Friday, October 19, 2018

CLAMA A MÍ


Texto: Jeremías 33:1-8

El mundo está fatal, hermanos, y no verá mejora. Asimismo, en el tiempo de este texto, Jerusalén estaba fatal y venían todavía más juicios. Dios tenía a Jeremías en la ciudad advirtiéndola, pero no lo aceptaron. Además de eso, le hacían sufrir, probablemente queriendo hacerle callar. En este capítulo Jeremías está en el patio de la cárcel porque había predicado fielmente la Palabra de Dios. El pueblo de Israel rechazó a Dios y a Sus mensajeros, en este caso era Jeremías, pero otros profetas vieron las mismas actitudes (2 R. 17:14-15; Jer. 7:25-26). Hoy también es lo que uno puede esperar si es fiel en proclamar lo que Dios dice – el mismo “pueblo de Dios” le ignorará o intentará hacerle callar.   
    Así que, Jeremías se encuentra en una situación de desaliento, pero Dios le alienta. En el versículo 2 le recuerda que Él hizo todo, tiene gran poder y sabiduría. Le recuerda Su Nombre. Es como si le dijera: “¿Te acuerdas de quién soy yo?”  En Él tenemos que meditar cuando suframos. Jeremías sufrió por ser fiel a Dios, pero no había que dudar ni echarse atrás. Pedro en su primera epístola nos dice: “si alguno padece como cristiano, no se avergüence...” (1 P. 4:16).
    Dios invita a Jeremías a clamar a Él (v. 3) y promete responder – es una gran promesa alentadora que le vino en tiempo de sufrimiento. Los versículos 4 y 5 recuerdan la situación de sufrimiento y pérdida para toda la ciudad, y en el versículo 6 Dios promete: “yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré”. Primero los castigó por su comportamiento impío, y luego los sanó. En esto encontramos una aplicación para nosotros. Hebreos 12 dice que Dios también tiene que castigarnos por nuestro comportamiento, y el que esté sin castigo no es hijo. Pero nos castiga para nuestro bien, no nos desecha, nos educa. Entonces no hay que desmayar, sino aceptar y aprender las lecciones que Él nos quiere enseñar.
    Los versículos 12-18 también hablan de bendiciones futuras para Jerusalén, cuando venga Él que tiene que gobernar. Como Israel, nosotros también debemos cultivar la vista larga, no corta, y recordar los propósitos y las promesas de Dios. Cuando hay rechazo, cuando sufrimos, recordemos que Él tiene grandes planes para bien. Y así en tiempos difíciles o malos no nos olvidaremos ni nos apartaremos de Él, ni daremos lugar a la amargura.
    Volvamos al versículo 3, donde Dios da a Jeremías (y a nosotros) la receta: “Clama a mí”. Lo que solemos hacer, si somos honestos, es clamar a los hombres buscando su ayuda, antes que clamar a Dios. Y tristemente, a algunos les gusta que clamen a ellos, porque así se sienten importantes o poderosos, como filántropos. Pero dice: “Clama a , no a ellos. Cualquier problema que tengas: “Clama a mí” es el consejo. El Señor quiere que acudamos y esperemos en Él. Promete: “Y yo te responderé”. No clamaremos a Dios en vano. Él responde con sabiduría, poder y amor. A veces la respuesta puede ser “no”, o “espera”, o “sí” u otra cosa. Sigue y dice: “y te enseñaré”. Hay cosas que todavía no sabemos, cosas que nos alentarán, darán gozo, nos aclararán los valores, nos ayudarán a orientarnos. Hay esperanza para el pueblo de Dios.
    Entonces, Jeremías clamó, y el Señor le sacó vivo del terrible castigo de Jerusalén. El testimonio de Jeremías bien podría expresarse con las palabras de David en el Salmo 34.
    “Me libró de todos mis temores” (v. 4).
    “Este pobre clamó, y le oyó Jehová y lo libró” (v. 6).
    “Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias” (v. 17).
    Este testimonio y esta promesa nos animan a resolver nuestros problemas por medio de la oración – clamando al Todopoderoso. Hermano, hermana, Él te escuchó para salvarte, y te escuchará para ayudarte. Clama a Él.

Lucas Batalla, de un estudio dado el 23 de septiembre, 2018

Thursday, October 18, 2018

Ezequías y el Avivamiento


Texto: 2 Crónicas 29

Ezequías fue hijo bueno de padre malo. Pero puso a Dios antes que la familia, porque no imitó lo malo sino lo bueno (3 Jn. 11). Nosotros los creyentes que somos padres debemos dar ejemplo bueno a nuestros hijos, pero Acáz no era creyente. Era malísimo como vemos en 2 Crónicas 28:19-28. Usaba el poder y la autoridad del rey para hacer mal, y acabó mal. El versículo 27 dice que no lo metieron en los sepulcros de los reyes, eso es, que le dieron una sepultura inferior porque ni muerto era digno de estar al lado de otros reyes.
    Entonces su hijo Ezequías, de veinticinco años de edad, subió al trono y se dio a conocer como rey bueno y piadoso. El versículo 2 dice que hizo lo recto, no ante los judíos, sino ante Jehová. Al decir “conforme a su padre David” eso es porque usaban “padre” para referirse también al abuelo y otros antepasados. Ezequías escogió el buen ejemplo del pasado, de David, y lo siguió. No fue contemporáneo como había sido su padre Acaz (véase Jer. 6:16). Hoy también hay muchos como Acaz en las iglesias, que quieren ser contemporáneos y cambiar todo, y no siguen el patrón fiel de antaño. No los imitemos, hermanos, sino seamos fieles al Señor y al patrón que Su Palabra da. En el primer año de su reino, Ezequías deshizo lo malo de su padre – no siguió la mala tradición. Abrió las puertas del templo y las reparó (v. 3). Hizo venir los sacerdotes y levitas, porque estaban lejos, apartados, ya que bajo Acaz no se les había permitido celebrar el culto a Jehová. Sus problemas empezaron cuando Acaz envió el diseño del altar en Damasco y el sumo sacerdote, en lugar de oponerle y pararle, se sometió e hizo lo que el rey mandó, en lugar de seguir lo que Dios mandó. No podemos ceder así a cambios sin que vengan malas consecuencias. Al final Acaz había cerrado el templo. Pero su hijo Ezequías lo abrió. En el versículo 5 mandó a los sacerdotes tres cosas: (1) santificarse, (2) santificar la casa de Jehová, (3) sacar del santuario la inmundicia. Esto último nos recuerda como nuestro Señor Jesucristo purificó el templo, sacando a todos los vendedores.
    Entonces, en los versículos 6 y 7 Ezequías declara por qué el cambio. Reconoce la maldad de los padres. “Nuestros padres se han rebelado”: hicieron lo malo, dejaron al Señor, apartaron sus rostros, le volvieron las espaldas, aun cerraron las puertas del templo, apagaron las lámparas, no quemaron el incienso ni sacrificaron holocausto. Como venimos diciendo, todo eso comenzó cuando el sumo sacerdote Urías fue infiel a Jehová y cedió al capricho de Acaz e hizo el altar pagano (2 R. 16:10-20). Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
    Por tanto, en los versículos 8 y 9 vemos las consecuencias: la ira de Dios, turbación, execración y escarnio. ¡Tanta mortandad, pérdida y tristeza! Es triste cuando los padres son infieles y traen juicio y pérdida sobre sus hijos.
    En el versículo 10 Ezequías anuncia lo que va a hacer: “yo he determinado hacer pacto con Jehová”. Vemos que escogió lo bueno, y usó su voluntad para bien. Cada uno de nosotros debe dejar de pensar y actuar como víctima, y determinar como Ezequías hacer lo bueno. No hizo referendum, ni esperó saber la opinión de la mayoría, sino decidió hacer lo recto. Usó su influencia y responsabilidad para apartar la ira. Hermanos, no hay avivamiento sin arrepentimiento, sin santificación, sin sacar la inmundicia, sin comprometerse con Dios. El avivamiento no viene por poner música marchosa, ni por cambiar la hora del culto, ni por imitar al mundo – dejando a las mujeres hablar – poniendo juegos para los jóvenes – metiendo la psicología – guardando fiesta de San Valentín o Navidad – ni por conseguir un local nuevo ni nada así. Tiene que haber reconocimiento de pecado, arrepentimiento, clamor al Señor y limpieza que quita lo que está mal. Hagamos un cambio, una marcha atrás, volviendo a lo bueno. No pidamos permiso de los demás para obedecer a Dios. No hagamos un sondeo buscando mayoría ni popularidad. Seamos fieles a Dios y marcamos pauta con nuestra vida.
    En el versículo 11 advierte a los sacerdotes y levitas: “Hijos míos, no os engañéis ahora”. No hay que postergar la acción, les dice, porque eran los escogidos de Jehová para el ministerio y debían ponerse en marcha sin demora. En los versículos 12-19 actúan y entonces dan informe a Ezequías. Y nosotros, ¿cómo hacemos limpieza? Arrepintiéndonos, confesando y apartándonos del pecado (Pr. 28:13), y haciendo pacto con el Señor en el sentido de decir: “lo que hice no lo voy a hacer más”. Entonces, los sacerdotes y levitas dan a Dios Su parte (vv. 20-29), eso es, los sacrificios y las ofrendas, la alabanza y la adoración. Eso es importante, pero observa que viene después de la confesión, la limpieza y la santificación. Las cosas en su orden.
    En los versículos 30-36 hay alegría: “se alegró” (v. 36). Primero hay contrición por el pecado, y luego viene el gozo. Los avivamientos vienen cuando los hombres siguen ese ejemplo. Fuera con el orgullo, fuera el pecado y las excusas. El arrepentimiento, la limpieza y la consagración traen bendición y alegría. Así se alegró Ezequías y con él todo el pueblo. Fue un gozo contagioso y compartido. Vemos en esto el camino de vuelta a Dios, el del avivamiento y la bendición. Nosotros también podemos tener bendición y gozo, si seguimos el ejemplo puesto delante nuestro. Que así sea para la gloria del Señor.

del estudio dado por Lucas Batalla el 16 de octubre, 2018

 Avívanos, Señor.
Sintamos el poder
del Santo Espíritu de Dios
en todo nuestro ser.

Coro:
Avívanos, Señor,
con nueva bendición;
inflama el fuego de tu amor
en cada corazón.


Avívanos, Señor,
tenemos sed de Ti.
La lluvia de tu bendición
derrama ahora aquí.

Avívanos, Señor;
despierta más amor,
más celo y fe en tu pueblo aquí
en bien del pecador.

Friday, August 31, 2018

El Rey Ezequías Se Apoyó En Dios

Texto: 2 Reyes 19:28-37

Acaz, padre de Ezequías, fue un rey malo que hizo mucho daño espiritual a la nación de Judá. En 2 Reyes 16 leemos su triste historia. Comenzó a reinar con 20 años de edad, y “no hizo lo recto ante los ojos de Jehová su Dios, como David su padre” (2 R. 16:2). “Antes anduvo en el camino de los reyes de Israel, y aun hizo pasar por fuego a su hijo, según las prácticas abominables de las naciones que Jehová echó de delante de los hijos de Israel. Asimismo sacrificó y quemó incienso en los lugares altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol frondoso” (2 R. 16:3-4). Esto fue para empezar, y luego hizo más mal, se puso a cambiar lo que Dios había ordenado referente a la adoración y los sacrificios en el templo (vv. 5-18). Pero al final, murió, fue sepultado con los reyes, y su hijo Ezequías reinó en su lugar (2 R. 18:2) con 25 años de edad. Era hijo bueno de padre malo. La gente suele decir que un hijo se parece a su padre, pero gracias a Dios, en este caso no. Y tomamos nota de que tener padres incrédulos o infieles no nos da una excusa para no seguir al Señor. No somos víctimas – podemos escoger – y somos responsables de nuestras decisiones y hechos. “No seáis como vuestros padres y como vuestros hermanos, que se rebelaron contra Jehová” (2 Cr. 30:7). “No seáis como vuestros padres, a los cuales clamaron los primeros profetas, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras; y no atendieron, ni me escucharon” (Zac. 1:4). En cambio, cuando uno tiene padres creyentes y espirituales, debería seguir sus enseñanzas y ejemplo: “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello” (Pr. 1:8-9).
    Ezequías fue fiel al Señor, hizo lo bueno ante los ojos de Jehová, como hemos de ver, sin embargo tuvo una gran prueba cuando vino Senaquerib rey de la superpotencia Asiria. Pero consultó y pidió oración, como siempre es bueno hacer, con Dios y con hombres de Dios, en lugar de tomar decisiones por su cuenta como muchos hacen. Los versículos 22-34 son la respuesta que Dios le mandó. Y el versículo 35 dice: “aquella misma noche”, es decir, que Dios no tardó en actuar sino intervino enseguida. Destruido su ejército, el rey de Asiria volvió a Nínive (v. 36), diríamos “con el rabo entrepiernas”. No sólo esto, sino que al entrar en el templo de su dios falso, sus propios hijos lo mataron. Dios había respondido y quitado la gran amenaza de la superpotencia de aquel entonces.
    ¿Y qué problema nuestro no puede Dios resolver si le seguimos, confiamos y consultamos con Él? La vida cristiana tiene pruebas, luchas, enemigos y dolores. Pablo informó: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Ti. 3:12). Algunos, para no sufrir, dejan de vivir piadosamente, se camuflan, se adaptan, se callan, etc. Pero ese no es el camino, como bien demostró el rey Ezequiel.
    Él hizo lo recto ante los ojos de Jehová (2 R. 18:3). Quitó los lugares altos, los ídolos y la serpiente de bronce (18:4). Puso su esperanza en Jehová (v. 5), de modo que no hubo otro rey como él. No se apoyó en su linaje real, el nombre de su padre ni en riquezas ni potencia real. No se apoyó en su propia sabiduría (Pr. 3:5-6), sino confió en Dios de todo corazón. Era un hombre de oración, y hermanos, es así que uno se apoya en Dios. Los que se apoyan en los hombres buscan de ellos la solución de sus problemas. Pero los que se apoyan en Dios hablan con Él y esperan en Él. Filipenses 4:6 dice: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. Ezequías comprobó por experiencia lo que el apóstol Pedro escribiría siglos después: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 P. 5:7). Apoyarse en Dios es leer y meditar Su Palabra, creerla, orar siempre antes de actuar, y portarse fielmente.
    ¿Cuál fue el resultado?  El versículo 7 dice: “Y Jehová estaba con él”. Dios le salió al paso. No hay otra forma de conseguir esto, y el capítulo 19 enseña cómo Dios le ayudó. Primero en el capítulo 18 le dio fortaleza y ánimo para no obedecer al rey de Asiria – no ser aliado, no tolerar ni sujetarse a lo malo. Y esa fidelidad le trajo inevitablemente el conflicto enorme. Samaria cayó a los asirios (18:9-12), y en el año 14 de su reinado (18:13) Senaquerib subió contra Jerusalén. Pero ahí estaba Ezequías que obedecía, oraba y confiaba en el Señor. En 19:1 Ezequías oyó, rasgó sus vestidos, se cubrió con cilicio y entró en la casa de Dios. Presentó a Dios su petición y pidió las oraciones del profeta Isaías (19:2-4), y Dios respondió (vv. 5-7). Los asirios se fueron a batallar en otro lugar (vv. 8-9) pero mandaron a Ezequías cartas de amenazas y blasfemias, prometiendo volver (vv. 11-13). ¿Qué hizo Ezequías entonces?  Tomó esas cartas, entró en el templo y oró a Dios (vv. 14-19). Entonces Dios le mandó la respuesta a sus oraciones por medio del profeta Isaías (vv. 20-34), y trajo la muerte primero al ejército y depués al mismo rey Senaquerib (vv. 35-37).
    El Señor ayuda a los que se apoyan completamente en Él, sin muletillas, sin excusas ni arreglos mundanos. Nadie de los fieles dirá jamás: “por demás es que he seguido o servido a Dios”. Recordemos siempre esto. “Ciertamente hay galardón para el justo; Ciertamente hay Dios que juzga en la tierra” (Sal. 58;:11).
    Ezequías había hecho una gran limpieza, como dice el capítulo 18. A veces esto es necesario en nuestra vida – no sólo reunirnos para cantar, leer y oir, sino poner manos a la obra y hacer una buena limpieza en nuestra vida personal y nuestra casa. Quizás tomó el Salmo 101 como su manifiesto, porque no toleró ninguna maldad en Jerusalén y Judá. 2 Corintios 7:1 dice: “limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu”. Cuando ponemos manos a la obra y hacemos limpieza, eso esnseña que estamos en serio con Dios y que Él tiene nuestra devoción. Es fruto de una fe verdadera.     Entonces Ezequías, al verse amedrentado, no se echó atrás. Fue a consultar a Dios y pidió las oraciones de Isaías. Hermanos, cuando vengan problemas – y vendrán – busquemos al Señor y el consejo de hombres espirituales en la iglesia – no la gente de la calle, los amigos de barrio o del trabajo, ni a los que van a otras iglesias de cualquier tipo. Tengamos cuidado de buscar sano consejo bíblico, la voluntad de Dios. Sobre todo, digamos las cosas a nuestro Señor, echando toda nuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de nosotros. La fidelidad a Dios tiene su precio en esta vida, pero el creyente tiene apoyo inigualable en el Señor su Dios.
Lucas Batalla, de un estudio dado el 23 de agosto, 2018

Dilo A Cristo

Cuando estás cansado y abatido, dilo a Cristo, dilo a Cristo.
Si te sientes débil, confundido, dilo a Cristo el Señor.
Dilo a Cristo, dilo a Cristo, Él es tu Amigo más fiel;
No hay otro amigo como Cristo, dilo tan sólo a Él.

Cuando estás de tentación cercado, mira a Cristo, mira a Cristo.
Cuando rugen huestes de pecado, mira a Cristo el Señor.
Mira a Cristo, mira a Cristo, Él es tu Amigo más fiel;
No hay otro amigo como Cristo, mira tan sólo a Él.

Si se apartan otros de la senda, sigue a Cristo, sigue a Cristo,
Si acrecienta entorno la contienda; sigue a Cristo el Señor.
Sigue a Cristo, sigue a Cristo, Él es tu Amigo más fiel;
No hay otro amigo como Cristo, sigue tan sólo a Él.

Wednesday, August 22, 2018

¡Calor Eterno!



Texto: Lucas 16:19-31

He aquí un pasaje donde el Señor habla de cosas que muchos rechazan. No es una parábola, pues da nombres de personas. Habla de dos hombres en vida y en muerte – un contraste grande. Ahora en Europa estamos pasando una ola de calor impresionante y dicen que varias personas han muerto. La gente se queja del calor ahora, pero hay más calor que vendrá después de esta vida. El mundo vive a espaldas de Dios e ignora la realidad de su condición y de lo que viene. En este sentido, aunque no sean ricos, son como ese hombre rico que se ocupaba de su vida cotidiana sin pensar en su condición espiritual o en Dios y la eternidad. Ese rico “hacía cada día banquete con esplendidez” (v. 19); vivía cómodo, bien vestido y aseado, atendido por criados, bien comido y acompañado de sus amigos. Pero sólo vivía para el momento. Se divertía, pero no se convirtió. Así son muchos, que viven para ahora y su mayor preocupación es su comida o su comodidad.
    En cambio, el pobre de Lázaro no tenía nada (vv. 20-21). Pero cuidado, eso no le hacía santo, pues los pobres también son pecadores como dice la Biblia: “por cuanto todos pecaron” (Ro. 3:23). Pero el punto es que él era un caso de necesidad cerca del rico. Su farmacia era que los perros le lamían las llagas. Tenía dolor físico, y debido al hambre, también del estómago. El pobre ansiaba comer las migas que caían de la mesa de aquel rico. Estaba arruinado y desamparado. Así Dios describe también a los seres humanos. Por un lado somos como el rico – pensamos en comida y ropa y cosas materiales – por otro lado somos como el pobre Lázaro, en mal estado y sin esperanza. Muchos no quieren leer la Biblia porque les dice cómo son: llenos de llagas, como dice Isaías 1:5-6. La gente quiere hablar de la supuesta “dignidad” del ser humano, sin reconocer su verdadera condición mala y desesperada. El pecado ha arruinado toda la raza humana, sin excepciones.  El pobre Lázaro – con ansias de comer, sin ayuda de nadie, yaciendo en el suelo, rodeado de perros, es un retrato de la desesperación.
    Pero luego en el versículo 22 vino el igualatorio de Dios: la muerte. Murió Lázaro primero, quizás porque estaba mal y no tenía asistencia médica. Pero al morirse, tenía a ángeles esperándole – no por ser pobre – sino por ser creyente. Los ángeles lo llevaron. Ellos no tienen escrúpulos de llevarse a un pobre lleno de llagas, si es creyente. Lo llevaron al seno de Abraham, no a su lado o a sus espaldas sino a su seno  – el lugar de los afectos. Describe el lugar de los salvos por la fe – como Romanos 4:3-5 y Gálatas 3:6 nos enseñan: “creyó a Dios, y le fue contado por justicia”. La única manera de ir a donde Abraham es creer como él. Curiosamente Abraham había sido rico en la vida – y Lázaro pobre – pero los dos están unidos en la eternidad por la fe en el Señor.
    Después de esto murió también el rico – porque aunque podía comer bien, descansar bien y pagar médicos y medicinas, la muerte le llegó porque “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). Su casa se convirtió en casa de luto. El Señor no lo dice en Lucas, pero es de suponer que su familia o sus criados o amigos le llevaron a la sepultura, con plañideras y todo, pero en la ultratumba no le esperó nadie. Termina el versículo 22 así: “y fue sepultado”.
 
   Entonces el Señor enseña lo que Él ve pero nosotros no, que ese rico después de muerto, “en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos”. Hermanos y amigos, no todos los tormentos son de cuerpo. No sabemos si en su funeral dijeron cosas como “está mejor” o “ahora descansa” como se suele oír, pero no fue mejor sino peor. Después de la muerte el ser humano es consciente de su situación y dónde está. El Hades es un lugar, no una leyenda, y muchos están allí. Aquel rico nunca alzó sus ojos al Señor durante la vida, pero luego, en tormentos los alzó, cuando era demasiado tarde. Job preguntó: “Perecerá el hombre, ¿y dónde estará él?” (Job 14:10). El Señor da la respuesta. No descansaba. Estaba en tormentos. Sin comida. Sin agua. Sin música. Sin cama. Sin amigos. Sin siervos. Sin familia. Había sido un israelita religioso pero sin Dios, que iba al templo, a la sinagoga, cumplía los ritos, pero no era creyente. Dios no estaba en todos sus pensamientos. Muchos hay como él, y la mayoría no son israelitas, sino simplemente religiosos pero viviendo para sí. Aquel rico vio de lejos a Abraham y Lázaro en el lugar más recóndito, reservado para solo creyentes. ¿Qué clase de creyentes? Los verdaderos, que se describen así: “El justo por la fe vivirá” (Hab. 2:4; Ro. 1:17; He. 10:38).
    En el versículo 24 empezaba a dar voces a Abraham. Pero él no puede salvar a nadie. El rico pidió ser atendido, buscaba alivio. Se quejó de estar atormentado en la llama. Como decíamos al principio, la gente ahora se queja de un poco de calor – ¡qué dirá entonces! Ese hombre dio voces tarde. Tenía que haberlo hecho en vida. Muchos viven equivocados y satisfechos, y van rumbo a la muerte y el dolor de la llama del Hades y luego del lago de fuego – el juicio eterno – el calor eterno. Algunos predicadores hacen ver que tal vez el fuego no sea literal sino una figura. ¿Preguntamos al rico si es literal o no? ¡Él veía y sentía el fuego, y todavía sufre!
    Responde Abraham (v. 25): “Hijo, acuérdate”. Los muertos infieles no tendrán agua ni otras cosas, pero tendrán memoria. “Recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males”. Pero había llegado el igualatorio divino – la muerte – y todo cambió. Ahora le recuerda su vida, tenía bienes, y tenía cerca a un hombre necesitado pero no le ayudó. ¡Qué tacaño y cruel! No tenía compasión. No le daba comida. No le curaba sus llagas. No le hacía nada, y ahora, era tarde, sólo le quedaba esa terrible palabra: “acuérdate”. Era egoísta, recibía y lo gastaba en sí y quizás en su círculo de amigos y familia. No necesitaba todo lo que tenía, pero no hizo lo que Dios quiere de los ricos: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Ti. 6:18-19). La pobreza es una prueba para los que la sufren, y hay más pobres que ricos en el mundo, pero la riqueza es una gran prueba para los que la tienen, y darán cuenta a Dios, como administradores, no dueños. Abraham le dijo a ese rico: “y tú atormentado”. No porque había sido rico – pues Abraham también era rico. Era porque se olvidó de Dios.
    Abraham sigue (v. 26) y le explica que además de atormentado, no puede salir: “Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá”. No es purgatorio. Son finales, eternos, los resultados de la fe o la falta de ella en la vida. 
     Después de la muerte no hay otra oportunidad. El purgatorio sólo existe en la imaginación y superstición de la religión falsa. ¡Cuánto daño han hecho con esto, y cuánto dinero han recaudado!
    En los versículos 27 y 28 el rico responde y sigue pidiendo y dando voces. Es muy chillón. Ahora se acuerda de su familia, y se preocupa. En el Hades se acuerda de sus cinco hermanos. Bien, pero tarde. Después de la muerte no hay comunicación, intervención, ni rezos que ayuden a nadie. Pero fijémonos cómo se le esclarecen las cosas – y sabe que necesitan que alguien les testifique para que se salven. Ya no piensa en banquetes, comidas, ropas ni nada así, sino en las almas y la eternidad. ¡Lo triste es que no pensó en esto durante su vida! Sería una vergüenza que ese rico muerto en el Hades tuviera más preocupación por las almas que nosotros, ¿verdad? Ahora, en vida, podemos testificar a la gente para que no vaya a ese lugar.
    Pero Abraham les remite a la Biblia (v. 29), “A Moisés y a los profetas tienen; oíganlos”. El mensaje de salvación está en la Biblia, y hay que leerla, o escucharla atentamente. Tenían sinagogas, y reuniones de lectura de la Biblia, y la gente iba pero no hacía caso, igual como hoy. El rico discute (v. 30): “No, padre Abraham” e insiste que sería mejor enviar a alguien de entre los muertos. ¡Él, perdido, dando consejos! Pero Abraham responde (v. 31) y aclara que si no oyen la Palabra de Dios, tampoco se persuadirán aunque fuera alguien de entre los muertos a hablarles. Hoy es igual. Si no oyen la Biblia, nada más les ayudará. Por eso hay que predicar la Biblia y citarla cuando testificamos, porque la gente no necesita filosofía ni religión comparativa ni psicología, sino la Palabra de Dios. “Escudriñad las Escrituras” dijo Cristo en Juan 5:39, pero hoy como entonces, es más fácil seguir el rumbo de la muchedumbre, aunque al final habrá gran calor y dolor. El Señor Jesucristo vino de la gloria para salvar a los pecadores, y en la Biblia tenemos la historia sagrada, el evangelio que es el poder de Dios para salvarnos. Seamos ricos o pobres, debemos hacer caso de la Palabra de Dios, porque sólo así podemos ser salvos.
 

Wednesday, August 8, 2018

LA AMISTAD CON CRISTO

 

Texto: Juan 15:12-20

El amor de Cristo aquí tiene una condición: “si hacéis lo que yo os mando” (v. 14). La palabra amistad significa afecto compartido con otra persona, cariño, entrañabilidad, apego. En este pasaje está la mejor amistad – la de Cristo. Está abierta a todos, pero muy pocos entran en ella. En Proverbios 18:24 leemos: “El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo; y amigo hay más unido que un hermano”. La expresión: “ amigo hay más unido que un hermano” indica que la familia no es todo, ni podemos siempre fiarnos de ella. Puede haber otros amigos más unidos, más fieles. Pero más allá de todo amigo humano, está el Señor. Su amistad es mejor que la familia, y debemos cultivarla como dice el texto: “ha de mostrarse amigo”. Hermano, hermana, ¿te muestras amigo de Cristo? ¿Sabes cómo hacerlo? Cristo es tu Salvador, pero ¿es tu mejor amigo? En muchos casos lo dudo seriamente. Apliquémonos este texto en Proverbios a Juan 15:12. Si queremos a Cristo como Amigo, hay que mostrarnos amigos – esto es – quererle más que todo ser humano, serle obedientes y leales, y así mostrarle nuestro afecto. En Juan 14:15 es Cristo que habla y pone la condición: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”.
    La amistad de Jesucristo es un aliento al corazón. Pero le cuesta al ser humano recibirla porque intervienen otros amores e intereses. La amistad de Cristo es sobre todo espiritual, no carnal. En Juan 15:13 el Señor declara: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”. Cristo hizo precisamente esto, pero ¿qué de nosotros? ¿Sólo recibimos este amor, y no lo damos? ¿No estamos dispuestos a sacrificar nada para Él? Entonces, ¿cómo pensamos tener Su amistad? Muchos que profesan ser cristianos no quieren sacrificar nada, ni dejar nada ni nadie, ni serle obedientes, ni darle ninguna prioridad en su vida. Entonces, ¿quiénes realmente son tales personas? No son amigos de Cristo, y sin temor a equivocarme os digo que Él no es amigo de ellas.
    Muchas veces la misma familia es donde origina el conflicto. La gente suele decir: “la familia antes que los demás” y vemos en los hechos que ponen a la familia antes que Dios. Es un error muy popular y que pocos están dispuestos a reconocer y arrepentirse de él. Pero en la Biblia tenemos instrucción y advertencias sobre este conflicto entre la familia y Dios. Primero, en Edén, Adán escuchó la voz de su esposa en lugar de ser fiel a lo que Dios le había dicho (Gn. 3:17). ¡Ese error de anteponer el matrimonio o la familia ha costado caro a la raza humana hasta el día de hoy. Más adelante en Génesis tenemos otros ejemplos. Caín mató a su hermano Abel (Gn. 4). El conflicto entre Ismael e Isaac enseña la lucha que hay muchas veces en la familia (Gn. 21:9; Gá. 4:29).  Hay que meditar esto y tener claro que ser fiel a Dios y obedecerle puede costarnos la familia. Muchos no parecen dispuestos a pagar tan alto precio por ser amigos de Dios. Triste es eso, porque las amistades humanas y aun la familia pueden fallarnos, pero Dios nunca.
    Hoy se habla mucho del amor, pero es un amor antibíblico, porque es permisivo y falso. No es el amor de Dios, y del que quiere a Dios. Dios condena el amor permisivo y pecaminoso. No tiene solidaridad con los homosexuales, ni con los que practican el aborto, ni con fornicarios, aunque hoy día en muchas familias toleran esas cosas “por amor”. Se junta la familia a comer, a pasar tiempo y divertirse, y ahí los tienes a los que se dicen ser creyentes con los fornicarios, como si no pasara nada – sonrientes, tolerantes. Los hijos se juntan en relaciones inmorales y tienen hijos bastardos, que según la Real Academia significa: “nacido de una unión no matrimonial”, y nadie dice nada, todos lo toleran “por amor”, pero repito, es un amor que Dios rechaza y desaprueba porque es permisivo y falso. Hay que amar el bien y aborrecer el mal.
    No se puede convivir con los que no aman así a Cristo, le insultan, nos insultan, impiden, llevan la contraria y resienten la Persona y Palabra del Señor. La excepción es el matrimonio cuando uno llega a ser creyente y el otro no, porque sobre esta relación Dios dice: “Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone” (1 Co. 7:10, 13). Ante Dios no hay divorcio por incompatibilidad. El conyuge inconverso y los hijos (v. 14) son santificados por la presencia de la persona creyente. Pero eso no significa compartir sus pecados, pues hay que reprenderlos como Efesios 5:11 nos manda. El conflicto muchas veces está en casa, pues el Señor dijo que iba a ser así. Advirtió: “los enemigos del hombre serán los de su casa” (Miq. 7:6; Mt. 10:36). Ésta es la realidad, hermano mío, hermana mía. Tienes que hacerte la idea de que los tales no son tus amigos. Lo mismo pasa en las congregaciones. Entra el pecado, y nadie dice nada, por su amistad con las personas. Es triste cuando en una iglesia se tolera lo que el Señor prohibe y lo que le disgusta, por amistad con las personas. Se callan porque saben que si hablan, puede haber reacción fuerte y pérdida de amistad, de comunión o de “miembros”. En tales casos se antepone la amistad con las personas a la de Cristo. Ten por cierto que si claudicas o sacrificas en lo espiritual para mantener una “amistad” así, estás perdiendo el tiempo, y lo peor es que estás pecando.
    En Juan 15:15 el Señor dice: “os he llamado amigos”, y cuánto ánimo hay en Sus palabras. Pero no lo dijo a cualquiera, sino a Sus fieles discípulos. El compartió con ellos todas las cosas del Padre – y através de ellos nos las ha dado a conocer – es el privilegio de amigos.
    En el versículo 16 el Señor afirma que los eligió – a los discípulos – no para ser salvos, sino para que llevasen fruto. El Señor no elige a ningún incrédulo sino sólo a creyentes. Sus amigos llevan fruto porque andan en comunión con Él, le escuchan y le obedecen. Demuestran por los hechos que Él es más importante y viene antes que los demás. Los que vivan así pueden pedir al Padre en Su nombre, y recibirán, porque incluso las oraciones eficaces y que pueden mucho surgen de corazones de los amigos del Señor.
    Pero en el mundo (vv. 18-20), mis hermanos, tengamos claro que no hay para nosotros sino rechazo, odio y persecución si somos realmente fieles a Cristo. Es el precio alto de Su amistad. Digo alto, pero en realidad, si pierdes una amistad o relación familiar porque eres fiel a Cristo, ¿qué has perdido? ¿Cuánto valor tiene para nosotros la amistad de Cristo? ¿Qué no estaríamos dispuestos a sacrificar por caminar en amistad con Él en esta vida? Reflexionemos en esto, y recordemos el dicho: “mejor solo que mal acompañado”.
    1 Pedro 4:14 dice: “Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados”. Esto indica que sufriremos en el mundo por ser fieles amigos de Cristo. La familia quiere que te juntes con ella, para cumpleaños, una cena, una visita, una salida, pero no para nada espiritual. Es bonito, humanamente hablando, pero no es espiritual. Y si les hablamos de Cristo cada vez que les vemos, pronto nos veremos solos. No esperes nada bueno del mundo ni de los que están en él, y esto incluye la familia inconversa y los “amigos” inconversos que muchos mantienen en perjuicio de su salud espiritual. No podemos nadar y guardar la ropa. No podemos ser amigos del Señor y andar en amistad y al criterio de los inconversos. Hay que escoger. Lee la Palabra de Dios y date cuenta de lo que cuesta ser amigo del mundo y amigo de Cristo.
    En Juan 15:18 el Señor dice: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros”. Él prevee para Sus amigos el aborrecimiento del mundo, entonces ¿por qué queremos evitar eso? Nos aborrecen porque vamos con Cristo, seguimos a Cristo. El versículo 19 declara: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece”. El mundo ama lo suyo. Por eso vemos incluso esa amistad curiosa entre Pilato y Herodes que antes no se podían ver, pero a causa de su oposición a Cristo se hicieron amigos (Lc. 23:12). No seamos amigos de los que se oponen a Cristo. Hermano, no intentes quedarte neutral. Escoge, ¿cuál amistad quieres?  Recuerda, hasta los buenos amigos pueden fallarnos porque son humanos, pero ¡cuánto más los “amigos” incrédulos! No nos conducen a nada bueno.
    Son preciosas las palabras de los himnos sobre este tema:

    “Tengo un amigo que está conmigo, es Jesús...”

Y otro himno nos recuerda:

    “Oh qué amigo nos es Cristo, Él llevó nuestro dolor”

Y especialmente nos deben animar las palabras de éste:

    “Cristo está conmigo, qué consolación;
    Su presencia quita todo mi temor.
    Tengo la promesa de mi Salvador:
    ‘No te dejaré nunca; siempre contigo estoy’.
    No tengo temor, no tengo temor.
    Jesús me ha prometido: ‘Siempre contigo estoy’.

“Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”
(1 S. 2:30). 
                                                                                  Lucas Batalla, julio 2018

Wednesday, June 20, 2018

LA CENA DEL SEÑOR

La Cena Del Señor

Texto: 1 Corintios 11:17-34

En muchos lugares entre los evangélicos la reunión de la Cena del Señor está sufriendo cambios. No la están dando la importancia que tiene en la Biblia. No tenemos que inventar ni cambiar nada – todo está dicho en el Libro. Es la Cena “del Señor”; es Suya, no nuestra. Él preside, y nosotros somos los invitados. Pero por ejemplo, hoy quieren cambiar el uso del velo que viene enseñado en la primera mitad de este mismo capítulo. Dicen que es machista y contra la ley de libertad e igualdad. Pero es la ley de Dios, son mandamientos del Señor. Probablemente la única razón por la que no denuncia el uso del velo es porque entonces también tendrían problemas con los musulmanes porque sus mujeres usan la burka, y nadie quiere provocar a los musulmanes por miedo a lo que pueda suceder. A todo eso en la sociedad y por las iglesias respondemos: “A Cesar lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”. En la iglesia todo es de Dios y nada es de César.
     En el capítulo 11 hay tres símbolos muy importantes. El velo con que la mujer cubre su cabeza, es símbolo de autoridad divina (v. 10), y de sumisión a ella. Pero hoy hay asambleas que eliminan el velo, o que lo dejan al criterio de cada mujer. Eso es incorrecto, porque el criterio es de Dios, no de los hombres. Una mujer que no quiere aceptar la señal de autoridad que Dios manda, ¿para qué vamos a creer que es cristiana? El segundo símbolo es el pan: símbolo del cuerpo de Cristo (vv. 23-24). El tercero es la copa–el vino– que representa la sangre de Cristo (v. 25). Observa con cuidado que no dice “la sangre” sino “mi sangre”.
    La Cena del Señor se celebra el primer día de la semana, no el séptimo día (Hch. 20:7), y debemos seguir las instrucciones dadas en 1 Corintios 11:17-34, sin modificar nada. No es una cena familiar o individual para tomar alimentos, sino la Cena del Señor, para recordarle y anunciar Su muerte. Ella es una de tres clases de predicaciones: (1) Nuestro testimonio personal, (2) La predicación de la Palabra, (3) La Cena del Señor, porque anuncia Su muerte.
    De esa tercera clase nos ocupamos en la Cena del Señor cada domingo. Las palabras “os congregáis” (v. 17), y “cuando os reunís como iglesia” (v. 18) indican que de aquí en adelante se trata de una reunión. No se hace individualmente en casa o en la playa, sino reunida la iglesia. Recordamos, adorarmos y anunciamos juntos. Nosotros los creyentes anunciamos la muerte del Señor Jesucristo, y de paso el gran cambio que Él ha efectuado en nosotros. Las palabras claves en esta sección son “en memoria de mí” y “anunciáis” porque eso es lo que se hace en la Cena del Señor. Los símbolos en la mesa delante nuestro están diciendo de qué y de quién tenemos que hablar y cantar. “En memoria de mí” significa traer a Cristo a la mente y pensar en Él, recordando quién es y lo que ha hecho. “Anunciáis” va con “la muerte del Señor” – el gran tema, incluso de nuestros himnos cantados en la Cena – no cualquier himno favorito simplemente porque nos gusta, sino los que hablan de la Persona u obra del Señor. El himno: “Dulce Oración”, por ejemplo, es bonito, pero no es un himno para la Cena del Señor. Pensemos en la frase “en memoria de mí” antes de escoger un himno. Permitidme decir que tampoco estamos reunidos en la Cena para dar estudios bíblicos, motivos de oración, exhortaciones, y otras cosas. Es desafortunado que muchos aparentemente piensan que la Cena del Señor es una especie de reunión libre cuando los hermanos pueden participar de cualquier manera, testificar, enseñar un texto bíblico, etc. Pero realmente no es así, aunque se suele hacer mucho. Es una reunión libre, sí, pero con un propósito específico: recordar y adorar al Señor. Todo lo que cantamos, oramos y comentamos debería ser acerca de Jesucristo, Su Persona y Su obra redentora. Un hermano dio este consejo: “Cuando hables en la Cena del Señor, llévame al Señor Jesús y al Calvario, no a otras partes”. Hay muchos textos bíblicos que sirven para encaminaros a recordar y adorar al Señor. El Salmo 22 habla de Sus sufrimientos. Isaías 53 describe Su muerte y triunfo final. Los evangelios relatan Su pasión, resurrección y gloria venidera. Las epístolas también toman ese hermoso tema. Solo son dos ejemplos de muchos que se podría dar. Lee la Biblia con ojos para ver al Señor y te sorprenderá la riqueza de material que hay.
    El versículo 23 indica que estas instrucciones vienen del Señor mismo, pues así las recibió Pablo. En los versículos 24 y 25 habla Cristo y dice: “haced esto en memoria de mí”.  Pero hay alguien que no quiere que recordemos al Señor ni que hablemos de Él – es el diablo. Si puede prevenir que vayamos a la reunión, lo hará. Y si no puede, entonces intentará distraernos y despistar nuestros pensamientos durante la reunión, para que pensemos en otras cosas y no en el Señor y Su muerte.
    Otra observación que debemos hacer de los versículos 25 al 28 es que al establecer la Cena del Señor, Él habla repetidas veces de un pan y de una copa, no de panecitos, ni de copitas. ¿Quiénes somos nosotros para cambiar esto? El pan representa el cuerpo de Cristo: “mi cuerpo”, no “mis cuerpos” ni “mi cuerpo hecho pedazos”. La copa representa el nuevo pacto en Su sangre. No hay que multiplicar estas cosas. La gente hoy dice que usan panecitos y copitas por razones de higiene, pero es una excusa nula. Siempre hemos dicho que el que tenga resfriado o algo así, que tome por último los símbolos en consideración de los demás. Y si un hermano tiene barba o bigote, debería recortarlos para que no se metan en la copa, pensando en los que la tomarán después de él. Son detalles de consideración y amor fraternal. Pero no tenemos autoridad para cambiar lo que el Señor estableció: un pan y una copa.
    En la Cena del Señor hay tres miradas, una atrás, una al presente, y una al futuro. Mirando atrás, reconocemos lo que éramos antes de ser salvos por la gracia de Dios. 1 Corintios 6:9-11 por ejemplo habla de los injustos y varios tipos de pecado, y dice: “y esto eráis algunos, mas ya habéis sido lavados” (v. 11). 1 Tesalonicenses 1:9 dice: “os convertisteis de los ídolos a Dios”. La mirada atrás no es para pensar en nosotros, sino en cómo el Señor nos ha salvado y lavado, y eso causa acciones de gracias y adoración. Antes no podíamos celebrar la Cena del Señor porque no eramos creyentes, pero ahora hemos sido cambiados.
    Entonces, la mirada al presente reconoce lo que ahora somos por la gracia de Dios. En el mismo texto de 1 Corintios 6:11 leemos, “mas ya habéis sido lavados...santificados...justificados”. 2 Corintios 5:17 dice: “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Es nuestra condición ahora, gracias al Señor. 1 Juan 3:2 dice: “Amados, ahora somos hijos de Dios”. Y por eso nos reunimos para recordar y adorar a Aquel que nos salvó y nos metió en la familia de Dios. Somos nuevas criaturas. El Señor ya no mira el pasado, porque lo borró.
    Tercero, hay una mirada al futuro, porque 1 Corintios 11:26 dice: “hasta que él venga”. Guardamos la Cena del Señor en anticipación de Su venida, mirando hacia adelante. Los israelitas en Egipto celebraron la pascua con el bordón en la mano y los pies calzados. Comieron “apresuradamente” (Éx. 12:11), es decir, listos para salir. Así también nosotros tomamos la Cena del Señor pensando en salir de este mundo, cuando Cristo venga. La segunda parte de 1 Juan 3:2 dice: “sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Ésta es nuestra esperanza. Filipenses 3:21 dice que Él transformará el cuerpo nuestro, “para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya”.
    Todos estos cambios nos han venido y vendrán por la muerte y resurrección del Señor Jesucristo. Por eso hacemos memoria de Él. No hay otra reunión como ésta. Las otras son importantes como vemos en Hechos 2:42, hay tiempo para hacer oraciones de intercesión, hay tiempo para estudiar la Palabra, pero no en la Cena del Señor porque es el tiempo del partimiento del pan como el Señor mandó: “en memoria de mí”. A todo otro pensamiento, idea y comentario, y a toda otra actividad, obligacion y preocupación, tenemos que decir como Abraham dijo a sus siervos: “Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos” (Gn. 22:5). Demos la preeminencia al Señor Jesucristo, nuestro Salvador.
    Nuestra vida y testimonio son muy importantes y afectan la Cena del Señor. En los versículos 27-32 vemos la vida del creyente y la condición en que debemos tomar la Cena. Por eso es un tiempo de reconciliación, no durante la Cena, sino antes, porque debemos examinarnos y juzgarnos, confesando cualquier pecado para que andemos en comunión con el Señor (1 Jn. 1:9). También si hay ofensas entre hermanos se deben hacer las paces antes de acercarse para adorar (Mt. 5:23-24).
     Muchos Salmos expresan el vocabulario de adoración y alabanza, y por eso son apropiados para leer y para guiar nuestras oraciones en la Cena del Señor. El Salmo 103 expresa la gratitud, alabanza y adoración de la persona que ha sido perdonada. Esto tiene que estar en nuestro corazón cada vez que nos congreguemos para recordar al Señor. El pueblo salvo, reconciliado, debe ser agradecido y venir cada semana a adorar y recordar al Redentor que nos amó y nos lavó de nuestros pecados en Su sangre (Ap. 1:5). Es importante estar con los hermanos, pero todavía más importante es porque el Señor está en la reunión, y ahí Él nos espera. ¿Qué cita hay más importante que esta? ¡Ninguna! No le vemos con los ojos, pero por la fe sabemos que Él está ahí como prometió: “allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). Entonces, la Cena del Señor es un acto de fe, devoción, reconciliación, valor, testimonio y advertencia.
    Los versículos 27-29 usan la palabra “indignamente”. Recordad que se refiere a la forma de hacerlo o a la manera de hacer de los que la celebran sin juzgarse. “Pruébese cada uno a sí mismo” dice – no hay que probar a los demás, sino a ti mismo. El versículo 31 dice: “si nos examinásemos a nosotros mismos” – porque no debemos examinar a los demás sino a nosotros mismos.  Caso que no, el Señor tendrá que juzgarnos y tal vez con enfermedad o muerte (v. 30). El Señor castiga a los Suyos para que no sean condenados con el mundo (v. 32). “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (He. 12:6). El Señor quiere la hermosura de la santidad en nuestra adoración, y que le traigamos a la mente reconociendo Su gran sacrificio para redimirnos.
    Es importante que al participar, hermanos, tengamos en consideración a los demás. Unos consejos prácticos para los hermanos que participan. Primero: concéntrate en Cristo y Su obra. Mira la mesa y recuerda por qué hemos venido. Segundo: sé breve para que puedan participar otros. Hay que ir al grano, no saques argumentos, ni instrucciones, ni motivos de oración. No te repitas vanamente (Mt. 6:7). Leyendo y meditando Apocalipsis 4 y 5, podemos aprender mucho acerca de la adoración, de cómo recordar al Cordero de Dios y Su obra, y de cómo expresarnos en Su presencia. ¡En estas escenas en el cielo vemos la adoración pura a Dios y al Cordero! Todo lo que hacemos debemos hacerlo en comunión con Dios y con los hermanos. Recordemos el propósito de la Cena del Señor. Hagamos memoria del Señor y hablemos de Él, para Su gloria.
adaptado de un estudio dado el 17 de junio, 2018

Tuesday, May 1, 2018

Salmo 138

Dios Atiende Al Humilde,
Mas Al Altivo Mira De Lejos

Texto: Salmo 138

Nos levantamos por la mañana sin saber lo que nos acontecerá ese día. Pero Dios sí sabe y provee para nosotros. Aquí David da gracias por la ayuda recibida. No hay cosa mejor que escuchar a una persona que ha pasado por una experiencia como la tuya, y puede aconsejarte o animarte.
    David alaba al Señor por Su misericordia y fidelidad. Pero es importante recordar qué tipo de hombre era David. El Señor ayuda a los que le aman y quieren caminar con Él. David no era perfecto, eso lo sabemos todos, pero no cabe duda de que amaba a Dios y deseaba glorificarle. Y nosotros tampoco somos perfectos, pero si amamos al Señor y deseamos hacer Su voluntad y glorificarle, Él nos ayudará. La vida cristiana no está sin pruebas y dificultades, pero es una vida de fe en Dios y Sus promesas.
    Algo le había molestado o preocupado a David, y se postró (v. 2) primero y clamó. Luego, cuando Dios le respondió, se postró para alabar, porque Dios le había oído y respondido (vv. 1-3). Dios tiene misericordia para perdonar y socorrer, y fidelidad para amparar y sostener.
    En el versículo 4 vemos que llegará el día cuando todos le alabarán, incluso los reyes. El versículo 5 dice que cantarán de los caminos de Dios, pero no será la música del mundo, porque ésa habrá desvanecido. Cantarán a Dios en el milenio, y después por la eternidad en la tierra nueva. ¿Por qué?  El versículo dice, porque Su gloria es grande, y el versículo 6 dice que Él es excelso.
    Otra cosa importante en este versículo es que Dios atiende al humilde. David lo conoce por experiencia y es uno de los motivos de este salmo. La humildad es atractiva a Dios, y como criaturas Suyas nos conviene, siempre. Pero la altivez le es aborrecible. “Al altivo mira de lejos” (v. 6). No le escucha, y él tampoco le hará caso.   
    David afirma en el versículo 8, “Jehová cumplirá su propósito en mí”. Todo creyente debe tener esa confianza. En Filipenses 1:6 leemos: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Los seres humanos hacemos promesas y no las cumplimos, a Dios y a los hombres. Pero Dios no es así. Su misericordia es eterna. Él cumple Sus propósitos eternos en los que confían en Él. Nos salva eternamente, nos conformará a la imagen de Su Hijo, y un día seremos glorificados. Esos son Sus propósitos eternos. No fallarán. Ahora bien, Dios también tiene propósitos para nosotros en esta vida, y para que éstas se cumplan es necesario andar en comunión con Él y guardar Su Palabra.
    Volvemos al versículo 3, que dice: “el día que clamé”, hablando del día cuando una prueba o problema había  surgido y se veía en apuros, necesitado de ayuda divina. “Clamé” dice, y es lo que hay que hacer, clamar no a los hombres sino a Dios. “Me respondiste”, testifica. Es la experiencia feliz de todo creyente que clama al Señor y espera en Él. Cuando pedimos o clamamos a los hombres en lugar de a Dios, mostramos falta de fe en Él. Pedimos a los hombres porque creemos más en ellos, su poder, su dinero, su influencia, que en Dios. ¡Qué triste! Porque Dios es quien escucha nuestro clamor y responde. No creas que Dios no escucha porque sí lo hace.
    David da testimonio de cómo Dios responde. “Me fortaleciste con vigor en mi alma” (v. 3). No en el cuerpo, sino el alma que es más importante. Cuando el alma está fuerte no importa tanto la condición del cuerpo. El cuerpo no es lo principal, sino el alma, y ella es justo lo que muchos descuidan.  “Me vivificarás” (v. 7), y “cumplirá su propósito” (v. 8) son expresiones de esperanza en la respuesta divina al clamor del creyente.
    Él es el Salvador y Pastor de nuestra alma. El mundo no le conoce, y por eso está así, pero nosotros sí le conocemos y tenemos el privilegio y el deber de andar en comunión con Él y hacer Su voluntad. Si le somos fieles, nos surgirán problemas en este mundo arruinado por el pecado y dominado por Satanás, pero Dios nos ayudará. Los hombres a veces no quieren ayudarnos aunque tengan recursos. Otras veces no tienen para ayudarnos. Pero Dios tiene todo el poder, los recursos y la buena voluntad.
    Otro rey que le clamó estándo en angustia era Ezequías (2 R. 20). Al recibir la noticia de su próxima muerte, lloró y clamó a Dios, y Él le respondió (vv. 1-6). Oró como David en el Salmo 138. Pero sinceramente para orar así, hermanos, hay que vivir así como él. No son palabras mágicas, sino expresan la esperanza de uno que vivía para Dios. Observa lo que Ezequías dijo en el versículo 3 y como esas cuatro cosas describen su vida antes de esa prueba:

    (1) “he andado delante de ti”
    (2) “en verdad”
    (3) “con íntegro corazón”
    (4) “he hecho las cosas que te agradan”

    “Y lloró Ezequías con gran lloro”. La noticia de su muerte le conmovió, obviamente por razones personales, pero también posiblemente porque veía tanto más que necesitaba hacer. Dios le respondió en misericordia y le concedió quince años más de vida. Pero en esos años nació Manasés que fue un terrible rey que llevó al país más allá del punto de no retorno. Pero Ezequías no podía preveer esto.
    Volviendo al lenguage del versículo 3, y esos cuatro afirmaciones de Ezequías, la cuestión para nosotros es si podemos decir lo mismo que él. ¿Esas cuatro cosas describen realmente nuestra vida? Es importante meditar en esto. Porque vivir así es cómo prepararse para el momento de prueba. Ezequías no clamó como muchos que viven sin tener en cuenta a Dios, y luego que surja un problema claman y hacen promesas a Dios, para que les ayude. Se vuelven religiosos de repente, en sus apuros. No así la vida de David o de Ezequías.
    Y hermano, hermana, debes saber esto. Aunque vivas para Dios, un día entrará la tragedia en tu vida o tu casa. Ojalá podrás orar como Ezequías, la oración de uno con vida justa y fiel, porque si vives de espaldas a Dios, en altivez e independencia, entonces Dios no te responderá. Porque Dios atiende al humilde, pero al altivo mira de lejos.