Tuesday, September 27, 2016

LAS BENDICIONES DE LA PIEDAD



Texto: Salmo 112

El salmista nos invita a vivir en las bendiciones de Dios. El primer versículo presenta la puerta o entrada a las bendiciones. Cuando uno quiere entrar en una casa o almacén, hay una puerta de acceso que debe usar, y es así en este salmo. El primer versículo dice que temiendo a Dios y deleitándose en Su Palabra “en gran manera” conducen a las bendiciones de Dios. Son cosas que le honran y le agradan (véase 110:10). El que se complace en obedecer y honrar a Dios será bendito, porque anda en comunión con Él.
    El versículo 2 promete bendición también sobre sus descendientes, y eso es algo que interesa a todo padre y madre. Nos preocupamos y pedimos por los de nuestra familia que no conocen al Señor o no le siguen, por la sencilla razón de que por afecto natural queremos su bien, y sabemos que su camino no conduce al bien. Y el Señor promete tenerlos en cuenta, lo cual es una bendición y un consuelo a los padres piadosos. El Salmo 25:12-13 dice: “¿Quién es el hombre que teme a Jehová? Él le enseñará el camino que ha de escoger. Gozará él de bienestar, y su descendencia heredará la tierra”. Esto no elimina la necesidad de arrepentimiento y fe de parte de nuestros hijos, por supuesto, porque no se salvarán por la fe de sus padres. Pero Dios tiene en cuenta la descendencia de los piadosos, y obra en sus vidas.
    El versículo 3 enseña que hay una justicia que no será quitada porque es un regalo de la gracia de Dios. No es la justicia de la ley, ni de las obras, sino la que viene por la fe (Ro. 4:5-6). Es la justicia de Cristo. También habla de “bienes y riquezas”, y aquí debemos pensar en más que lo material, aunque ciertamente el Señor provee para los Suyos. Pero las verdaderas riquezas son eternas (véase Lc. 16:11, “lo verdadero”). El tesoro en el cielo nunca se envejece ni pierde su valor.
    El versículo 4 dice: “resplandece en las tinieblas luz a los rectos”. El que anda en comunión con Dios tiene luz cuando los demás no la tienen. El Salmo 97:11 dice que “luz está sembrada para el justo”. La luz de Dios nos guía, y además nos afecta; produce piedad en el carácter y comportamiento. “Es clemente, misericordioso y justo”. El versículo 5 sigue con el fruto, diciendo: “tiene misericordia y presta; gobierna sus asuntos con justicia”.
    Promete el versículo 6 que “no resbalará jamás”. Tiene seguridad de salvación. “En memoria eterna será el justo”. Dios no le olvida, ni le desampara.
    El versículo 7 menciona que “no tendrá temor de malas noticias”. La muerte no le asusta como a los que no conocen al Señor. Teme a Dios (v. 1), no las circunstancias. Hay muchas malas noticias en el mundo hoy en día, y al oír de robos, homicidios, terremotos y otros cataclismos, la gente se preocupa. Pero los creyentes estamos en manos del Todopoderoso, y el que nos guarda no duerme (Sal. 121:3-4). “Su corazón está firme, confiado en Jehová”. No confiamos en promesas de hombres, ni ayuda de hombres, sino en el Señor. El que no anda en comunión con Dios, que no confía realmente en Él, cuando pase pruebas o necesidad siempre va buscando la ayuda de los hombres, porque en ellos confía. Pero Mateo 6 enseña que nuestro Padre celestial es quién nos cuida y provee todo lo que necesitamos. Salmo 91:1 dice:

    “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombre del Omnipotente”.

    El versículo 8 describe la bendición de tener asegurado el corazón y no temer, y además dice que verá su deseo en sus enemigos. Aquellos que no se arrepienten, que no se convierten, serán juzgados y castigados. Por esto el que anda con Dios puede dejar lugar para la venganza de Dios en lugar de vengarse a sí mismo. Aun nuestro Señor, cuando sufría, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga justamente. Y en cuanto a nosotros, nuestros enemigos peores son la carne, el mundo y el diablo. En el Salmo 118:7-9 leemos:

    “Jehová está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen. Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes”.

    El versículo 9 comenta otra vez algo del versículo 5, al decir que “reparte, da a los pobres”. Es bendecido, y es una bendición a otros, porque es generoso y misericordioso. Al decir “los pobres”, se refiere a los verdaderamente pobres, no los pobres por gusto, los mendigos profesionales. Da pena ver a esa gente que no quiere trabajar, y además enseña a sus hijos también a mendigar. No ayudamos a la gandulería, sino a los verdaderamente necesitados. Algunos de ellos son siervos del Señor, que renunciaron un empleo para dedicarse a la obra, y viven esperando en Dios. Debemos repartir, no retener, y siempre mostrar caridad y generosidad a los tales, ayudando prioritariamente a los de la familia de la fe (Gá. 6:10), pues así manda el Señor.
    El versículo 10 presenta un contraste final: la maldición de los que no creen. Ellos ven la bendición, pero no la experimentan. Y se irritan. Y se consumen. Y su deseo perece. No tienen nada. Aunque hayan ganado todo el mundo, pierden su alma, y perecerán destituidos de todo lo bueno. Así será para ellos por toda la eternidad. Es la otra opción: los que no quieren temer a Dios pueden vivir ahora como les parece, pero al final sufrirán terrible pérdida. El Salmo 86:17 dice: “Haz conmigo señal para bien, y véanla los que me aborrecen, y sean avergonzados, porque tú, Jehová, me ayudaste y me consolaste”. Debemos orar y pedir así siempre, y vivir en el temor de Dios, porque es la vida bendecida. Amén.

Wednesday, September 7, 2016

ESPERANZA EN MEDIO DE PRUEBAS


Texto: Job 8:21    

Bildad, aunque equivocado acerca del caso de Job, dice unas cosas preciosas acerca de Dios en este capítulo. Por ejemplo, los versículos 5-7, 9, 13 y 20 son verdades que debemos recordar. Cada uno merece meditación. Es difícil comprender todo lo que Job sufrió, pero el versículo 21 le daba esperanza. “Aun llenará tu boca de risa, y tus labios de júbilo”. Queremos pensar un poco en este versículo tan hermoso. Job no iba a sufrir siempre, sino que al final vendría alivio. Y esto es algo que nos da esperanza a nosotros los creyentes tantos siglos después. Al sufrir es importante recordar que sólo es un capítulo en el libro de nuestra vida, y no es todo, y no siempre será así.
    En el Salmo 126: 1-3 Israel se consolaba en tiempos difíciles con la esperanza de la intervención del Señor a favor suyo. “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan”.  También nosotros debemos pensar así y no perder la esperanza. Vienen mejores tiempos, y mientras tanto Dios da suficiente gracia para sostenernos en las pruebas, sacarnos de ellas y llevarnos adelante.
    Santiago 1:2-3 nos dice que el creyente pasa muchas veces por dificultades y pruebas. Es parte de la vida en este mundo lleno de pecado. Hay lucha con el diablo y no nos deja en paz. Él atacó a Job, luego a Zacarías, luego pidió zarandear a Pedro, y Apocalipsis 12 dice que acusa día y noche a los hermanos. Pedro le describe como león rugiente que anda buscando a quién devorar. Nuestro adversario es el príncipe de este mundo. De momento él gobierna aquí, y como somos de Cristo, él nos tiene del ojo izquierdo. Él diablo nos ataca de muchas maneras: problemas de salud, trabajo, tragedias y conflictos, necesidades, la crueldad e incomprensión de otros, la traición de familia y amigos íntimos, dudas, temores, etc.
    Pero hermanos míos, a veces nosotros mismos nos metemos en problemas por malas decisiones, en carreras o trabajos que nos consumen todo el tiempo, nos alejan de los que nos pastorean y cuidan espiritualmente, y nos privan de tiempo para reunirnos, leer la Biblia, orar y tener la comunión que tanto necesitamos. O nos metemos en situaciones donde nos quieren obligar a mentir o andar siempre en mal ambiente y con personas que son malos compañeros. Recordemos que el Salmo 1:1 declara la bienaventuranza de los que NO hagan esto. La separación del mal es importante para la salud espiritual.
    No hay nada difícil para Dios. Él puede darte lo que necesitas, pero escucha, lo que Él da no te perjudica espiritualmente. Las bendiciones de Dios no son dañinas. Pero hay que esperar en Él y seguir Su guía, no hacer las cosas confiando en nuestra propia sabiduría (Pr. 3:5-6).
    El Salmo 25:17 dice: “las angustias de mi corazón se han aumentado”. Así tenemos que orar cuando estamos en pruebas o luchando con temores. Oremos así y acerquémonos a Él. El versículo 18 pide misericordia y ayuda diciendo: “mira... mi trabajo”. Pero muchos no pueden decir esto porque no sirven al Señor sino a sí mismos. No le hacen ningún trabajo, ni siquiera vienen a las reuniones, ni leen la Palabra, ni la meditan, ni oran, ni testifican. ¿Qué pueden decir estos al Señor cuando vengan las pruebas? Pero el salmista ora como creyente fiel que busca ayuda del Señor y su tribulación. Cuando uno confía en el Señor y anda en comunión con Él, puede estar seguro de que vienen mejores tiempos. Cuando uno no anda así, para tener esta esperanza debe arrepentirse, apartarse de su pecado y cualquier cosa que tiene enredado su corazón, y echarse a los pies del Señor buscando Su misericordia y socorro. Tenemos un Dios compasivo y bueno, que quiere ayudarnos y hacernos bien. Dejémosle hacerlo, y confiemos siempre en Él. Amén.

Monday, July 11, 2016

EL IMPACTO DE UNA VIDA FIEL (Pablo ante los efesios)

Texto: Hechos 20:17-38

El apóstol Pablo estaba seguro de decir a los ancianos de la iglesia en Éfeso que no vería más sus rostros. Es triste pero verdad que en la vida llegamos al momento cuando no veremos más a ciertas personas. Para los creyentes la separación es temporal, pero para los incrédulos es para siempre. El inconverso va solitario a la eternidad, al castigo eterno, y no tendrá amigos ni compañía allá. Pero ¡cuán grata la reunión de los creyentes en la casa del Padre, el lugar donde como dice el himno: “Jamás se dice adiós allá”.
    Pablo iba a estar separado de estos hermanos y tenía cosas importantes que decirles en la despedida. Iba confiado porque sabía que les había enseñado todo el consejo de Dios. Por tres años de noche y de día no había cesado de amonestar a cada uno.
    Por causa de la verdad había venido a ser enemigo de muchos, y conocía bien la persecución. Pero tenía delante suyo a unos hermanos levantados y enseñados para el cuidado pastoral de la asamblea en Éfeso. Si en las iglesias en España se hubiera predicado y enseñado como Pablo, ¡qué diferencia habría hoy! Pero ahora parece que ha venido el tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina – no quieren oir cosas así. Hoy si hiciéramos una reflexión profunda, diríamos que las iglesias en muchas partes carecen de ministerio consagrado como el de Pablo, y de hombres consagrados como Timoteo, como considerábamos en el estudio anterior. Pablo les había instruido no sólo en el evangelio, sino también en la piedad y en todo lo que fuese útil (v. 20). La piedad sigjnifica cambios prácticos en la vida, pero no se enseña esto en muchos lugares hoy. Puedes decir muchas cosas en ministerio pero no te metas con la vida práctica, la familia, el matrimonio, los hijos, el trabajo, las prioridades, el dinero, las diversiones, etc. A los evangélicos no les molesta la teología en general, y los estudios secos, teóricos, de la Biblia, o las anécdotas, etc. pero la aplicación práctica de la piedad es otra cosa. Además, en las iglesias falta  liderazgo piadoso, algunos son más bien profesionales, y otros como funcionarios o dueños de tiendas que abren y cierran las puertas, ponen y apagan las luces a la hora señalada, y atienden a los que acuden para que estén a gusto – y poco más. Es como una vocación, como religiosos, pero mundanos, no como espirituales. Y tenemos que orar mucho al Señor pidiéndole que mande hombres consagrados. Y si los manda, hay que hacerles caso.
    Pablo fue un hombre radical, fue cambiado de perseguidor en perseguido. Hubo un cambio radical en su vida, y luego él influyó en Timoteo así como hemos visto en otro estudio. Timoteo aprendió de Pablo no sólo doctrina apostólica sino la vida de piedad, la práctica del cristianismo – “mi proceder en Cristo” (1 Co. 4:17). Aprendió la piedad y consagración de un hombre así, y los que no son así no pueden enseñarlo con eficacia. Por eso el mundo va ganando terreno ante una iglesia cada vez más mundana e impotente. Hoy en día se escucha hablar de “iglesias muertas” pero no hubo nada así en tiempos de los apóstoles.
    Y Pablo enseñaba a todos (v. 21) “arrepentimiento y fe”. Hay que arrepentirse de lo que desagrada y ofende a Dios, de lo que es inútil y malo. Hoy con el ambiente de tolerancia y respeto mutuo, la gente no ve por qué arrepentirse. Pero Pablo no aceptaba lo que Dios no, y demandó el arrepentimiento porque es lo que Dios demanda. Hermanos, Dios no tiene dos palabras, si nos dice “arrepentíos”, no va luego a retirar esto o enmendarlo. Del apóstol ellos habían aprendido “todo el consejo de Dios” (v. 27), tuvo un ministerio completo, no retuvo nada, ni se quedó hablando siempre y solamente de un tema favorito. La Biblia tiene 66 libros y el consejo de Dios es grande. Hay que enseñarlo todo.   
    Debido a esa clase de presencia y ministerio ellos tenían una gran responsabilidad (v. 28). “Por tanto, mirad por vosotros y por todo el rebaño”. Hoy esto se descuida mucho, pero especialmente la primera parte – la atención a la condición espiritual de los líderes, que ellos mismos deben poner y no descuidarse. A Timoteo Pablo le exhortó así: “ten cuidado de ti mismo, y de la doctrina...”. No es introspección sino vigilancia y diligencia en la vida y el carácter, y también en la doctrina. Hoy también la sana doctrina es descuidada y a los que insisten en ella se les llama “estrictos”, “severos”, “cerrados” y cosas así. Pero al Señor le importa la sana doctrina, pues no estamos autorizados a enseñar otra cosa.
    En los versículos 29 y 30 les advirtió que venían peligros – desde fuera y dentro. Había que vigilar y cuidar la entrada y también la fidelidad e integridad del ministerio. Hoy es todavía más necesario. Hoy vienen de seminarios e institutos y enseñan cosas liberales o viven de manera que desvía y daña al rebaño. Los dos tipos de ataques son peligrosos, pero el más dañino tal vez es el que viene de dentro, de personas que ya están en la comunión de la iglesia pero se levantan diciendo cosas perversas, buscando arrastrar tras sí a los discípulos. Quieren sacar un grupo y ser el líder. Quieren tomar seguidores de la iglesia e ir a formar un grupo nuevo con las ovejas robadas. Algunos incluso han entrado en iglesias con esto como agenda personal, buscando a través de contacto personal llevarse a la gente. No es nada nuevo. Pero la instrucción apostólica es velar, vigilar, para poderlo detectar y parar, porque cosas así dañan a la iglesia.
    En el versículo 31 vemos que por tres años no cesó de amonestarles. Pregunto: ¿Qué iglesia hoy soportaría tres años de amonestación día y noche? Si hubo razones entonces, ¡más hay ahora! Amonestar no es reñir, es advertir, enseñar y corregir como dice Pablo: “con lágrimas”. En Éfeso existía una idolatría muy arraigada – el culto a Diana de los efesios – y el enemigo era fuerte allí. Pero Pablo luchaba constantemente para sacar adelante a la iglesia y encaminar bien a los hermanos. No una o dos veces a la semana sino “día y noche”. ¡No vemos que Pablo tuviera mucho tiempo libre, tiempo de ocio! Había tomado su cruz para seguir al Señor, y su vida era un sacrificio vivo: “para mí el vivir es Cristo” (Fil. 1:21). Es trabajo hacer obra pionera, y es trabajo sacar adelante a una iglesia en este mundo. Requiere hombres consagrados y entregados, no perezosos sino dispuestos a negarse, privarse, soportar penalidades, y en general desvivirse para la obra del Señor. Nada de tomar un mes de vacaciones, de siempre estar dejando la obra para ir a visitar familia, etc. ¡A trabajar! Como dice el himno:
 
    ¡Trabajad! ¡Trabajad! Somos siervos de  Dios.
    ¡Seguiremos la senda que el Maestro trazó!
    Renovando las fuerzas con bienes que da,
    El deber que nos toca cumplido será.
    ¡Trabajad! ¡Trabajad! ¡Esperad, y velad!
    ¡Confiad! ¡Siempre orad! Que el Maestro pronto  volverá. 

Amados, no se puede hacer la obra del Señor sólo a ratos perdidos, en momentos libres. Hay que sacrificar, por amor al Señor y a las personas. Lo curioso es que muchos se sacrifican para estudiar y sacar una carrera, para subir en el trabajo, para destacar en el deporte, o en la música u otra cosa, pero no para la vida espiritual ni la obra del Señor. Es trabajo constante. Si no está con los creyentes, está estudiando, orando por ellos, o está afuera testificando. Pablo no cesaba de trabajar y servir al Señor. Entonces, después de haber servido así entre ellos, en el versículo 32 les encomienda al Señor y a Su Palabra. Había hecho bien su trabajo y podía dejarlos en manos del Señor.
    En los versículos 33-35 les recuerda que no lo había hecho buscando dinero, sino el bien de ellos. No es una carrera, una vocación, sino un sacrificio. Cita las palabras del Señor Jesucristo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Hoy parece que pocos lo creen, pero todavía es verdad. Somos salvos para dar, no para que nos den, y hay gozo en ofrendar así y ayudar a otros. Habría que preguntar quién tiene hoy esa bienaventuranza.
    Entonces, en los versículos 36-39 se despidió de ellos orando de rodillas, y ¡qué escena tenía que ser aquella! Les dolía la despedida, pero ¡qué reunión tendrán en el cielo! Allá, el Señor promete: “descansarán de sus trabajos” (Ap. 14:13).
    Hermanos, todavía estamos en este mundo con oportunidad de servir al Señor. Tenemos que mirar por nosotros mismos y saber bien lo que creemos y por qué. Tenemos que mantener lo que el Señor dice en Su Palabra. No hay rebajas en ella. Aunque digan que somos fanáticos, radicales o estrictos, tenemos que responder que estamos asidos de la Palabra de Dios. El Señor no está con la muchedumbre sino con los creyentes fieles, sin importarle cuántos son, así que cobremos ánimo y vayamos adelante, esperando la venida del Señor. Amén.

RECHAZADO


Texto: Hechos 18:5-11

Duele mucho ser rechazado cuando testificamos, pero así es el mundo en que nos toca vivir. No sólo le rechazan al Señor, que es lo peor, sino que también a nosotros – y esto nos hace difícil el trabajo, porque como seres humanos que somos, con nuestros debilidades y fallos, nos cuesta soportar el rechazo y mantener el ánimo.
    El apóstol Pablo aparentemente acabó tan dolido por esa reacción mencionada en el versículo 6, “oponiéndose y blasfemando”, que luego el Señor tuvo que acercarse (vv. 9-10) para animarle y prometerle protección. La promesa que le dio todavía está vigente en nuestros días.
    Cuando hablemos de Cristo el diablo se enfurece, y lo expresa en la cara y la voz de los inconversos – puede ser un vecino, un amigo o nuestra propia familia – pero nos trata con rechazo, desprecio, y hasta blasfeman a veces. Esto es duro de soportar, nos duele ver y sentir la dureza del ser humano ante el amor y la verdad de Dios. Pero recuerda que Dios lo tiene que ver y oír todos los días, muchísimo más que nosotros, y Él nos llama a la comunión con Él. Así que aun en lo que sufrimos porque testificamos tenemos comunión con el Señor. Mejor es identificarnos con Él, pues 2 Timoteo 2:12 promete: “Si sufrimos, también reinaremos con Él”.
    Cada día la gente se vuelve más dura, resistente y antipática, pero el Señor sufrió en la cruz para traernos el evangelio y debemos ser fieles anunciadores. A Él le tocó morir por los pecados de la humanidad; a nosotros nos toca anunciar Su muerte y resurrección. Visto así, es un privilegio y una gran responsabilidad. Debemos ser incansables y no tímidos en el trabajo que el Señor nos encargó. Él dio la cara por nosotros en la cruz, y podemos dar la cara por Él ante los inconversos, pues nunca vamos a sufrir tanto como Él.
    En 2 Timoteo 3:12 se nos dice que “todo el que quiere vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerá persecución”. Realmente tenemos que esperar esa reacción, pues el Señor mismo nos advirtió de antemano, en Juan 15:18-20 y Juan 16:2 y 33.
    El Señor quiere que recordemos que si nos rechazan por Su causa, somos bienaventurados. Pero no si nos rechazan por nuestro carácter malo, fallos, inconsideración, etc., sino por causa de Cristo. Si un creyente se porta de forma descortés, falta respecto, no hace bien su trabajo u otros cosas así, luego no diga: “me persiguen” cuando la gente reacciona, pues es culpa suya y no tiene nada que ver con el Señor. No usemos el nombre del Señor como excusa para justificarnos si hacemos mal y sufrimos por ello. La Palabra dice: “ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno” (1 P. 4:15).
    Pero somos todos llamados a seguirle al Señor y anunciar fielmente Su mensaje, aun pese a las reacciones negativas: la crítica, el rechazo, el ostracismo, la blasfemia y aun la violencia. Hechos 18 habla de la reacción violenta de la gente en Corinto, de la sinagoga, y debemos saber que los religiosos a veces se portan peores que otros. El Señor le dijo (v. 10) “estoy contigo” y “ninguno pondrá sobre ti la mano”. Con esto le motivó a seguir las órdenes del versículo anterior: “no temas, sino habla, y no calles” (v. 9). Había que seguir predicando en Corinto. Ora por los rechazadores (Mt. 5:44), encomienda el caso al Señor (1 P. 2:23), y sigue sirviendo al Señor. Antes, en Filipos Pablo había sido acusado falsamente, azotado y encarcelado. Luego en el templo en Jerusalén le asaltaron queriendo matarlo (Hch. 21:30-31), pero cuando le rescataron de la turba los soldados romanos, enseguida él quiso predicar a esa misma multitud. ¡Cuánto le agrada al Señor tener fieles mensajeros así!
    David dijo en el Salmo 23:5, “aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores”. El rechazo trae angustia – los familiares y amigos que no quieren escuchar, que critican y se ponen duros, incluso blasfeman – esto nos duele porque ellos así se convierten en nuestros angustiadores.
    Pero el Señor da poder diario para sufrir cosas así y todavía serle fiel y seguir adelante. No bajemos la guardia, ni tiremos la toalla, porque es exactamente lo que el diablo quiere. Hagamos la voluntad del Señor, no la del diablo.
    David dijo: “mi copa está rebosando”. El que tiene sus fuentes en Dios tiene recursos suficientes para caminar en un mundo opuesto al Señor y al evangelio. El Señor nos apoya, nos anima, y nos dará bendición ahora y sobre todo en Su casa para siempre. Seámosle fieles ante la oposición y la dureza de otros. “No temas, sino habla, y no calles” (Hch. 18:9). Amén.

Monday, March 7, 2016

LA FE DE CALEB


Texto: Josué 14:1-15

En este pasaje vamos algo importante acerca del personaje de Caleb, que a los 80 años era todavía fuerte y fiel. Esta perseverancia nos llama la atención, en buen sentido, porque nos anima a seguir.
    Los versículos 1-5 hablan del reparto de la tierra bajo Josué y cómo se hizo. Dice el versículo 5, “de la manera que Jehová lo había mandado, así lo hicieron”. Esto es algo que da gozo al corazón de Dios, cuando hagamos las cosas cómo Él mandó, no según nuestro parecer.
    Pero en la siguiente sección, vemos en el versículo 8 un recuerdo del fracaso de la mayoría en aquel tiempo cuarenta años atrás cuando llegaron a Cades. Los otros espías hicieron desfallecer el corazón y ellos y el resto del pueblo fueron infieles. Josué y Caleb testifican que la fortaleza viene del Señor. Los demás cayeron ante los enemigos – retrocedieron por miedo y falta de fe. Huyendo de una posible muerte (según ellos) a mano de los gigantes de Canaán, cayeron en el desierto durante los próximos cuarenta años hasta terminar con toda su generación excepto Caleb y Josué. Después de miles de años, los enemigos de la verdad, si en algo han cambiado, sin más numerosos y fuertes que entonces eran los cananeos. Así que nosotros, como estos dos varones de fe, necesitamos también poner los ojos en el Señor y recordar Sus santas y sabias instrucciones.
    Donde hay lucha siempre hay triunfo, y puede ser nuestro si perseveramos como Caleb. En los versículo 9 y 10 él testifica de su fuerza en la vejez, y observamos que no se jubiló. Estaba listo para la batalla porque se acordaba de las promesas de Dios. El versículo 9 dice: “ciertamente...será tuya”. Luego, en el versículo 10 leemos: “Jehová me ha hecho vivir” – no su propia astucia, ni el ejercicio, la suerte, los genes, las vitaminas, etc., sino por la fe en el Señor y Su Palabra. El versículo 14 dice que fue bendito al final y se le dio esta tierra/ciudad porque “había seguido cumplidamente a Jehová”. Hermanos, ¡qué importante es seguir este ejemplo en todas las edades de nuestra vida, seamos jóvenes o viejos!
    Muchos comienzan bien, pero pocos terminan bien. En Números 13:28-29, está el mal testimonio de los diez espías que sólo veían problemas e imposibilidades. Pero en el versículo 30 Caleb les hizo callar y animó a todo el pueblo a subir y confiar en el Señor. Los versículos 31-33 cuentan la mala respuesta de ellos. Es tremendo como descontaron todos los racimos de fruto, etc. que vieron, por miedo a enemigos que ni siquiera habían visto. Y el capítulo 14 cuenta cómo toda la congregación gritó, dio voces y lloró. Además, se quejaron contra Moisés y Aarón. Esto pasa hoy en día también, con los que “se convierten” superficialmente cuando hay problemas, pero luego se vuelven al mundo. Viven por las circunstancias, no por la fe; por el espíritu de la carne, no por el Espíritu de Dios.
    Entonces, ante el deseo del pueblo (Nm. 14:3-4) de volver a Egipto, Josué y Caleb reaccionaron y hablaron a todos para tratar de cambiarlos. El versículo 8 resume su argumento basado en la fe en el Señor: “Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel”.  El Espíritu quiere ayudarnos a vivir de esta manera, porque es verdad que vivimos para agradar al Señor, no a nosotros mismos. En el versículo 9 advierte: “No seáis rebeldes” y exhorta: “no temáis”. Pero el temor se apoderó del pueblo porque le faltaba espiritualidad – eran carnales, y por lo tanto, infieles y auto gobernados. Vemos repetida esta historia en el pueblo evangélico en nuestros tiempos, que padece de carencia de personas espirituales y abundancia de carnales. El vínculo que unía a Caleb y Josué era la fe, es es lo que nos un en la iglesia para que seamos de un mismo sentir, de una misma mente. Pero la posición de Caleb y Josué no era popular (vv. 6-9), y el pueblo en lugar de arrepentirse, habló de apedrearlos (v. 10).
       Las dudas y la carnalidad del pueblo le hizo débil. La fe de Josué y Caleb les hizo fuertes. Cuarenta años más tarde, toda esa generación había muerto y sólo quedaban ellos dos. Entonces, Caleb al entrar en la tierra que había esperado cuarenta años para entrar, y con todo y ser viejo, pidió lo más difícil (v. 15):  la ciudad de los gigantes, aquellos hijos de Anac cuya mención había aterrorizado al pueblo en Cades. “Dame este monte” (v. 12). Un monte representa una dificultad, y cuánto más si es habitado por gigantes en una ciudad fortificada. Pero era de la tierra prometida, por lo tanto y por eso era bueno. Estaba ahí la cueva de Macpela, la sepultura de Abraham, patriarca de la nación y amigo de Dios. Esto lo hizo un lugar especial. Todo esto era una provisión de fe, y Caleb confiaba en el Señor. Al final tomó la cuidad, la conquistó en su vejez – una cita que tenía hace cuarenta años con aquellos gigantes. Y ese monte vino a ser su heredad personal. ¡Qué triunfo de fe! Convirtió aquel monte de dificultad en un lugar de testimonio de fe y acercamiento a Dios.
    Entonces, vemos en este capítulo lo importante que es la fe – la confianza en Dios y la fidelidad de Dios. Esto agrada al Señor y Él puede darnos fuerza para perseverar y ver la bendición como Caleb. No pensemos en dejar la lucha ni en jubilarnos de la vida cristiana, pues el Señor está con nosotros todos los días.
    Como contraste vemos en 2 Crónicas 16 lo que pasó en los tiempos del rey Asa, después de la gran victoria que tuvo sobre un enorme ejército en el capítulo 15. Después, se equivocó porque temió a otro enemigo y no puso su confianza en el Señor. El vidente le reprende (vv. 7-9), y le recuerda que Dios ve a los que tienen corazón perfecto. Esto nos lleva nuevamente a pensar en Caleb y Josué, que entre los de su generación destacaron porque creyeron a Dios y fueron fieles. Mis hermanos, esto es lo que Dios desea ver también en nosotros. Que así sea para la gloria del Señor.
 
De un estudio dado por Lucas Batalla el 1 de mayo, 2011

EL FRACASO DE ROBOAM



Texto: 2 Crónicas 10-12

Las decisiones que tomamos tienen consecuencias. El rey Salomón había comenzado bien, pero terminó mal debido a malas decisiones que tomó y errores de corazón. Entonces vinieron más consecuencias, porque muerto él, y vivos sus enemigos, su hijo Roboam cometió errores al principio que causaron la división del reino. Roboam ilustra el caso de muchos adultos jóvenes que, criados en las cosas de Dios, aparentemente no han adquirido sabiduría. Sus creencias son teóricas, y en la práctica fracasan.
    Los versículos 1-4 del capítulo 10 relatan cómo vino toda la nación a Siquem y Jeroboam con ellos, y hablaron con Roboam pidiendo alivio del duro yugo de Salomón. Entonces, en el versículo 5 él les señaló un tiempo de tres días para consultar y tomar la decisión. Es bueno tomar un tiempo así para considerar el camino y consultar al Señor, pero Roboam sólo consultó a los hombres. Primero habló con los ancianos (v. 6) que habían estado con su padre. “¿Cómo aconsejáis...?” preguntó, y en el versículo 7 esos hombres de experiencia le aconsejaron. Pero parece que pidió consejo por curiosidad y no con intención de aprender y hacer lo bueno. El versículo 8 dice: “Mas él, dejando el consejo que le dieron los ancianos, tomó consejo con los jóvenes que se habían criado con él”. Muchas veces los jóvenes piensan que saben mejor, pero no siempre es así, como el texto demuestra. Buscan consejo entre sí, sin preguntar a los piadosos con años de experiencia y conocimiento de la Palabra de Dios que podría ayudarle. Recordemos que en la iglesia Dios pone a ancianos para el pastoreo, y esta palabra enfatiza los años y la experiencia y sabiduría que tienen, siempre que sean piadosos, por supuesto.
    Entonces, vemos en los versículos 13-14 que decidió seguir el consejo de los de su edad, y esa decisión provocó el fracaso – el pueblo reaccionó mal y no le siguió. Más adelante leemos así: “Viendo todo Israel que el rey no les había oído”, le rechazaron y se apartaron. Ahora bien, el versículo 15 dice que la causa era de Dios, y así fue por supuesto, pero esto no quiere decir que Roboam no tuviera culpa. Él se equivocó e hizo mal, y Dios le permitió seguir así y ver las consecuencias porque tenía que venir el juicio prometido. Sin embargo, la mala decisión la tomó Roboam, no Dios. Roboam ni siquiera consultó a Dios, y Dios no intervino ni le habló sino que permitió ese rumbo de error como parte del juicio. No confundamos las cosas.
    En el capítulo 11 vemos la infelicidad de Roboam (vv. 1-4). Quiso unir el reino y restaurarlo todo bajo la dinastía davídica, pero Dios le advirtió que no lo hiciera. “Vuélvase cada uno a su casa, porque yo he hecho esto” (v. 4).  Parece que todavía deseaba seguir el consejo de los jóvenes que querían hacer las cosas con fuerza. Tenía la corona, la ley, el templo, los sacerdotes y levitas (v. 13), pero no la bendición del Señor. La tradición y el derecho no son suficientes. Si edificamos o velamos sin el Señor, lo hacemos en vano.
    En los versículos 18-21 Roboam repitió el pecado de su padre, tomando dieciocho esposas y sesenta concubinas. Engendró veintiocho hijos y sesenta hijas, seguramente pensando que así garantizaría que habría descendiente suyo sobre el trono. Así funciona la lógica humana, y en eso también vemos que no confió en el Señor ni le obedeció (Dt. 17:17).
    En el capítulo 12 Roboam manifestó la rebeldía y fue castigado. “Dejó la ley de Jehová, y todo Israel con él” (v. 1) El versículo 2 dice: “en el quinto año”, dejándonos saber que Dios esperó cinco años un cambio de actitud en Roboam. Le dio tiempo, pero él no lo aprovechó. Entonces Dios envió contra él a Sisac rey de Egipto con su ejército, y llegaron hasta Jerusalén. En el versículo 5 aparece un profeta, Semaías, que dijo de parte del Señor: “Vosotros me habéis dejado, y yo también os he dejado en manos de Sisac”.  La derrota sirve para que haya una humillación y arrepentimiento para que pueda haber luego bendición. Son las lecciones que aprendemos a base de golpes.
    Lo bueno es que dicen los versículo 6 y 2 que se humillaron los príncipes y el rey. Respondió en el versículo 7 como hizo en Jonás 3 con Nínive cuando se arrepintieron. Hermanos, si nos humillamos ante el Señor, y le preguntamos: “¿Cuál es Tu camino? ¿Qué quieres que haga?”, Él responderá y nos enseñará. Él ha puesto guías espirituales en la asamblea para ayudarnos, pero ¿quién los consulta y quién hace caso del consejo bíblico? Muchas veces tiene que venir castigo y dificultad para que lleguemos a esa condición de humildad y receptividad a la guía de Dios. Es asombroso cuán obstinados pueden ser los cristianos a veces; especialmente cuando se empeñan a salirse con la suya y hacer las cosas como les parece. La escuela de la experiencia triste tiene matrícula cara, y sus lecciones son inolvidables. Proverbios 15:21se aplica aqui: “La necedad es alegría al falto de entendimiento; mas el hombre entendido endereza sus pasos”. Para eso tenemos la Palabra de Dios: “lámpara es a mis pies tu palabra” (Sal. 119:105). Hay que orar, leer y obedecer.
    El versículo 8 relata que Dios, aunque no permitió la destrucción de Jerusalén, les sujetó a la servidumbre para enseñarles y hacerles depender del Señor. Permitió el despojo de los tesoros (v. 9), pero no la destrucción. En los versículos 10-11 vemos cómo reemplazaron los escudos de bronce por los de oro que habían perdido. La apariencia seguía más o menos igual, pero la gloria no era como antes. Cuando pecamos contra el Señor sufrimos pérdida. Podemos mantener las apariencias y seguir la rutina ante los demás, pero la verdad es que es caro pecar y aunque perdonados, sufrimos pérdida.Los versículos 13-16 resumen la vida de Roboam. Dios da el análisis espiritual: “E hizo lo malo, porque no dispuso su corazón para buscar a Jehová” (v. 14). He ahí la clave, cómo él dispuso su corazón, que era su responsabilidad humana. Todos nosotros tenemos la misma responsabilidad, y hay consecuencias que siguen la disposición de nuestro corazón. En cuanto a Roboam, en su reino hubo conflicto perpetuo. Hermanos, cabe preguntar: ¿qué resumen dará Dios de mi vida? Dispongamos el corazón para buscar al Señor, oírle, obedecerle y seguirle siempre. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 20 de mayo, 2012

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Texto: Hechos 6:1-7
 
La historia en Hechos nos enseña que crecía la iglesia y también los problemas. Los apóstoles eran los responsables de la iglesia nacida en Jerusalén, y tenían que buscar soluciones. Un problema era la que menciona nuestro texto, que algunos se quejaban de que sus viudas no eran tan bien atendidas como otras. El descontento produjo murmuración, y había que hacer algo para asegurar la equanimidad en el reparto diario.
    Observamos primero en el versículo 1 que ese problema no era doctrinal, sino una cuestión práctica de la distribución de comida, fruto de roce entre hermanos, de procederes, la manera de hacer las cosas. En toda congregación pueden surgir conflictos por cosas así, y pueden surgir por malos entendidos o diferentes opiniones acerca de los trabajos prácticos. Hasta cierto punto son cosas normales entre seres humanos, pero en la iglesia el diablo busca aprovecharlas para arruinar la unidad y el ánimo de los hermanos.
    En el versículo 2 leemos que entonces los doce, que eran los responsables de la iglesia, convocaron a la multitud –eso es– a todos los creyentes. ¿Por qué? Porque era algo que afectaba a todos, y es bueno convocar y dar al conocimiento de los hermanos lo que afecta a todos. Lo primero que dijeron era: “No es justo”. Probablemente era una frase escuchada en las murmuraciones acerca del cuidado de las viudas. “No es justo que unas tengan más que otras”, o algo así. Pero los apóstoles hablaron de otra cosa. Tenían bien ordenadas sus prioridades. La Palabra de Dios debe tener preeminencia, porque no es justo cambiar el pan del cielo por pan de mesa. Habían recibido una comisión del Señor: “Haced discípulos... enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19-20). Su deber era predicar el evangelio, enseñar la Palabra de Dios, y por supuesto orar. ¿Podían servir mesas, esto es, meterse en el reparto diario? Claro que sí, pero otros podían hacerlo también, y sabían muy bien que sería injusto dejar de hacer lo que el Señor les mandó.
    “Buscad”, dijeron el el versículo 3, y observad lo que sigue: “de entre vosotros”. No de los de fuera, no de seminarios o institutos bíblicos o escuelas de discipulado, sino de entre los mismos hermanos de la congregación en Jerusalén. No hacía falta alguien con doctorado, con estudios en idiomas originales ni nada así. Se trataba de la distribución y el cuidado de las viudas de los creyentes, y para esto la ayuda necesaria no iba a venir de fuera. Dicen: "siete varones", no mujeres, pero no varones cualesquiera, sino espiritualmente preparados y aptos. Observemos las cualidades nombrados por los apóstoles, porque son muy importantes. Primero: “de buen testimonio”, porque es necesario tener la confianza de los hermanos y no tener mala fama si quieres servir. Luego: “llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, son dos cosas imprescindibles. Ahora bien, todo creyente tiene el Espíritu Santo, pero no todos se dejan controlar por Él como deben, y es una lástima. Es bueno que todo el que trabaje o sirva en cualquier cosa asociada con la iglesia sea lleno del Espíritu, y cuando no es así, hay problemas. Lo mismo se puede decir acerca de la sabiduría, porque se trata de sabiduría espiritual, no carnal. No astutos, ni sabiondas, sino sabios con la sabiduría que desciende de lo alto. Y dijeron: “a quienes encarguemos de este trabajo”. Los apóstoles les dieron un trabajo específico, que era la distribución diaria a los necesitados. Eran servidores, no oficiales de la iglesia. La palabra “diácono” significa “servidor” o “serviente”. No se volvieron los tesoreros de la iglesia, no controlaron las finanzas, sino que ayudaron a los apóstoles quitándoles la necesidad de supervisar el reparto de comida. Era algo específico, práctico y personal, asignado por los ancianos.
    ¡Qué triste es que hoy en día sólo unos poquitos quieren trabajar en la iglesia. No sé si podríamos hallar a siete varones así en una sola congregación. También hay trabajos que las hermanas pueden hacer, y todos podemos ayudar. Pero la mayoría deja a unos poquitos hacer todo. Pero aquí los apóstoles en los versículos 2 y 4 anunciaron que tenían sus trabajos que no debían dejar, y que otros tenía que colaborar. Había que delegar trabajo, y es bueno cuando los hermanos colaboren y no se queden mirando mientras que los mismos pocos hacen todo. Demasiadas veces hoy en día los ancianos de las iglesias se encuentran haciendo trabajos que quitan tiempo de su responsabilidad principal, pero no hay remedio porque los otros hermanos no colaboran. Mirad, hermanos, cada uno usa el local de reunión. Por ejemplo, todos usamos la puerta. Todos pisamos el suelo. Todos usamos los servicios. A todos nos gusta comer y beber cuando hay comida o refrescos. ¿Por qué no pueden más hermanos colaborar por ejemplo en la limpieza y el mantenimiento del local? ¿Es tal vez porque no están llenos del Espíritu Santo y de sabiduría?
    En el versículo 5 vemos a los elegidos, no por votación como en una campaña política, sino por acuerdo común entre los hermanos. Leyendo los nombres de estos siete hombres, vemos que los primeros dos nombrados, Esteban y Felipe, ocupan los siguientes dos capítulos donde vemos qué clase de hombres eran. ¡Ojalá que las iglesias hoy en día tuvieron hombres como ellos!
    En el versículo 6 leemos: “a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos”. Los presentaron ante los apóstoles porque iban a ser ayudantes suyos, y para que fuesen reconocidos y encargados públicamente. La imposición de manos no era para transferir poderes ni nada así, sino para identificarles ante todos.
    Y en el versículo 7 leemos el resultado. Crecía la Palabra, que es lo más importante, y el número de discípulos iba en aumento. El crecimiento así notado demuestra que el problema había sido resuelto y otra vez había armonía y unidad entre los hermanos. El Salmo 133 pronuncia bendición sobre los hermanos que viven así. Las contiendas, el chismeo, el protagonismo de algunos que quieren figurar, la envidia, la murmuración y la formación de partidos y círculos exclusivos de amigos en la iglesia – son cosas que la arruinan. Pero allá en Jerusalén, resuelto el problema, los apóstoles siguieron dando todo su tiempo a la oración y la enseñanza de la Palabra, y otros hermanos cuidaron las otras cosas.
    Pero, cuando los miembros no hacen nada, esto también arruina a la iglesia. 1 Corintios 12 habla de como en un cuerpo los miembros tienen cuidado unos de otros. Así debe ser, pues indica un cuerpo sano. Pero  ¿sabes qué te digo? Que si no estás lleno del Espíritu Santo, nunca servirás al Señor. Pero lleno del Espíritu dirás: “No yo sino el Señor”. Querrás hacer todo para la gloria del Señor. Dejarás de ser uno que asiste y mira, y vendrás con ganas de ayudar y colaborar. Buscarás la gloria de Dios y el bien de tus hermanos porque el Espíritu Santo si te controla te guía a amarlos y obrar para su bien. Algunos hermanos necesitan despertarse y poner manos a la obra. ¿Eres uno de ellos? Reconoce de una vez que no eres tuyo, sino que debes vivir para glorificar al Señor (1 Co. 6:19-20). Presenta tu cuerpo en sacrificio vivo al Señor (Ro. 12:1). Sé lleno del Espíritu (Ef. 5:18), y pídele al Señor la sabiduría para hacer bien (Stg. 1:5). Que así sea para la gloria del Señor.

de un estudio dado por Lucas Batalla el 27 de septiembre, 2012