada domingo en la cena del Señor, con los símbolos delante, anunciamos la muerte del Señor y Su venida. ¿Hay algo más importante? El Señor nos dio los símbolos para la cena: el pan y la copa, no panecillos y copitas. A las mujeres creyentes les ha dado el velo como símbolo de autoridad divina. ¿Podemos desvirtuar la mesa y cambiar o quitar los símbolos que Él nos dio para que la gente quede más a gusto? No. Y los que lo hacen se prostituyen espiritualmente. 
Dios mandó la franja azul, y no había que quitarla, pues dijo: “por sus generaciones” (v. 38). No es cosa de viejos, ni de antaño, ni de cultura. Es un mandamiento perdurable. Todo judío tenía que ponerlo, como un símbolo, de acuerdo al mandato divino. No dijo: “si os parece” o “si no es pedir demasiado” ni nada así. El mandamiento era para su propio bien, y “por sus generaciones”. Ante esa instrucción no se podía apelar a la excusa que hasta el día de hoy oímos usar: “es que los tiempos han cambiado”. 
Y nosotros tenemos que recordar también a quién pertenecemos. No tenemos un cordón de azul entretejido en nuestra ropa, pero tenemos la Biblia entera, cosa que ellos no, para recordar siempre lo que Dios nos ha dicho. Nuestra forma de ser, vivir, hablar – todo debe marcarnos como creyentes. Nuestra “franja  con cordón de azul” no se quita, ni con tiempo. Toda la vida había que llevarla, de generación en generación. Las palabras: “para que os acordéis, y hagáis...” indican la voluntad de Dios. Israel tenía que recordarla y hacerla, y nosotros tenemos que recordar y guardar el orden, los símbolos y distintivos que el Señor nos ha mandado. Tanto entonces como ahora, el olvido y el descuido en las cosas de Dios nos caracteriza.
La franja azul le recordaba su posición privilegiada, que pertenecía a Dios, no a sí mismo. Y nosotros, ¿a quién pertenecemos? ¡Al mismo Dios! Él nos ha redimido y nos ha hecho miembros de la familia de Dios. Al judío la franja azul le recordaba que debía gratitud y obediencia a su Dios y Redentor que le sacó de Egipto. Él los había redimido y hecho una nación. Cuando recordaban y guardaban Sus mandamientos, esto le agradaba y glorificaba.
Por eso, hermanos míos, recordemos siempre que hemos sido comprados por precio, no con oro y plata, sino con la sangre preciosa de Cristo. Nada de la salvación y el perdón puede ser comprado ni ganado por mérito. Todo lo debemos al Señor. Esta redención nos compromete igual como la de Israel. Quiero recordar “las sendas antiguas” (Jer. 6:16) que en nuestro caso incluye la doctrina apostólica. Nada de doctrinas y prácticas modernas, de novedades, de anular lo viejo e inventar algo nuevo. Me quedo con lo que Dios nos dio, con lo que el Señor indicó en Su Palabra, y estoy satisfecho con esto. No quiero nada más. ¡Ojalá que cada uno de nosotros puede decir lo mismo!

“No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Pr. 22:28) nos recuerda lo importante que es respetar lo que Dios ha establecido de generación en generación. El paso de tiempo y los cambios en la sociedad no deben afectar la herencia espirtual y doctrinal.
Es triste ver a hermanos que cambian lo que Dios ha enseñado en Su Palabra, para ir a un lugar y congregarse con los que hacen otra cosa, que no guardan ni respetan las sendas antiguas. Miran en pos de su corazón y sus ojos, y se prostituyen en lugar de guardar fielmente los mandamientos del Señor para los creyentes. Miran a lo contemporáneo, lo popular, lo que agrada los ojos, y no se acuerdan de la Palabra de Dios. Hacen lo cómodo, lo que quieren ciertas personas en sus familias, o sus amigos. Hay una palabra en Colosenses 1:10 que conviene recordar. Pablo oraba así por los colosenses: “para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo”. No tenemos que agradar al mundo, a los carnales, ni a nosotros mismos, sino a Dios. Crecer en conocimiento de Dios es un salvoconducto en la vida cristiana. Que el Señor nos ayude a conocer, recordar y guardar su Palabra, para Su honor y gloria. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 26 de junio, 2014